Backrooms

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La próxima vez que vea un cargo excesivo en la factura eléctrica voy a cagarme en los pantalones. Ya no valdrán las explicaciones habituales: que me he excedido en el uso, o que me está robando la compañía. Que un portaaviones americano está sembrando el pánico en Oriente y el sector energético se ha vuelto turulato. Después de ver “Backrooms” ya nada será como antes. Abrir la factura de la luz será como abrir el resultado de un análisis clínico, o el Whatsapp de una amante despechada. Más allá de una cifra razonable, empezaré a pensar que al otro lado de mi pared hay un mundo de locos que me está chupando la energía y cargándola en mi cuenta. Una cuarta dimensión poblada de ladrones a la que se accede como hacía Homer Simpson en su episodio: traspasando la pared como si fuera una cortina de leche que no mancha.

“Backrooms” parte de una idea original y luego aburre a las ovejas. No hace falta llegar hasta el final para anticipar que nada de lo que ves tiene sentido o congruencia. O sí, pero un sentido delirante, de esos que luego buscas en internet y producen delirios más locos todavía. En el caso de “Backrooms", ellos, los exégetas, dicen que si la física cuántica o no sé qué... Hay gente para todo. “Backrooms” es una parida mental y punto pelota. Muy original, subyugante a ratos, pero una parida. Hay quien dice que no necesita explicación, que basta con dejarse llevar por la experiencia y ya está. Pues vale. Yo no soy de esos: yo tengo un déficit cognitivo que me obliga a encontrar un hilo argumental. ¿”Backrooms” habla de un proyecto secreto del gobierno, de una epidemia de esquizofrenia, de un universo alternativo que vive tras el pladur? Supongo que ya nunca lo sabremos. 

Pero da igual. ¡Sursum corda! La mujer que pasea por el laberinto es Renate Reinsve y para mí eso ya es suficiente. Yo piso por donde pisa Renate sin rechistar, como un amante platónico, o como un niño tras el flautista, aunque el argumento termine en una alcantarilla tan sucia como indescifrable. 




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Incontrolable

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Del mismo modo que Dustin Hoffman se volvió autista de verdad mientras rodaba “Rain Man”, o que Daniel Day Lewis quedó paralítico perdido en el rodaje de “Mi pie izquierdo”, aquí, en “Incontrolable”, yo apostaría 100 dólares a que Robert Aramayo contrajo el síndrome de Tourette tras un electroshock pactado con la productora.  

El suyo es un despliegue descomunal, desconcertante. Él solo, con su galería de tics, con su acervo de procacidades, sostiene una película que es poco más que un telefilm de sobremesa: una historia de superación personal y bla, bla, bla. La enésima historia del náufrago que se salvó; la enésima omisión de las mil historias de sus compañeros que se ahogaron. “Incontrolable” la hemos visto tantas veces que ya nos la sabemos de memoria. Ninguna sorpresa nos aguarda en las calles de Edimburgo.

“Incontrolable” termina con el personaje siendo condecorado por Isabel II de Inglaterra. Largos años de labor comunitaria han conseguido colarle en la lista de meritorios. Se supone que esa ceremonia es la escena cumbre de la película. La culminación de la historia real que sustenta su guion. Pero yo, desde mi sofá, quizá porque padezco un síndrome de Tourette antimonárquico, también muy involuntario e irremediable, no dejo de pensar en la ironía de que la reina de Inglaterra, como el rey de aquí, o la infantita, condecore a alguien que se ha deslomado por el bien de sus vecinos.

Los reyes, y las reinas, y las infantas peponas, son los últimos garantes del orden establecido, de la explotación legal del hombre por el hombre. Ellos firman las leyes que nos hacen más pobres, recortan nuestros derechos o nos envían a la guerra para defender sus vidas y sus haciendas. No nos representan. No queremos que nos representen. Sus premios no son nuestros premios. Acostumbrados a condecorar a militares y a ladrones, esta medalla otorgada a un pobre enfermo neurológico no deja de ser un acto de hipocresía. Un blanqueo institucional. Yo no hubiera ido a recogerla.








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Father Mother Sister Brother

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Viendo “Father Mother etc.” me acordé de Donald Trump cuando dijo que si un día le pegara un tiro a cualquier transeúnte la gente le seguiría votando con entusiasmo. Lo terrible no era la bravuconería: lo terrible es que tenía razón. 

