Kill Bill. Volumen 2

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Si la comparas con otras películas -incluso con otras películas del propio Tarantino- “Kill Bill, volumen 2” resplandece como una espada de Hattori Hanzo bajo el sol del amanecer. Pero si la comparas con su hermana mayor, “Kill Bill, volumen 1”, palidece como una espada menos afortunada de la factoría de Hattori: un arma de acero más frágil, y con una ligera curvatura hacia el final. Las dos hermanas son manufacturas preciosas y complementarias, ya casi de anticuario o de coleccionista, pero no tienen exactamente la misma valía en mi corazón (en mi corazón, por cierto, ya golpeado cuatro veces por cuatro amores malhadados, a un solo contacto marcial para ser paralizado sin remedio).

La segunda parte de la saga me aburre un poquito. Solo un poquito, he dicho. Y sólo hacia el final, en el reencuentro tan esperado de los amantes. Amantes asesinos, sí, y un par de hijos de puta, pero amantes después de todo. He dicho, insisto, un poquito... Que no vengan los guerreros de Pai Mei a joderme la marrana; ni los 88 Maníacos desmembrados. Estoy hablando de dos miradas al reloj en más de dos horas de metraje. Y de una consulta rápida, muy rápida, al marcador de las ligas en juego, porque hoy era domingo de guardar y aquí también se dirimen venganzas muy tradicionales y sanguinolentas.

Tarantino se marca una hora final que es todo conversación y soliloquio, confesión resentida de los amantes. Y está muy bien, no digo que no, porque se da respuesta a las preguntas y se da contexto a los guerreros. Pero veníamos de la hostia pura y dura y cuesta arrellanarse en el sofá. Veníamos de la marcianada cachonda y de las artes marciales contrarias a la física, y de pronto, como niños castigados, nos sientan en un sofá para hablarnos de los sueños rotos y del amor traicionado. Es como pasar de un manga violento a una película de Almodóvar. Y ni siquiera es el interludio mejor escrito por Tarantino. 




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Kill Bill. Volumen 1

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La primera vez que vi “Kill Bill, volumen 1”, fue el 11 de marzo de 2004. Sí: fue el mismo día en que los terroristas islámicos reventaron aquellos trenes repletos de Madrid. Recuerdo que vi la película en la primera sesión de la tarde, junto a veinte o treinta personas que también querían limpiar con violencia de mentira la violencia de verdad. Dicen que las manchas de mora roja se quitan con zumo de mora verde. O al revés.

En el telediario de aquel jueves no funcionaron del todo las censuras y se vieron muertos que aún permanecían en sus asientos, apoyadas las cabezas en los respaldos o en los laterales reventados. Creo que a ningún espectador de “Kill Bill” se le iban esas víctimas de la cabeza. No eran yakuzas de chiste, ni psicópatas de cómic, sino ciudadanos como nosotros, vestidos con ropa de paseo o de trabajo, viajeros de trenes que todos habíamos tomado alguna vez en nuestras excursiones por Madrid. 

Mientras los sociópatas que nos gobernaban utilizaban la masacre para arañar unos votos decisivos, los ciudadanos, que ya habíamos escuchado en las noticias el cántico del minarete, nos refugiamos en aquella sala para sublimar nuestros deseos de venganza. Y no precisamente contra los terroristas todavía desconocidos... La película era tan buena, tan hipnótica y absurda, que logramos olvidar durante dos horas aquella movida madrileña tan poco fiestera y enrollada. 

Pero la ilusión duro poco: al salir del cine rápidamente volvimos a los telediarios, a las radios, a las webs cochambrosas que por entonces no adelantaban contenidos. Y sin embargo, “Kill Bill, volumen 1”  no se disipó. Quedó ahí, en el subconsciente, íntegra y contundente. Cuando la vimos meses después en Canal + nos la sabíamos de memoria. Ya era parte de nuestra cultura y estábamos agradecidos. ¿Quién dice que es una película boba y vacía? Que se vayan al carajo. "Kill Bill" es hermosa, y gamberra, y aquella tarde de terror nos concedió dos horas de alivio y libertad.





