Muertos S. L. Temporada 4

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Al final, la muerte, sobre todo si es de otra persona, es una excusa como cualquier otra para tomarse un par de cañas. Lo decía Pepe Carvalho en una de sus novelas: lo mismo da una fiesta patronal que un partido de fútbol; el bodorrio de una hija que la muerte de un allegado. Beber sin excusas está mal visto en sociedad; en cambio, beber para celebrar algo, o para lamentarlo, rodeado de amigos y familiares, es un ritual que conserva cierto pedigrí.

De todos modos, las cafeterías, en los tanatorios, no son el lugar más apropiado para celebrar la eucaristía. Allí también se bebe, sí, pero con moderación, como si el muerto nos regañara desde su penúltimo cubículo. Es por eso que la gente -al menos la que yo conozco- queda para beber después de los dolores. Las cafeterías de los tanatorios son, por tanto, modestas, un poco recónditas, como ésta de la Funeraria Torregrosa, que es el rincón menos visitado por los guionistas. Y es natural, porque la serie se ocupa de los que trabajan allí -de sus taras y cochambres- y apenas nada de los clientes que se acodan en la barra, o se toman el café con leche en las cuatro mesas disponibles. 

Esa fue la gran idea que convirtió “Muertos S. L.” en una serie divertidísima: centrarse en los trabajadores y no en los trabajados. Y qué trabajadores, además, cada uno con su neurosis de posguerra. Un “The Office” de las pompas fúnebres y con muchos españoles por el medio. Todos nos sentimos apelados porque en nuestros trabajos se cuecen habas similares. Habría que subir muy alto en el escalafón empresarial, o funcionarial, para encontrar gente que no provoque el mismo pasmo o la carcajada. 

Sin ir más lejos, un equipo de guionistas que se pasara una semana en mi trabajo, tomando apuntes del natural, sacaría material para otra serie de gran éxito que, por desgracia, nunca vería la luz en las plataformas.  





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El otro Chiquito

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Viendo “El otro Chiquito” recordé el primer invierno de mi vida laboral. Chiquito I era nuestro monarca verdadero y Lucas Grijander le rendía homenaje cada noche.

Cuando cerraban las escuelas, después de los dolores, yo regresaba a León en el coche de un compañero por las carreteras de montaña. Ten cuidadín, le decía antes de arrancar... Para amenizar la hora y cuarto de trayecto poníamos una casete de Chiquito de la Calzada que era nuestro san Cristóbal protector. Éramos un par de devotos: dos apóstoles de sus chistes entre los mineros y los vaqueros, y los miembros de la Meletérica, allá en el norte provincial. 

Llegamos a sabernos aquellos chistes de memoria porque la cinta siempre era la misma, pero nos daba igual: la gracia, como recuerdan varias veces en este documental, nunca estuvo en los chistes, sino en la forma de contarlos, y nosotros, con el deje, nos partíamos el duodeno. Dos caballos descojonados venían de Bonanza. 

Reprimidos en la vida civil porque éramos maestros respetables, cuando montábamos en aquel coche dábamos rienda suelta a nuestra tontería. Puede que vistos desde fuera pareciéramos ridículos o infantiles, pero no podíamos evitarlo: Chiquito nos podía y Lucas Grijander nos remataba. Estábamos poseídos por el duende. Cuando la moda se disipó y empezaron las deserciones, hubo muchos que no apostatamos y mantuvimos viva la fe en nuestros corazones. ¡Cobardes!

Al curso siguiente me enviaron a otra meseta y no volví a saber nada de mi compañero. Pero si sigue vivo y también ha visto “El otro Chiquito” en Movistar, seguro que recuerda aquellos trayectos entre León y Villablino hablando en germanía. Hasta no hace mucho -he de confesarlo- yo aún tenía todo esto en el teléfono móvil y le daba un uso funcional: “¡Al ataqueer!”, para el tono de despertador; “¡Ten cuidadín!”, para las llamadas comprometidas; “¿Comooor?”, para los mensajes de WhatsApp. Sólo el miedo a que las mujeres me tomaran por loco me obligó a pisar la cruz de mi maestro. Pero por dentro yo seguía -y sigo- rezando mis oraciones. 





