La cena

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La Guerra Civil la perdimos todos. Por eso, en “La cena”, unos fusilan y otros son fusilados. Por eso unos temen por su vida mientras otros temen por su digestión. Papeles intercambiables. Ahora te pego un tiro y luego, cuando resucites, me lo pegas tú. Verás qué divertido, hermano. Choca esos cinco. 

La posguerra -que no nos engañen los rojos- fue más o menos así: un empate técnico. Un armisticio amistoso. Un juego sin vencedores ni vencidos, solo ruina compartida. Y risas a gogó. Los rojos lo tergiversan todo y Pérez Reverte tiene que salir a defender la verdad histórica junto a un puñado de falangistas. Un hermanamiento de la hostia -a ver si queda claro- fue aquello de la posguerra. Franco en El Pardo y Machado en su tumba. Dos destinos equivalentes. Dos soluciones habitacionales para un sufrimiento similar.

En “La cena”, los presos sirven las viandas y los carceleros se las comen porque a estos hermanos les hemos pillado en martes y no en jueves, cuando todo sucede justamente al revés. Mira que son cenizos, e inoportunos, esos titiriteros paniguados, esos cineastas contumaces. De hecho, Atresmedia, asesorada por Pérez Reverte, ya está preparando un remake de “La cena” donde es Franco quien prepara la sopa y los presos republicanos -que ya no son presos, sino compañeros de parranda- quienes se sientan a la mesa. La orquesta toca el himno de Riego y el vodevil de los cuernos se produce entre homosexuales agasajados. Se titulará “La reconciliación” y vendrán los altos cargos del PPVOX al día de su estreno.

Al mismo tiempo, en Canal Red, y asesorados por David Uclés -que sostiene que la Guerra Civil la perdieron las mujeres- están preparando un remake donde sólo se fusilan presas republicanas y sus compañeros de reclusión disfrutan de privilegios patriarcales.





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Los Tigres

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En la primera escena de “Los Tigres” vemos a dos hermanos de una edad parecida disputándose la posesión de un reloj lanzado al fondo del mar. El que lo ha tirado por la borda es su padre, un buzo profesional que quiere que sus dos hijos, el chico y la chica, sigan sus pasos profesionales o sus estelas en la mar, instándoles a practicar inmersiones que quizá un juez de las custodias no vería con buenos ojos

Terminado el flashback, descubriremos -no sorprendidos, porque ya los hemos visto en los carteles, pero sí rascándonos el cogote- que el chico, al crecer, se ha convertido en Antonio de la Torre, y la chica, al crecer mucho más despacio, en una Bárbara Lennie siempre esplendorosa. La impresión visual es chocante, muy rara, y basta una breve inmersión en sus biografías para confirmar que en la vida real les separan dieciséis años de radicales libres y de erosiones en la piel. Antonio de la Torre podría ser el padre de su hermana y aún le sobrarían casi cuatro años de maduración en el epidídimo. Es como si en la ría de Huelva hubiera un agujero negro sumergido y el personaje de Bárbara Lennie, para quitarse años, se sumergiera en sus proximidades para que las manecillas de su reloj avanzaran más despacio. Ella tiene formación científica y sabe de sobra que la teoría de la relatividad, bien manejada, obra efectos milagrosos sobre la lozanía de la sonrisa y sobre la gravedad de los atributos.

Poco después, cuando la trama se desarrolle, nuestra incredulidad entrará en estado de suspensión y ya nos dará igual este detalle científico tan asombroso. Eso habla bien de la película. Digamos que "Los Tigres" es... entretenida a mares. O la mar de entretenida. Yo, desde luego, no le pasaba tan bien buceando desde los tiempos de Jacques Costeau. De niño, viendo “Mundo submarino” en nuestra tele en blanco y negro, yo llegué a soñar con ser un explorador del fondo de los mares para ayudar a los animales; no para arreglar barcos petroleros que luego, cuando encallan, los envenenan y los matan.




