Breaking Bad. Temporada 2

🌟🌟🌟🌟🌟

La deriva hacia el mal de Walter White -que, de momento, y todavía estamos en la segunda temporada, acarrea la destrucción de su matrimonio, la amargura de Jesse Pinkman y la muerte de la chica más sexy que jamás se vio en una serie de televisión- no se hubiera producido si en Estados Unidos existiera una Seguridad Social que sufragara operaciones tan costosas como la suya. Que los yanquis posean las armas y los cohetes les convierte en los chicos más chulos del barrio, pero no en los ciudadanos más afortunados de Occidente.

Si Walter White hubiera vivido en Albuquerque, provincia de Badajoz, y no en el otro Albuquerque, estado de Nuevo México, ninguno de estos personajes de ficción hubiera encontrado la muerte o la desgracia; pero, a cambio, en el mundo real, nos hubiéramos quedado sin esta serie intachable, implacable como la vida misma, pues a cada error le corresponde su castigo, y a cada propósito de enmienda una bofetada de los dioses. 

(Y todavía peor: nos habríamos quedado sin “Better Call Saul”, la serie que vino después pero que explicaba lo de antes. Y sin Kim Wexler, que es como imaginar un mundo sin amaneceres, o una primavera sin floraciones). 

En el Albuquerque original, cuna de quienes pusieron nombre a la ciudad en el desierto, puede que no haya tantos adelantos y moderneces -ni siquiera una franquicia de “Los Pollos Hermanos” donde poder degustar esa receta tex-mex que se adivina jugosísima- pero allí, al menos, ponerse enfermo de gravedad no implica necesariamente cargarse de facturas e hipotecas. Gualterio Blanco, el primo lejano de Walter White que también se dedica a la docencia de la química, jamás hubiera descubierto en su interior a un criminal orgulloso de su cocina. 



Leer más...

El astronauta


🌟🌟🌟

Ahora mismo, en León, porque nuestra ciudad está más cerca de las estrellas que ninguna otra capital española, tenemos dos astronautas esperando destino en el espacio. Ellos son nuestro orgullo nacional. Algún día, cuando regresen de la estación espacial o de darse un paseo por la superficie de Marte, desfilarán por la avenida de Ordoño II como los astronautas del Apolo XI desfilaron por las avenidas de Nueva York. Habrá confeti, y aplausos, y banderas de León reivindicando la autonomía. 

Pero de momento, hasta que suban, tendremos que conformarnos con dos astronautas españoles que no eran de León: Pedro Duque, que luego fue ministro de Asuntos Secundarios, y Michael López Alegría, aquel chico nacido en Madrid pero criado en California que hablaba un castellano como de agente de la DEA en un episodio de “Breaking Bad”. Michael debía de ser primo lejano de David (Deivid) López Zubero, aquel nadador que ya nació directamente en Florida pero que competía, por motivos familiares, bajo la bandera de los Borbones, y que chapurreaba un mexicano todavía más difícil de interpretar.

La Wikipedia, como carece de sentido del humor, no consigna que mucho antes, en 1970, justo cuando las suecas alunizaban en nuestras playas, ya existió un astronauta español natural de Minglanillas: un villorrio imaginario muy cercano a la vieja estación de Fresnedillas. Financiado por la SANA y catapultado al espacio en la Cibeles I, Tony Leblanc surcó la estratosfera para caer justo sobre el desierto de Almería. Desorientado y sediento, Tony lo confundió con el Mar de la Tranquilidad y plantó la bandera del aguilucho para marcar territorio con los americanos y con los rusos. La película es una tontería como la copa de un pino; una majadería al estilo de Mortadelo y Filemón. Pero te echas cuatro risas muy sanas a cuenta del botijo interespacial, tan necesario en los planetas sin agua como Tattooine. 



Leer más...

The Mandalorian and Grogu

🌟🌟🌟


Del mismo modo que otros, en verano, visitan el pueblo de sus ancestros para beber hasta reventar y cantarle loas a la Virgen, yo, que provengo del éxodo rural que lo vendió todo para emigrar, viajo en cada canícula a la galaxia de Grogu y el Mandaloriano: la misma donde la familia Skywalker buscaba con denuedo el equilibrio de la Fuerza.

