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El caso Winslow

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Jamás podría enamorarme de una pepera, y menos de una votante falangista. ¿Qué comunión espiritual íbamos a compartir después de una cana al aire arrebatada y contracultural? 

Por poner un ejemplo: la concejala de VOX en este ayuntamiento es una mujer muy mujer, de bandera española, como casi todas las concejalas de VOX repartidas por la geografía. Si un día nos juntase la casualidad, el conjuro, la tontería... ¿de  qué íbamos a hablar mientras vemos los telediarios poscoitales y reprimimos el exabrupto para no romper el hechizo de una pompa de jabón?

Mi amigo de La Pedanía dice que no: que soy un rijoso lamentable que vendería sus principios por una sonrisa de gata y dos halagos en el orgullo, y que si me tentara una macizorra de pulserita rojigualda yo traicionaría mis votos de castidad ideológica para lanzarme a un romanticismo que acabaría como todos las demás: con whatsapps llenos de reproches a las tantas de la madrugada.

Ambientada en la época de Sherlock Holmes, “El caso Winslow” cuenta la historia de una sufragista británica que se enamora de un parlamentario conservador que se ríe del feminismo y que preferiría que las mujeres no acudieran a votar. Pero es tan guapo, ay, el hijo de puta.. Posee nueve de los diez atributos que vuelven locas a las mujeres. Sobre todo ese mentón cuadrado y esa seguridad pasmosa que le vuelve magnético e invulnerable. Qué son los ideales -se pregunta nuestra sufragista derretida- sino pura palabrería, dust in the wind, comparados con la rotundidad de un torso poderoso y de una sonrisa Profidén que es la antesala carnal de los orgasmos. Catherine Winslow no lo expresa así, pero lo dice todo con la mirada. Y sufre por dentro como no está en los escritos. Ella ha sido atrapada por la funesta contradicción...

(Para que estos dos antagonistas llegaran a conocerse fue necesario que el caso Winslow copara las portadas de los periódicos británicos. Nunca un delito tan nimio -el robo de apenas 5 chelines- causó tanto revuelo en la agenda del Parlamento. Imagínate si el chaval de los Winslow hubiera robado 5 millones de libras como suele hacer el partido de esas mujeres que yo rehúyo y que -por fortuna- también rehúyen de mí).





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Sentido y sensibilidad

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Sólo existe un -ismo verdadero, que es el clasismo. El clasismo explica todo lo que sucede a nuestro alrededor: la conducta de la gente y la política del Parlamento. La tontería y la crueldad. “Sentido y sensibilidad” es una obra maestra porque está muy bien hecha y además acierta con la enseñanza primordial. Jane Austen no conoció a Carlos Marx pero también sabía que los demás -ismos se subordinan al clasismo o se inculcan para despistarnos.

Lo que pasa es que Jane Austen era una burguesa agraria, conservadora por naturaleza, y no predicaba un mensaje revolucionario. Sus novelas eran románticas, sí, pero de un amor conveniente o resignado. Tuvo que ser el abuelo Karl quien nos enseñara que la única guerra verdadera es la lucha de clases, en vertical, y hacia arriba, y no estas batallas horizontales donde nos matamos entre nosotros como si fuéramos imbéciles o niños irredentos. El racismo solo es aporofobia; el nacionalismo, una histeria dirigida; la guerra de los sexos, un puro despiste que nos divide exactamente por la mitad. 

El romanticismo también es otro -ismo subordinado al clasismo. En unas épocas más que en otras, claro. A principios del siglo XIX, por ejemplo, las normas matrimoniales eran más estrictas que ahora. El amor entre clases antagónicas, si existía, se cortaba de raíz. Se trataba de mantener las haciendas o de ampliarlas, no de compartirlas con los piojosos. El romanticismo no tenía nada que ver con los matrimonios, que eran simples contratos comerciales. A veces una mera trata de ganado. El amor verdadero, en las clases altas, se reservaba para las amantes que vivían como reinas en un piso amueblado en la ciudad.

Ahora, por fortuna, gracias al cine de Hollywood que ha hecho reverdecer nuestros corazones, el amor sin interés económico ha encontrado un pequeño ecosistema para sobrevivir. A veces se producen ascensos sociales gracias a él. A veces incluso descensos... Somos espectadores criados en el romanticismo, aunque al confesarlo quedemos un poco ideales y tontorrones. No es lo más habitual, pero a veces canta el pajarillo.







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