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Todo el mundo miente. Todos mentimos. Pero vamos, como
bellacos, si fuera menester... Y como bellacas. Aunque hay grados en el
bellaquismo: de la mentira piadosa al mentiroso compulsivo hay siete escalones
del espíritu, según enseñaba Lao Tsé.
Con la verdad por delante lo perderíamos todo en cuestión de días.
La verdad servida en crudo, sin aliñar, es un plato indigesto y hasta venenoso.
Mentir es una necesidad, una exigencia biológica, y no hay mejor mentiroso que
quien se cree sus propias mentiras, porque ése no duda, no se pone colorado, no
tiene que repasar a quién le dijo la verdad y a quién no. No guiña el ojo como hacía
don Mariano. Quien se engaña a sí mismo es el mejor de los mentirosos, y ése, o
ésa, ya puede triunfar en la política, o en las redes sociales, o en la venta
de autoayuda por internet. Esas caras sonrientes que te explican el secreto de
la felicidad son lo peor de nuestra especie, porque se creen su propia
estupidez. Lo explicaba Robert Trivers en un libro maravilloso, y yo, como soy
un lerdo, tuve que aprenderlo en su libro, y no en la vida real, donde
cualquier espectador se da cuenta a la primera.
En “Rashomon” todo el mundo se autoengaña. No hay buenos ni
malos: sólo humanos débiles y temerosos. Kurosawa los denuncia, pero en el
fondo los comprende. Se apiada de ellos. Cada testigo del crimen nos cuenta su
milonga porque uno quiere dárselas de macho, y otro de imparcial, y otra de
dama honorable. Según Kurosawa, hasta los muertos mienten cuando encuentran un
médium para explicarse. “¿Y por qué iba a mentir un muerto?”, se pregunta el
sacerdote de la película. “¿Qué sentido tiene, si ya está muerto?”, y el pobre
hombre no deja de rascarse la cabeza. Pero es que hasta los muertos, querido
amigo, son humanos, o exhumanos, y conservan
el hábito incluso en el más allá, envueltos en las sombras.
Recuerdo que una vez, de adolescente, nos dio por jugar a la
ouija y el espectro no hacía más que enredarnos en contradicciones. Le preguntábamos
si era hombre y nos decía que sí; le preguntábamos si era mujer y nos decía que
también. Quizá, después de todo, sea verdad que los ángeles no tienen sexo.
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