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En los extras de mi Bluray antediluviano, Peter Gould
y Vince Gilligan comentan que la primera idea tras el éxito de “Breaking Bad”
fue hacer un spin-off sobre el personaje de Jesse Pinkman. De hecho, Pinkman
protagonizó aquella película-secuela que pasó sin pena ni gloria por nuestra
memoria: “El Camino”, una desventura sangrienta que gracias a Dios no versaba
sobre la peregrinación a Compostela ni sobre las visiones monetarias de Escrivá
de Balaguer.
El otro personaje al que Gould y Gilligan guardaban un
cariño especial era Mike Ehrmantraut, el expolicía metido a buen ladrón y a
buen asesino, pero cuando AMC les pidió que deshojaran la margarita
descubrieron que habían acumulado innumerables ideas sobre aquel secundario
chirigótico que robaba las escenas: el abogado tan inteligente como cutre
llamado Saul Goodman. Fue una suerte para todos nosotros, los devotos de su
ser, que lo pedíamos a gritos. Goodman era un cactus en el desierto que merecía
una tesis doctoral. Un libro del Génesis explicando su origen mitológico.
¿Quién era ese fulano? ¿De qué manicomio legal se había escapado? ¿Era de
verdad un abogado? Las cuestiones se acumulaban y nosotros teníamos sed de
conocimiento.
El problema de hacer una precuela sobre Saul Goodman
-y ya, de paso, sobre Mike Ehrmantraut- era que el tiempo biológico de los
actores había corrido justo en dirección contraria. El maquillaje hace milagros
pero se nota. Gilligan y Gould lo sabían pero confiaron en nosotros. Intuían,
porque nos saben (medianamente) inteligentes, que nos iba a importar un
pimiento que se notara. Que íbamos a asumir la paradoja como creyentes guiados
por la fe.
“Y vio Dios que era bueno”.
“Better Call Saul” es la hija dignísima de su padre.
Carne de su carne y sangre de su sangre. Es la serie peor tratada por esos
mentecatos que otorgan los premios rimbombantes. Ya sé que es tarde, pero yo,
para que escarmentaran, les haría caminar descalzos por el desierto de Nuevo
México sin agua y sin sombrero, hasta que pidan perdón sollozando, y de
rodillas, con las rótulas clavadas en los guijarros y la pipa de Tuco Salamanca
clavada en los cojones.