Desde que era niño, la galaxia de George Lucas siempre ha sido mi destino vacacional. Allí tengo mi chalet en la costa y mi refugio en las montañas. Mi casita rural en los planetas deshabitados. Mi Airbnb en el espacio sideral. Primero hago un viaje por la Europa civilizada -que es, sin exagerar, otra galaxia comparada con La Pedanía-, y luego, nada más aterrizar en Barajas, y antes de coger el ALSA que me devuelve a la realidad, me subo en un transbordador espacial que surca el hiperespacio camino de Mandalore, o de Tatooine, según donde se desarrolle la última aventura. Aterrizo en un santiamén, echo un vistazo, saludo a las viejas amistades y me vuelvo a esta galaxia subdesarrollada donde me gano el sustento y veo el fútbol por televisión.

En este último viaje he visto al Mandaloriano un poco decaído. Vulnerable, por primera vez. Y es que los años, aunque no sean años solares, pasan igual para todos. Allí son otras las estrellas, y otros los ecosistemas, pero la esperanza de vida para los humanos es más o menos parecida. La nuestra es una maldición genética que no conoce constelaciones. 

Grogu, sin embargo, que vivirá casi mil años, todavía es un bebé cósmico al que no termino de entender. Los niños humanos cambian mucho cada año: crecen en centímetros, se vuelven locuaces, dan mucho más por el culo... Pero Grogu, aunque mueva piedras cada vez más grandes, sigue siendo ese peluche desconcertante que lo mismo se entera de todo que no se entera de nada, más pendiente de las chuches que de la supervivencia de su estirpe. 



Leer más...

Han Solo: Una historia de Star Wars

🌟🌟🌟

No es tan mala como la recordaba. De verdad que no. Lo que pasa es que en su día nos dejó helados y chafados, a los frikis de Star Wars, como panolis aterrizados en un planeta congelado. Uno parecido a Hoth, pero del tamaño de Júpiter, o de Saturno.

La película, aunque entretiene, nos da poco, muy poco. Apenas tres referencias mitológicas entre tiros y explosiones. Queríamos que saliera Darth Vader, o al menos Obi Wan, para establecer una conexión directa con el evangelio canónico de san Lucas. Pero al final tuvimos que conformarnos con Darth Maul apoltronado en una butaca medieval. Ni siquiera una danza de su sable pudimos llevarnos a la boca... Han Solo fue un héroe de nuestra infancia y queríamos una película tan buena como “Rogue One”: una que estuviera a la altura del mito y de la bobada, y no esta “buddy movie” de policías y ladrones, tan disfrutable como hueca, toda ella gominola.

Los niños del barrio terrícola queríamos ser como Han Solo: surcar las estrellas con el “Halcon Milenario" y llevarnos de parranda a un peluchón tan valiente como mañoso. Saltar de planeta en planeta y manejar el bláster con una sonrisa socarrona. Ser un poco como Han: guapos, decididos, un poco chulitos, buena gente en realidad. Codiciosos pero nobles. Y si todo eso no era posible -porque el planeta Tierra da para lo que da- tener, al menos, una maqueta del “Halcón Milenario” como aquella que mi amigo O. tuvo expuesta durante años en su habitación: un juguete carísimo, inasequible a nuestro estatus, que su padre comerciante le trajo de Madrid. Una joya de la corona, pero del tamaño de una ensaimada, que nadie, salvo su dueño, podía tocar con sus manazas de pordiosero. 

Mientras O. habría las portezuelas y desplegaba los cañones láser para derribar los cazas imperiales, los demás, admirados y envidiosos, nos situábamos a un metro de distancia, en corrillo,  como visitantes de un museo ante una pieza prodigiosa. 




Leer más...

Rogue One

🌟🌟🌟🌟🌟

(Escrita un mes de agosto de hace muchos años, en otra galaxia muy lejana).

