El botín

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La corrupción en Miami continúa. Mas de cuarenta años de vicios y fornicios nos contemplan. “Con-Dón Johnson”, decíamos en el patio del colegio, y nos meábamos de la risa. Ricardo Tubbs y Sonny Crockett sobrevivieron a las balaceras y a los Ferraris y ahora están de jubiletas jugando al golf en los campos de Florida. Pero sus herederos en el cargo, peor vestidos y peor afeitados, siguen bregando contra el narcotráfico que nunca descansa. Es más: que parece más floreciente que nunca si nos atenemos lo que se cuenta en “El botín”, cuando los narcos se desprenden de 20 millones de dólares como quien se desprende de cinco euros en una propina del restaurante.   


20 millones de dólares, divididos entre los cinco policías que se los encuentran, tocan a 4 millones por barba. ¿Se puede decir hoy en día “por barba” cuando dos miembros de la Brigada Antivicio son mujeres empoderadas? Tendré que consultarlo con mi abogada. Sea como sea, la tentación es mucha. Y el sueldo de madero, en Florida, según nos deslizan también, apenas da para cubrir los gastos habituales en este gremio peliculero: la pensión alimenticia de los hijos y de las exmujeres -o de los exmaridos-, y el alquiler por las nubes, y la factura del hospital privatizado... Un drama de la hostia provocado por la Ley del Divorcio y por el “laissez-faire” de los liberales. Estas cosas, con Franco, desde luego, en América, no pasaban.


Yo no lo hubiera dudado ni un segundo, pero Affleck y Damon son dos tipos íntegros que se deben a su legión de seguidores. Sus personajes, aunque rudos y desastrados, prefieren una conciencia tranquila a cuatro millones en el banco. Otra cosa es la gestión del pastonazo, que eso sí me habría tirado para atrás. Los quebraderos de cabeza que da tener mucho dinero son muchos y enrevesados. Tendría que contratar a Saul Goodman para que los pusiera a buen recaudo y comenzara a blanquearlos en un lavadero. Pero aquella, ay, como “El botín”, era otra ficción de corrupciones que terminaba como el rosario de la aurora.





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Der Tiger

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De pequeño me sabía casi todos los tanques que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. He olvidado muchos, pero los principales siguen rulando por mi memoria con sus cadenas oxidadas, abriendo surcos sobre los surcos. Ellos también contribuyen al ruido mental y a la tos de la mañana.

De niños estábamos obsesionados con esa guerra y éramos como pequeños bárbaros eruditos. Si nos la hubieran encargado podríamos haber escrito su entrada en El Libro Gordo de Petete. Veíamos las películas, y leíamos los cómics, y comprábamos, en los kioscos del barrio, los soldaditos de plástico de Montaplex para montar batallas en el cuarto de los juegos o en el descampado de la calle. En algún momento empezaron a incluir tanques desmontables y gracias a ellos nuestras batallas ganaron potencia de fuego y protección de la infantería. Las maquetas que vendían en la tienda especializada costaban un cojón de mico y sólo podías pedírselas a los Reyes Magos porque entonces Papá Noel no llegaba a León ni a su histórica provincia.

Mi tanque preferido era el T-34 del Ejército Rojo, pero no porque fuera el mejor, sino porque era del Ejército Rojo. Yo siempre he ido con los comunistas en todas las guerras: en las ganadas y en las perdidas. En las de jugarse el pan, por supuesto, pero también en el pan y circo de los deportes. Luego estaba el Sherman de los yanquis y el FIAT casi ridículo de los italianos, casi más una tanqueta que un tanque de verdad. Y el Chi-Ha de los japoneses, que era tan pequeñín y puñetero como los mismos soldados que lo manejaban.

Pero los que acojonaban de verdad, poderosos y temibles, eran los tanques de los nazis: el Panzer, con todas sus numeraciones, y el Tiger, que era una máquina engrasada de matar. Ya sólo sus nombres imponían. Veo “Der Tiger” y sigo sin explicarme cómo los alemanes pudieron perder la guerra con esos monstruos mitológicos de su lado. 

Recordé, de pronto, a mitad de película, que mi única maqueta carísima, mi tesoro de niño pobre y belicoso, fue precisamente un Tiger con camuflaje para la nieve, todo detalle e imponencia. Fue uno de los Rosebud de mi infancia que se perdieron sin remedio.