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Sorda

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Una vez conviví con una mujer que parecía ciega. O al menos ambliope. Pensé que estaba ciega porque decía que yo era muy guapo y que tenía cara de actor sacado de una película. No actor de Hollywood, eso no, pero sí al menos de Madrid o de Barcelona. Ella estaba muy buena -ahora se dice “hermosa sin desdeñar sus otras cualidades socio-laborales”- y podía haber elegido a cualquier hombre con atractivos indudables. Luego, con el tiempo, cuando dejé de sufragarle los gastos y las deudas, descubrí que su ceguera era fingida y que en realidad veía de sobra mis rasgos decaídos. 

Antes de ella, en los Tiempos Oscuros, conviví con una mujer de rasgos psiquiátricos "neurodivergentes”. Ahora se dice así y es bueno que así sea, porque todo lo demás -bipolar, paranoide, psicótica- suena a cosa muy chunga que a mí, además, me deja en mal lugar por haberme dejado capturar. El amor duró lo mismo que tarda el sol de Laponia en iluminar las tinieblas de una noche interminable, llena de monstruos y pesadillas.

Con una mujer sorda no he convivido nunca. Alguna no escuchaba lo que yo decía, pero eso no quiere decir que padeciera del oído. Existe la sordera real y la sordera selectiva. Todos practicamos esta última. Yo mismo sé hacerme el sueco si la cosa no me interesa. (¿”Hacerse el sueco”, por cierto, es una expresión peyorativa o con los nórdicos no existe ese problema?).

La protagonista de “Sorda”, al principio, parece un ángel de sonrisas y además me excita mucho en lo sexual. Uno mira a su marido, tan paciente y comprensivo, y piensa: “Pues tampoco tiene tanto mérito”. El problema es que a mitad de película su mujer se vuelve retorcida y antipática, y la entrega conyugal se ve al menos desafiada. “Sorda” es una película fallida porque la directora se empeña en que empaticemos con esta mujer por ser sorda y nada más, sin tener en cuenta los detalles escabrosos de su conducta. 

Es ahí, en la pobreza de los sentimientos, en la enfermedad del matrimonio, cuando tenemos que reconocer que su marido es un santo laico que merece nuestra rendida admiración. Eso sí que es amor verdadero, incondicional, y no lo que vamos cacareando los demás.






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Los domingos

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“Los domingos” cuenta la historia de Ainara, una chica que a los 17 años sufre un brote psicótico y no recibe ninguna ayuda profesional. Ainara dice escuchar la voz de Dios y vivir enamorada de un profeta galileo que hace dos mil años también escuchaba voces y creía tener poderes mágicos sobre la materia. Porque Jesús, si existió, fue otro esquizofrénico sin medicar que fue bautizado a orillas del Jordán. 

Si Ainara dijera que habla con los conejos o que procede del planeta Raticulín, su familia se tomaría más en serio su desvarío, pero como su interlocutor interior está bendecido por dos mil años de tradición hay quien le ríe la gracia y hay quien le recomienda ponerse a follar a ver si se le pasa. Ése es el verdadero logro de la Iglesia a lo largo de los siglos: blanquear la perturbación mental y convertirla en una dedicación que despierta admiraciones y consigue beneficios fiscales gracias al concordato. Un negocio redondo. A efectos prácticos, la postura del padre de Ainara -un tontolaba al que su hija le importa un pimiento -y la postura de su tía -una atea atenazada por el respeto y la corrección - son igualmente dañinas para la chica. Ainara terminará la película con la mirada de orate -de éxtasis, dicen otros- ya instalada para siempre en su rostro juvenil.

En las entrevistas, Alauda Ruiz de Azúa jura y perjura que ella, siendo agnóstica practicante, no ha hecho una película proselitista. Yo la creo: quizá no lo buscaba, pero lo ha hecho. “Los domingos” está bien, incluso muy bien, pero es un instrumento del demonio. “Los domingos” es ahora mismo objeto de culto en las parroquias españolas. Hay curas de pueblo que fletan autobuses con derecho a bocadillo para que sus feligreses acudan al cine de la capital y se solacen en el misterio. El cartel de “Los domingos”, con esa Ainara transida y trascendente, me recuerda mucho al del tío Sam reclutando a los pobres chavales para la guerra. Sin pretenderlo, Alauda Ruiz de Azúa ha creado un instrumento pastoral cuando menos necesitábamos a esta gente tan... peculiar. 