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El aura

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Cada vez que salía el perrete, o el perrazo, yo avanzaba la película con el mando a distancia, a velocidad x4, o x8, según el discurrir. Tampoco quería perderme la trama por ser tan sensible y cagonetis. Que se maten los humanos -en las películas, quiero decir, o en algunas realidades escogidas- me da un poco igual; pero que asesinen a los perrines, o a los perrazos, eso ya no. Ellos no tienen la culpa de nuestros pecados capitales. 

La mía es una podredumbre del alma que comparto con muchos semejantes. Lo sé porque no hace mucho, en “El País” -ese nuevo referente de la prensa derechista- publicaron un artículo tratando de explicarnos. Y somos muchos, al parecer. Al final, como suele suceder, ni nos dieron el alta ni nos pusieron a escurrir. “El País” cuida mucho a sus suscriptores.

Sucede que ahora, en las películas, perro que aparece, pero que fenece, y yo me estaba temiendo lo peor. Pero no: el perrazo no muere, y perdón por el spoiler. El perro sale vivo de las peripecias y sirve de testigo mudo para todo lo que sucedió en "El aura": quiénes murieron, quiénes mataron, quiénes levantaron la guita del furgón. Quién diseñó el atraco imperfecto que derivó en el crimen perfecto por pura casualidad. Sólo un interrogatorio de Rex, su congénere, el policía diferente, podría sonsacarle la verdad a fuerza de ladridos. 

Por lo demás, “El aura” siempre será “la otra película de Fabián Bielinsky”, el director de “Nueve reinas”. La que completa su exigua pero interesante filmografía. Bielinsky se murió demasiado joven y nos dejó sin más películas singulares y enredosas. Dios, lo tengo por seguro, es el primo-hermano de Sam “el Bigotes”: un loco con dos pistolas. 

“El aura” tiene un título luminoso pero luego es sombría y cenicienta. El aura del título ni siquiera es la bendición de los santos, sino la maldición de los epilépticos.





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Nueve reinas

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“Nueve reinas” es tan tramposa como sus protagonistas. No se puede, por ejemplo, cuando ya nadie le mira ni le atiende, mostrar al estafador como si fuera el estafado. Eso es jugar sucio. Engañar al espectador. Pero qué más da -vas pensando- si la película es cojonuda. Si no ha perdido frescura ahora que la recordamos.

Si el hombre es un lobo para el hombre, aquí, en concreto, el porteño es una alimaña para el porteño. Cuando vienen mal dadas se multiplican los chorros en cualquier rincón del planeta. Es la pobreza, estúpido, y no los genes o la cultura. Luego, cuando regresa la bonanza económica, los fraudes ya pasan a ser legales, pero los ladrones son otros y se visten de ejecutivos.

“Nueve reinas”, ya digo, nos trata mal y nos engaña. Pero no somos capaces de interrumpirla. Es como una amante mentirosa que nos folla como Dios. Bienvenidas sean, en ambos casos, las artimañas. Qué es el cine, además, sino un engaño consentido. El gran engaño de nuestra vida junto a la magia de las chisteras y los amores de Hollywood. Y la Liga de Negreira... No es casualidad que el primer gran cineasta de la historia, George Méliès, fuera un mago que se quedó boquiabierto ante el invento de los Lumière. En ese sentido, todos somos niños bobos sentados frente a una peli. El cine es tan tramposo que ni siquiera está hecho de imágenes en movimiento, sino de fotos fijas que pasan muy deprisa ante nuestros ojos alelados. 

La primera vez que vi “Nueve reinas”, hace un cuarto de siglo, yo no podía ni imaginar que de aquellos lodos del corralito vinieron luego aquellos polvos en mi dormitorio. Es una historia muy larga de contar... Si es verdad que el aleteo de una mariposa en Japón puede causar un tornado en Oklahoma, no es menos cierto que una crisis económica en Argentina puede causar, aunque sea veinte años después, una tormenta de amores celtibéricos donde también hubo maquiavelos y estafa’os, contentos y amarga’os, varones y dublés. 




