A nuestros amores

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Todo el mundo quiere acostarse con Sandrine. Ella tiene un aire, no sé, a la Venus de Botticelli. Por donde quiera que va levanta cejas de admiración, más o menos disimuladas. El problema, el cogollo de la trama, es que Sandrine vive al otro lado de la ley porque solo ha vivido 16 primaveras parisinas. 

En el siglo XXI, “A nuestros amores” sería una película inasumible, carne de coloquio visceral, pero como estamos en 1983 y aquí rige otra moral, también revolotean a su alrededor hombres más o menos creciditos. Entre ellos su padre, un poco, y su hermano, aunque disimule. Estamos hablando, por supuesto, de una familia problemática, prácticamente delictiva: un ecosistema genético donde reina la lengua viperina y donde Sandrine, la pobre, siempre acaba con un tortazo en la cara o un tirón en los cabellos.

Sandrine buscará fuera de casa el amor que no encuentra dentro de ella. Es guapa, y lo sabe, y lo explota con ahínco. Los mayores de edad van cayendo como moscas en su cama, como muescas en su revólver. Pero con ellos no consigue apagar su fuego interior, la rabia acumulada, así que, entremedias, también se acostará con compañeros de instituto y con turistas americanos muy chulos y resultones. Con cualquiera menos con su novio oficial, al que regala la flor de su virtud para que se sienta especial y distinguido. 

El novio, claro, no está conforme con el reparto y demanda su cuota de dormitorio. Pero nada: naranjas de la china. El chaval debería darme pena, pero no me la da. Es un guaperas repeinado, y yo, por una cuestión de principios, tengo que desearle lo peor. Si no cae Sandrine, pues caerá Sandrina, o cualquiera de sus amigas. Estos suertudos nunca conocieron el hambre ni la necesidad. Ni siquiera Sandrine me cae especialmente bien, a pesar de su infortunio: me la imagino de compañera mía en el instituto y se me esfuma la empatía: por ahí viene, altanera, pagada de sí misma, sorteándome en el pasillo como quien evita una columna o una papelera desplazada.




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Cyrano de Bergerac

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El amor secreto ha tenido muchos nombres a lo largo de la historia. Los griegos lo llamaron “amor platónico”; los chavales de mi generación, “estar colado”; y los muchachos de ahora, tan angloparlantes, “crush”. A mí me gusta mucho esto de “crush”: es sonoro, contundente, con sabor a chocolate. Se parece mucho a “crunch”, pero también a “crash”, que es pegarse un gran hostiazo.

Se llame como se llame, la Inteligencia Artificial nos recuerda que el amor secreto, entre otras cosas, siempre es unidireccional e inalcanzable. Y a larga, porque no hay cuerpo que lo aguante, ni espíritu que lo resista, efímero. De ilusiones vive el tonto los cojones hasta que despierta de su sueño. Las mariposas en el estómago terminan muriéndose por falta de nutrientes. Ellas viven de las miradas fugaces y de los malentendidos bobos, que al final tienen poca grasa y escasa proteína. La visión del crush, tan buscada, pero tan inútil, aporta una glucosa de gominola agripicante .

Los que estamos en el bando de Cyrano sabemos mucho de amores irrealizables. Los guapos, y las guapas, en cambio, no saben de qué hablamos. Ellos están acostumbrados a meter la moneda y ganarse su juguete. No conciben una avería mecánica, ni una negativa por respuesta. Son como hijos de ricachones. Escoger y ser escogido se da por descontado en sus escarceos de Versalles. 

Aquí, en cambio, en el lado chungo del espejo, el que no tiene una nariz como Cyrano, tiene otros defectos insostenibles. Cuatro siglos después de que Cyrano penara por su nariz ya puedes operarte algunas cosas, o reimplantarlas, o disimularlas con mucho esmero. Las ciencias adelantan que es una barbaridad.  Pero todo esto resulta caro, o muy caro, y no anda el horno para bollos. Y además sigue habiendo cosas inoperables. La edad es una de ellas. 





