Breaking Bad. Temporada 1
Rental Family
🌟🌟🌟
“Rental Family” no vende los mismos servicios que “Familia S. L.”, aquella empresa que alquilaba parientes en la película de Aranoa. Son empresas distintas ubicadas en países diferentes. Y lejanos, muy lejanos. En lo geográfico y en lo social. "Japón, miá que está lejos Japón...". Si nosotros somos “gaijines” -completos inútiles- para entender la cultura del sol naciente, ellos, los nipones, cuando llegan al sol poniente, se dedican a fotografiarlo todo para disimular que tampoco se enteran de casi nada.
En “Familia” nadie engañaba a nadie. Tú mismo llamabas a la empresa para alquilar, por ejemplo, una esposa ideal para el cóctel de la empresa, o una familia completa para la paella del fin de semana, con todos los extras disponibles: el cuñado fascista, la suegra regañona, el adolescente insoportable... Aquel era un negocio sin aristas morales. Una fábula agridulce sobre la soledad. “Rental Family”, en cambio, se dedica a engañar a los cuitados japoneses. Y a las cuitadas. No la contratas tú, sino que la contratan a tus espaldas, tus seres queridos, que se preocupan por ti. Si necesitas -como sería mi caso- alguien para hablar de fútbol o del snooker en Eurosport, tu familia te alquila un amigote que de pronto aparece en el bar para darte conversación. Uno que finge ser un recién llegado a la ciudad, pero que en verdad es un actor contratado para que ya no te sientas tan solo en este mundo.
En “Rental Family”, por ejemplo, Brendan Fraser, finge ser el padre de una huérfana y el admirador de un escritor sin admiradores. Mientras él les engaña por dinero, ellos le toman un cariño desmedido. Parece una buena obra de los familiares preocupados, pero a mí me parece un tejemaneje inquietante. Mientras veía “Rental Family” me dio por pensar cuántas personas que han pasado por mi vida eran de verdad lo que decían, o eran actores -sobre todo actrices- contratados para mi bien. O para mi desgracia. Cuántos eran quienes decían ser y cuántos, cuando yo no estaba presente, sentían remordimientos por estar engañándome como a un chino. O como a un japonés.
Send Help
🌟🌟🌟🌟
Le debo mi supervivencia a la tecnología. Bendito sea el microondas. Hace miles de años, abandonado a la intemperie de la sabana africana -o ahora mismo, naufragado en la isla desierta- no duraría más allá de un estómago vacío o de un enfrentamiento con las fieras. Mis antepasados sí lo hicieron y yo soy la prueba viviente de sus habilidades. Qué pensarían de mí aquellos titanes del ecosistema, si diez mil años después me vieran tan torpe para todo... O no: tal vez me confundirían, asombrados para bien, con una especie de mago que convoca la comida y la calienta sin el fuego.
No estoy hablando de mi incapacidad para encender una fogata o matar un mamífero para comer: es que no sabría cultivar un huerto de tomates o construir una casa con ladrillos. Ni siquiera con hojas de palmera. Tampoco sabría confeccionar una vestimenta que soportara la primera brisa del atardecer. Ni distingo las hierbas nutritivas ni adivino la dirección de los vientos. Soy un inútil integral. Nací sin ese módulo en el cerebro o con el módulo cortocircuitado. Aprendí muy tarde a atarme unos míseros cordones, así que ya ves tú el panorama. Soy un disléxico de las manos; el “Homo dishabilis” de mi especie.
“Send Help” me recuerda todo eso y me río como un tonto. Es la sublimación de la penuria. Es una película imperfecta pero recomendable. Una gamberrada que se agradece. En los tiempos del algoritmo, Sam Raimi se ha salido por peteneras: no habrá redención para los naufragados, ni romanticismo bobo, ni lecciones de vida. Tampoco sermones de autoayuda ni ayuda del exterior. Todo será un puro desamparo.
Pase lo que pase, el jefe machirulo seguirá siendo un imbécil integral y la empleada mañosa una loca desatada. Cuando se trata de la lucha de clases no hay entendimiento que valga. Cuando se trata de la lucha de sexos, tampoco. Lo primero es bueno que así sea; lo segundo no, pero se empeñan en enfrentarnos.
Rondallas
🌟🌟🌟
“Rondallas” es eso que ahora llaman una feel-good
movie. Antes las llamábamos comedias amables, o de buen rollo. Es lo mismo,
pero traducido.
En el microuniverso de “Rondallas” todo el mundo es
inofensivo y tiene un corazón de mazapán. Sólo a veces, en invierno, porque el
clima en Galicia se vuelve desapacible, brota algún malicioso con ganas de
joder la bonhomía. Pero al final, cuando llega la primavera, todos los
retorcidos se arrepienten y todos los canallas cambian de parecer.
