Eddington

🌟🌟🌟


Nuevo México está de moda en mi pantalla. Yo no lo busco, pero aparece. Cuando yo era joven rara vez salíamos de California o de Nueva York. O de Nevada, por los casinos de Las Vegas. O de Texas, con los Rangers y los vaqueros, y los pozos de petróleo. Los gángsters de Chicago eran de Illinois y las hostias de Rocky Balboa se repartían en Filadelfia, Pensilvania. Nuevo México nos era tan ajeno como Missouri o como Montana -o como Palencia- hasta que Vince Gilligan montó allí su universo fronterizo y el resto de cineastas le siguieron en las furgos.

El trimestre pasado, sin ir más lejos, yo estaba en Albuquerque siguiendo las andanzas de Rhea Seehorn en “Pluribus”. Luego me animé y retomé “Better Call Saul”, que también discurre en aquel paisaje desolado y medio marciano. Sin salir de ese extraño planeta, la semana pasada topé con una distopía heteropatriarcal titulada “Honey Don’t!”, y esta semana, ya digo, sin yo pretenderlo, con una distopía paramilitar que transcurre en un poblacho de tarados llamado Eddington. En ambas películas se habla de Albuquerque como de un sitio muy cercano en lo geográfico pero muy lejano en lo político. Es como cuando aquí, en las películas de Paco Martínez Soria -donde no llevaban sombrero vaquero, sino boina con rabo- hablaban con desdén de la vida moderna y disipada de Madrid.

En “Eddington” está el álbum de cromos completo. La liga de beisbol americana reunida en apenas unos kilómetros a la redonda. Estaban todos menos tú, como en la canción de Sabina: el alcalde corrupto, el sheriff republicano, el predicador tatuado, la pirada del culo, el racista taimado, la activista gritona, el chaval enamorado... Eddington es el “Black Lives Matter” en tiempos del coronavirus, pero mezclado con la pasión por las armas y la perturbación mental de la América profunda. Un cóctel del copón que da bastante miedo, la verdad, porque el voto más o menos ilustrado de las costas oceánicas hace ya tiempo que no decide el destino de Estados Unidos. Ni, por tanto, el destino de nuestro mundo.





Leer más...

Springsteen: Deliver Me From Nowhere

🌟🌟🌟


Viendo la película me acordé de aquella crónica de Martín Caparrós sobre la final de la Champions de 2018. Caparrós, como cualquier ser humano con corazón, se apiadó del portero del Liverpool cuando cometió aquel fallo entre absurdo y garrafal. Nadie en ese momento habría querido estar en su pellejo, presintiéndote carne de meme y objeto de desprecio. 

Pero al terminar el partido -imaginaba Caparrós- Karius se duchó, salió del estadio, se subió a su cochazo deportivo y recibió, para curarse las penas, el beso cariñoso de su novia supermodelo. Dos horas después de su cagada ante millones de espectadores ya todos queríamos ser otra vez como él: tan guapos y tan ricos, y tan novios de ese pibón inalcanzable. “El fútbol -decía Caparrós- me ha vuelto a engañar”. 

Bruce Springsteen se pasa toda la película más o menos así, a lo Karius, tristón y deprimido. Los flahsbacks de su infancia vienen a explicar que no es un sentimiento pasajero, sino un malestar muy jodido y arraigado. Sentimos pena por él hasta que conoce a esa chica maravillosa que trabaja en la cafetería y Springsteen, para nuestro asombro, en un arrebato entre mustio y melancólico, de héroe poético del rock and roll, decide alejarla de su vida. El 99’99% de los varones que vieron esa escena se quedaron con la mandíbula desencajada. Los hay que hubieran vendido a su madre por tener una cita con esa mujer. The Boss, en cambio, harto de elegir y descartar, ahíto de éxitos y placeres, la había desechado como quien tira una flor preciosa al empedrado. El rock, como el fútbol, nos había vuelto a engañar.

Desde ese momento se nos hace difícil empatizar con el Boss. “Que sí Bruce, que sí, que la vida está muy jodida. Anda y déjanos en paz”. Menos mal que a mitad de película suena “I’m on fire” y se nos pone la carne de gallina. No se puede sentir desdén por alguien capaz de componer una canción como ésa: tan sencilla, tan turbia, tan enigmática, hoy sin duda imposible de publicar.





Leer más...

