Los domingos

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“Los domingos” cuenta la historia de Ainara, una chica que a los 17 años sufre un brote psicótico y no recibe ninguna ayuda profesional. Ainara dice escuchar la voz de Dios y vivir enamorada de un profeta galileo que hace dos mil años también escuchaba voces y creía tener poderes mágicos sobre la materia. Porque Jesús, si existió, fue otro esquizofrénico sin medicar que fue bautizado a orillas del Jordán. 

Si Ainara dijera que habla con los conejos o que procede del planeta Raticulín, su familia se tomaría más en serio su desvarío, pero como su interlocutor interior está bendecido por dos mil años de tradición hay quien le ríe la gracia y hay quien le recomienda ponerse a follar a ver si se le pasa. Ése es el verdadero logro de la Iglesia a lo largo de los siglos: blanquear la perturbación mental y convertirla en una dedicación que despierta admiraciones y consigue beneficios fiscales gracias al concordato. Un negocio redondo. A efectos prácticos, la postura del padre de Ainara -un tontolaba al que su hija le importa un pimiento -y la postura de su tía -una atea atenazada por el respeto y la corrección - son igualmente dañinas para la chica. Ainara terminará la película con la mirada de orate -de éxtasis, dicen otros- ya instalada para siempre en su rostro juvenil.

En las entrevistas, Alauda Ruiz de Azúa jura y perjura que ella, siendo agnóstica practicante, no ha hecho una película proselitista. Yo la creo: quizá no lo buscaba, pero lo ha hecho. “Los domingos” está bien, incluso muy bien, pero es un instrumento del demonio. “Los domingos” es ahora mismo objeto de culto en las parroquias españolas. Hay curas de pueblo que fletan autobuses con derecho a bocadillo para que sus feligreses acudan al cine de la capital y se solacen en el misterio. El cartel de “Los domingos”, con esa Ainara transida y trascendente, me recuerda mucho al del tío Sam reclutando a los pobres chavales para la guerra. Sin pretenderlo, Alauda Ruiz de Azúa ha creado un instrumento pastoral cuando menos necesitábamos a esta gente tan... peculiar. 




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La empresa de sillas. Temporada 1

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Saulo se cayó del caballo camino de Damasco y del hostiazo que se pegó descubrió a Jesucristo para consagrarle el resto de su vida. Dos mil años después, en Estados Unidos, Ronald Trosper se cayó de su silla cuando presentaba un proyecto empresarial y del hostiazo que se pegó descubrió al mismísimo demonio -la empresa de sillas TECCA- y empezó a consagrarle tanto tiempo que terminó convirtiéndose en un auténtico desgraciado. 

(Moraleja: hay caídas que de rebote te elevan a los Cielos y hay caídas que abren un abismo en el suelo y te mandan al Averno).

Hasta que se cayó de su silla, Ronald Trosper era un arquitecto reconocido y un padre de familia bien avenida y ejemplar. Pero tuvo la mala suerte de aterrizar bajo las piernas de una compañera y ésta le denunció ante el Comité Encargado del Asunto. La serie, de haber sido española, hubiese tirado por ahí y ya tendríamos a Leticia Dolera en todas las tertulias radiofónicas clamando contra la cultura de la violación, pero estos locos americanos decidieron tirar por otro lado más práctico y capitalista: las reclamaciones en internet. 

Parece mentira que un tipo tan inteligente como Ronald Trosper no supiera que estas reclamaciones son la antesala de un derrumbe emocional y que es mejor no menearlas demasiado. Si el perjuicio económico no es excesivo, siempre es mejor dejarlo correr. ¿Qué le importa a Ronald una silla de oficina que además ni siquiera es suya, que es propiedad de la empresa y va a ser fácilmente reemplazada por otra parecida?

Reclamar está bien, aunque sólo sea por orgullo. Yo mismo, hace unas semanas, le reclamé a RENFE una devolución de billete por haber llegado dos horas tarde a mi destino. El importe era de apenas 12 euros y no pensaba reiterar mi petición. Si me atendían a la primera, pues cojonudo; y si no, pues nada. Lo que importa es la salud. Ronald Trosper se creyó más listo que nadie y desafió al silencio irritante de la fábrica de sillas. Él, por supuesto, no sabía que estaba descorriendo uno de esos cortinajes rojos que salen en las películas de David Lynch.