Tampoco les queda otra: aquí, al malvado, lo hunden en
el fondo del océano. Estos pescadores, y estas mariscadoras, están muy curtidos
en su batalla contra el mar. Son muy buenos por las buenas, pero se transforman
en ángeles justicieros cuando alguien se sale por la tangente. En este pueblo
de cuento -porque “Rondallas” es eso, un cuento, una fábula sobre humanos
bonachones- no hay cabida para el mal. ¿Dónde están, me pregunto, esos tipejos
y esas tipejas que viven en cualquier pueblo de nuestra geografía, por
minúsculo que sea? Aquí, en "Rondallas", el mal solo viene de
turismo, o vive en los otros pueblos que compiten en rondallar.
En “Rondallas”, cualquier parecido con la realidad es
pura coincidencia. No sé si lo ponen al final de la película. Al principio, no
desde luego, y yo creo que deberían. A mí, por ejemplo, el buen rollo me saca
de la película pero al mismo tiempo me introduce en ella, como un respiro, o
como un bálsamo. Me quedo a medio decidir, como el gallego en la escalera, en
el chiste consabido y facilón. ¿Qué es mejor: huir de la realidad o
afrontarla con valentía? Pues depende, claro. Daniel Sánchez Arévalo prefiere
lo primero y no tengo nada que objetar. A veces le salen grandes películas y a
veces películas estimables. Malas jamás. El tío tiene una fórmula maestra para
fabricar su rollo particular.
Amarga Navidad
🌟🌟
En las películas de Almodóvar, cuando un burgués se deprime o sufre de desamores, siempre hay otro burgués que le deja un casoplón para curarse de los nervios. La llamada de teléfono no tarda demasiado en resonar: es el amigo, o el familiar, a veces incluso el ex amante, que te presta un paisaje terapéutico a muchos kilómetros del dolor.
Existe una red solidaria en esa clase social que nosotros, los pobres, no podemos permitirnos. Aquí abajo, cuando te jodes, te jodes en tu piso ruidoso, en tu cochambre de paisaje. No va llamarte nadie para invitarte a su chalet en Lanzarote, a su masía en el Ampurdán, a su piso céntrico en Madrid donde ningún vecino da po`l culo y los techos son altos como la Luna, como la Luna... Nuestras miserias sentimentales no tienen cabida en “Amarga Navidad”.
Los ricos también lloran, sí, pero se recuperan mucho antes. Es una especie de terapia inmobiliaria que manejan entre ellos. Un tejemaneje que es en realidad muy marxista, porque el que da, da lo que puede, y el que recibe, recibe lo que necesita. Es una utopía comunista que ellos, por supuesto, negarían practicar. Los ricos, tan cínicos y tan prácticos, tienen mejores psiquiatras y mejores compañías, pero también mejores paisajes en los que distraer la mirada y el sentimiento.
Es por eso que en “Amarga Navidad” mis neuronas espejo no terminan de encenderse. Asisten a estos dramones sin que yo sienta ni padezca. Simplemente observo, tomo nota, se me ocurren gilipolleces... Pensaba, por ejemplo, en que Bárbara Lennie es sin duda el álter ego de Almodóvar más hermoso de su cine. Esta mujer -que no su personaje- sí logra encenderme otras neuronas relacionadas con el deseo, con la supervivencia necesaria de la especie. Cada vez que yo sonrío en una fotografía, se muere un gatito en algún lugar de la ciudad; la suerte es que Bárbara Lennie, cada vez que sonríe en una película, lo resucita por ensalmo.
The Audacity. Temporada 1
🌟🌟🌟🌟
“The Audacity” es un episodio muy largo de “Black Mirror”. Uno siniestro y perturbador, aunque a veces parezca una comedia de tecnobrós. Lo que se dirime aquí puede que no esté a la vuelta de la esquina, sino que ya exista de verdad y vivamos tan felices. “The Audacity” habla del fin de la intimidad. De su fin absoluto, se sobreentiende. De la desnudez integral ante un ingeniero de Silicon Valley. Ha llegado a los kioscos el porno duro de nuestras entrañas.
Primero fueron las cámaras de vigilancia, luego la omnipresencia de los móviles, más tarde las cookies y los consentimientos... Nos fueron cociendo a fuego lento, grado a grado, como a ranas en la marmita. En parte cedimos y en parte nos obligaron. Los teléfonos móviles son tan divertidos como necesarios. Necesitaríamos un buen abogado -¡Better call Saul!- para no ser condenados por gilipollas.
“Hypergnosis” es una empresa maligna -como de malvados de James Bond- que utiliza un software apocalíptico para saberlo todo de nosotros: historiales, genes, ruinas, deseos, deslices, comentarios... Intenciones fallidas y escondites secretos; ubicaciones y toses; teléfonos y sueños; hijos secretos y miradas al canalillo. Todo. Un ingeniero de “Hypergnosis” posee sobre nosotros la omnisciencia de los dioses. Por un puñado de dólares fingirá que no nos conoce; pero si no nos suscribimos a su plan Premium o Total, venderá todo eso a los comerciales. Nos relajarán al brazo secular para que nos llamen a todas horas y nos nieguen las coberturas. Será el gran orgasmo del capitalismo. La sonrisa triunfal de Isabel y su maromo.
