Dear England

🌟🌟


Gareth Southgate, en la vida real, fue un seleccionador de Inglaterra que aburrió mucho a las ovejas. A las del Yorkshire, y a las de cualquier campiña del planeta. Don Gareth era un amarrategui de manual. Un cagón. El Maguregui de las Islas Británicas. El hombre que convirtió a la generación más talentosa de Inglaterra en once defensas encastillados esperando no se qué: un fallo del rival, una intervención divina, ni siquiera un contraataque. La nada. 


Los futboleros veíamos a Inglaterra porque era nuestra obligación, nuestra misa de guardar. La eucaristía que cada cierto tiempo rememora a los profetas. Un cabo de año, que dirían las beatas. Pero era solo eso: una entrega, un sacrificio, una putada en realidad. Con Southgate sentado en el banquillo, los partidos que honraban a los ingleses eran una comunión de los bostezos.

(Gene Hackman, en “La noche se mueve”, decía que ver una película de Rohmer era como sentarse a ver crecer la hierba. Gene Hackman -su personaje, quiero decir- era un mentecato y un sacrílego, porque las películas de Rohmer encierran sabidurías ancestrales. Pero me quedo con la idea).

Lo más cojonudo es que el truco de Gareth Southgate funcionaba. Inglaterra, arropada en esa táctica indescifrable, superaba rondas y más rondas hasta llegar a las finales. Pero ahí, indefectiblemente, caía fulminada, atenazada por la presión. Si no eran unos penaltis contra Italia era una cagada contra España. “Dear England” cuenta aquella extraña aventura de Gareth Southgate y sus muchachos seleccionados. Consta de cuatro episodios y sólo he visto la mitad. Enough for me. Es tan aburrida y tan ridícula como aquellos partidos memorables.  Por mucho que queramos, no logramos olvidarlos.

Gareth Southgate aparece en "Dear England" como un Mr. Wonderful que eleva la moral y asiste a los descarriados. Un psicólogo, un padre, un veterano de Vietnam... Me parece pistonudo. Me quedo más tranquilo al saber que era un buen tipo en realidad. Aburrido, pero un buen tipo. Si el hermano fallido de Ralph Fiennes lo interpretara con menos muecas tal vez me caería hasta simpático.




Leer más...

La vida alegre

🌟🌟🌟

Gracias al condensador de fluzo que te venden con FlixOlé, esta tarde aparqué el Delorean junto al dispensario que regentaba Verónica Forqué en “La vida alegre”: una comedia de Fernando Colomo que sigue la pista a varios gonococos que pasan de cama en cama hasta llegar a los genitales del ministro de Sanidad. 

“La vida alegre” es una comedia descocada y muy propia de la movida madrileña. Si hacemos caso de las crónicas que nos llegaban de la capital, allí, en los años 80, cuando cerraban los negocios, heterosexuales y homosexuales se lanzaban a una bacanal donde follaban hasta los del percentil más bajo de la belleza. Si en los años 60 llegaron los emigrantes del campo para ganarse las perras, en los años 80 llegaron los libertinos frustrados para echar los polvos que en provincias no se permitían o eran más raros que el uranio mineral.

En “La vida alegre”, Verónica Forqué estaba en la flor de su simpatía y Antonio Resines antoniorresinaba más que nunca con su cara de panoli y sus titubeos de calzonazos. Justo por allí, por los pasillos del ministerio de Sanidad, correteaba Ana Obregón con sus vestidos ceñidos y su sonrisa pomular, interpretando -o algo parecido- a una auxiliar administrativa que sólo sirve para elevar la moral de los funcionarios. Ahora nos reímos mucho de Ana Obregón porque se ha convertido en un personaje extravagante, pero hace cuarenta años, en el esplendor en la hierba, se nos congelaba la sonrisa cuando lucía su palmito en las películas y nos quedábamos pegados a la tele como moscas -moscones- de la fruta.

En aquellos tiempos todavía había actrices florero que se desnudaban -o dejaban entreverse- para jolgorio del personal. Lo igualitario, lo propio de la vida alegre, hubiera sido que también se despelotaran los actores para regocijo de las señoras, y no este puritanismo medieval que ahora nos venden como el no va más del progresismo.



Leer más...

