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“Homo Argentum” no es exactamente una película, sino una sucesión de pequeños sketches y cortometrajes. Un acercamiento antropológico al argentino moderno que trata de sobrevivir trabajando o estafando, disimulando o exponiéndose. 16 historias sueltas, independientes, pero todas protagonizadas por Guillermo Francella, que es como un camaleón de la pampa, o como un T-1000 de la Patagonia. Una demostración de talento sin igual. Un “tour de force” actoral, que es una expresión muy de cultureta de provincias.
¿He dicho “historias independientes” ? Bueno, no del todo. Mariano Cohn y Andrés Duprat nunca se permitirían un guion deslavazado o inconexo. Estos tíos siempre ponen la bala donde ponen el ojo. En sus películas todo está puesto por algo y para algo. Y sin embargo, en internet, son muchos los que no han comprado su último experimento por falta de coherencia. Muchos los que aseguran que “Homo Argentum” es un corta-pega de ocurrencias sin hilo conductor, sin corriente subterránea y común que riegue las historias.
Yo no estoy de acuerdo. Hay un concepto común que hilvana los 16 episodios de “Homo Argentum”: el clasismo. No tanto la lucha de clases, pues ya casi nadie se rebela contra el amo, pero sí, desde luego, el desprecio al inferior, al que no tiene, al que se ha quedado un piso por debajo. Será que soy un bolchevique innato y que voy viendo el clasismo por todas partes. Pero no creo equivocarme con esta película. Conozco el percal de don Gastón y don Mariano. La vida consiste en presumir; en situarse, al menos, un escalón por encima de los demás. Es el estatus, idiota: el monetario, el sexual, el profesional... Cualquier estupidez sirve para marcar una diferencia. El “Homo Argentum” no se diferencia mucho del “Homo Ibéricus”. Sólo en el acento, y en esos gestos con las manos que delata sus orígenes italianos.