Viendo la serie me acordaba de aquellos indios americanos que nunca se dejaron fotografiar. Ellos veían el futuro mientras nosotros posábamos y decíamos “¡patata!”. Vivíamos en la inopia. Somos productos andantes; datos implumes. En el fondo todo es información: lo dicen los CEOs de Sillicon Valley pero también los físicos teóricos. La materia y la energía no existen. Bajo la realidad no hay bolitas ni rayitos: sólo información, código, algoritmo. Matemática pura. Números. Y los números son, en último término, dinero.
La peor persona del mundo
🌟🌟🌟🌟
Julie no es la peor
persona del mundo. Lo que pasa es que nos ponen ese título para que piquemos
con el mando. Para retenernos en el sofá con una dosis de misterio.
“¿Quién será esa persona
tan malvada y qué atrocidades estará cometiendo?”, nos preguntamos con alarma. Cualquiera
menos esa noruega tan guapa que corre por la calle, nos decimos. El efecto halo
se impone sobre la lógica. Las noruegas hermosas, como aquella modelo que pudo ser
la reina de España, son las criaturas preferidas del Señor y es imposible que
en sus almas anide la maldad. Tiene que ser, por fuerza, un título con doble
sentido, metafórico, una cosa que se dice, porque la peor persona del mundo
ahora es presidenta de comunidad autónoma y reside en nuestro país.
Julie, la chica del
cartel, ni siquiera es mala. Simplemente es... Julie. Y Julie es como todos.
Busca su sitio, como Raquel. A punto de cumplir 30 años está persiguiendo el
hombre ideal, el trabajo adecuado, la maternidad asumible..., pero no termina
de ubicarse. Julie parece un poco inmadura, un poco perdida, pero yo creo que
en el fondo disimula. Julie no necesita esforzarse demasiado: es muy guapa,
lanzada, una chica de hoy en día. La vida vendrá a buscarla a la puerta de su
casa cuando menos se lo espere, y mientras tanto, mientras pasan los días y los
hombres, disfruta de la vida.
Julie, a nuestras madres,
puede parecerles una vaca sin cencerro. Incluso un pendón verbenero, con los
raseros anticuados. Una estudiante sin recorrido y una fiestera de la noche. De
la noche boreal, o del sol de medianoche. Pero Julie, simplemente, no se ata.
No se conforma. Piensa que siempre hay algo mejor, o alguien mejor, a la vuelta
de la esquina. Julie es una escandinava del siglo XXI y eso es como ir al
frente en la carrera evolutiva. Ella piensa de otro modo, práctico y jovial. Las
mujeres del norte son las zapadoras que van por delante de nuestros ejércitos.
Ellas construyen puentes y desbrozan caminos. Quitan las minas. Tapan las
bocas. Corren alegres.
A-ha: La película
🌟🌟🌟
El noruego más famoso de la historia no es Erling Haaland, el futbolista, ni tampoco Edward Munch, el pintor de “El grito”, sino Morten Harket, el vocalista de “A-ha”. Morten Harket, en 2026, ya es un señor mayor que viaja con el IMSERSØ a los fiordos de Noruega, pero sonríe como entonces y se conserva como un pincel. Más allá de sus méritos nutricionales o deportivos, ser noruego también facilita mucho la labor y sería justo que él, en vez de darse tanto pisto, así lo reconociera.
En los años 80, Morten fue el gran ídolo internacional de las nenas. Y de los nenes reprimidos. El artista de rasgos esquimales que forraba sus carpetas con los apuntes de Sociales. “Take on me”, el gran éxito de “A-ha”, sonaba en todas las radiofórmulas y molaba cantidad. Era -como decían los locutores de entonces- un tema fresco y rompedor. Y luego estaba el videoclip, único en su especie, que era una mezcla de realidad y animación muy audaz para la época. Pero luego, exprimida hasta el último dolor, “Take on me” se convirtió en una turra insoportable. En un clásico a evitar. Aún suena en “Kiss FM” cuando el burro termina de dar una vuelta completa y al agotarse el riff introductorio ya te distraes con otra cosa.
Todo esto, por supuesto, no es culpa de “A-ha”. Si de algo sirve este documental es para recordarnos que ellos no fueron un "one hit wonder" como aseguran los mendaces. Estos noruegos compusieron un buen puñado de canciones que todavía resuenan en las frecuencias. Pero más allá de saber cómo se conocieron, y de cómo alcanzaron el estrellato, el documental es pura filfa consabida. El itinerario básico que viene en el manual: dinero a espuertas, mujeres, rencillas, el disco solitario de la estrella... El reencuentro posterior y el “trabajo más maduro” de la banda, que de Oslo para abajo ya nunca nos llegó. Los conciertos por África y las giras alimenticias. Y como colofón, un renacimiento vintage cuando ya todos pasaban de los 60. Y es que no hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera bajo el sol de medianoche.