Estoy en crisis

🌟🌟🌟


Yo estoy con Fernando Colomo: el mejor remedio que se ha inventado para curar una crisis existencial es irse a vivir al campo con Cristina Marsillach, lejos del ruido y de los hombres. Y de las mujeres. Nada como montar una comuna sencilla, de dos ascetas pervertidos, para sanar el cuerpo y reconfortar el espíritu. Folla et labora, reza la regla de fray Colomo. 

He ahí el camino y la redención: irse lejos con la mujer amada, pero tampoco muy lejos, por si hay que llamar al médico o bajar a la ciudad. Cultivar un huerto para alimentarse, y recibir por las mañanas al panadero y al pescadero. Y de vez en cuando, cada quince días, al furgón del supermercado. Admitir sólo eso, furgonetas con víveres, y coches con amigos. Pero coches muy escogidos, ojo, los justos para no enloquecer del todo en ese monasterio peñascoso. Enloquecer de amor, decía, en la paz de los instintos.

La casualidad ha querido que yo, ahora mismo, también tenga una crisis como ésta de Sacristán. Ahora que se vive más, la crisis de los cuarenta y pico se tiene a los cincuenta y pico. Es como adelantar la hora en el horario de verano. Lo que pasa es que yo no tengo casoplón ni amigo que me lo deje. Ni a Cristina Marsillach en el horizonte... La búsqueda de una monja lasciva se alarga demasiado. 

De todos modos, mi crisis, atendiendo a la primera acepción de la RAE, no es trágica ni preocupante. Es un “cambio profundo y de consecuencias importantes”, como dice el diccionario. Por fuera todo parece igual, pero por dentro, en la propiocepción, noto que estoy cambiando y que adquiero nuevas disposiciones. ¿Será la madurez tan largamente soñada? Ojalá, pero no creo. La madurez viene de serie con el nacimiento y yo nací sin bendiciçon. La madurez no se adquiere viviendo, ni viajando, ni  recibiendo negativas. Hay gente madura como hay gente que nace rubia o que tiene más largo el hueso peroné.



Leer más...

¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

🌟🌟🌟


A veces me sorprendo canturreando “Qué hace una chica como tú en un sitio como éste” por los pasillos de mi colegio. Es el legado más duradero de la película: esa canción pegadiza que ilustra los encuentros extraños y benéficos. Un sonsonete eterno en la lista de los 100 Grandes Éxitos Generacionales. Casi un himno -me atrevo a decir- para celebrar que a veces, en entornos poco propicios, aparecen mujeres maravillosas como mariposas de colores.

La canturreo una vez por curso, tal vez dos, cuando recala en nuestra misión la sustituta de una sustituta -esto es la enseñanza pública y basta una manicura fallida para coger una baja- y quedo sorprendido por su belleza sin igual. O, cuando entablo conversación, porque quedo admirado de su agudeza chispeante. Alguna vez coinciden la belleza y la perspicacia en una misma Carmen Maura de película y entonces ya se produce el acabose. Es entonces, en esas apariciones marianas, cuando la canción de “Burning” ya no suena en el licorice pizza de mis neuronas, sino directamente por megafonía, a todo meter, para dar fe de que ha llegado una persona extraordinaria y que tal vez habría que festejarlo con pasteles en el próximo recreo.

De todos modos, la película de Colomo no cuenta la historia de una interina que viene a cubrir una baja laboral, sino la mala vida de una peluquera casada con un hijoputa en la España sin divorcios. Los espectadores modernos lo damos tan por supuesto, lo del divorcio, que al principio no entendemos por qué ella no lo manda a la mierda y le tranca la puerta con siete cerrojos inexpugnables. Pero es que era, so bobo, la España de los curas, que todavía coleaba. Lo que Dios había bendecido ya sólo lo podía separar un tribuno de la Rota. 

Parece todo muy lejano, casi como de la época victoriana, pero sólo nos separa una generación de aquel régimen de talibanes con alzacuellos. Así que ojo, mucho ojo, que amenazan con volver.



Leer más...

Tigres de papel

🌟🌟🌟

Allá por 1977, en los albores de la Restauración Borbónica, los progres se lanzaron a probar las costumbres tanto tiempo prohibidas por la ley y por la Iglesia. Algunos lo hicieron porque sentían el impulso o la necesidad, pero otros, como los protagonistas de “Tigres de papel”, simplemente porque sentían el afán de experimentar. Porque querían tocar los cojones a los guardianes de la moral que aún blandían un arma en la mano y un hisopo con la otra. 