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Feud: Bette and Joan

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Nunca he vuelto a ver “¿Qué fue de Baby Jane?”. La vi de muy niño y me dejó una especie de trauma psicológico. Pero no por la historia de terror entre aquellas dos chaladas enclaustradas, sino porque se guisaba un animal doméstico a modo de venganza. Mi inconsciente sabe de qué animal se trata, pero decide no contármelo cada vez que se lo pido. 

Luego, con el tiempo, ya matriculado en la Escuela de Cinéfilos, nos contaron que aquellas dos viejas que se odiaban en la ficción también se odiaban, y mucho, en la vida real. “Feud” es un término que podría traducirse por “odio fueguino” y el muy jodido vivía en ambos lados de la pantalla. También nos contaron que ellas no eran tan viejas en realidad, sino dos estrellas extenuadas que se iban apagando. Luminarias del cine clásico que agotaban sus reservas de hidrógeno antes de colapsar. 

La que se pintarrajeaba la cara era Bette Davis: la misma que no era Eva en “Eva al desnudo”; la de los ojos de Bette Davis que cantaba Kim Carnes en “Los 40 principales”. La otra, la paralítica, era Joan Crawford, la dueña de aquel saloon a quien Johnny Guitar rogaba que le mintiera a la cara y le dijera que le quería. Recitando esos datos ya sacabas un aprobado raspado en 1º de carrera, pero luego había que aplicarse mucho para sacar el título, y comulgar con ruedas de molino que yo nunca me tragué.

Me interesa mucho “Feud” porque la historia del viejo Hollywood es como la historia de mi familia. Si mi carne se la debo a mis abuelos, mi referencia constante, casi el 90% de mi educación sentimental, se la debo a esos otros familiares que han ido apareciendo durante más de medio siglo en mis pantallas: las grandes de los cines, y ahora las resultonas de los salones. 

También me interesa porque me recuerda que los dos motores de la creatividad siempre han sido el odio y el desamor. El encono y el despecho han forjado las obras maestras de la literatura, y también las grandes películas de nuestra vida. Las amistades sanas y los amores correspondidos se agotan en sí mismos. Se autocelebran y ya está. No producen nada, salvo paz y bienestar. No contribuyen a entretener a los demás, ni a enseñarles moralejas.




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Little Amélie

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La película que dejé para el final del verano, atenazado por la desidia, resultó ser la mejor de todas. La que quedará para siempre en mi memoria. Me sucede con cierta frecuencia y empiezo a preocuparme. Soy un cinéfilo muy poco socrático, que no se conoce a sí mismo como debiera. 

Aunque la descargué en un acto voluntario, luego me pasé meses sorteando “Little Amélie” con otros estrenos, con series maratonianas, con alguna sesión de cine clásico que me escocía en la conciencia. Un auténtico desdén. Hace unos años, cuando Retoño era pequeño, el cine de animación no me producía tanta pereza. Estaba más atento a los estrenos y a las calificaciones, motivado por sentarme junto a él: por verle esos ojos abiertos como platos, como los ojos de Amélie. Y de paso, a veces, descubrir una maravilla reservada para adultos, codificada en nuestro lenguaje. Preparada para nuestra mirada ya menos asombrada, pero más sabia y reflexiva.

Me preguntaba, mientras veía a la pequeña Amélie dando tumbos por Japón, cuándo fue la última vez que yo puse los ojos así, desorbitados ante la belleza, o ante el enigma de la naturaleza (las mujeres de gran hermosura no cuentan para estos cálculos). En Noruega, quizá, el último verano, pero ya con la presbicia de la edad… Y además, en mi caso, con unos ojos negros que no pueden competir en fotogenia con unos ojazos verdes diseñados por el software. 

Pero al final, mi retina, y mi nervio óptico, aunque menos espectaculares, funcionan de la misma manera que los demás. O funcionaban, cuando lo veía todo por primera vez y levantarse de la cama era casi como nacer cada mañana.





