El encargado. Temporada 4

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Eliseo no ve fútbol ni series de televisión. No se distrae leyendo libros. No resuelve crucigramas en su mesa de conserje. Tampoco sudokus, ni autodefinidos, ni problemas de ajedrez. No se le conocen vicios ni mujeres. Ni siquiera hombres, en el siglo XXI. Eliseo es un tipo raro, sospechoso. Yo no le hubiera contratado para el puesto. Líbranos, Señor, de los virtuosos. De los monjes exclaustrados. De los que andan mano sobre mano perdidos en su nube. De los ociosos y los pensativos. De los exageradamente simpáticos cuando no toca, porque Eliseo también pertenece a ese colectivo aterrador. 

El único pasatiempo de Eliseo es estar atento a todo, y maquinar. Prepararse para el ataque o para la defensa. Eliseo perpetra pequeños males si no le tocas los cojones, pero delitos muy lesivos si te atreves a importunarle. Porque además de tener todo el tiempo del mundo, Eliseo es un hombre inteligente. Un superdotado para el Mal. Un villano de tebeo. El archienemigo de Superporteño. Un hijo de puta quirúrgico, sin genes del remordimiento. Hitler, al menos, amaba a su perra “Blondie”. Eliseo ni siquiera eso: él ha descendido varios escalones evolutivos para amar a una planta carnívora que es su trasunto platónico, y plantónico. 

Eliseo es como una víbora en el camino: está ahí, enroscada, sin hacer nada en apariencia. Pero joder, que si está... Lo mejor es rodearla y retomar el paso. No quedarte quieto ni por miedo ni por curiosidad. Y con Eliseo igual: si te lo cruzas por la vida, ándate con mucho ojo. Mirada al frente e impasible el ademán. Y si no queda más remedio que saludar, pon mucho cuidado en el gesto y en la voz. Él podría detectar un matiz, una inflexión... un peligro. Descubrir un enemigo en potencia o una víctima potencial. Un motivo para sacarlo de su estado de letargo. Eliseo es mitad hombre y mitad reptil: un venenoso sin escamas. Los ojos de Francella obran prodigios animales. 





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¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

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El amor es sexo, y para todo lo demás, ahí está el diccionario de la RAE. Dicho de otra manera: cuando el erotismo sale por la puerta, el amor salta por la ventana. Es de cajón, de 1º curso de la Vida. No sé por qué existe tanta confusión terminológica. 

En 1993, cuando se rodó esta película, parecíamos más cerca de la verdad. No es que te rías mucho con la comedia de Pereira, pero entiendes bien a los personajes: hay oxitocinas, endorfinas, reacciones químicas muy interesantes... Ahora, con el regreso de las puritanas, la oscuridad vuelve a cegar nuestra mirada. Y a enturbiar el pensamiento.

Cuando se apaga la llama pueden pasar dos cosas: o viene el frío de la noche o queda un rescoldo acogedor. Que el sexo se acabe no quiere decir que haya que levantar el campamento. Es opcional. Pero el rescoldo, digan lo que digan, ya no es amor. Los griegos lo sabían y lo plasmaron en sus pergaminos. Nosotros, en cambio, que ya escribimos sobre las nubes, vivimos extraviados. 

Hay cien palabras hermosas para describir lo que ahora es calor de brasero y antes era fuego que quemaba. Se puede estar enamorado, sí, pero también encariñado, agradecido, relajado en  compañía. A gustito. No pasa nada. Hay una edad para todo; un estado del alma para cada circunstancia. “Llevo enamorado de mi mujer treinta años, pero ya nunca follamos”. Ese tío es un mentiroso, o como poco, un engañado de la semántica. Cualquier apego tiene su palabra justa y correspondiente. Que la busque y que deje de engañarnos. Y de autoengañarse. 

El amor sólo es una variante más de los afectos, aunque eso sí, la más citada y afamada. Las más evocada por los juglares. La más eléctrica y juguetona. La más presente en los títulos de las películas. Y es que el amor, al ser fuego, siempre deja cicatrices en la piel, y se hace difícil de olvidar. El amor es una amistad encamada. No sé me ocurre mejor definición que ésa. Se la escuché una vez a Antonio Gala, que era un sabio cursilón. 





