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No ha sido fácil piratear “Te amaré hasta que te
mate”. Apenas pude encontrar esta versión en dual, sin subtítulos, con un giga
y medio de calidad auriñaciense. Ha sido el regalo pobretón, pero generoso,
de un anónimo samaritano. De un buen aficionado al cine que quizá es un poco
como yo: un cutre, pero un perseverante. Un nostálgico de las comedias donde
Kevin Kline se desataba y no dejabas de sonreír.
“Te amaré hasta que te mate” no está cancelada, pero
es como si lo estuviera. Quizá por eso ha sido barrida de los archivos
compartidos. Su título, como dicen los chavales de ahora, da mala vibra.
Treinta y seis años después, en las páginas de sucesos, salen muchos tipos que
también juraron amarla hasta que la mataron... Y aunque en la película de
Lawrence Kasdan es ella la asesina y él el asesinado -o lo son, al menos, en
teoría, porque todo es chapuza y en el fondo comedieta- el telón lleva una
mancha ignominiosa y ya nadie quiere descorrerlo. Es el signo de los tiempos.
Quizá por eso -ahora que lo pienso- el Ministerio de Igualdad no ha tomado
cartas en el asunto: porque no conoce la existencia de la película. Y porque
los géneros están invertidos y eso ya excede sus competencias.
También pensaba, mientras veía la película, que lo
difícil no es matar a alguien cuando toca defenderse, o ya no queda otro
remedio, sino matarlo sin que te pillen. He ahí la ciencia y el escollo. Los
creyentes temen al Ojo Triangular que todo lo ve, y los ateos, al detective de
Baker Street que todo lo adivina con su lupa. Pero es eso: el miedo. No
exactamente el escrúpulo o el mandamiento. Si tuviéramos superpoderes psíquicos
y pudiéramos matar pestañeando, cuántos no caerían fulminados mientras vemos el
telediario o asistimos a las fiestas patronales.