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El agente secreto

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En la lista de países que me quedan por visitar -todos menos cuatro-Brasil lo tengo puesto en los últimos lugares. Sin salir de Sudamérica me tira más la Patagonia desangelada que el trópico superpoblado. El calor me mata o me transforma en un pelele. Los mosquitos me ponen muy nervioso y el barullo de las calles -en Brasil, al parecer, siempre hay samba, o Carnaval, o tráfico, o gente que grita- me termina de rematar. 

Brasil no me llama, es más, me retrae, y puede que también sea por culpa de las películas. Cada vez que me lo enseñan se me quitan las pocas ganas que ya tenía de conocerlo. En “El agente secreto”, sin ir más lejos, los personajes se pasan todo el día resudando bajo las camisetas o las guayaberas y a mí eso me crea una reacción muy parecida en el salón, desasosegante y recocida. Veo sudar y sudo, como cuando veo reír y río, o veo llorar y me emociono.

Nunca entendí por qué el Dioni se fugó con los millones a Copacabana y no a Suiza o al Canadá, que son países con un clima civilizado. Supongo que fue por el tema de las mulatonas, pero es que a mí tampoco me van las mulatonas. Las aprecio, por supuesto, porque no estoy ciego y todavía alimento mariposas, pero la belleza que prefiero -por preferir que no quede- vive al borde de los mares gélidos o en las estepas infinitas del gran zar. 

El Brasil de “El agente secreto” -como el Brasil de cualquier película que quisiera recordar- siempre es un país recalentado y violento, lleno de peligros o incomodidades. Yo sé que existe un sesgo en los cineastas brasileños que les lleva a denunciar la pobreza de las favelas o el salvajismo de la dictadura. Soy consciente de ello, pero ayudan muy poco a su ministerio de Turismo. También es verdad que soy un tipo muy raro y que casi todos mis colegas bolcheviques, el día que nos destierren, vivirán tan felices en sus playas con cocoteros.




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Marty Supreme

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“Marty Supreme” es la mejor película del año. Tardó en llegar, pero llegó. Ha sido como ese amor postrero pero definitivo. Las otras candidatas a los Oscar fueron cayendo gracias a Movistar + o a las alforjas de la mula, pero ésta, no sé por qué, se resistía. Hubo descargas fallidas, enlaces erróneos, archivos sin subtitular o subtitulados en arameo... Al final di con un samaritano que la ofrecía con todo lujo de calidades. Que el dios del ping-pong le guarde y le proteja.

Me puse a ver “Marty Supreme” un sábado por la tarde, a comienzos de la primavera. Pensé: veo la mitad, porque es bastante larga, y luego me voy a dar un paseo por el monte, a escuchar a los pajarillos; y ya más tarde, antes del fútbol, la retomo. Pero no fui capaz de dejarla. Hoy en día eso es un milagro de las posaderas. Y de la atención sostenida, sí, por la edad, y por el puto teléfono. Confieso, no obstante, que más o menos a la hora tuve que detenerla para tomarme un café. Fue cafeína sobre cafeína; estímulo sobre desparrame. Una “movide”, que diría Carlo Padial.

También es verdad que yo venía predispuesto a que me gustase "Marty Supreme". Joshua Safdie, junto a su hermano Benny -aquí desaparecido- hace cine del que a mí me gusta: de pasote, de adrenalina, scorsesiano. Recuerdo que hace años prediqué el evangelio de “Diamantes en bruto” a los infieles pero nadie me siguió. Es un cine que no gusta mucho a las damas cultivadas ni a los señores de La Pedanía. “Marty Supreme” mantiene el mismo tono farlopero pero hay un momento de duda en sus comienzos: ¿no será, ay, una película de Rocky con hostias de ping-pong en lugar de hostias de boxeadores? 

Pero no: no van por ahí los tiros. Marty Mauser es un antihéroe, un antipático, un gilipollas supreme. El Cristiano Ronaldo del tenis de mesa pero sin gloria y sin mujeres. Un perdedor que pierde incluso cuando gana. Un insufrible. Y sin embargo, no dejo de seguirle y en cierto modo de admirarle. La repulsión se mezcla con la envidia. Marty es mi némesis, mi antiyo, mi reverso oscuro. Un chulo y un perseverante. Un pagado de sí mismo y un hombre sin miedo.