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El ser querido

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Antes de que apareciera la bola negra rodando por el horizonte, “El ser querido” iba a ser la película española del año: la ganadora de los Goya, y nuestra embajadora en California. Sorogoyen y Vicky Luengo –lo recuerdo perfectamente- recorrían las emisoras de radio y los talk-shows de la televisión, siempre sonrientes y didácticos, mientras Javier Bardem, allá en Ítaca, abrazado a Penélope, desbrozaba el desembarco en las Américas. 

Yo me moría de ganas por ver la película porque soy muy de Sorogoyen, y sobre todo de Bardem. También de Vicky Luengo, en lo profesional y en lo inconfesable. Pero como ya nunca voy al cine porque las salas han sido tomadas por los bárbaros, y porque no hay ninguna señorita que me presione en aras del amor, he tenido que esperar hasta hoy para ver “El ser querido” en un pirateo de calidad incuestionable, indistinguible del original. De todos modos, la van a poner dentro de poco en Movistar +, y yo, esa cuota sí que la pago religiosamente.

Han pasado apenas dos meses desde aquella ubicuidad y es como si hubieran pasado dos años, o dos décadas. Ya nadie habla de “El ser querido” en el foro de la ciudad. Y si hablan, ya no les viene el título exacto a la lengua: “Sí, coño, ésa, la última de Sorogoyen...”. 

“La bola negra” -que también vino en el último cargamento procedente de Maracaibo- es como un agujero negro que se ha comido el resplandor de todo lo demás. No sé cómo será la película de los Javis, porque aún no la he visto, pero dudo mucho que esta absorción de la materia esté del todo justificada. “El ser querido” me ha dejado tocado y pensativo. No es perfecta, desde luego, pero que le den por culo a la perfección. Cuando Bardem tuerce el gesto y Vicky Luengo se lo sostiene, aquí se produce una tensión cósmica de dos planetas en colisión. No hace falta ser padre, o hija, para entender este fenómeno astronómico. Pero ayuda mucho, desde luego, como es mi caso. 




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Yo no moriré de amor

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Yo tampoco moriré de amor. O eso creo. Menuda exageración. Hubo un tiempo en que sí, o quizá, pero ya no. De amor, además, no se muere nadie: se muere de desamor, de pena, de soledad... ¿Qué es eso de morirse de amor? ¿Sufrir un infarto en pleno orgasmo?

La película, de todos modos, no va de romances contrariados. Ni tampoco correspondidos. Lo de “yo no moriré de amor” no sé a cuento de qué viene. Debe de ser la letra de un bolero que escuchan los protagonistas. O de un tango, no sé. Los últimos minutos, a decir verdad, los he pasado muy despistado, cacharreando en el teléfono. La película se sigue con interés -tampoco mucho- hasta más o menos la mitad; luego se queda ahí, colgada, sin mucho que ofrecer. Una vez mostrados los personajes que garantizan una subvención -la chica lesbiana, la empresaria trans, el colega deconstruido- la trama principal se desarrolla con abulia.

El drama central es el alzhéimer que padece doña Sonia. Sobre ella pivotarán el resto de vidas alteradas. Sobre todo la vida de su hija, Claudia, que siendo adolescente ha de ocuparse de los incordios. Claudia, por edad, tendría que haber sido su nieta y vivir más alejada del epicentro: disfrutar plenamente sus estudios, sus fiestas, sus amoríos... Pero en castigo a su irrupción tardía en este mundo permanece atrapada por la gravedad.

 Ahora que la gente se independiza a los cuarenta años y planea tener familia a los cuarenta y cinco, las chicas como Claudia van a dejar de ser una excepción. Antes eran fruto de un desliz o de un exhorto parroquial. Ahora ya no: se buscan con cariño. El capitalismo y la comodidad se han aliado para engendrarlas. Nacen directamente con abuelos, sin padres, en un salto genealógico que marea. Por eso, a veces, cuando las cosas se tuercen, les tocar lidiar con realidades que no les tocan por edad. Y claro: se masca el desencanto.