Honey Don't!

🌟


El comisario de policía, que parece sacado de "Torrente", no acaba de entender que a Honey le gusten más las mujeres que los hombres. El comisario no parece un mal tipo -de hecho será el varón menos nocivo de la película- pero es claramente un imbécil y un desfasado. Una vieja masculinidad atrapada en un poblacho de Nuevo México. 

El hombre malo de la película -el más malo, quiero decir- es un predicador evangelista que ha convertido su púlpito en un glory hole para su polla bendecida. Pero como no es católico, en vez de tentar a los niños tienta a las feligresas. Es otra vía del sacerdocio. El hijoputa es guapísimo y tiene un éxito arrollador. Posee un olfato especial para detectar zumbadas y descarriadas. Es un lobo de manual y un traficante de pastillas. Un chuloputas. Su ayudante, por cierto, es un asesino chapucero que se aprovecha de las migajas. Él es la hiena que se encama cuando el león desaparece.

La familia de Honey también tiene lo suyo. Su padre es un maltratador que de niña le pegaba hostias como panes; el cuñado, un violador conyugal que ya ha depositado siete embarazos dentro de su hermana; y el novio de su sobrina, otro maltratador orgulloso de votar al Partido Republicano. ¿Algún otro maltratador en esa pequeña comunidad? Pues sí: el padre de MG, la novia de Honey, que fue un héroe de guerra con la mala costumbre de traerse los combates a su casa.

Para completar la panoplia aún hay más hombres tóxicos paseando por “Honey Don’t!”, aunque ya sean personajes secundarios o terciarios. Del cuaternario, incluso. Que yo recuerde hay un chicano que explota a su abuela, un barman con pinta de colgado y un vejestorio que no disimula sus cerdeces. ¿Una distopía heteropatriarcal? No creo. Simplemente un retrato de nuestros días. El día a día de Nuevo México, extrapolable por entero a la vida en las Españas. 

Para los que ya estén pensando mal -y no era ése, desde luego, mi objetivo- les diré que salen dos mujeres asesinas en la película. Pero una, la francesa, mola la hostia, y la otra, ay, no es culpable de sus actos. Así que nada: seguimos. Es la moda. Leña al mono. Al mono peludo. Un ajuste de cuentas esperpéntico. Cansino todo.




Leer más...

Platónico. Temporada 2

🌟🌟🌟


La primera temporada tenía mucha gracia. La segunda ninguna, o muy poca. Si le he puesto tres estrellas es porque Rose Byrne me sulibeya físicamente, moralmente y diplomáticamente. Sí: soy una vieja masculinidad. Y también un viejo, o casi. 

También he sido benévolo porque Seth Rogen, cuando sonríe, me hace sonreír. No lo puedo remediar. Me cae bien este tipo sin conocerle de nada. A lo peor es un fascista de California y yo estoy aquí hablando de simpatías. Espero que no, por la gloria de mi madre. Pero sí es verdad que hay risas contagiosas y sonrisas contagiosas. Y la sonrisa de Seth Rogen es como la de un niño grande y medio lelo. Será por eso que me identifico. Las neuronas espejo nunca descansan en “Platonic”.

Por lo demás, descartada la tensión sexual entre los protagonistas, la segunda temporada es una sucesión de... ocurrencias. Me imagino al equipo de guionistas enfrentados al desafío: “¿Y ahora qué hacemos con estos dos?” Y ahí van, a trompicones, resolviendo los encargos. En los episodios pares salvan los muebles y en los impares fracasan sin remedio. Un día ponen a Seth y a Rose en una boda fallida, otro en una redada del FBI, otro en un paseo medio bobo con las canoas... Nada de miradas subrepticias, de dudas alcohólicas, de diálogos ambivalentes. Ellos son amigos y solo amigos. Quedó claro en la primera temporada y ahora todo es madurez y castidad. ¿Qué es, entonces, la segunda temporada de “Platonic”? Siguiendo a Marcel Pagnol debería ser una tragedia porque al final los protagonistas no terminan de encamarse. Pero ellos parecen tan contentos con el arreglo y nosotros, aunque perplejos, respetamos su decisión.

Si el objetivo era llegar a los diez episodios y esperar que la audiencia de Apple TV avalara otra renovación, los creadores de “Platonic” lo han conseguido según anuncia IMDB. Felicidades y tal, pero que no cuenten conmigo para la próxima travesía. 





