Platónico. Temporada 2

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La primera temporada tenía mucha gracia. La segunda ninguna, o muy poca. Si le he puesto tres estrellas es porque Rose Byrne me sulibeya físicamente, moralmente y diplomáticamente. Sí: soy una vieja masculinidad. Y también un viejo, o casi. 

También he sido benévolo porque Seth Rogen, cuando sonríe, me hace sonreír. No lo puedo remediar. Me cae bien este tipo sin conocerle de nada. A lo peor es un fascista de California y yo estoy aquí hablando de simpatías. Espero que no, por la gloria de mi madre. Pero sí es verdad que hay risas contagiosas y sonrisas contagiosas. Y la sonrisa de Seth Rogen es como la de un niño grande y medio lelo. Será por eso que me identifico. Las neuronas espejo nunca descansan en “Platonic”.

Por lo demás, descartada la tensión sexual entre los protagonistas, la segunda temporada es una sucesión de... ocurrencias. Me imagino al equipo de guionistas enfrentados al desafío: “¿Y ahora qué hacemos con estos dos?” Y ahí van, a trompicones, resolviendo los encargos. En los episodios pares salvan los muebles y en los impares fracasan sin remedio. Un día ponen a Seth y a Rose en una boda fallida, otro en una redada del FBI, otro en un paseo medio bobo con las canoas... Nada de miradas subrepticias, de dudas alcohólicas, de diálogos ambivalentes. Ellos son amigos y solo amigos. Quedó claro en la primera temporada y ahora todo es madurez y castidad. ¿Qué es, entonces, la segunda temporada de “Platonic”? Siguiendo a Marcel Pagnol debería ser una tragedia porque al final los protagonistas no terminan de encamarse. Pero ellos parecen tan contentos con el arreglo y nosotros, aunque perplejos, respetamos su decisión.

Si el objetivo era llegar a los diez episodios y esperar que la audiencia de Apple TV avalara otra renovación, los creadores de “Platonic” lo han conseguido según anuncia IMDB. Felicidades y tal, pero que no cuenten conmigo para la próxima travesía. 





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Banda aparte

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“Banda aparte” es la única película de Godard por la que siento cierto cariño. No merece cuatro estrellas ni de coña pero hoy me siento afrancesado y generoso. Tampoco me engaño: no es la cinefilia, sino la belleza de Anna Karina, la que seduce mi simpatía. No sé por qué le dedicaron una canción a los ojos de Bette Davis y no a los ojos de Anna Karina, que te miran y te noquean. Ellos sí que son puertas a otra dimensión y no los agujeros negros del espacio.

También es verdad que Godard, el muy tunante, el muy amante, siempre sacó a mujeres bellísimas en la pantalla -la misma Karina, o Jean Seberg, o Anne Wiazemsky- y todas esas películas son ridículas o deleznables: los famosos “experimentos fílmicos” que iban alternando la falta de pies con la falta de cabeza. Una sucesión interminable de paridas, de ocurrencias, de boutades... cualquier cosa menos una película hecha y derecha. Y sin embargo ya ves, ahí está Godard, en los altares, adorado como un santo patrón o como un dios de los principales, homenajeado por el mismo Tarantino cuando llamó a su productora “A Band Apart” quizá porque está enamorado de Anna Karina casi tanto como yo.

Hace tres veranos estuve delante de la tumba de Anna Karina en Père Lachaise. París no era una fiesta, sino una tragedia que se mascaba. Mi pareja de entonces iba buscando la tumba de Edith Piaf y en el camino sinuoso, perdidos entre las tumbas, encontramos un grupo de gente que rendía honores a mi Anna. Mi pareja no tenía ni idea de quién era ella y busqué en Youtube la famosa escena del baile en “Banda aparte”, por ver si le sonaba. Pero no le sonó. Viendo bailar a Anna con su falda y su sombrero se me olvidó durante unos segundos que yo estaba allí con una mujer de carne y hueso. Creo que ella lo notó. Fue otra vía de agua -pequeñita, pero quién sabe si la decisiva- en el barco que naufragaba. 