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El castillo

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El problema de “El castillo” es que su labor pedagógica va a caer en saco roto. Los que no vamos de putas a sitios como estos -ni a ninguno parecido, porque nos conformamos con prostituciones de andar por casa, de te quiero mucho si me invitas a cenar- vamos a seguir transitando por las carreteras nacionales con un gesto de extrañeza: “¿Pero aún existen estos tugurios?”. Y los que van a los clubs alegremente, porque se la trae floja la condición de estas mujeres, ni van a ver “El castillo” ni van a dejar de ir porque la vean. No van a perder la desvergüenza ni la erección por una serie de la tele. “Ay, vaya, yo estas cosas no las sabía...”. 

Son esos esfuerzos loables, pero muy bobos, de las fuerzas progresistas. “El castillo” es como esas charlas de los colegios para formar padres responsables, a las que solo acuden, por definición, los padres responsables. Una encomiable redundancia. Cuatro gatos que se miran y se reconocen. Una pérdida de tiempo en realidad, más allá de saberse parte de una comunidad civilizada. Un orgullo en el alma, quizá. 

Los creadores de “El castillo” tal vez se crean regeneradores de la sociedad, evangelistas de una nueva mentalidad -abolicionista, para más inri, en el rizo la utopía, o de la inopia- pero no moverán ni una sola voluntad por el camino. Predican para convencidos, y para convencidas. Para ovejas que ya viven en el rebaño. “El castillo” será, como mucho, otra denuncia acumulada. Un desahogo de la rabia. Una declaración de principios que por otro lado ya nos era conocida. 

La serie, además, tampoco es nada del otro jueves: un ejercicio desmayado, interesante a ratos, deslavazado casi siempre. La trama de los locales es sucia y descarnada, pero la trama policial es como si la fueran improvisando. Laia Marull pasaba por allí con cara de no entender nada. Y el policía de las cejas, tres cuartos de lo mismo.






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Grand Canyon

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“Grand Canyon” cuenta la historia de unos burgueses californianos que nunca han leído “El Capital”. Yo tampoco lo he leído, por cierto, pero conozco sus enseñanzas. Sé, como sabe cualquiera con dos dedos de frente, que cuando aumenta la brecha económica repunta la violencia. Y más si vives en Estados Unidos, donde la brecha entre clases tiene la profundidad y la anchura del Gran Cañón del Colorado, y donde la violencia, cuando estalla, no se parece en nada a la de aquí, con cuatro jóvenes rompiendo cristales al rebufo de la manifa.

Cuando el rico se pasa de avaricioso, los esclavos del sistema se vuelven... belicosos. Se desesperan. Sin trabajo, o más exprimidos todavía, ya les queda poco que perder. Los hay que prefieren seguir el camino de la honradez y otros que deciden tirar por el camino de la aventura. Los locos dejan de tomar su medicación y los servicios sociales no dan abasto con la ayuda. Se recortan fondos y garantías. Hay gente que recae en la droga y gente que, en Estados Unidos, recae en el uso de las pistolas. Hay barrios que se hunden en la miseria y así comienza el run-rún de los raperos, a bordo de los Humvees sin coraza.

Es una ley de causa-efecto que estos burgueses de Los Ángeles ni siquiera se plantean. Después de verse involucrados en varios asaltos y tiroteos, se pasan toda la película rascándose la cabeza y diciendo cosas como “el mundo se ha vuelto loco”,  o “este país se va a la mierda”. Pero ellos lo achacan todo a la violencia que campa en las películas, como si las películas violentas fueran la causa del destrozo, y no simplemente su reflejo. 

Piensan, también, que hay algo raro en el aire: tal vez una insania colectiva, o una cólera de los cielos. Cualquier cosa menos palparse los bolsillos y contar cuántos dólares les separan de esa gente desesperada. Son unos memos de cuidado. No despiertan mi simpatía. Me aburro mucho con “Grand Canyon”. Sólo me interesa, y a ratos, su música insidiosa. He descubierto, para mi sorpresa, que era la banda sonora que saludaba y despedía la NBA en Movistar +: otro tiempo feliz asesinado por la cuenta de resultados.