Jim Jarmusch, armado de una cámara y paseando por Nueva York, podría decir algo muy parecido sobre los críticos de cine: van a seguir alabándome aunque ruede películas tan perezosas y aburridas como ésta.

Jim Jarmusch nunca ha sido un santo venerado en mis altares. Quitando “Flores rotas” y “Patterson” no termino de pillarlo. Jarmusch, para mí, es un cometa de órbita excéntrica y alejada de mi sentir. No sintonizo con su frecuencia. Recuerdo que siendo joven, en el seminario de los cinéfilos, ya le confesaba al padre prior que Jim Jarmusch no me gustaba demasiado. Él alarmado, santiguándose repetidas veces, me reconvenía con un par de latinajos y me tenía media tarde de rodillas frente al altar, recitando el Padrenuestro.

Los críticos de la prensa seria, sin embargo, que sí fueron alumnos creyentes, respetuosos con el canon, le ponen muchas estrellas y muchos piropos a “Father Mother no sé qué”. Pues bueno. Yo también venía a dejarme seducir, lo prometo, porque las familias disfuncionales -¿existe una familia funcional?- siempre dan mucho juego en los argumentos. Pero nada. Naranjas de la China. O de California. “Father Mother y los chavales” es una oportunidad perdida para responder a esa pregunta que a todos nos reconcome: ¿por qué seguimos visitando a nuestros padres? ¿Por qué seguimos atendiendo a nuestros hijos? ¿Qué nos une cuando pasan los años y afloran las diferencias, se ensanchan las distancias, se amargan los caracteres? ¿Dónde termina el amor incondicional? ¿No es acaso eterno, por incondicional? ¿O sólo es la inercia que nos lleva? Preguntas relevantes, de calado, que Jim Jarmusch prefiere obviar con su hieratismo bobo, con su humor incomprensible. Y por tres veces además, en tres historias deslavazadas. Bah.





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Déjate ver

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“Déjate ver” es una alegoría sobre la búsqueda de la fama. Y digo alegoría porque es un surrealismo como de Buñuel, como de David Lynch en un día de primavera, benévolo y bienhumorado. 

"Déjate ver" es una fábula amable pero punzante. Un cuento sobre ser y no ser, estar y no estar. La misma Macarena Sanz parece una mujer hecha de mentira, medio poética, toda ella de algodón. Es tierna y sagaz, sosegada y valiente. Tan lista como achuchable. ¿Se puede decir achuchable? ¿Corro el riesgo de que “me desaparezcan” de la red? ¿Se le puede pedir matrimonio, llegado el caso, a un personaje de ficción?

La fama de nuestros tiempos ya no se parece a la fama resudada que predicaba la profesora Lydia a golpe de bastón. Han pasado casi 50 años desde aquellas meritocracias que moldearon nuestro voto. Antes, para ser famoso, había que hacer algo: salir en películas, descubrir continentes, dirigir naciones, bailar como los ángeles, meter golazos por la escuadra... Desarrollar una vacuna. Ahora, en cambio, basta con saber colocarse, con echarle jeta, con ser meramente guapo, o guapa. Se puede ser famoso sin ofrecer nada más que la misma fama, hueca e improductiva. El ingenio y el talento siguen contando, pero cuentan cada vez menos. Y además: ¿quién define lo que es meritorio y lo que no? ¿Los críticos, la gente, el productor televisivo...? Son tiempos confusos.

“Déjate ver” es una serie que volaba por debajo de mi radar porque es una producción de Atresmedia, y Atresmedia, para mí, es como un planeta ignoto que emite señales en otra dirección. Pero a veces, en el espectro electromagnético, se producen carambolas, desviaciones imprevistas, y un buen día, al encender mi televisor, apareció Macarena Sanz con sus dedos menguantes y fantasmales. Me reconocí al instante en su quejido porque a mí, anónimo como pocos, también se me apagan los órganos y los tejidos. Luego, con el correr de los episodios, ya vino la admiración. Y el amor, platónico, ya digo.





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¿Quién puede matar a un niño?

