(Escrita un mes de agosto de hace muchos años, en otra
galaxia muy lejana).
Mientras las luces del cine permanecen encendidas,
miro a mi alrededor buscando al masticador de palomitas, al pesado del
teléfono, al tonto del pueblo. Al niño que habría que asesinar con una mirada
de Jedi. A esos intrusos que podrían joderme la película si se acercaran
demasiado.
Esta vez he tenido suerte. No hay moros en la costa, ni
soldados imperiales. De momento... Apago el teléfono móvil. Carraspeo. Me
pregunto, de pronto, qué hago allí, viendo una película de Star Wars cuarenta
años después de la primera, como si no hubiese pasado el tiempo ni la vida. Ni
la salud ni la enfermedad. Siento una punzada de vergüenza. Un segundo de duda.
De pronto, un músculo del culo inicia el gesto de levantarme, pero al final se
queda en el intento. El entrenamiento en la Fuerza no ha mejorado mi vida, pero
sirve para solventar pequeñas rebeldías.
Mis inquietudes, sin embargo, no se disipan. En la
sala hay varios cuarentones parecidos a mí: gafosos, con pinta de panolis. Me
siento reflejado. Caricaturizado. En la cartelera hay películas más sesudas,
más adultas: argumentos que tratan del espíritu y de la muerte, de la
paternidad y del amor. Pero yo estoy aquí, escondido de los adultos, dimitido
de la cinefilia respetable, a punto de reencontrarme con la Estrella de la
Muerte y con los destructores del Imperio. Hágase tu voluntad, Obi Wan.
De pronto se apagan las luces y en la pantalla,
negrísima, aparece la vieja letanía del tiempo pretérito y de la galaxia
lejana. El adulto, en ese momento mágico, se desvanece, y en su lugar, en la
butaca, vuelve a sentarse el niño que con cinco años se quedó boquiabierto ante
el espacio interestelar. El mismo niño que se cagaba de miedo cuando Darth
Vader aparecía resollando sus maldades.
Al niño, y al adulto, les importa una mierda que
“Rogue One” no sea una película perfecta. Ni falta que hace. Tolo que pasa ante
nuestros ojos es mágico, fantástico, incuestionable... “Rogue One” es el
evangelio antes del Evangelio. El testamento de los viejos profetas.







