Mentiroso compulsivo

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Mentir es un mecanismo adaptativo. Un recurso de supervivencia. Todos, incluidos los católicos, provenimos de una larga saga de mentirosos. Los australopitecos que sólo decían la verdad se extinguieron muy pronto en el árbol genealógico. De hecho, cuando llegó el monolito de Kubrick ya no quedaba ninguno sobre la Tierra. No se puede soltar la cruda verdad ante un australopiteco armado con cachiporra, ni tampoco ante una australopiteca que se interesa por nuestros genes. Morir sin procrear es el destino de los sinceros. 

Los únicos que a lo largo de la historia tuvieron el privilegio de decir la verdad fueron los bufones de los reyes. Se les pagaba, de hecho, por soltar con gracia todo aquello que los lameculos no podían o no debían exponer. Las monarquías de entonces eran, en eso, mucho más civilizadas que las de ahora, que ya no admiten ni siquiera una caricatura jocosa en la portada de una revista.

Nadie saldría indemne de una maldición como ésta de la película: pasar 24 horas seguidas sin poder decir una sola mentira. Que cada pregunta que te hagan sea el preludio de una tragedia o de una hostia bien arreada. Se librarían, como mucho, los pastores en el monte, los monjes cartujos y los pacientes inconscientes. Los náufragos de una isla y los opositores encapsulados. Todos los demás, los obligados a vivir en pareja o en sociedad, o en un monasterio no consagrado al silencio, iríamos cayendo como moscas desadaptadas. Cuando terminara la maldición estaríamos todos abandonados, o pre-divorciados, y despedidos del trabajo. Quizá en la cárcel, y sin amigos, cancelados para siempre. 

Familias rotas, parejas ofendidas, jefes iracundos, vecinos airados, policías señalados...: he ahí la distopía de la sinceridad. La consecuencia última de cumplir a rajatabla el octavo mandamiento.





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Ace Ventura: un detective diferente

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No nos vendría mal, en La Pedanía, tener un detective de mascotas. Pero uno que no esté zumbado de la cabeza como Ace Ventura, a ser posible. Preferiríamos un sujeto con cierta prestancia a la hora de moverse y de expresarse. Alguien con una gorrita a lo Sherlock Holmes, o un sombrero al estilo de Philip Marlowe. Los personajes de Jim Carrey están muy graciosos en las películas, pero en la vida real serían unos tipos insufribles e incluso dignos de un bofetón. 

Digo que nos vendría bien un detective de mascotas porque aquí se ven muchos carteles de animales desaparecidos: sobre todo de gatos, que aprovechan las ventanas abiertas o las puertas medio cerradas para irse de picos pardos y ya nunca regresan al hogar. Los gatos son unos seres extraños que viven a medio camino entre la domesticación y el salvajismo. Los gatos son medio leones y medio peluches, desconcertantes y muy suyos. En alguna película se ha propuesto su origen extraterrestre y yo no daría por descartada tal teoría evolutiva. 

Perros desaparecidos apenas hay en La Pedanía. O conviven con  dueños responsables, o malviven con maltratadores pueblerinos. Los primeros los llevan siempre atados y los segundos los mantienen siempre encerrados. Ser cariñoso y responsable con tu mascota no te convierte automáticamente en una persona decente, pero aquí, al menos, en la España Vacía del Noroeste, es un paso importante y decisivo. Una condición necesaria pero no suficiente, que decía nuestro profesor de matemáticas. En cambio, ser un hijo de puta con los animales te convierte directamente en un hijo de puta sin matices. Un hijo de puta a secas. En estos casos, en los países civilizados, ya no pintaría nada un detective de mascotas, sino una intervención directa de un comando del ejército.