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Al final de la escapada

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La mejor película de lo que llevamos de año es, para este cinéfilo de provincias, “Nouvelle Vague”. La película de Linklater es divertida, boba, perfectamente imperfecta. Y eso siempre se agradece. Es  liviana y sin embargo trascendental: un canto de amor al cine y a los cineastas. Para músicas grandilocuentes y diálogos engolados ya tenemos el resto de la cartelera. 

“Nouvelle Vague” cuenta la historia del rodaje de “Al final de la escapada”. Cine dentro del cine. Pretende ser un homenaje pero es mucho mejor que la película homenajeada. Es un poco el mundo al revés: la banda homenaje mejorando a la banda original. “Al final de la escapada” es histórica pero chapucera, ícónica pero cutre, libérrima pero estúpida. Se ve, se disfruta y se olvida. Es un evangelio aprobado en los concilios de París y nosotros lo asumimos mientras dudamos con el alma. 

Después de ver “Nouvelle Vague” era imposible no sentir curiosidad por ver, otra vez, la ópera prima de Godard. Hacía años que -defraudado, disgustado, aterrorizado por el suizo petulante- la iba rehuyendo por las plataformas. Más de veinte años, seguramente. Lo sé porque no la tenía puntuada en Filmaffinity y yo llevo ahí todo ese tiempo, levantando y bajando pulgares como el césar de un imperio pequeñísimo.

De la película -mitad culpa suya, mitad culpa mía- no me acordaba de casi nada: solo de una escena en un hotel y de Jean Seberg vendiendo el Herald Tribune por las calles de París. Ni siquiera recordaba que el personaje de Belmondo fuera un delincuente peligroso, y que precisamente por eso, porque es un chuloputas pletórico de arrogancia, es capaz de robarle el corazón a esa chica tan hermosa y desnortada. 


Otras razones que no sean la simple curiosidad para ver “Al final de la escapada”:


1. El rostro de Jean Seberg. 

2. La sonrisa de Jean Seberg.

3. Los vestidos de Jean Seberg.

4. Jean Seberg pasándose el dedo por los labios

5. Jean Seberg preguntando qué son los Campos Elíseos mientras vende periódicos por la avenida de los Campos Elíseos.





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¡Jo, qué noche!

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El mundo está lleno de locos. Y los locos, por lo general, para dar riendas a su locura, esperan a que anochezca. Por eso los llaman -o los llamaban, antes de la edad del eufemismo- lunáticos. 

“Jo, qué noche” cuenta la historia de un hombre que salió a echar un polvo y se encontró con todos los locos del Soho en una sucesión disparatada y la mar de entretenida. La noche de Walpurgis de las brujas inapetentes y los hechiceros paranoicos. Y Martin Scorsese, desde su púlpito de gogó, iluminándolos con su foco.

De día, para sobrevivir, para dejar sus genes en el acervo, los locos han aprendido a disimular. Estos de la película se ganan la vida moldeando esculturas, sirviendo copas y conduciendo carritos del helado. Parecen personas normales, o casi, mientras el sol alumbra sus cabezas. También hay oficinistas, ladrones del butrón y porteros de discoteca. Maestras de primaria no salen en “Jo, qué noche”, pero yo conozco el percal y sé que también disimulan lo suyo durante el día. Si las miras atentamente se pueden ver indicios, síntomas, conductas inexplicables, pero nadie sin un título de psiquiatría se atrevería a sentenciar. Los locos son como vampiros pacientes que esperan la luna para desplegar las alas y los colmillos. 

Ahora, gracias al progreso, sabemos que la locura es producto de las neuronas y no de la astronomía. El “Homo sapiens” es el bípedo implume, sí, pero también el mono desnudo y el mono cortocircuitado. La lucha por la vida, allá en la sabana, inició una carrera muy loca de armamentos que nos dejó a todos más o menos turulatos. Tenemos demasiadas neuronas, demasiados cables, demasiadas conexiones innecesarias. Módulos y más módulos. Un exceso de pensamiento. La locura es el precio a pagar que nos dejó la supervivencia. Y la noche, la oportunidad pintiparada para desfogar. 

Por eso yo no salgo de noche y Griffin Dunne, después de su aventura, me parece que tampoco. Hay que ser muy valiente para aventurarse entre la jauría. Ya cantaban los de “Vídeo” que la noche no es para mí, sino para ellos. 