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La noche es nuestra

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1. Si la película pretendía ser un homenaje a los policías de Nueva York, el tiro del arma reglamentaria les salió por la culata. Todo lo que construyó “Canción triste de Hill Street” en una década, lo derrumbó James Gray en dos horas de pedradas lanzadas contra el tejado.

En “La noche es nuestra”, la policía de Nueva York se parece más a la TIA de Mortadelo y Filemón que a esa institución cuasi ejemplar que hemos conocido desde pequeños en la tele: un  sindiós donde tres abueletes dirigen el cotarro con acciones peregrinas y el alto jefazo ejerce un nepotismo que me río yo de Fulgencio Batista en la República Dominicana. 

Si algún chaval de Nueva York pensaba entrar en el cuerpo allá por el año 2007, seguramente se lo pensó dos veces antes de decidirse por los marines y recorrer mundo a bordo de una fragata. 


2. “La noche es nuestra” comienza con una escena subida de tono en la que Joaquin Phoenix se magrea con Eva Mendes recostada en un sofá.  Como es la primera escena de la película, aún no sabemos que Joaquin Phoenix va a interpretar a Caín, el hijo atravesado de Adán. Mientras Caín se acuesta con Eva Mendes y se pone hasta las cejas de farlopa en el night club que él mismo dirige, su hermano, Abel, se juega la vida combatiendo las mismas redes del narcotráfico que surten a su hermano de mandanga. El drama bíblico está servido: el deber contra el cachondeo; la familia contra la serpiente. 

Para Caín, ayudar a su familia significará abandonar esa vida divina -o diabólica- en la que Eva Mendes se pirra por sus huesos y le dice que le quiere. Si ya es difícil conseguir una mujer así, imagínate tener que renunciar a ella. Mucho más difícil todavía. Y además para nada, para emprender una guerra que todos saben perdida de antemano contra los narcos. ¿Ganar unas cuantas batallas compensa el desgarro de ser expulsado del Paraíso?





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Two Lovers

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Nueve de cada diez espectadores consultados también prefieren a la rubia de la peli. Nos ha jodido. La chica rubia es más guapa, más divertida, sexualmente más audaz que la morena. Esto último no lo sabemos a ciencia cierta pero no es difícil imaginarlo. Aunque la rubia lleva un cartel con la palabra “Danger!” colgado del cuello, su atractivo es fatal e irresistible. Gwyneth Paltrow está que se rompe en “Two Lovers” y los hombres reales o ficticios somos todos parecidos: nos ciega la belleza. No nos vuelve sordos, eso no, pero cuando escuchamos las señales preferimos ignorarlas. Es como cuando sonaban los viejos despertadores en la mesita: si se ponían pesados preferíamos aporrearlos y seguir durmiendo a pierna suelta. Que nada altere nuestro sueño.

La chica morena también es guapa, o muy guapa, y en eso la película es un poco tramposilla. Se supone que su personaje es el premio de consolación para Joaquin Phoenix, pero muchos espectadores venderían su alma por compartir cama con una consolación parecida. Hollywood es un espejo deformante de la belleza y es mejor no tomarse en serio sus romances. La mujer más fea de allí sería la reina de las fiestas en nuestro pueblo. La chica morena de “Two Lovers” rompería corazones en La Pedanía pero no tiene el encanto fatal de su contrincante: le falta el veneno, la chispa, la mirada turbia de vampiresa. Si Gwyneth Paltrow te promete una vida llena de vaivenes, Vinessa Shaw, con el correr de los años, te promete una vida aburguesada con niños dando po’l culo y “Masterchef” por la noche en el sofá.

Sólo los muy guapos, o los muy ricos, ponen la bala donde ponen el ojo. Los demás, los proletarios sexuales, viven la misma desventura de Joaquin Phoenix en la película: enamorarse de quien jamás se enamorará de nosotros y desdeñar a quien bebe los vientos por nosotros. En vez de decir que somos gilipollas perdidos preferimos decir que somos “románticos soñadores”. La poesía siempre acude a nuestro rescate.




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Z. La ciudad perdida.