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Te amaré hasta que te mate

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No ha sido fácil piratear “Te amaré hasta que te mate”. Apenas pude encontrar esta versión en dual, sin subtítulos, con un giga y medio de calidad auriñaciense. Ha sido el regalo pobretón, pero generoso, de un anónimo samaritano. De un buen aficionado al cine que quizá es un poco como yo: un cutre, pero un perseverante. Un nostálgico de las comedias donde Kevin Kline se desataba y no dejabas de sonreír.

“Te amaré hasta que te mate” no está cancelada, pero es como si lo estuviera. Quizá por eso ha sido barrida de los archivos compartidos. Su título, como dicen los chavales de ahora, da mala vibra. Treinta y seis años después, en las páginas de sucesos, salen muchos tipos que también juraron amarla hasta que la mataron... Y aunque en la película de Lawrence Kasdan es ella la asesina y él el asesinado -o lo son, al menos, en teoría, porque todo es chapuza y en el fondo comedieta- el telón lleva una mancha ignominiosa y ya nadie quiere descorrerlo. Es el signo de los tiempos. Quizá por eso -ahora que lo pienso- el Ministerio de Igualdad no ha tomado cartas en el asunto: porque no conoce la existencia de la película. Y porque los géneros están invertidos y eso ya excede sus competencias.

También pensaba, mientras veía la película, que lo difícil no es matar a alguien cuando toca defenderse, o ya no queda otro remedio, sino matarlo sin que te pillen. He ahí la ciencia y el escollo. Los creyentes temen al Ojo Triangular que todo lo ve, y los ateos, al detective de Baker Street que todo lo adivina con su lupa. Pero es eso: el miedo. No exactamente el escrúpulo o el mandamiento. Si tuviéramos superpoderes psíquicos y pudiéramos matar pestañeando, cuántos no caerían fulminados mientras vemos el telediario o asistimos a las fiestas patronales.





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Mumford

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Todos los pacientes que pasan por la consulta del doctor Mumford terminan curándose cuando encuentran pareja o echan un polvo como Dios manda. Es un remedio tan natural como la tila, o como pasear al aire libre. 

Unos dormían mal, otros tenían pesadillas, algunas no podían dar dos pasos seguidos o se dejaban el sueldo en compras compulsivas. El doctor Mumford -que en realidad no tenía estudios, pero sí mucho sentido común- les escuchaba con paciencia y luego les animaba a copular con más o menos preámbulos y galanterías. Eran, por supuesto, otros tiempos sociológicos. 

El deseo sexual -que ahora está tan mal visto como en tiempos de la reina Victoria- era por entonces un estímulo para la vida. “A ti lo que te pasa es que follas poco, o mal, o nada”, se decía cuando te veían alicaído, mohíno, dispuesto a dejarte una pasta para tumbarte en un diván. Era una simplificación un tanto burda, animalesca, pero no muy alejada del esfuerzo terapéutico. Pocos males del espíritu se curan con terapias más sofisticadas o más caras.

Desde que Lawrence Kasdan rodara “Mumford” apenas han pasado 27 años por nuestras videotecas, pero la película, en este lapso de tiempo, se ha convertido en el testimonio de una época muy distinta, lejanísima, casi un clásico en blanco y negro. Un chaval que se asomara a “Mumford” pensaría que andábamos todos tan salidos como bonobos, ansiosos por emparejar antes de plantearnos cuestiones más importantes. Y es que el amor, en estos tiempos del cólera, ya no es la salvación. Y mucho menos el sexo, que se ha vuelto un instinto sospechoso, inspirado por el demonio, como en las retahílas de los curas. El feminismo bobo y el catolicismo rancio van juntos de la mano y se les ve por el jardín.

En el remake de “Mumford” que ya están a punto de estrenar, los pacientes del doctor encuentran el equilibrio personal en la más estricta soledad: meditando, o haciendo ejercicio, o sirviéndose vinos en copas solitarias, cuando llega la medianoche. O viendo películas maravillosas sin que tener que compartir el mando de la tele.