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Cosas que hacen que la vida valga la pena

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Ver películas.
Ver películas buenas.
Hablar sobre películas. Incluso si son malas.
La voz de Ana Belén.
El monte sin gente.
Renate Reinsve.
El silencio.
Un motero silenciado.
Ana Belén cantando “Agapimú”.
(Casi) cualquier película en la que salga Eduard Fernández.
Un gatete.
Un perrete.
Un tatuaje en su espalda, más que la pinacoteca nacional.
El jeto de Al Pacino.
La Champions League.
El Madrid ganando la Champions League.
Un toro corneando a su torero.
Un elefante embistiendo a su cazador.
Emma Stone.
Y Jessica Chastain.
Los Mundiales.
Montaigne y “Los ensayos”.
Algunos recuerdos...
“Juegos de la edad tardía”.
Ana Belén cantando “Qué será, qué será”
Las caricias en la espalda.
Un pincho de tortilla.
“Seinfeld”.
Vince Gilligan.
Y “El hombre tranquilo”
Kim Wexler.
Un piropo. Mucho más si es verdadero.
Los cómics de Ivá.
Teresa Salgueiro
Y Maureen O’Hara
Los paisajes de Irlanda
Enamorarse no; sentirse correspondido sí.
Una canción de Serrat.
La familia Skywalker.
La familia Soprano.
Un himno de Serrat.
Y Javier Krahe, claro.
Y Prince, por supuesto.
Y mi hijo...
Los chistes indecentes.
Molestar a las beatas.
Su sonrisa, aunque no sea para mí.
“Annie Hall”
Ravel y Debussy; Mozart y Beethoven; Manuel de Falla y Radio Futura.
Ganar una apuesta.
Descubrir un paisaje.
Vivir sin reloj.
Azcona y Berlanga; Gastón y Mariano; Lucas y Spielberg.
"El jinete polaco"
“La Gran Belleza”
El último día de curso.
El primer minuto de vacaciones.
El mar Cantábrico.
"The cat in the hat is back", por Wynton Marsalis.
La fabada.
“Cantando bajo la lluvia”
Las nubes en verano.
La nieve, y los carámbanos, y los abrigos en invierno.









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Matrimonio compulsivo

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Un poco más arriba, en el perfil, puede leerse que aquí sólo expongo mis pecados veniales, y que los mortales -que son los verdaderamente enjundiosos, los que monetizan mi caída en el pecado- están disponibles en la versión de pago. Es una broma muy tonta, seguramente sin gracia, que además no termina de disuadir a esa gente muy curiosa, muy interesada por mis entretelas, que a veces me pregunta por el paradero de esos pecados escondidos, como si los escribiera en otro perfil encriptado, o en la Deep Web de los delitos. 

Cuento esto porque cuando veo una película de los hermanos Farrelly ni yo mismo sé dónde colocar mis opiniones. Si en la versión legal o en la escondida. Me río mucho con los Farrelly, muy de continuo y a lo loco, y eso, padre, no sé si es un pecado venial o una mortífera gravedad. ¿Basta con rezar tres avemarías después del visionado? ¿El niño Jesús llora cuando yo me descojono? ¿O esboza una sonrisa de cómplice cabroncete? ¿La teología tiene respuestas para mi sentido del humor?

La última vez que vi “Matrimonio compulsivo” vine a estas páginas a declarar libremente lo mucho que me había reído con las tonterías y los excesos. Eran otros tiempos, claro. Ahora, con la Inquisición restaurada, la biología simiesca del amor ya no se enseña en las facultades. Ni se subvenciona en las películas. Reivindicar el humor de los Farrelly se ha vuelto subversivo y peligroso. Pero no lo puedo remediar. Es como si al chaval irreductible que llevo dentro le montaran una fiesta con hamburguesas y Fanta de limón. Otros han asesinado a ese niño gamberrete y se han quedado tan panchos con su adultez. Son como Abraham en la Biblia, cuando no dudó en apuñalar a su propio hijo por mandato de Yahvé. Yo, en cambio, siempre que me han ordenado tal asesinato, me he compadecido de esa pobre criatura que sigue riéndose con los fluidos pringosos y con el amor de los botarates.







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Los padres de ella

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A los dos minutos de ser presentados, el hombre que iba a ser mi suegro -y que con los años resultó ser mi exsuegro- se asomó por la ventana de la cocina y me señaló la montaña de Peñacorada, que se elevaba, aunque no mucho, por encima del horizonte.

- ¡Mira qué montaña! Siete mil metros de altitud, por lo menos. 