Leer más...

Banda aparte

🌟🌟🌟🌟


“Banda aparte” es la única película de Godard por la que siento cierto cariño. No merece cuatro estrellas ni de coña pero hoy me siento afrancesado y generoso. Tampoco me engaño: no es la cinefilia, sino la belleza de Anna Karina, la que seduce mi simpatía. No sé por qué le dedicaron una canción a los ojos de Bette Davis y no a los ojos de Anna Karina, que te miran y te noquean. Ellos sí que son puertas a otra dimensión y no los agujeros negros del espacio.

También es verdad que Godard, el muy tunante, el muy amante, siempre sacó a mujeres bellísimas en la pantalla -la misma Karina, o Jean Seberg, o Anne Wiazemsky- y todas esas películas son ridículas o deleznables: los famosos “experimentos fílmicos” que iban alternando la falta de pies con la falta de cabeza. Una sucesión interminable de paridas, de ocurrencias, de boutades... cualquier cosa menos una película hecha y derecha. Y sin embargo ya ves, ahí está Godard, en los altares, adorado como un santo patrón o como un dios de los principales, homenajeado por el mismo Tarantino cuando llamó a su productora “A Band Apart” quizá porque está enamorado de Anna Karina casi tanto como yo.

Hace tres veranos estuve delante de la tumba de Anna Karina en Père Lachaise. París no era una fiesta, sino una tragedia que se mascaba. Mi pareja de entonces iba buscando la tumba de Edith Piaf y en el camino sinuoso, perdidos entre las tumbas, encontramos un grupo de gente que rendía honores a mi Anna. Mi pareja no tenía ni idea de quién era ella y busqué en Youtube la famosa escena del baile en “Banda aparte”, por ver si le sonaba. Pero no le sonó. Viendo bailar a Anna con su falda y su sombrero se me olvidó durante unos segundos que yo estaba allí con una mujer de carne y hueso. Creo que ella lo notó. Fue otra vía de agua -pequeñita, pero quién sabe si la decisiva- en el barco que naufragaba. 




Leer más...

Al final de la escapada

🌟🌟🌟


La mejor película de lo que llevamos de año es, para este cinéfilo de provincias, “Nouvelle Vague”. La película de Linklater es divertida, boba, perfectamente imperfecta. Y eso siempre se agradece. Es  liviana y sin embargo trascendental: un canto de amor al cine y a los cineastas. Para músicas grandilocuentes y diálogos engolados ya tenemos el resto de la cartelera. 

“Nouvelle Vague” cuenta la historia del rodaje de “Al final de la escapada”. Cine dentro del cine. Pretende ser un homenaje pero es mucho mejor que la película homenajeada. Es un poco el mundo al revés: la banda homenaje mejorando a la banda original. “Al final de la escapada” es histórica pero chapucera, ícónica pero cutre, libérrima pero estúpida. Se ve, se disfruta y se olvida. Es un evangelio aprobado en los concilios de París y nosotros lo asumimos mientras dudamos con el alma. 

Después de ver “Nouvelle Vague” era imposible no sentir curiosidad por ver, otra vez, la ópera prima de Godard. Hacía años que -defraudado, disgustado, aterrorizado por el suizo petulante- la iba rehuyendo por las plataformas. Más de veinte años, seguramente. Lo sé porque no la tenía puntuada en Filmaffinity y yo llevo ahí todo ese tiempo, levantando y bajando pulgares como el césar de un imperio pequeñísimo.

De la película -mitad culpa suya, mitad culpa mía- no me acordaba de casi nada: solo de una escena en un hotel y de Jean Seberg vendiendo el Herald Tribune por las calles de París. Ni siquiera recordaba que el personaje de Belmondo fuera un delincuente peligroso, y que precisamente por eso, porque es un chuloputas pletórico de arrogancia, es capaz de robarle el corazón a esa chica tan hermosa y desnortada. 


Otras razones que no sean la simple curiosidad para ver “Al final de la escapada”:


1. El rostro de Jean Seberg. 

2. La sonrisa de Jean Seberg.

3. Los vestidos de Jean Seberg.

4. Jean Seberg pasándose el dedo por los labios

5. Jean Seberg preguntando qué son los Campos Elíseos mientras vende periódicos por la avenida de los Campos Elíseos.





Leer más...