Mientras las luces del cine permanecen encendidas, miro a mi alrededor buscando al masticador de palomitas, al pesado del teléfono, al tonto del pueblo. Al niño que habría que asesinar con una mirada de Jedi. A esos intrusos que podrían joderme la película si se acercaran demasiado.

Esta vez he tenido suerte. No hay moros en la costa, ni soldados imperiales. De momento... Apago el teléfono móvil. Carraspeo. Me pregunto, de pronto, qué hago allí, viendo una película de Star Wars cuarenta años después de la primera, como si no hubiese pasado el tiempo ni la vida. Ni la salud ni la enfermedad. Siento una punzada de vergüenza. Un segundo de duda. De pronto, un músculo del culo inicia el gesto de levantarme, pero al final se queda en el intento. El entrenamiento en la Fuerza no ha mejorado mi vida, pero sirve para solventar pequeñas rebeldías.

Mis inquietudes, sin embargo, no se disipan. En la sala hay varios cuarentones parecidos a mí: gafosos, con pinta de panolis. Me siento reflejado. Caricaturizado. En la cartelera hay películas más sesudas, más adultas: argumentos que tratan del espíritu y de la muerte, de la paternidad y del amor. Pero yo estoy aquí, escondido de los adultos, dimitido de la cinefilia respetable, a punto de reencontrarme con la Estrella de la Muerte y con los destructores del Imperio. Hágase tu voluntad, Obi Wan.

De pronto se apagan las luces y en la pantalla, negrísima, aparece la vieja letanía del tiempo pretérito y de la galaxia lejana. El adulto, en ese momento mágico, se desvanece, y en su lugar, en la butaca, vuelve a sentarse el niño que con cinco años se quedó boquiabierto ante el espacio interestelar. El mismo niño que se cagaba de miedo cuando Darth Vader aparecía resollando sus maldades.

Al niño, y al adulto, les importa una mierda que “Rogue One” no sea una película perfecta. Ni falta que hace. Tolo que pasa ante nuestros ojos es mágico, fantástico, incuestionable... “Rogue One” es el evangelio antes del Evangelio. El testamento de los viejos profetas.



Leer más...

Exterior Noche

🌟🌟🌟🌟


¿Pruebas?: ninguna. O insuficientes. ¿Certezas?: casi todas. Marco Bellocchio es un viejo zorro que no se deja engatusar. Él sostiene, y nosotros con él, que a Aldo Moro le ejecutaron las Brigadas Rojas pero se lo cargaron los amigos americanos. Italia es una provincia del Imperio Yanqui y allí nada sucede por casualidad. Al mismísimo Jesucristo -que vivió en la provincia de otro imperio intercontinental y fue el primer mártir reconocido por los católicos- también le ejecutaron los legionarios pero se lo cargaron los miembros del Sanedrín. 

Apenas importa quién disparó a Aldo Moro o quién le ensartó los clavos a Jesucristo. Ya lo decía Mr. X en “JFK”:

- Esa es la pregunta clave: ¿por qué? El cómo y el quién sólo son... montajes para el público. Eso sirve para que la gente juegue a las adivinanzas. Les impide hacer la gran pregunta: ¿por qué?, ¿quién se benefició?,¿quién tiene el poder para encubrirlo? 

Pero el juez Garrison era un patriota, y además un tontolaba, y no terminaba de creerse que el propio gobierno se cargara al presidente de su nación. Así que Mr. X, con paciencia de santo, y aquellos dedos larguísimos que enumeraban, le seguía explicando cómo funcionan las cosas más allá de los telediarios, donde los empresarios se reúnen con los militares y toman las decisiones ejecutivas e irrevocables:

- Fue un golpe de estado encabezado por elementos encubiertos de la inteligencia y el Estado Profundo -insistía Mr. X hablando del asesinato de Kennedy, pero también anticipando el de Aldo Moro quince años después-. Mataron al Presidente frente al mundo entero como una advertencia para cualquier otro líder que intente alterar el statu quo".




Leer más...