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French Kiss

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El beso francés es el que recomiendan nueve de cada diez guionistas para ilustrar el amor en las comedias. El beso griego ya no. Es cierto que el primero puede ser la antesala del segundo si la pasión se desenfrena, pero el mar Egeo, su profundidad abisal y un pelín contaminada, ya es terreno pornográfico. 

Pobre porno: tan denostado como está, es justo lo que viene después del “The End” en las comedias de Meg Ryan. El ¡oh, là, là! que se adivina mientras van cayendo las letricas. Los títulos de crédito, cuando se corta el bacalao, son el biombo del médico, la tinta del calamar, la mano del cura que obtura el proyector.

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Del mismo modo que Meg Ryan tarda media película en ver la torre Eiffel porque siempre se despista o se la tapan, uno de mis sueños recurrentes es que camino por París y no encuentro la torre por ningún lado. De un modo u otro, al estilo megryano, siempre se me escurre o se me oculta. Las variantes son infinitas: me pierdo, me lían, se estropea Google Maps. A veces pregunto a los viandantes y me dicen que eso no es París, sino su antesala, y que el París verdadero está más allá de las montañas. 

Descreído del psicoanálisis, hace tres años viajé a París -entre otras cosas- para superar mi pesadilla. Vi la torre Eiffel, por supuesto, aunque tardé dos días en visitarla. Fue un viaje muy raro y atravesado... Mi pesadilla desapareció durante dos años de onirismo, pero ahora ha regresado con una fuerza inusitada. La torre Eiffel, tan fálica, significa algo muy profundo en mi inconsciente enrevesado.

Aquel viaje a París, como el de Meg Ryan en “French Kiss”, también tenía el objetivo de recobrar un amor que se moría. La diferencia es que mi amor no me esperaba allí, sino que viajaba conmigo, acojonada en el avión. Yo, como Kevin Kline, también le contaba bobadas para entretenerla mientras el avión despegaba o aterrizaba. París iba a ser el doble o nada, la terapia definitiva. ¡Qué pareja no viaja a París y se redescubre enamorada! 

Pero luego, al pasear por el Sena, descubrimos que no había parejas haciéndose arrumacos. París, fuera de las películas, es una ciudad como cualquier otra, aunque con muchos monumentos. No hay magias, ni chispas, o las tienen escondidas para los turistas sin caché.





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Breaking Bad. Temporada 4

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Viendo la cuarta temporada de "Breaking Bad" me dio por pensar en las mujeres que compartieron la serie junto a mí, en el sofá de mi casa, o en el sofá de la suya, precalentando el amor o enfriándolo tras el ardor. O sin amor a la vista, que era lo más frecuente, porque ese día me habían castigado o porque no estaba el desierto para bollos. La noche, lejos de Albuquerque, a veces era fría y rencorosa. 

- ¿Vemos otro episodio de “Breaking Bad”?

- Bueno...

También me acordé de aquella otra mujer que se negó a ver la serie en redondo, y en cuadrado, porque la consideraba tóxica y violenta. Un producto grasiento de los americanos. Nada que objetar: la viña del Señor es pródiga en variedades y todas producen su vino peculiar. Pasados los años me reencontré con ella y me preguntó, olvidadiza, mi opinión sobre “Breaking Bad”. A ella, por cierto, le parecía una serie maravillosa, puede que entre las cinco mejores de la historia. Le recordé aquellos melindres de juventud y me dijo que me estaba equivocando de ex amante, como si yo hubiera tenido tantas en realidad...

Pensaba, mientras Walter White luchaba por sobrevivir, que todas ellas, sin mí, hubieran descubierto “Breaking Bad” mucho más tarde, o a destiempo, o en boca de otro hombre menos entregado al entusiasmo. A falta de lujos y de hombrías, al menos quedó eso por mi parte: una contribución a su cultura. Una semilla plantada en la maceta, aunque alguna germinara con años de retraso. Una labor de apostolado, quiero decir. Una predicación voluntaria, no gratificada, que a veces vale más que las campañas muy costosas de merchandising.




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