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Con “Las zapatillas rojas” me ha ocurrido lo mismo que le pasó a Carlos Boyero hace no mucho, viendo “Parthenope”: que quedó hechizado por la belleza de su actriz y prestó poca atención a todo lo demás. Recuerdo que Boyero lo confesó en su programa de la SER y que la centralita se colapsó con las quejas de las oyentes. Dentro de poco, quizá en la próxima legislatura, decir que una actriz te parece bellísima sin mencionar -aunque se presuponga- su empoderamiento ya será un delito tipificado. Irene Montero ha acondicionado el undécimo círculo del infierno para los masculinos viejos e irremediables.
Recuerdo que el pobre Francino, acojonado por sufrir un desplome en el próximo EGM, le preguntó a Boyero con la voz medio temblando:
- Pero la volverás a ver, ¿no, Carlos?, para darnos tu opinión profesional...
- Sí, por supuesto -respondió Boyero, sin atreverse a confesar que volvería a ver “Parthenope” sólo para resolazarse en la belleza Celeste Dalla Porta.
Yo, en cambio, como pertenezco a una generación más joven que la de Boyero, no creo que vuelva a ver “Las zapatillas rojas” sólo por amor. Y eso que es un amor muy verdadero, profundo, casi tan cierto como alguno de los reales. Moira Shearer, la bailarina con las zapatillas rojas, es como la quintaesencia de mis sueños y además baila como una princesa de los cuentos. Pero la película, por mucho que digan, no pasa de ser una curiosidad. Tiene un ballet central bellísimo, todo muy extraño y en Technicolor, y el resto son amoríos acartonados y bobolones.
Recuerdo que “Las zapatillas rojas”, junto a la obra completa de Powell y Pressburger, se enseñaba en cuarto curso de la carrera de Cinefilia. Pero yo, en el tercero, después de suspender varias asignaturas relacionadas con el cine oriental y las monsergas de Tarkovsky, perdí la beca del Estado y tuve que dejar los estudios para dedicarme a este oficio que ahora mismo me sigue dando de comer.






