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Al final, la muerte, sobre todo si es de otra persona, es una excusa como cualquier otra para tomarse un par de cañas. Lo decía Pepe Carvalho en una de sus novelas: lo mismo da una fiesta patronal que un partido de fútbol; el bodorrio de una hija que la muerte de un allegado. Beber sin excusas está mal visto en sociedad; en cambio, beber para celebrar algo, o para lamentarlo, rodeado de amigos y familiares, es un ritual que conserva cierto pedigrí.
De todos modos, las cafeterías, en los tanatorios, no son el lugar más apropiado para celebrar la eucaristía. Allí también se bebe, sí, pero con moderación, como si el muerto nos regañara desde su penúltimo cubículo. Es por eso que la gente -al menos la que yo conozco- queda para beber después de los dolores. Las cafeterías de los tanatorios son, por tanto, modestas, un poco recónditas, como ésta de la Funeraria Torregrosa, que es el rincón menos visitado por los guionistas. Y es natural, porque la serie se ocupa de los que trabajan allí -de sus taras y cochambres- y apenas nada de los clientes que se acodan en la barra, o se toman el café con leche en las cuatro mesas disponibles.
Esa fue la gran idea que convirtió “Muertos S. L.” en una serie divertidísima: centrarse en los trabajadores y no en los trabajados. Y qué trabajadores, además, cada uno con su neurosis de posguerra. Un “The Office” de las pompas fúnebres y con muchos españoles por el medio. Todos nos sentimos apelados porque en nuestros trabajos se cuecen habas similares. Habría que subir muy alto en el escalafón empresarial, o funcionarial, para encontrar gente que no provoque el mismo pasmo o la carcajada.
Sin ir más lejos, un equipo de guionistas que se pasara una semana en mi trabajo, tomando apuntes del natural, sacaría material para otra serie de gran éxito que, por desgracia, nunca vería la luz en las plataformas.