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La empresa de sillas. Temporada 1

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Saulo se cayó del caballo camino de Damasco y del hostiazo que se pegó descubrió a Jesucristo para consagrarle el resto de su vida. Dos mil años después, en Estados Unidos, Ronald Trosper se cayó de su silla cuando presentaba un proyecto empresarial y del hostiazo que se pegó descubrió al mismísimo demonio -la empresa de sillas TECCA- y empezó a consagrarle tanto tiempo que terminó convirtiéndose en un auténtico desgraciado. 

(Moraleja: hay caídas que de rebote te elevan a los Cielos y hay caídas que abren un abismo en el suelo y te mandan al Averno).

Hasta que se cayó de su silla, Ronald Trosper era un arquitecto reconocido y un padre de familia bien avenida y ejemplar. Pero tuvo la mala suerte de aterrizar bajo las piernas de una compañera y ésta le denunció ante el Comité Encargado del Asunto. La serie, de haber sido española, hubiese tirado por ahí y ya tendríamos a Leticia Dolera en todas las tertulias radiofónicas clamando contra la cultura de la violación, pero estos locos americanos decidieron tirar por otro lado más práctico y capitalista: las reclamaciones en internet. 

Parece mentira que un tipo tan inteligente como Ronald Trosper no supiera que estas reclamaciones son la antesala de un derrumbe emocional y que es mejor no menearlas demasiado. Si el perjuicio económico no es excesivo, siempre es mejor dejarlo correr. ¿Qué le importa a Ronald una silla de oficina que además ni siquiera es suya, que es propiedad de la empresa y va a ser fácilmente reemplazada por otra parecida?

Reclamar está bien, aunque sólo sea por orgullo. Yo mismo, hace unas semanas, le reclamé a RENFE una devolución de billete por haber llegado dos horas tarde a mi destino. El importe era de apenas 12 euros y no pensaba reiterar mi petición. Si me atendían a la primera, pues cojonudo; y si no, pues nada. Lo que importa es la salud. Ronald Trosper se creyó más listo que nadie y desafió al silencio irritante de la fábrica de sillas. Él, por supuesto, no sabía que estaba descorriendo uno de esos cortinajes rojos que salen en las películas de David Lynch.





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La noche es nuestra

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1. Si la película pretendía ser un homenaje a los policías de Nueva York, el tiro del arma reglamentaria les salió por la culata. Todo lo que construyó “Canción triste de Hill Street” en una década, lo derrumbó James Gray en dos horas de pedradas lanzadas contra el tejado.

En “La noche es nuestra”, la policía de Nueva York se parece más a la TIA de Mortadelo y Filemón que a esa institución cuasi ejemplar que hemos conocido desde pequeños en la tele: un  sindiós donde tres abueletes dirigen el cotarro con acciones peregrinas y el alto jefazo ejerce un nepotismo que me río yo de Fulgencio Batista en la República Dominicana. 

Si algún chaval de Nueva York pensaba entrar en el cuerpo allá por el año 2007, seguramente se lo pensó dos veces antes de decidirse por los marines y recorrer mundo a bordo de una fragata. 


2. “La noche es nuestra” comienza con una escena subida de tono en la que Joaquin Phoenix se magrea con Eva Mendes recostada en un sofá.  Como es la primera escena de la película, aún no sabemos que Joaquin Phoenix va a interpretar a Caín, el hijo atravesado de Adán. Mientras Caín se acuesta con Eva Mendes y se pone hasta las cejas de farlopa en el night club que él mismo dirige, su hermano, Abel, se juega la vida combatiendo las mismas redes del narcotráfico que surten a su hermano de mandanga. El drama bíblico está servido: el deber contra el cachondeo; la familia contra la serpiente. 

Para Caín, ayudar a su familia significará abandonar esa vida divina -o diabólica- en la que Eva Mendes se pirra por sus huesos y le dice que le quiere. Si ya es difícil conseguir una mujer así, imagínate tener que renunciar a ella. Mucho más difícil todavía. Y además para nada, para emprender una guerra que todos saben perdida de antemano contra los narcos. ¿Ganar unas cuantas batallas compensa el desgarro de ser expulsado del Paraíso?