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De los seres humanos ya se han vengado todas las criaturas imaginables en la ficción. Lo hicieron los pájaros de Hitchcock y los árboles de “El incidente”. También una orca que perdió a su familia en “Orca, la ballena asesina”. Y los monos, por supuesto, en “El planeta de los simios”. Me falta una de toros empalando a sus toreros para montar un ciclo de cine pedagógico.

Nos lo tenemos merecido. No hay nada que nos exima. El ser humano es una desgracia para cualquier ecosistema donde se pose: depredamos, asesinamos, contaminamos... Somos la plaga bíblica que no figuraba en las Escrituras. Y cuando se trata de lidiar con nuestros semejantes, somos más salvajes todavía: para esa lucha inventamos la bomba atómica, el napalm, la cámara de gas...

Faltaban los niños, esas criaturitas, por vengarse de nosotros. Vengarse a palos, quiero decir: a cuchilladas, a guadañazos, a disparos de metralleta. Lo que haga falta. Esa película de terror se le pudo ocurrir a cualquiera pero se le ocurrió al barbas que dirigía el “Un, dos, tres”, ya ves tú. 

Los niños sufren las guerras, las hambrunas, los accidentes de tráfico y las travesías en patera. Ellos heredan la locura, el alcoholismo, la estupidez... Son sujetos pasivos con derecho al pataleo. Son víctimas en el sentido más inocente de la palabra. Su única esperanza es que caigan muy rápido las hojas del calendario.

El problema de “¿Quién puede matar a un niño?” es la definición misma de la niñez. En Almanzora -esa isla imaginaria entre Algeciras y Estambul- hay niños asesinos que son como querubines y niños creciditos -muy parecidos a Javi y a Pancho en “Verano Azul”- que ya se hacen pajas indudables. Hay niñas con miradas angelicales y adolescentes resabiadas con chispazos de Lucifer. Los límites de la niñez no quedan aclarados. Es otro de los misterios que se llevó la brisa marinera. 




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No desearás al vecino del quinto

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Yo deseaba a mi vecina del cuarto. Primero con la inocencia de la niñez y luego con la lascivia de la pubertad. Pero una lascivia enamorada. 

Se llamaba Eva y era dos años mayor que yo. Ahora que ya estamos creciditos sería una distancia irrisoria, pero entonces era un abismo inabordable. Cuando me enamoré de ella, siendo todavía un colegial de pantalón corto, Eva ya iba de la mano con novios imbatibles, que tenían moto o estaban a punto de obtenerla. Eva fue mi primer amor platónico; el primero de una larga lista que todavía no ha colocado su último nombre. Mi primer crush, que dirían ahora  los chavales. 

En mi casa no había ascensor, así que me la cruzaba por la escalera cuando íbamos y veníamos de los colegios. Yo me azoraba, la dejaba pasar, le decía hola con un hilillo de voz amordazado, y ella, a cambio, me sonreía sin intención, tan distante como educada. Eva era rubia y tenía los ojos como el mar. Un poco pija, quizá, ahora que la repienso. Sus padres, aunque vivían en nuestro bloque de proletarios, tenían una casa cojonuda en un pueblo de las montañas. Veraneaban en agosto, y eso, en mi calle, ya era una práctica de aristócratas. Eva y yo ni éramos coetáneos ni pertenecíamos a la misma clase social. Eva era inalcanzable y etérea, tal vez un recuerdo imaginado. 

Pero no: no era un recuerdo imaginado. Su perfil apareció hace pocos meses en mis sugerencias de Instagram. Quitando un par de desconchones está tan guapa como siempre... Juro que yo no la busqué, sino que fue el algoritmo, ese demonio juguetón, quien hizo sus cuentas y me la ofreció. El algoritmo se ha vuelto tan sabio que ya lee directamente en nuestros corazones. O ha hecho sus cálculos esotéricos y ha llegado a la conclusión de que después de cuarenta años buscando a otra mujer, Eva, tan originaria y primordial, es el cierre y el comienzo. El alfa y el omega. El punto de llegada de una peripecia circular. 

(¿La película?: horrorosa. Muy mala. Tan casposa como necesaria. Pero digo yo: para saber adónde vamos es necesario saber de dónde venimos).





