🌟🌟🌟🌟
Siendo una película sobre sacerdotes y titulándose “puñales por la espalda”, uno podría pensar que esta vez el detective Benoit iba a resolver una trama de abusos sexuales en el seno de la Iglesia. Un “Buenas noches, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra” pero con curas amorosos y no con atentos educadores.
Pero no. Los tiros de la película, o las puñaladas, no iban por ahí. Hay un puñal, sí, pero de metal, y también una espalda, pero más tirando a la zona lumbar que a la parte baja de la tentación, nada de sacra ni de sacrílega. El título de la película al final era muy poco metafórico porque ya viene de las dos tramas anteriores.
Lejos de eso, el asesinado es justamente un sacerdote: uno que no sabemos si abusaba de los niños pero sí daba el coñazo un domingo tras otro, describiendo a sus feligreses las penas del infierno como hacían los curas de antes -los ibéricos sobre todo- soltando espumarajos de loco desde el púlpito consagrado. Ya eran tantos, en la película, los parroquianos que se sentían señalados y asustados, que entre todos lo mataron y él solito se murió. La tercera parte de las puñaladas podría ser una adaptación de “Fuenteovejuna” al estilo de Rian Johnson y su franquicia.
¿Pero murió? He ahí el intríngulis. Porque el padre Wicks -como hizo dos mil años antes el fundador de su secta- resucitó de entre los muertos para seguir sembrando la palabra y la discordia. Parece imposible, pero hay caminos inescrutables. El detective Benoit no se habría presentado en tan teológico berenjenal de no ser porque el principal sospechoso del crimen es el padre Jud, un pobre cuitado que también parece un sacerdote de los de antes. En concreto, uno de aquellos que sólo trataban de comprender a los demás y de echarles un cable si podían. Una rara avis, y un bendito de Dios, que decíamos entonces, antes de que los cardenales y los arzobispos tomaran cartas en el asunto.