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Robot Salvaje

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Ayer, en la radio, justo antes de ver la película -porque la realidad y la ficción a veces se anuncian o se presienten- hablaba un experto en robótica avanzada. Le habían convocado para hablar de ese atleta mecánico que acaba de batir el récord de los 100 metros lisos. Eso -dijo el experto- está muy bien para ofrecer titulares en la prensa, pero el avance real, el práctico, el que está apenas a cinco años vista, es el humanoide doméstico que nos lavará los platos, nos planchará las camisas y nos podará los rosales -quienes los tengan, claro- para que podamos seguir perdiendo el tiempo viendo la tele o enredando en las redes sociales.

El experto, sin saberlo -o tal vez sí, porque quizá tenga hijos y esté a la guay de las películas de animación- estaba hablando de la versión beta de “ROZZUM 7134”, el protagonista de “Robot Salvaje”. Roz, así bautizado por los animales del bosque, es un artefacto de prestaciones casi infinitas que vive en un futuro de casquetes derretidos y países anegados. Un paisaje no muy diferente al que aparecía en “Inteligencia Artificial”, que es otra película de Dreamworks donde al final triunfaban el amor y la perseverancia. 

Las aventuras animadas de Roz son de un virtuosismo técnico apabullante. Es todo tan bonito -aunque tan falso- que es imposible reprimir alguna lágrima por el camino. “Robot Salvaje” es tan hermosa como torticera; tan deslumbrante como peligrosa. Contiene mensajes que deberían estar prohibidos para el público infantil. Luego salen como salen: convencidos de que el mundo, y la gente que lo habita, son plastilina en nuestras manos. De que basta con amar, con amar mucho, para que todo se nos cure o seamos aceptados. 

(Al terminar la película, mientras fregaba los platos sin ayuda, me acordé del experto en robótica. No creo que tales inventos lleguen nunca a prosperar. Las empleadas del hogar pueden respirar tranquilas. No es sólo la necesidad de contratar una criada o un mayordomo: es la satisfacción -con un robot muy descafeinada- de darle órdenes a otro ser humano y sentirse superior en el orden de las cosas).




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Lapönia

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Olavi es mi ídolo, mi referente. Debería imprimir un póster con su imagen. Olavi es un finlandés que en “Lapönia” canta las verdades del barquero, aunque la bruja de su cuñada, y el pánfilo de su cuñado, exorbiten los ojos y se pongan muy chulitos, al estilo celtibérico. 

Los españoles somos como dice Olavi y punto redondo: gritones, trapaceros, muy poco refinados. Llevamos el ruido y la trampa en la misma maleta del jamón. Nos pongamos como nos pongamos, somos africanos del norte, europeos de oropel. Hasta el Pirineo todo es toro. 

Los españoles somos los bárbaros modernos, temidos del uno al otro confín. Vamos dando la nota por cualquier ciudad europea que yo visito cada verano. El año pasado fue Viena, el anterior Dublín, éste los rincones de Noruega... Ámsterdam, cuando el amor. Y París, claro, cuando el desamor. Da igual. No hay huida posible. La conversación en Europa es un bisbiseo, un trinar de pajaritos, hasta que de pronto, antes de que los distingas en el tumulto, o te los encuentres a la vuelta de la esquina, oyes a unos turistas hablando muy alto, o dándole voces al teléfono, o expandiendo sus risotadas para que los gorriones de la ciudad, o las gaviotas junto al mar, salgan espantadas ante la falta de costumbre: son los españoles, sí, mis compatriotas, dejando su marchamo, haciéndose con el territorio, contaminando la paz que sólo un minuto antes te tenía subyugado. 

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El problema de “Lapönia” es que empieza muy alto, en latitudes boreales, y poco a poco va descendiendo en interés hasta llegar a estos paralelos arrasados por el sol. "Lapönia" parecía el remake de “Un dios salvaje” y al final se quedó en una “feel good movie” insustancial. Una pena. El otro pero que le pongo es que contiene un error de cásting imperdonable. De guionistas muy pánfilos, o muy poco vividos. Un maestro de Lengua y Literatura con el jeto de Julián López no puede estar casado con una mujer como Natalia Verbeke, que pega más paseándose por los yates, por los grandes torneos del tenis. Por los saraos de la jet set que jamás viajaría a Rovaniemi en un vuelo regular.

 




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