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Jenaro, el de los 14

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En los tiempos de Jenaro no había Primitivas ni Euromillones. El Gordo era menos gordo que ahora y las franquicias de Sportium eran un invento indistinguible de la magia.  La única manera de hacerse millonario sin ser un ladrón o un preboste del régimen era acertar una quiniela de 14, y además una muy rara, de un único acertante, con resultados imposibles que sólo marcarían un loco o un desinformado.

El método de Jenaro consistía en asomarse a la ventana y ver pasar a la gente de su pueblico, allá en Extremadura. Si pasaba una mujer, un 1; si pasaba un hombre, un 2; y si pasaba un invertido (sic), una X. Los tiempos de Jenaro eran así, con un pie en el Medievo y otro en la Transición que estaba por llegar. 

Por lo menos, en la película, al mariquita del pueblo (insisto, sic) ya no lo tiran al pilón. De hecho es el dueño del bar donde toman sus vinos, impertérritos, las fuerzas vivas del lugar: el señor alcalde, el señor cura y el jefe bigotudo de la Benemérita. 

Recuerdo que mi padre, para rellenar sus quinielas de millonario quimérico, tiraba un dado que había comprado en el estanco. El dado tenía tres caras con el 1, dos con la X y una con el 2. Lo fiaba todo al azar como un turista de Las Vegas. A veces, si estaba de buenas, me dejaba manejarlo con mis dedos infantiles. Otras veces, si me ponía muy pesado, me dejaba rellenar el resultado del Madrid. Pero sólo el del Madrid. La quiniela era un asunto muy serio que no podía recaer en los niños, y mucho menos en los niños merengones. La quiniela, ya que éramos ateos y anticlericales, era nuestra fe milagrosa de cada domingo. Y por eso el Señor nos castigaba.

“Jenaro, el de los 14” es, como yo me esperaba, una película muy mala. No saltó la sorpresa en "La Condomina". Pero es un paseo por la España de 1974 y eso tiene un valor incalculable. Es, como diría Mercedes Milá, "un experimento sociológico". Hay cosas que han cambiado mucho y otras que no han cambiado nada. Ser rico, por ejemplo, aunque seas un paleto y un canijo, sigue siendo un afrodisíaco irresistible. Medio siglo de revisionismo cultural no puede borrar millones de años insertados en los genes. 




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La vida en un hilo

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1945 fue el Año VI de su Victoria, y también el Año VI de nuestro Hambre. Hubo más años terribles, despojados de casi todo, pero éste es especialmente recordado. Muchos españoles murieron de inanición o malnutridos. Algunos fallecieron entonces y otros tiempo después, roídos en las entrañas, como damnificados de Hiroshima. Mi padre, por ejemplo, tenía doce años en 1945 y se dejó la salud arrastrando cántaros de leche por las calles de León. Cuando llegó a los sesenta años ya era un anciano prematuro, con pocas energías para seguir.

Mientras tanto, en el barrio de Salamanca de Madrid, la posguerra consistía en pararse ante el escaparate de una peletería y dudar qué abrigo comprarse para el invierno. Abrigos de zorra, en cualquier caso. Conchita Montes, en “La vida en un hilo”, es una vencedora de la guerra que pasea por pisos de lujo y salones de baile como sacados de una película americana. Acaba de enviudar, pero no parece demasiado afectada por la pérdida. Su marido, además de ser un sieso de cuidado, era rico y de buena familia, así que Conchita disfruta de la buena vida mientras se compra abrigos y se seca, muy de vez en cuando, una lágrima furtiva.

Conchita, al empezar la película, conocerá a una de esas pitonisas que te leen el pasado en vez del futuro. Ella le contará que la misma tarde que conoció al sieso pudo haber conocido, en la misma floristería, al hombre de su vida: otro cruzado por España mucho más galante y divertido que el anterior. Y es que nuestras vidas amorosas, da igual rojas que azules, penden de un hilo, de una puta casualidad. En eso, en la potra, sí somos hermanos de corazón. 

Nuestra vida sentimental podría haber sido muy distinta si aquel día, justo en aquel momento, hubiéramos mirado para otro lado. Incluso el amor -esa cosa tan poética y venerada- no deja de ser un azar a veces provechoso y a veces lamentable. Un dado lanzado al aire. El caos erótico o vengativo que provocó aquella mariposa que un día revoloteaba. 




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