Los personajes de "Tigres de papel", si tienen que fumarse un porro, se lo fuman; si tienen que apuntarse a una orgía, se apuntan; y si tienen que separarse del pariente o de la parienta -que no divorciarse, ojo, porque hasta 1981 no se tramitó la ley que lo permitía-, pues se separan.
A Carmen Maura y su trupé de moscones les bastan dos broncas y una desavenencia para tomar la decisión de largarse de casa y experimentar esa sensación excitante de saberse libres tras años de vigilancia. Pero como son ciudadanos majos y enrollados, las rupturas no son nada traumáticas ni virulentas, y así, de vez en cuando, cuando aprieta la soledad, las parejas firman un armisticio para aliviar las penas y sofocar los instintos. El buen rollo preside estas des-uniones a-legales que tienen más de protesta que de convicción. En el fondo de sus corazones, estos personajes se quieren, y se estiman, y viven en casas separadas simplemente porque se lo pueden permitir. 

“Tigres de papel” se ha quedado muy obsoleta y aburrida. Casi cincuenta años de reyes y legislaturas nos contemplan... Pero en el asunto de las separaciones conyugales es una película muy moderna y yo diría que hasta envidiable. Ahora mismo, con los precios del mercado inmobiliario, muchas des-parejas modernas se ven obligadas a vivir bajo el mismo techo y a ver las películas en el mismo sofá compartido, con más o menos distancia entre los cuerpos, según el humor y el aguante de dada uno.




Leer más...

DTF St. Louis

🌟🌟🌟🌟


“DTF St. Louis” es una aplicación para ligar. Para ligar en San Luis, se sobreentiende, y en su área metropolitana. Del sexo insatisfecho y del deseo contrariado nació esta historia detectivesca. Esta rareza audiovisual. Esta serie tan extraña como la propia humanidad. 

“Nadie es normal, aunque a simple vista no nos damos cuenta”. Nos lo recuerdan de continuo. Así que el misterio es: ¿qué anormal, o qué anormala, mató finalmente a ese gordo de Misuri que tenía la polla torcida y la mente de teleñeco?

DTF, en inglés, son las siglas de “Dare to Fuck”: atrévete a follar. Aquí, en castellano, para sostener el juego de palabras, lo han traducido por “Donde Todos Follan”, lo que es, obviamente, una traducción chapucera, y una publicidad fraudulenta. Porque en las apps del asunto, como es sabido por todos, sólo follan los de siempre: los que ni siquiera necesitan descargar la aplicación. Ellos, y ellas, son las langostas que no dejan un campo sin devorar. 

Con semejante traducción, el que no se coma un rosco en DTF podría contratar un bufete de abogados. Better Call Saul... ¿Se imaginan? Hubiera sido más fácil, y más honrado, traducirlo por “Decídete, tolai, a follar”, y luego ya veremos. Sin resultados garantizados, pero con un hálito de esperanza.

Hablo, por supuesto, con conocimiento de causa. Yo estuve varios años en “DTF La Pedanía”, y su área metropolitana. Algún polvo me llevé, sí, pero al final todo fueron lodazales. En “DTF La Pedanía”, follar, lo que se dice follar, con alegría y desenfreno, sólo follaban tres afortunados. Lo sé porque me lo contó una mujer que se apiadó de mi desgracia. Mientras me hacía circulitos en el pecho, me aconsejó que lo dejara. Que probara por las vías tradicionales.  La app era coto de caza y era imposible competir. Todas las mujeres hacían cola por tirarse a esos tíos y desdeñaban a los demás. De ahí los silencios y las negativas. 

Ella, al parecer, les iba rotando y se había quedado, de momento, sin su silla de montar. Conmigo, mientras tanto, se entretenía, y me daba buenos consejos. Era la mar de sexy y creo que me enamoré. El resto de la historia necesita suscripción.





Leer más...