El mago del Kremlin

 🌟🌟🌟


El hilo argumental de “El mago del Kremlin” -llevo cincuenta años siendo comunista  y todavía escribo “Kremlim” con dos emes- es el siguiente: un ex asesor de Vladimir Vladimirovich Putin -en Rusia lo llaman así, como en los cuentos de Chejov- le desgrana secretos de chichinabo a un historiador experto en la Unión Soviética y en la Rusia de la Mafia. Nada que no sepa, por ejemplo, un suscriptor de “El País” desterrado en las provincias. 

- ¿Sabías que Boris Yeltsin bebía vodka como un cosaco y que quedó incapacitado para ejercer de presidente?

- Algo he oído, sí.

O:

- Te voy a contar una cosa que no sabe nadie: las bombas que derribaron aquellos edificios en el extrarradio de Moscú las pusimos nosotros, los servicios secretos, y no los terroristas chechenos a los que luego machacamos.

- Algo me había llegado, sí... 

“El mago del Kremlin” es toda así: se pierde en obviedades, en verborreas, en explicaciones innecesarias. Tener a un gran escritor como guionista a veces no te salva de la sandez. Emmanuel Carrère sabe mucho de Rusia por la vía maternal, pero aquí se pasa de docto o de simple, todavía no lo sé.  “El mago del Kremlin” pretende dejarnos abrumados y al final es la historia de Vladimir Putin contada para dummies. 

Sucede, sin embargo, que cuando ya estás a punto de bostezar, incluso de darle al pause y olvidarte del asunto, aparece Alicia Vikander para borrarte la intentona. Alicia Vikander, en “El mago del Kremlin”, lo mismo hace de rockera transgresora que de pelandusca de oligarca; de modelo en Saint-Tropez que de amante arrepentida. Alicia es hermosa, solvente, refrescante... Alicia es la pausa de hidratación; el kit kat en el trabajo. El recreo de los niños tras el rollo de la escuela. 




Leer más...

Buena suerte, pásalo bien, no mueras

🌟🌟


Todos los veranos, antes de la canícula, nos juntamos para comer -y para celebrar que estamos vivos- un puñado de excompañeros. Yo soy el único que permanece en activo peleando contra los bárbaros; los demás, legionarios jubilados, viven el dolce far niente de no tener que levantarse de madrugada para acudir a los claustros improductivos y a las reuniones sin provecho. 

Mis ex compañeros son unos suertudos que viajan con el IMSERSO o con el Club de los 60 en fechas no tomadas al asalto. Ellos recorren el Danubio en abril, visitan Roma antes de los calores y aterrizan en Escocia justo en octubre, antes de las nevadas. En esas comidas del reencuentro ellos hablan de sus viajes y yo vuelvo a ser un niño que le pide ser mayor a la máquina de Zoltar.

La contrapartida, claro, es que ellos viajan por Europa, o por la España cultural, con varios fármacos en la mochila. Sus males no les incapacitan, pero les sombrean la experiencia. De hecho, en estas reuniones, cada vez se habla más de análisis clínicos y de hierbas medicinales. Cada nuevo verano surge una nueva contrariedad bioquímica, o una nueva articulación desarticulada. Yo estoy aprendiendo la hostia de medicina a la hora de los cafés...  Por eso me acordé de mis amigos cuando descubrí el título de esta película: “Buena suerte, pásalo bien, no mueras”. Podría convertirse en mi saludo ritual cuando nos despidamos hasta la próxima. Pero también sé que las ironías las carga el demonio, y que lo mismo se clavan en el otro que rebotan en la armadura y te atraviesan la garganta.

El título será lo único que me quede de esta película insoportable. De esta estafa al espectador. De este popurrí indecente de ideas sacadas de “Black Mirror”. De esta gracia sin gracia. De este subproducto cultural. De esta carne de videoclub, si aún existieran los videoclubs. De este refrito rancio que sólo recomendaré a la más encarnizada de mis enemigas, para joderle dos horas de su vida, con lo mucho que a su edad ya corren los relojes. 





Leer más...