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Cuando el coronel Fawcett regresó de su expedición geográfica al Amazonas -donde había ido a trazar la frontera entre Brasil y Bolivia-, se presentó ante la Royal Geographical Society para afirmar que había encontrado los restos de una ciudad perdida: una de cultura extrañamente avanzada, impropia de la selva que al parecer sólo poblaban los indios atrasados. Fawcett la llamó Z porque, según él, completaba el puzle de las civilizaciones humanas, las presentes y las pasadas.

Nadie le creyó. De nada le sirvieron los trozos de vasijas que se trajo en la mochila, ni los diarios de unos exploradores portugueses que estaban a medio camino entre la narración y la fantasía, tal vez identificando La Ciudad Perdida de Z con El Dorado de la mitología. Los miembros de la Royal Geographical Society no estaban dispuestos a admitir que unas tribus en taparrabos, antropofágicas para más inri, fueran capaces de sostener, o de haber sostenido, una cultura que en tiempos pasados rivalizara con las europeas. A comienzos del siglo XX el racismo no era la palabra cargada de connotaciones que es ahora. Porque racista era, prácticamente, todo el mundo. Ni siquiera los círculos intelectuales se salvaban del prejuicio antropológico, que entonces no era considerado como tal, sino un científico saber, y un consenso racional. 

Los indios, los negros, los melanesios.., todos esos humanos que habitaban zonas tropicales con mucho calor y muchos mosquitos eran genéticamente inferiores y sólo había que comparar una ametralladora con una lanza para cargarse de razones. Para las mentes más avanzadas de la época eso no justificaba la esclavitud ni la esquilmación de los bienes y los territorios. Pero pretender, como pretendía el coronel Fawcett, que los indios fueran capaces de construir por sí solos una ciudad prodigiosa en el interior del Amazonas, era casi como plantear una broma entre colegas de profesión.



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Hamnet

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Yo no quería que me gustase “Hamnet”. Ni llorar con su desenlace. Pero lloré. No pude remediarlo. Me veía desde arriba, desde mi cuerpo astral, y no terminaba de creerme. Aunque estaba solo me jodía que me confundiesen con una plañidera. Pero plañí.

Yo había venido a no sufrir con el sufrimiento de los personajes. A que me importara un bledo su tragedia y su redención. Los críticos me habían advertido y yo me puse la coraza. “Ojo que silban las balas, y son muy cursis y afectadas”, decían en sus crónicas. A veces vengo movido por el interés de constatar un prejuicio y nada más. A veces prefiero no disfrutar para coincidir con los gurús. Es una tontería, lo sé. Una gilipollez. ¿No  es mejor, acaso, como sucedió en “Hamnet”, disfrutar de la película a pesar de la disidencia? ¿Dejarse llevar por la corriente que arrastra a los demás? ¿Saber que estás siendo manipulado pero fingir que no sientes esa mano que te dirige? ¿Esa música que te embauca? ¿Esa actriz que te fascina? ¿No es mejor sentirse por un día sentimental y derrotado?

Cuando gozo donde no debería gozar, gozo con culpa, como si alguien me pillara conculcando un mandamiento. A veces iría a confesarme nada más terminar la película si existieran confesionarios para esto. “Ave María Purísima, padre...”. Justo cuando ya había superado la culpa judeocristiana vino la culpa cultureta a joderme la marrana. Asumir, en los títulos de crédito, que “Hamnet” me había emocionado, tuvo algo de rendición y de apostasía. De hereje sorbiéndose los mocos y recobrando la compostura. 

(Tengo que decir, también, que 24 horas después de haber visto “Hamnet” su hechizo se está disipando como la niebla. La consulta con la almohada ha desvaído el embrujo de sus imágenes. Las obras maestras se quedan días jugando al pinball en tu cabeza; las grandes películas no. Ésa es la diferencia. Dentro de tres semanas recordaré “Hamnet” con agrado; dentro de medio año ya no recordaré los detalles de su trama; en un año, ay, tendré que volver a verla para vencer el olvido y la vergüenza).






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Better Call Saul. Temporada 1

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En los extras de mi Bluray antediluviano, Peter Gould y Vince Gilligan comentan que la primera idea tras el éxito de “Breaking Bad” fue hacer un spin-off sobre el personaje de Jesse Pinkman. De hecho, Pinkman protagonizó aquella película-secuela que pasó sin pena ni gloria por nuestra memoria: “El Camino”, una desventura sangrienta que gracias a Dios no versaba sobre la peregrinación a Compostela ni sobre las visiones monetarias de Escrivá de Balaguer.