¡Jo, qué noche!

🌟🌟🌟🌟


El mundo está lleno de locos. Y los locos, por lo general, para dar riendas a su locura, esperan a que anochezca. Por eso los llaman -o los llamaban, antes de la edad del eufemismo- lunáticos. 

“Jo, qué noche” cuenta la historia de un hombre que salió a echar un polvo y se encontró con todos los locos del Soho en una sucesión disparatada y la mar de entretenida. La noche de Walpurgis de las brujas inapetentes y los hechiceros paranoicos. Y Martin Scorsese, desde su púlpito de gogó, iluminándolos con su foco.

De día, para sobrevivir, para dejar sus genes en el acervo, los locos han aprendido a disimular. Estos de la película se ganan la vida moldeando esculturas, sirviendo copas y conduciendo carritos del helado. Parecen personas normales, o casi, mientras el sol alumbra sus cabezas. También hay oficinistas, ladrones del butrón y porteros de discoteca. Maestras de primaria no salen en “Jo, qué noche”, pero yo conozco el percal y sé que también disimulan lo suyo durante el día. Si las miras atentamente se pueden ver indicios, síntomas, conductas inexplicables, pero nadie sin un título de psiquiatría se atrevería a sentenciar. Los locos son como vampiros pacientes que esperan la luna para desplegar las alas y los colmillos. 

Ahora, gracias al progreso, sabemos que la locura es producto de las neuronas y no de la astronomía. El “Homo sapiens” es el bípedo implume, sí, pero también el mono desnudo y el mono cortocircuitado. La lucha por la vida, allá en la sabana, inició una carrera muy loca de armamentos que nos dejó a todos más o menos turulatos. Tenemos demasiadas neuronas, demasiados cables, demasiadas conexiones innecesarias. Módulos y más módulos. Un exceso de pensamiento. La locura es el precio a pagar que nos dejó la supervivencia. Y la noche, la oportunidad pintiparada para desfogar. 

Por eso yo no salgo de noche y Griffin Dunne, después de su aventura, me parece que tampoco. Hay que ser muy valiente para aventurarse entre la jauría. Ya cantaban los de “Vídeo” que la noche no es para mí, sino para ellos. 





Leer más...

La última tentación de Cristo

🌟🌟🌟


Si admitimos que Jesús también era un hombre -o sólo un hombre, como predicamos los ateos- y que además era rubio, y con ojos azules, y poseía una labia que dejaba petrificadas a las galileas, es normal, digo yo, que tuviera tentaciones eróticas antes de convencerse a sí mismo de que era el Hijo de Dios y el Mesías de las Escrituras. 

El cristiano fervoroso no debería ver en esto ninguna ignominia. Pero la ve. Entre otras cosas porque el cristiano, ya de por sí, siente repelús por cualquier escena de sexo que se encuentre en la ficción: o no le parece decoroso, o no es sexo reproductivo, o no se practica en los agujeros prescritos o con el género correspondiente. O con el número de compañeros santificado. Lo pilles por donde lo pilles, el sexo siempre le parece pringoso y pecaminoso. Así que imagínate si pones a su fundador en brazos de María Magdalena... El cristiano fetén prefiere ver psicópatas, motosierras, marines de los yanquis. Latigazos y torturas. Escabechinas sangrientas sobre la cruz.

Scorsese no es tonto y lo sabía. Prefirió ser fiel a la novela y armar el escándalo mayúsculo. Y cobrar el taquillazo. “La última tentación de Cristo” podría haber prescindido del erotismo y se hubiera entendido igual: mirada intensa a los ojos de María Magdalena, fundido a negro, hijos que pululan... Después de todo, la Magdalena no era más que una tentación del diablo, una vida alternativa que jamás existió a ojos de la fe. Una historia más en el universo donde todo acontece a la vez y en todas partes. Jesús acostándose con María Magdalena forma parte de la física teórica; y la física teórica, si nos ponemos meta-físicos, también es obra del Creador. 

(No estaría mal, por cierto, que a los otros hijos de Dios, a los hermanastros de Jesús, se nos ofreciera en el penúltimo momento de nuestra vida la tentación opuesta: vivir una existencia de dioses y no de hombres. Darle la mano al diablo, levantarnos de la cama del hospital y disfrutar de los superpoderes y la inmortalidad garantizada).





Leer más...