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Better Call Saul. Temporada 3

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No hace mucho, en un podcast de cinéfilos futboleros, un contertulio comentó que tenía un amigo al que no le gustaba nada “Better Call Saul”. Según él, ese malandrín, ese desnortado de la ficción, había despachado nuestra serie favorita con una frase que yo también he oído alguna vez en mi triste realidad de la provincia:

-  Ah, sí, “Better Calll Saul”, esa serie que nunca termina de arrancar...

Sus compañeros de tertulia -que a pesar de ser futboleros son hombres de bien y espectadores cultivados- se rieron del disidente y vinieron a decir que tiene que haber gente para todo. Gente, incluso, o gentucilla, que no termina de verle la gracia a “Better Call Saul” porque "no suceden cosas" o suceden a un ritmo narrativo más propio de otra época. Gente, o gentuza, que confunde la velocidad con el tocino y piensa que arrancar es hacer ruido, y que haya muchos choques, y muchas hostias, y heroísmos de novela, como si una ficción tuviera que ser ese gran premio de Fórmula 1 que jamás se pierden en sus pantallas.

Mientras escuchaba las burlas inteligentes de los contertulios -que me parecieron muy comedidas para el gran pecado cometido- me acordé, como me acuerdo muchas veces, de Carlos Pumares en la madrugada de mi adolescencia. A Pumares, coincidiendo con las noches más negras de su humor, solía llamarle algún mentecato para decirle que tenía un amigo que se lo pasaba bomba con las películas de Chuck Norris y qué él no sabía si verlas o no.

- ¿Tú qué opinas, Carlos? ¿Qué hago?

Y Pumares, no menos divertido por previsible, le respondía:

- Cambiar de amigo.

Viendo el último episodio de esta tercera temporada volví a sentir el viejo escalofrío del amor pre-fracasado. ¿Qué pasaría si la vida me deparara un último amor luminoso al que sin embargo “Better Call Saul” no le emocionara, o incluso le resultara aburrido, y fuera, por tanto, menos luminoso de lo que parecía al principio, incluso tristón y tenebroso?




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Las niñas

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Yo también fui preadolescente en un colegio católico, allá por las estepas. También salí a la pizarra cagado de miedo en aquel tiempo pendular en el que los profesores -y más si llevaban hábitos o crucifijos- podían insultarte y humillarte sin rubor. Cuando llegaba la ofrenda floral del 1 de mayo, yo también cantaba alabanzas a la Virgen fingiendo que cantaba. “...que Madre nuestra es...”. Yo también vi “Marcelino, pan y vino” en un salón de actos, en clase de religión, sintiendo que la fe se corroía poco a poco en el ácido de mis hormonas. 

Yo también estuve en la cuerda de presos que era obligada a confesarse cada cierto tiempo en la capilla del colegio, para contarle a un sacerdote seguramente pederasta, y sin celosía, a puro huevo, face to face, que te peleabas con tu hermana y que mentías a tus padres; y que te tocabas eso, o empezabas a tocártelo, y que un día habías visto con tus amigos la primera revista porno de tu vida. Yo también me ponía rojo como un tomate mientras el tipo te apretaba el brazo con fuerza -como si fuera el brazo ofendido del Señor, o su brazo ejecutor- y luego te ordenaba rezar una retahíla de oraciones que en vez de limpiar la mente te la encochinaban todavía más. Porque aquellas jaculatorias, que de niño aún tenían una lógica fantástica de cuento infantil, de pronto, en la adolescencia, en la edad de la razón, ya sólo eran el ruido de fondo que acompañaba los pensamientos más impuros; el hilo musical de esa matraca que años después sacaron a las ondas, Radio María, la única emisora -por algo es divina- que está en todas partes, en el pico de las montañas y en el fondo de los valles, cuando todas las demás fallan y se desvanecen.

Las oraciones ya eran entonces una sarta de tonterías que pasaban como las nubes sin lluvia, inocuas e inútiles, muy por encima de tu cabeza, mientras tú no parabas de pensar en el beso, en la imagen fugaz, en los secretos de la vida que te contaban tus amigos más mayores o más avezados, allí en un rincón del patio, en el corrillo, para que ningún cura pudiera sorprendernosLa cédula revolucionaria de los abrasados.