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Two Lovers

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Nueve de cada diez espectadores consultados también prefieren a la rubia de la peli. Nos ha jodido. La chica rubia es más guapa, más divertida, sexualmente más audaz que la morena. Esto último no lo sabemos a ciencia cierta pero no es difícil imaginarlo. Aunque la rubia lleva un cartel con la palabra “Danger!” colgado del cuello, su atractivo es fatal e irresistible. Gwyneth Paltrow está que se rompe en “Two Lovers” y los hombres reales o ficticios somos todos parecidos: nos ciega la belleza. No nos vuelve sordos, eso no, pero cuando escuchamos las señales preferimos ignorarlas. Es como cuando sonaban los viejos despertadores en la mesita: si se ponían pesados preferíamos aporrearlos y seguir durmiendo a pierna suelta. Que nada altere nuestro sueño.

La chica morena también es guapa, o muy guapa, y en eso la película es un poco tramposilla. Se supone que su personaje es el premio de consolación para Joaquin Phoenix, pero muchos espectadores venderían su alma por compartir cama con una consolación parecida. Hollywood es un espejo deformante de la belleza y es mejor no tomarse en serio sus romances. La mujer más fea de allí sería la reina de las fiestas en nuestro pueblo. La chica morena de “Two Lovers” rompería corazones en La Pedanía pero no tiene el encanto fatal de su contrincante: le falta el veneno, la chispa, la mirada turbia de vampiresa. Si Gwyneth Paltrow te promete una vida llena de vaivenes, Vinessa Shaw, con el correr de los años, te promete una vida aburguesada con niños dando po’l culo y “Masterchef” por la noche en el sofá.

Sólo los muy guapos, o los muy ricos, ponen la bala donde ponen el ojo. Los demás, los proletarios sexuales, viven la misma desventura de Joaquin Phoenix en la película: enamorarse de quien jamás se enamorará de nosotros y desdeñar a quien bebe los vientos por nosotros. En vez de decir que somos gilipollas perdidos preferimos decir que somos “románticos soñadores”. La poesía siempre acude a nuestro rescate.




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Z. La ciudad perdida.

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Cuando el coronel Fawcett regresó de su expedición geográfica al Amazonas -donde había ido a trazar la frontera entre Brasil y Bolivia-, se presentó ante la Royal Geographical Society para afirmar que había encontrado los restos de una ciudad perdida: una de cultura extrañamente avanzada, impropia de la selva que al parecer sólo poblaban los indios atrasados. Fawcett la llamó Z porque, según él, completaba el puzle de las civilizaciones humanas, las presentes y las pasadas.

Nadie le creyó. De nada le sirvieron los trozos de vasijas que se trajo en la mochila, ni los diarios de unos exploradores portugueses que estaban a medio camino entre la narración y la fantasía, tal vez identificando La Ciudad Perdida de Z con El Dorado de la mitología. Los miembros de la Royal Geographical Society no estaban dispuestos a admitir que unas tribus en taparrabos, antropofágicas para más inri, fueran capaces de sostener, o de haber sostenido, una cultura que en tiempos pasados rivalizara con las europeas. A comienzos del siglo XX el racismo no era la palabra cargada de connotaciones que es ahora. Porque racista era, prácticamente, todo el mundo. Ni siquiera los círculos intelectuales se salvaban del prejuicio antropológico, que entonces no era considerado como tal, sino un científico saber, y un consenso racional. 

Los indios, los negros, los melanesios.., todos esos humanos que habitaban zonas tropicales con mucho calor y muchos mosquitos eran genéticamente inferiores y sólo había que comparar una ametralladora con una lanza para cargarse de razones. Para las mentes más avanzadas de la época eso no justificaba la esclavitud ni la esquilmación de los bienes y los territorios. Pero pretender, como pretendía el coronel Fawcett, que los indios fueran capaces de construir por sí solos una ciudad prodigiosa en el interior del Amazonas, era casi como plantear una broma entre colegas de profesión.



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