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En los Oscar, desde que hay diez candidatas a mejor
película, siempre hay una cojonuda hecha por afroamericanos. O una infumable,
también hecha por afroamericanos, pero que evita protestas en el pabellón.
A veces son películas que dan la sorpresa y se alzan
con el premio gordo de la noche, como “Moonlight” o “12 años de esclavitud”,
aunque luego nos venza la pereza cuando pensamos en retomarlas. Algunas son
buenas de verdad, como “American fiction” hace un par de años, y otras, en cambio, son simplemente aceptables,
o ya directamente malas, indignas de una nominación. Tan sospechosas como las
películas rodadas por blancos o por orientales. O por persas especializados en
el bostezo. El porcentaje de buenos cineastas sigue siendo muy bajo en
cualquier raza que se presente.
La película obligada de este año es “Los pecadores”.
Antes de batir el récord de nominaciones llevaba meses rebotando por las
agendas, pero yo no terminaba de animarme. Unos decían que sí y otros decían
que no, como en “La Parrala” de Concha Piquer. Leía la sinopsis y me parecía
-de hecho lo es- una especie de remake de “Abierto hasta el amanecer”, pero sin
Salma Hayek y su serpiente. Sin el ambiente nocturno de “La Teta Enroscada”.
Sin Quentin Tarantino haciendo el panoli. Un bajón.
Me hice el longuis durante meses hasta que el otro día conocí las nominaciones y se me cayó la indiferencia a los pies, haciendo catacrock. Había que verla, nos ha jodido, aunque solo fuera por curiosidad. Y la vi, el sábado por la tarde, aprovechando que la Liga era una mierda y que la Premier estaba de vacaciones. Me sorprendió para bien. 18 nominaciones son una cosa exageradísima, pero ¡sapristi!: hay momentazos, hallazgos, tres o cuatro músicas notables. Vampirismos socarrones. Y una escena poscréditos que ilumina la función. Cuando aparezcan las letricas no apaguen su aparato. No se vayan todavía, aún hay más.