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Pizza Movies

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“Pizza Movies” es un canto de amor al cine y con eso me siento satisfecho. La intención es lo que cuenta. Frente a la película de Padial soy un espectador cautivo porque amo el cine más que a Dios, y que al prójimo, y que a mí mismo si me apuraran. Una conculcación absoluta del no sé cuántos mandamiento. 

Si me quitaran el cine se abriría un agujero negro en el centro de mi galaxia. Todo sería engullido y aniquilado. A mi lado, en el sofá, cuando toca compañía, sólo puede sentarse una persona tan adicta como yo. Nunca me importó que ellas no me amaran de verdad mientras compartían las películas y luego las comentaban animadas.

Que la película de Carlo Padial vaya de más a menos es una crítica irrelevante. Una crítica no-crítica. Dentro de unos años, cuando hagan una retrospectiva de chalados por el cine, recordaremos “Pizza Movies” con cariño, casi con nostalgia, como recordaremos “Clerks”, o “El cineclub”, o “Rebobine, por favor”, que también eran historias de gente corriente que encontraba en las películas una cueva de Platón donde guarecerse de la realidad.

El universo de Carlo Padial me resulta acogedor y familiar gracias a su podcast inimitable. Padial, subido en su púlpito de sacos de café, es como un cura que se pasa por la parroquia una vez al mes para soltar verdades como puños, y como puñetazos, la mar de entretenidas. Yo le sigo con devoción de feligrés y no puedo hablar mal a sus espaldas. Soy un habitante pasivo de su mundo particular, casi su compatriota, y me sabe mal ponerle solo tres estrellas a su película soñadora. El comienzo es prometedor, casi brillante, pero luego se deja llevar por el amiguismo bobo, por la astracanada nogueresca, y la pizza, con tales ingredientes, se le queda chamuscada. Menos mal que a mí, como a otros tantos, nos gusta el borde crujiente, casi renegrido.





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Ciudad de las Estrellas

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De chaval yo siempre iba con los soviéticos en cualquier pelea que emprendieran. Les animaba en la Guerra Fría y en los Juegos Olímpicos; en los Mundiales de Ajedrez y en las batallas de “Top Gun”; en los Mundiales de Fútbol y en las películas de Stallone. Un día de estos, sólo por chinchar, pondré a Iván Drago en todos mis avatares. Yo fui el único niño que lloró su derrota en el cine Condado de León, tomado por aquella turba capitalista que aplaudía emocionada. 

Me hice prosoviético el mismo día que Lamo Castillo, aquel árbitro falangista, les atracó a mano armada en el Mundial 82, jugando contra Brasil. Recuerdo que mi padre le gritaba a la tele que siempre igual, que vaya hijo de puta, que siempre robando a los rusos porque querían el reparto de la riqueza y el consuelo de los pobres... Así fue como me enteré, con apenas diez años, de que eran ellos, los que llevaban la CCCP en el pecho, los que sostenían nuestra esperanza y nuestro orgullo de pobretones. 

Aquella noche de junio me hice comunista para siempre y desde entonces he ido surfeando las olas y las tempestades. He renegado de la hoz las mismas veces que me reconcilié con el martillo. Una vez nadé muy lejos, engañado por la publicidad, pero las olas -turbulentas, inmisericordes con los parias- me devolvieron a la playa. 

Nunca me sentía más orgulloso de los tovarichs que cuando lanzaban con éxito sus naves espaciales. Cada vez que los americanos fracasaban en una aventura yo descorchaba una botella de KAS Naranja para celebrarlo; cada vez que un astronauta ruso llegaba sano y salvo a la Estación MIR, hacía lo mismo con una botella de KAS limón. El prestigio de la URSS se jugaba más en las estrellas que en los tartanes del atletismo, y los americanos, que lo sabían, les arruinaron el invento con una lluvia de billetes.

Ahora, en las series de la tele, los yanquis hacen escarnio de aquellos logros cosmonáuticos. Y yo pienso, sin embargo, que parece mentira que los rusos pudieran levantar todo aquello con cuatro rublos miserables y más psicópatas armados que ingenieros competentes. 