Mi vida entre las hormigas

🌟🌟🌟🌟


No soy un macarra, ni un hortera, ni voy a toda hostia por la carretera. Soy, más bien, un pusilánime, y un cutre textil, y ni siquiera tengo carnet de conducir. Nada de eso ha cambiado desde que “Ilegales” empezaran a sonar en Los 40 Principales. Y sin embargo, ahora como entonces, no dejo de tararear la canción cuando la escucho en una radiofórmula. O en algún documental. 

La tarareo por la nostalgia de un tiempo que no viví aunque fuera contemporáneo, ni a tope ni nada, siempre enterrado entre libros y atrapado por la timidez. Pero la canción molaba, molaba la hostia, como molaban los “Ilegales” por el mero hecho de llamarse así, tan salvajes y guerrilleros, unos punkis sin pinta de punkis, más bien de lunáticos peligrosos que allá en los Maristas eran como los héroes de la resistencia que peleaban en Asturias. Otro mundo de fiestas y mujeres era posible si agarrabas la guitarra y escribías unas cuantas letras de poesía combativa. Tampoco había que ser Quevedo ni Vicente Aleixandre. Ni Carlos Santana pulsando las cuerdas. Con mandarlo todo a tomar por el culo y rimarlo con gracia ya era suficiente.

En lo que sí coincidíamos Jorge Ilegal y yo es que teníamos un tipo dentro del espejo que nos miraba con cara de conejo. El suyo era un conejo puesto hasta arriba de farlopa, muy inteligente y agresivo; el mío, que me sigue mirando mientras el cuerpo aguante, se parece más bien a Roger Rabitt, todo tontuna y confusión. Pero ahí terminan las coincidencias. Más allá de la estatura y de la preferencia por la soledad, no descubro nada en este documental que me una con el personaje retratado. Y menos mal, porque vaya tela, el tal Jorge... Un tipo singular, sí, pero para verlo desde la distancia. Una decepción humanística. Y aún así, cuando suena “Tiempos nuevos, tiempos salvajes” se me van otra vez los pies y el tarareo: es como una canción de ahora mismo, radical, todo furia y sálvese quien pueda.




Leer más...

Aída y vuelta

🌟🌟🌟🌟


En las aplicaciones del amor yo siempre lo advertía: no veo televisión generalista. Mi mayor terror, más que dar con otra mujer desequilibrada, era enamorarme de alguien que luego me propusiera ver juntos, yo qué sé, “La isla de las tentaciones”, o el “Masterchef” de los famosos. Una semana podría aguantar; dos, imposible. Se me notaría mucho el desinterés, mi falta de sacrificio. “Oye, tío, que yo he aguantado tu puta película de Fellini sin hacer muecas ni lanzar puyas a la pantalla”.

Hoy en día, más que en la cama, los amores se dilucidan en el sofá. Con la afinidad televisiva ya tienes medio camino recorrido. Lo otro es sábado sabadete y un poquito de paciencia. Por eso yo me adelantaba a los acontecimientos anunciando mi desdén, y por eso nadie, o casi nadie, acudía a mi reclamo. 

Entre las muchas cosas que nunca vi estaba “Aída”, la serie que sí veía todo el mundo en Tele 5. En aquella década, al parecer prodigiosa, yo estaba a lo mismo que ahora: a la Champions, al snooker, al cine de ayer y de hoy... A las series americanas y al canal Mezzo de los violines. Un hombre televisivo, sí, pero sintonizando otra galaxia. El “prime time” de mis compatriotas es un concepto desconocido para mí. Huyendo de la publicidad -que es la carcoma de nuestro espíritu- me aboné a Canal + en el año 95 y emprendí una ruta solitaria que al final me trajo a estas montañas de eremitas.

Aun así, he caído en “Aída y vuelta” porque todo lo que hace Paco León, o casi todo, tiene algo estimulante. Empezó haciendo de bobo y ahora es el más listo del lugar. Cuando me aseguré de que se podía ver “Aída y vuelta” sin mayores referencias, me lancé. Estar en antecedentes ayuda, pero no es imprescindible. La película no es “Eva al desnudo”, pero también va de bambalinas del showbusiness. Si son metarreales o metaficticias eso no lo sé. Da igual: la reflexión sobre los límites del humor es un tema trascendental. Quizá sea el tema de los temas. Saber de qué se ríe una sociedad, en público y en secreto,  te da el punto de cocción.





Leer más...