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Alatriste

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En su biografía ficticia se dice que el capitán Alatriste nació en la provincia de León en 1582. No podía ser de otro modo: Diego Alatriste es un tipo alto, atractivo, noble y valiente donde los haya. El amigo más fiel de su amigos y el enemigo más encarnizado de los malvados. Un caballero con un gusto exquisito para las mujeres, además. Un hombre callado, y solemne, pero en el fondo un espíritu confiable y elevado. Un leonés de pura cepa. 

Es por eso que Viggo Mortensen, para preparar el personaje del capitán, recorrió de incógnito nuestras montañas para impregnarse del acento que allí pervive desde los tiempos del Siglo de Oro, o incluso de los anteriores. Y no sólo del acento, sino del acervo propio, porque en León hablamos un castellano mezclado con muchas palabras del asturleonés que aprendemos de chavales sin saber que pertenecen a otro idioma de los tiempos de la Reconquista.

No sé qué llevaría puesto Viggo Mortensen para que nadie le reconociera por los andurriales. Me lo imagino con el mostacho afeitado, y con lentillas de colores, y con un gorro de invierno para disimular la pelambrera. Así dicen que anduvo durante semanas, quedándose con nuestra idiosincrasia, hasta que en el bar de Valdeteja, allá por el Curueño, una chica reconoció en él a Aragorn, el hijo de Arathorn. La historia le he leído en internet y justo en este punto se vuelve más extraña que la ficción: que Aragorn se presente en tu villorrio para pedirte un café con leche es el primer síntoma de la locura o del abuso de sustancias. Pero la chica, al decir de las crónicas, muy convencida de su cordura, le espetó: 

- Tú eres el de “El señor de los anillos”, ¿no?

Poco después, Viggo Mortensen fue entrevistado por la prensa local y nombrado Hijo Predilecto de León. De vez en cuando todavía se deja caer por el bar de Valdeteja, a saludar a los parroquianos. Allí, en una pared, frente al brasero, pervive el testimonio fotográfico de que el capitán Alatriste anduvo entre los leoneses montaraces antes de enrolarse en los Tercios de Flandes.






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Justino, un asesino de la tercera edad

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La realidad y la ficción dan tantas vueltas en mi ordenador que a veces se solapan y se pisan el argumento. Hoy, justo antes de ver “Justino, un asesino de la tercera edad”, leía en el periódico que acaban de subir otra vez la edad de jubilación. La han colocado, para los parias de la Tierra, en 66 años y diez meses. 

Lo primero que pensé es que los 66 años están cada vez más cerca del primer infarto incapacitante o de la primera demencia demoledora. La “edad de oro” de los trabajadores españoles se va estrechando y empobreciendo. Con el reloj de regalo de nuestros compañeros pasaremos directamente de la esclavitud a la enfermedad. O a la muerte. El margen de años para disfrutar de Benidorm se está convirtiendo en un período de meses o de semanas. Cuando me toque el turno en el IMSERSO habrá que vivir la experiencia como si fuera de verdad el último disfrute: mucha playa, mucha cebolleta, mucha cerveza con las comidas bajas en sal y en calorías... Será el canto del cisne que siempre graznó como los patos. 

Justino, en la película, es un puntillero que acaba de jubilarse del oficio y también sueña con irse a Benidorm. Corre el año 1994 y todavía dispone de unos años decentes gracias a la socialdemocracia a punto de ser aniquilada. Justino nos cae mal porque es un figurante en esa “Tortura Nacional” que han vuelto a poner de moda los fascistillas, pero él, después de todo, no es el personaje más aberrante del sainete porque con un golpe de su puntilla pone fin a los sufrimientos del torturado.

Al pobre Justino, por unas cosas o por otras, el viaje a Benidorm se le va aplazando y complicando. Y nosotros, aunque no queramos, nos vamos apiadando de su orfandad. La familia le ningunea y el amigo del alma no termina de decidirse. Así que un buen día, rememorando su oficio de sicario, Justino rescatará la puntilla de oro que le regalaron por su jubilación y emprenderá una carrera loca de asesinatos para que el destino se espabile y le ponga en un autocar del IMSERSO camino del mar y muy lejos del puto mundo en decadencia.




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