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Un loco a domicilio

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Hace tres años, y tras casi otros diez de promesas incumplidas, Movistar + llamó para decirme que vendría un técnico a instalarme la fibra óptica. Una parte de mí estalló del puro gozo de vivir, pero otra, pequeñita, se estremeció de miedo ante la posibilidad de que se reprodujeran los hechos narrados en esta película. Es lo que tiene la memoria cinéfila: que nunca deja de proyectar imágenes por mucho que apagues la tele o el aparato reproductor. El peligro de mezclar la realidad con la ficción existe de verdad y el chico del cable es una prueba muy divertida de ese trastorno. Yo todavía no he perdido la chaveta, o eso creo, pero con los años va aumentando el riesgo de empezar a responderlo todo con frases de películas. Los allegados a veces no me entienden y yo tengo que explicarles medio rojo de vergüenza.

Aquella mañana de primavera brotó en mí la alegría de convertirme en un ciudadano del siglo XXI, ya sin antena parabólica para poder recibir el maná del fútbol y la ambrosía de las películas. Pero en las oscuridades del alma, donde siempre es invierno y hace un frío de cojones, aleteaba la posibilidad de que el chico del cable fuera un trastornado como Jim Carrey en la película: un esquizoide que confundiese la transacción comercial con la amistad o el colegueo. Una birra de cortesía y una conversación intrascendente podían convertir todo el monte de La Pedanía en orégano de camaradas.

Al final fueron dos técnicos, y no uno solo, los que se presentaron en mi casa con monos azules y herramientas colgadas del cinto. Yo no sabía si al ser dos el peligro se alejaba o se duplicaba... Hubo minutos de zozobra en mi interior mientras ellos trajinaban con el taladro y extendían el cable mágico por la fachada. La conversación no se salía del carril y eso me tranquilizaba. Nada de fútbol, ni de mujeres, ni de guiños machirulos. Una obra aséptica  y profesional. Al final me cobraron 60 euros de más por un concepto bastante dudoso, pero me pareció un precio justo por respirar hondo tras verles arrancar la furgoneta y perderse en la lejanía.





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La máscara

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“La máscara” es una majadería supina que introdujo a Cameron Diaz en nuestras vidas. Solo por eso, por muy boba que sea, ya forma parte de nuestras fiestas de guardar.

Cameron Diaz -que no Díaz, con tilde, como me empeño en escribir enamorado- salta a la vista que es una bellísima persona. Iba a poner “persona bellísima” y casi me juego la reputación. En estos tiempos hay que tener mucho ojo con el orden de las palabras. En la combinación correcta eres un hombre decente que respeta a las mujeres; en la incorrecta, un cosificador que sólo se fija en sus apariencias. Tampoco es lo mismo la hija del rajá que la raja de la hija, como sabemos desde chavales.

El otro protagonista de “La máscara” es, por supuesto, Jim Carrey. Mi generación le odia mucho y yo siempre he pensado que es un postureo, un distanciamiento de culturetas que temen quedar contaminados. Hay gente así. Antes de que se volviera un actor de películas serias yo me partía el culo con Jim Carrey. Y con su doblador al castellano, un genio que siempre me hace dudar entre la versión original o la profanación de los ibéricos.

Mientras veía “La máscara” me imaginaba a mí mismo poseído por el espíritu de Loki. ¿Qué gamberro nocturno surgiría dentro de mí? Algunas fechorías no las tengo claras, pero otras ya las puedo ir adelantando: La Pedanía, eso seguro, aparecería con todas las motos ardiendo en la plaza del pueblo. Y a su lado, los coches tuneados. Y los quads de los anormales. Las casas de cuatro de hijos de puta aparecerían desmontadas ladrillo a ladrillo en una pila que se elevaría varios kilómetros hacia el cielo. Profanaría chistosamente las imágenes de la iglesia y me quedaría con toda la mandanga que venden en un bar muy famoso de por aquí. No para consumirla, que no soy proclive, sino para ponerla a las puertas del instituto el lunes por la mañana. Sólo por joder, y por las risas. 

Sellaría con silicona las puertas de mi trabajo y pondría, en vez de la bandera española que ondea en su fachada, un banderolo rojo para recordar que los proletarios del mundo seguimos desunidos.




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Better Call Saul. Temporada 2

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El personaje de Kim Wexler no aparece en “Breaking Bad”. Tampoco aparece al principio de cada temporada de “Better Call Saul”, acompañando a Jimmy en su destierro. Deducimos, pues, que el amor se terminó en algún punto de la serie, o quizá después, en el interregno, justo antes de que Heisenberg -el químico, no el físico- formulase un nuevo principio de incertidumbre. 