El otro personaje al que Gould y Gilligan guardaban un cariño especial era Mike Ehrmantraut, el expolicía metido a buen ladrón y a buen asesino, pero cuando AMC les pidió que deshojaran la margarita descubrieron que habían acumulado innumerables ideas sobre aquel secundario chirigótico que robaba las escenas: el abogado tan inteligente como cutre llamado Saul Goodman. Fue una suerte para todos nosotros, los devotos de su ser, que lo pedíamos a gritos. Goodman era un cactus en el desierto que merecía una tesis doctoral. Un libro del Génesis explicando su origen mitológico. ¿Quién era ese fulano? ¿De qué manicomio legal se había escapado? ¿Era de verdad un abogado? Las cuestiones se acumulaban y nosotros teníamos sed de conocimiento.

El problema de hacer una precuela sobre Saul Goodman -y ya, de paso, sobre Mike Ehrmantraut- era que el tiempo biológico de los actores había corrido justo en dirección contraria. El maquillaje hace milagros pero se nota. Gilligan y Gould lo sabían pero confiaron en nosotros. Intuían, porque nos saben (medianamente) inteligentes, que nos iba a importar un pimiento que se notara. Que íbamos a asumir la paradoja como creyentes guiados por la fe.

“Y vio Dios que era bueno”.

“Better Call Saul” es la hija dignísima de su padre. Carne de su carne y sangre de su sangre. Es la serie peor tratada por esos mentecatos que otorgan los premios rimbombantes. Ya sé que es tarde, pero yo, para que escarmentaran, les haría caminar descalzos por el desierto de Nuevo México sin agua y sin sombrero, hasta que pidan perdón sollozando, y de rodillas, con las rótulas clavadas en los guijarros y la pipa de Tuco Salamanca clavada en los cojones.




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Mi amiga Eva

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La película termina bien. No es un spoiler: se ve venir a la legua. El tono de comedia no permite un final en el que Eva se quede sola, acumulando gatos y comiendo chocolate. Envidiando los besos ajenos cuando sale a pasear. Y todo esto lo digo sin acritud: Cesc Gay es incapaz de hacer una mala película. A veces, como aquí, le salen películas cojonudas.

Dicho esto, el happy end de “Mi amiga Eva” me deja un poso de tristeza. Quizá porque estoy un poco en la circunstancia de Eva -con los 50 ya rebasados y la belleza (si alguna vez la hubo) en cobarde retirada- y conozco el percal del amorío. Eva se ha enamorado por penúltima vez y ha sido correspondida. Nos congratulamos por ello. Pero no ha sido gracias a su tesón o a su atractivo. No gracias a los trucos estúpidos que venden en la guía de Meetic o en los artículos de “El País”. Cuando ya estaba a punto de rendirse, Eva encontró el amor gracias a la suerte. A la suerte pura y desnuda. A una intervención divina, quizá. A una hollywoodiense casualidad. Es la chiripa, estúpido.

No es más que eso. Y nada menos que eso: coincidir con la persona exacta en el momento adecuado y que luego no haya accidentes en el camino. No es nada fácil. De hecho, es un puto milagro. Barcelona es la hostia de grande y no es fácil coincidir; La Pedanía, en cambio, es la hostia de pequeña y no existe una masa crítica de contactos.

Desde que se separó de Juan Diego Botto -¡ni siquiera yo me separaría de Juan Diego Botto!- y hasta que encontró a ese argentino tan ideal que huele a estafador, Eva dio muchos tumbos por las redes del amor. Casi tantos como los que yo di en aquellos tiempos tragicómicos. Termina uno agotado y magullado. Las redes, en los estratos inferiores, están llenas de reciclados. Uno mismo, al usarlas, se declara reciclado. Allí hay mucha tarada, mucho neurótico, mucho cerdo, mucha estúpida integral... Lo sé por experiencia. Mi penúltimo amor, como el amor de Eva, está ahí afuera, fuera de los softwares. Puede que en Nigeria o en Tegucigalpa. Ésa es la putada.





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