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La crónica oficial del noviazgo entre el príncipe Felipe y Leticia Ortiz se parece mucho a la historia ficticia que ocho años antes escribiera Aaron Sorkin sobre el presidente Shepherd y la señorita Wade. Tanto, y tan sospechosamente, que estoy por apostar que nuestro monárquico amorío es otro invento de Aaron Sorkin bien pagado por el oro de Zarzuela. Son todos tan guapos, jolín, y tan molones -nuestro rey, y la reina, y la prole que es fruto de su amor- que parece realmente una película ideada para que el populacho olvide que España sigue siendo una República ocupada.
Se cuenta, en la Crónica del Reino escrita por Sorkin, que todo comenzó cuando el príncipe descubrió a Leticia presentando el telediario de La 1 y se dijo a sí mismo, porque así se hablan los reyes en la intimidad: “Majestad, esa mujer es para usted”. Lo demás, al parecer, fue coser y cantar. Felipe llamó a Pedro Erquicia -que entre otros cargos ostentaba el de Mamporrero Real- y éste organizó un sarao en su apartamento para que Leticia acudiera sin coscarse. Entre risas y copas, mientras sonaba la música y se repartían los canapés, cuentan que Felipe se acercó a Leticia para preguntarle si algún día querría ser la reina de España, y que ella subyugada, deslumbrada por la belleza interior del futuro rey, le dijo que sí sin pensárselo demasiado.
Viendo la película y recordando aquel episodio tan triste de nuestra historia, me acordé, también, porque venía al pelo, de Jerry Seinfeld. Jerry afirmaba que a los hombres no nos importa el trabajo de las mujeres siempre que sean guapas, o estén juguetonas, pero que a las mujeres, por esas cosas de la biología, sí les importa mucho el nuestro y que por eso, si el presidente Shepherd hubiera sido el barrendero de la Casa Blanca, o si el príncipe Felipe hubiera sido el cartero del distrito de Zarzuela, ninguna de estas dos historias formarían parte de nuestra educación sentimental.