Lo que “Hamlin, Hamlin & Mc Gill” unió, luego vino el hombre -o la mujer, o el destino, el guionista malvado en todo caso- y lo separó. Sea como sea, es un pecado gravísimo. Un atentado contra el amor, porque Kim y Jimmy son parte de la familia y nos destroza saberlos separados. En la segunda temporada -si fingimos que nunca hemos visto “Better call Saul”- aún están abiertas todas las posibilidades: que Kim le mande a tomar por el culo; que Kim muera en un tiroteo de los narcos; que Kim conozca al hombre de su vida trabajando en un caso importantísimo. Que Jimmy deje a Kim no entra en nuestros cabales porque ella es un trébol de cinco hojas en el desierto de Albuquerque.

O podría suceder, simplemente, que se les marchitara la complicidad. Porque a veces no es más que eso: una sensación rara en el estómago que los días no disipan. Un malestar creciente, no verbal, que poco a poco encuentra las palabras adecuadas. Y ambos, Kim y Jimmy, son abogados que viven precisamente de las palabras. De la clarificación exacta de una discrepancia.

Es por eso que el amor entre Kim y Jimmy lo vivimos con cierta tristeza y fatalidad. Nos alegramos, pero no mucho, cuando arreglan sus peleas. “Better Call Saul” cuenta la caída en el Lado Oscuro de Jimmy McGill. Pero mientras tanto, mientras lucha contra sí mismo, Kim Wexler le aguanta y le sostiene. Y hasta participa de sus deslices.  Entre otras historias, “Better Call Saul” también cuenta la desventura de un ángel que poco a poco va ensuciándose las alas. Kim, al lado de Jimmy, irá descubriendo que entre el cielo y el infierno hay muchas capas de atmósfera enrarecida.




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La cena

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La Guerra Civil la perdimos todos. Por eso, en “La cena”, unos fusilan y otros son fusilados. Por eso unos temen por su vida mientras otros temen por su digestión. Papeles intercambiables. Ahora te pego un tiro y luego, cuando resucites, me lo pegas tú. Verás qué divertido, hermano. Choca esos cinco. 

La posguerra -que no nos engañen los rojos- fue más o menos así: un empate técnico. Un armisticio amistoso. Un juego sin vencedores ni vencidos, solo ruina compartida. Y risas a gogó. Los rojos lo tergiversan todo y Pérez Reverte tiene que salir a defender la verdad histórica junto a un puñado de falangistas. Un hermanamiento de la hostia -a ver si queda claro- fue aquello de la posguerra. Franco en El Pardo y Machado en su tumba. Dos destinos equivalentes. Dos soluciones habitacionales para un sufrimiento similar.

En “La cena”, los presos sirven las viandas y los carceleros se las comen porque a estos hermanos les hemos pillado en martes y no en jueves, cuando todo sucede justamente al revés. Mira que son cenizos, e inoportunos, esos titiriteros paniguados, esos cineastas contumaces. De hecho, Atresmedia, asesorada por Pérez Reverte, ya está preparando un remake de “La cena” donde es Franco quien prepara la sopa y los presos republicanos -que ya no son presos, sino compañeros de parranda- quienes se sientan a la mesa. La orquesta toca el himno de Riego y el vodevil de los cuernos se produce entre homosexuales agasajados. Se titulará “La reconciliación” y vendrán los altos cargos del PPVOX al día de su estreno.

Al mismo tiempo, en Canal Red, y asesorados por David Uclés -que sostiene que la Guerra Civil la perdieron las mujeres- están preparando un remake donde sólo se fusilan presas republicanas y sus compañeros de reclusión disfrutan de privilegios patriarcales.