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Jóvenes prodigiosos

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Hace exactamente 10 años menos un día, el 30 de octubre de 2016, yo también estaba viendo “Jóvenes prodigiosos” tumbado en mi sofá. Lo recuerdo porque esa noche conocí a Nefernefernefer. O mejor dicho: la conocí en carne y hueso, porque ya la conocía de antes, chateando en internet. Hasta esa noche, justo antes de Halloween, Nefernefernefer era una mujer digital enmascarada bajo avatares medievales: siempre guerreras pelirrojas que blandían espadas como Juana de Arco enardecida. 

Tuve que haber sospechado, pero me pudo la curiosidad. 

Iba a decir que antes conocí su cuerpo que su voz, como en la canción de Sabina, pero no es cierto. Recuerdo que después de ver “Jóvenes prodigiosos” regresé al ordenador para escribir, o al menos para intentarlo, un poco como Michael Douglas en la película. Y un poco también con sus pintas: desaliñado, mal afeitado, con una bata de andar por casa mal anudada. La diferencia es que yo no era famoso ni estaba escribiendo una segunda novela. Escribía, de hecho, estas mismas sandeces de ahora: eran los inicios de este diario en marcha, de esta ocurrencia sin final.

De pronto recibí la llamada de un número desconocido. “Soy yo, la guerrera. Te espero dentro de media hora en el bar que me digas. Ven aseado. Si en media hora no apareces, me piro”. Le dije hora y lugar y ella colgó al instante. 

Tuve que haber sospechado -todavía más, porque yo nunca le había dado mi número de teléfono- pero andaba calenturiento y quería pasear.
 
Lo que pasó esa noche -y los tres años siguientes- es material comprometido. Está disponible en la versión de pago porque contiene pecados mortales que asustarían al mosén. La verdad es que no éramos jóvenes, ni prodigiosos. Solo diré que no fue una comedia con final feliz, como éste de la película. Eso solo pasa allá, en Jolivú, como decía la lista de mi abuela.




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L. A. Confidential

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Por las mañanas, mientras me ducho, no hago aquello que hacía Lester Burnham para animarse, sino pensar en la película que veré cuando lleguen las diez de la noche y la realidad comience a disolverse. La película que disfrutaré después de los dolores, como diría Chiquito de la Calzada.

Para Lester Burnham lo mejor del día estaba justo ahí, en la ducha matinal, y en aquello otro, y el resto era aburrimiento y decadencia. Pero para mí es justo lo contrario: el comienzo del día es una tortura y luego le voy cogiendo el tranquillo hasta llegar a su desenlace, que es la hora de la peli. La happy hour. El reposo alternativo del guerrero.

Hay días que tengo la película elegida de antemano y otros que me dejo llevar por el impulso. O por una recomendación llovida de los cielos, en forma de radiación. A veces, en los podcasts, sueltan el nombre de una película que hace tilín en mis meninges y se convierte en una visión urgente, inaplazable, como una comezón que hubiera que rascarse cuanto antes.

Ayer, en las ondas, empezaron a hablar de “L. A. Confidential” y me di una palmada en la frente como aquella del niño de los donuts: “¡Hostia, L. A. Confidential!” Sentí un poco de vergüenza porque la tenía arrumbada en mi recuerdo. Malgasto medio vida viendo películas bobas e intrascendentes y luego, para recobrar los clásicos indudables, necesito que alguien me grite a través de los auriculares. Es el desgobierno cognitivo de los cinéfilos de segunda.

“L. A. Confidential” es, además de una obra maestra, un desafío para la mente. En 1997 sólo tenían teléfono móvil los muy ricos, o los muy gilipollas, así que nos sentábamos a ver la película con los ojos bien abiertos. Nunca nos perdíamos en esta trama diabólica de detectives corruptos y prostitutas operadas. Ahora cuesta. La tentación no vive arriba, sino que yace a nuestro lado. Hoy he superado la prueba de “L. A. Confidential”, pero he terminado turulato. Me he sentido treinta años más viejo, que parece una obviedad, pero yo sé lo que me digo.




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