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La última tentación de Cristo

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Si admitimos que Jesús también era un hombre -o sólo un hombre, como predicamos los ateos- y que además era rubio, y con ojos azules, y poseía una labia que dejaba petrificadas a las galileas, es normal, digo yo, que tuviera tentaciones eróticas antes de convencerse a sí mismo de que era el Hijo de Dios y el Mesías de las Escrituras. 

El cristiano fervoroso no debería ver en esto ninguna ignominia. Pero la ve. Entre otras cosas porque el cristiano, ya de por sí, siente repelús por cualquier escena de sexo que se encuentre en la ficción: o no le parece decoroso, o no es sexo reproductivo, o no se practica en los agujeros prescritos o con el género correspondiente. O con el número de compañeros santificado. Lo pilles por donde lo pilles, el sexo siempre le parece pringoso y pecaminoso. Así que imagínate si pones a su fundador en brazos de María Magdalena... El cristiano fetén prefiere ver psicópatas, motosierras, marines de los yanquis. Latigazos y torturas. Escabechinas sangrientas sobre la cruz.

Scorsese no es tonto y lo sabía. Prefirió ser fiel a la novela y armar el escándalo mayúsculo. Y cobrar el taquillazo. “La última tentación de Cristo” podría haber prescindido del erotismo y se hubiera entendido igual: mirada intensa a los ojos de María Magdalena, fundido a negro, hijos que pululan... Después de todo, la Magdalena no era más que una tentación del diablo, una vida alternativa que jamás existió a ojos de la fe. Una historia más en el universo donde todo acontece a la vez y en todas partes. Jesús acostándose con María Magdalena forma parte de la física teórica; y la física teórica, si nos ponemos meta-físicos, también es obra del Creador. 

(No estaría mal, por cierto, que a los otros hijos de Dios, a los hermanastros de Jesús, se nos ofreciera en el penúltimo momento de nuestra vida la tentación opuesta: vivir una existencia de dioses y no de hombres. Darle la mano al diablo, levantarnos de la cama del hospital y disfrutar de los superpoderes y la inmortalidad garantizada).





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El cineclub

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De niño veía las películas gratis en el cine Pasaje porque allí trabajaba mi padre. También en el cine Abella, que era el otro cine de la empresa. Eran nuestros cineclubs particulares pero tampoco se podía entrar por la jeta: había que presentar unas invitaciones que la empresa cedía a sus empleados a cambio de pagarles un sueldo miserable. Estaban contadas y no se podían malgastar. Eso nos obligaba a seleccionar un poco las películas, y también las compañías, porque las invitaciones eran todas dobles, ninguna individual, así que a veces, en vez de ir solo, invitaba a algún amigo que se arrimaba por el concepto. 

Cuando entré en la edad de merecer alguien me dijo: “Con esto de las entradas te van a salir chicas por un tubo”. Pero el tubo, ay, debía de estar mal empalmado, o conducir a un universo diferente, porque nunca descendió por él ninguna cinéfila de León. Ninguna Aime Lou Wood que también buscara en el cine una cueva para esconderse, y ya de paso, vivir un amor como éste que sale en “El cineclub”, hecho de sueños y confidencias. Estaba la cosa jodida, la verdad: los Maristas de León fueron el último bastión de la enseñanza segregada y luego, en el barrio, las chicas siempre prefirieron al canallita gracioso antes que al cinéfilo apocado. Es ley de vida y hay que aceptarlo como es.

Años después, cuando por fin vino el fontanero y arregló el tubo de las chicas, los cines ya habían cerrado y yo vivía muy lejos de León. Fuera del cineclub familiar conocí a un puñadito de mujeres, pero ninguna, salvo una -la serpiente venenosa- me siguió el rollo de las películas. Hubo un tiempo maravilloso en el que creí haber encontrado en ella un alma gemela en el sofá. De eso va precisamente “El cineclub”: de cinéfilos enamorados que viven las películas como si se tratase de una fiesta o una eucaristía. En mi cabeza ésa es la conexión absoluta que distinguirá al gran amor de los demás.