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Los Tigres

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En la primera escena de “Los Tigres” vemos a dos hermanos de una edad parecida disputándose la posesión de un reloj lanzado al fondo del mar. El que lo ha tirado por la borda es su padre, un buzo profesional que quiere que sus dos hijos, el chico y la chica, sigan sus pasos profesionales o sus estelas en la mar, instándoles a practicar inmersiones que quizá un juez de las custodias no vería con buenos ojos

Terminado el flashback, descubriremos -no sorprendidos, porque ya los hemos visto en los carteles, pero sí rascándonos el cogote- que el chico, al crecer, se ha convertido en Antonio de la Torre, y la chica, al crecer mucho más despacio, en una Bárbara Lennie siempre esplendorosa. La impresión visual es chocante, muy rara, y basta una breve inmersión en sus biografías para confirmar que en la vida real les separan dieciséis años de radicales libres y de erosiones en la piel. Antonio de la Torre podría ser el padre de su hermana y aún le sobrarían casi cuatro años de maduración en el epidídimo. Es como si en la ría de Huelva hubiera un agujero negro sumergido y el personaje de Bárbara Lennie, para quitarse años, se sumergiera en sus proximidades para que las manecillas de su reloj avanzaran más despacio. Ella tiene formación científica y sabe de sobra que la teoría de la relatividad, bien manejada, obra efectos milagrosos sobre la lozanía de la sonrisa y sobre la gravedad de los atributos.

Poco después, cuando la trama se desarrolle, nuestra incredulidad entrará en estado de suspensión y ya nos dará igual este detalle científico tan asombroso. Eso habla bien de la película. Digamos que "Los Tigres" es... entretenida a mares. O la mar de entretenida. Yo, desde luego, no le pasaba tan bien buceando desde los tiempos de Jacques Costeau. De niño, viendo “Mundo submarino” en nuestra tele en blanco y negro, yo llegué a soñar con ser un explorador del fondo de los mares para ayudar a los animales; no para arreglar barcos petroleros que luego, cuando encallan, los envenenan y los matan.




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Sorda

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Una vez conviví con una mujer que parecía ciega. O al menos ambliope. Pensé que estaba ciega porque decía que yo era muy guapo y que tenía cara de actor sacado de una película. No actor de Hollywood, eso no, pero sí al menos de Madrid o de Barcelona. Ella estaba muy buena -ahora se dice “hermosa sin desdeñar sus otras cualidades socio-laborales”- y podía haber elegido a cualquier hombre con atractivos indudables. Luego, con el tiempo, cuando dejé de sufragarle los gastos y las deudas, descubrí que su ceguera era fingida y que en realidad veía de sobra mis rasgos decaídos. 

Antes de ella, en los Tiempos Oscuros, conviví con una mujer de rasgos psiquiátricos "neurodivergentes”. Ahora se dice así y es bueno que así sea, porque todo lo demás -bipolar, paranoide, psicótica- suena a cosa muy chunga que a mí, además, me deja en mal lugar por haberme dejado capturar. El amor duró lo mismo que tarda el sol de Laponia en iluminar las tinieblas de una noche interminable, llena de monstruos y pesadillas.

Con una mujer sorda no he convivido nunca. Alguna no escuchaba lo que yo decía, pero eso no quiere decir que padeciera del oído. Existe la sordera real y la sordera selectiva. Todos practicamos esta última. Yo mismo sé hacerme el sueco si la cosa no me interesa. (¿”Hacerse el sueco”, por cierto, es una expresión peyorativa o con los nórdicos no existe ese problema?).

La protagonista de “Sorda”, al principio, parece un ángel de sonrisas y además me excita mucho en lo sexual. Uno mira a su marido, tan paciente y comprensivo, y piensa: “Pues tampoco tiene tanto mérito”. El problema es que a mitad de película su mujer se vuelve retorcida y antipática, y la entrega conyugal se ve al menos desafiada. “Sorda” es una película fallida porque la directora se empeña en que empaticemos con esta mujer por ser sorda y nada más, sin tener en cuenta los detalles escabrosos de su conducta. 

Es ahí, en la pobreza de los sentimientos, en la enfermedad del matrimonio, cuando tenemos que reconocer que su marido es un santo laico que merece nuestra rendida admiración. Eso sí que es amor verdadero, incondicional, y no lo que vamos cacareando los demás.






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