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El botín

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La corrupción en Miami continúa. Mas de cuarenta años de vicios y fornicios nos contemplan. “Con-Dón Johnson”, decíamos en el patio del colegio, y nos meábamos de la risa. Ricardo Tubbs y Sonny Crockett sobrevivieron a las balaceras y a los Ferraris y ahora están de jubiletas jugando al golf en los campos de Florida. Pero sus herederos en el cargo, peor vestidos y peor afeitados, siguen bregando contra el narcotráfico que nunca descansa. Es más: que parece más floreciente que nunca si nos atenemos lo que se cuenta en “El botín”, cuando los narcos se desprenden de 20 millones de dólares como quien se desprende de cinco euros en una propina del restaurante.   


20 millones de dólares, divididos entre los cinco policías que se los encuentran, tocan a 4 millones por barba. ¿Se puede decir hoy en día “por barba” cuando dos miembros de la Brigada Antivicio son mujeres empoderadas? Tendré que consultarlo con mi abogada. Sea como sea, la tentación es mucha. Y el sueldo de madero, en Florida, según nos deslizan también, apenas da para cubrir los gastos habituales en este gremio peliculero: la pensión alimenticia de los hijos y de las exmujeres -o de los exmaridos-, y el alquiler por las nubes, y la factura del hospital privatizado... Un drama de la hostia provocado por la Ley del Divorcio y por el “laissez-faire” de los liberales. Estas cosas, con Franco, desde luego, en América, no pasaban.


Yo no lo hubiera dudado ni un segundo, pero Affleck y Damon son dos tipos íntegros que se deben a su legión de seguidores. Sus personajes, aunque rudos y desastrados, prefieren una conciencia tranquila a cuatro millones en el banco. Otra cosa es la gestión del pastonazo, que eso sí me habría tirado para atrás. Los quebraderos de cabeza que da tener mucho dinero son muchos y enrevesados. Tendría que contratar a Saul Goodman para que los pusiera a buen recaudo y comenzara a blanquearlos en un lavadero. Pero aquella, ay, como “El botín”, era otra ficción de corrupciones que terminaba como el rosario de la aurora.





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Der Tiger

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De pequeño me sabía casi todos los tanques que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. He olvidado muchos, pero los principales siguen rulando por mi memoria con sus cadenas oxidadas, abriendo surcos sobre los surcos. Ellos también contribuyen al ruido mental y a la tos de la mañana.

De niños estábamos obsesionados con esa guerra y éramos como pequeños bárbaros eruditos. Si nos la hubieran encargado podríamos haber escrito su entrada en El Libro Gordo de Petete. Veíamos las películas, y leíamos los cómics, y comprábamos, en los kioscos del barrio, los soldaditos de plástico de Montaplex para montar batallas en el cuarto de los juegos o en el descampado de la calle. En algún momento empezaron a incluir tanques desmontables y gracias a ellos nuestras batallas ganaron potencia de fuego y protección de la infantería. Las maquetas que vendían en la tienda especializada costaban un cojón de mico y sólo podías pedírselas a los Reyes Magos porque entonces Papá Noel no llegaba a León ni a su histórica provincia.

Mi tanque preferido era el T-34 del Ejército Rojo, pero no porque fuera el mejor, sino porque era del Ejército Rojo. Yo siempre he ido con los comunistas en todas las guerras: en las ganadas y en las perdidas. En las de jugarse el pan, por supuesto, pero también en el pan y circo de los deportes. Luego estaba el Sherman de los yanquis y el FIAT casi ridículo de los italianos, casi más una tanqueta que un tanque de verdad. Y el Chi-Ha de los japoneses, que era tan pequeñín y puñetero como los mismos soldados que lo manejaban.

Pero los que acojonaban de verdad, poderosos y temibles, eran los tanques de los nazis: el Panzer, con todas sus numeraciones, y el Tiger, que era una máquina engrasada de matar. Ya sólo sus nombres imponían. Veo “Der Tiger” y sigo sin explicarme cómo los alemanes pudieron perder la guerra con esos monstruos mitológicos de su lado. 

Recordé, de pronto, a mitad de película, que mi única maqueta carísima, mi tesoro de niño pobre y belicoso, fue precisamente un Tiger con camuflaje para la nieve, todo detalle e imponencia. Fue uno de los Rosebud de mi infancia que se perdieron sin remedio.




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