Pensé, por supuesto, que me estaba tomando el pelo.  Poniéndome a prueba, quizá, como hace Robert de Niro con Ben Stiller en la película. Las nuevas generaciones seguramente desconocen el dato, pero nosotros, los veteranos de la guerra, estudiábamos en el colegio que el pico más alto de la Península Ibérica es el Mulhacén, y el Mulhacén no pasa de los cuatro mil metros de altitud. 

Me quedé mirando la montaña con el estómago encogido. Llevábamos dos minutos de relación y de pronto ya era todo estresante y decisivo. Si le respondía que sí, que era una montaña de la hostia, tan alta como las cumbres del Himalaya, cabía la posibilidad de que él conociera el dato verdadero y me tomara por inculto. Y si le respondía que no, que eso era imposible, que ninguna cima cantábrica llegaba ni de lejos, cabía la posibilidad de que él desconociera el dato verdadero y me tomara por un listillo de la capital. En cualquier caso, un hombre indigno de su hija primogénita. 

La altura de Peñacorada era una trampa perfecta para invalidar mi candidatura. Una trampa diseñada quizá en ese mismo momento, improvisada con sagacidad, nada más ver mi pinta de pringado entrando por la puerta.

La otra opción -que al poco se reveló como la verdadera, porque yo me limité a mirar por la ventana y mi futuro suegro siguió hablando y hablando- es que él no tenía ni puta idea de la altura de las montañas, ni en general de las alturas de casi nada. Lo mismo me dijo siete mil metros como pudo haber dicho setecientos, o quince mil ochocientos. Mi exsuegro era así, lenguaraz, desubicado, un artista de lo impreciso. Cuando le conocí ya había alcanzado ese estatus envidiable de decir cualquier cosa indocumentada y despertar el candor de los allegados: “Son las cosas de Fulano”. 

A mí, de mayor, me gustaría ser como él.





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Better Call Saul. Temporada 6.

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No quería que se terminara, pero se terminó. La entropía es implacable con la realidad y también con la ficción. Revivir “Better Call Saul” ha sido como retomar un amor gozoso y primordial, pero traía -como todos- fecha de caducidad. 

Ha sido una segunda oportunidad más corta que la primera, pero también más madura y reposada. Un puro gozo hasta ese cigarrillo presidiario. Tras él, los títulos de crédito se desgranaron como la letra pequeña de un acuerdo de divorcio... Pero ha estado bien: ha sido una primavera pactada entre amantes veteranos. Porque así son, aunque nos duelan, los regresos de las ex.

“Better Call Saul” duró siete años en pantalla, que es el tiempo de vida de un amor excepcional: ése que sobrevive al consumo de hidrógeno antes de convertirse en una estrella apagada pero apacible, o de explotar en forma de supernova para dejar un agujero negro y mosqueante. Son las leyes de la física. Ahora, en el reencuentro, porque el tiempo se comprime cada vez más, “Better Call Saul” apenas ha durado cinco meses hipersónicos: justo el tiempo que tardan los amores retornados en agotar el combustible. La gravedad se vuelve insostenible cuando no quedan reacciones que oponer. El amor, como el universo mismo, es una ordenación de partículas elementales. 

Hice todo lo posible por estirar “Better Call Saul”. Traté de dosificar las temporadas y los episodios, pero el final me dominó el ansia, y me pudo la tentación. La última temporada ha pasado como un cometa por mi ventana. He llegado a llorar en las dos despedidas traumáticas: la de Kim marchándose del apartamento y la de Kim marchándose de la cárcel. No tengo nada que ver con esta gente -tan inteligentes todos, tan liantes, tan decididos para lo suyo- pero mis neuronas espejo, tan caprichosas, trabajaban a destajo. Se ve que ya no hay desamor que me deje como estaba. Los amores ideales, pero fallidos, rasgan el tejido del universo.





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La araña negra (cortometraje)

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Lev Yashin, "la Araña Negra", fue aquel portero soviético que siempre iba vestido de negro y parecía haber nacido, al igual que los arácnidos, con cuatro brazos y cuatro piernas. En “Los lunes al sol” había un emigrante ruso, también despedido de los astilleros, que les contaba a Santa y compañía que los rivales pedían perdón a Yashin cada vez que le marcaban un gol, tal era su aura de cancerbero impenetrable.

Yashin, en mi recuerdo, cuando jugaba para la Unión Soviética, llevaba las letras CCCP estampadas en el pecho al igual que sus compañeros. (CCCP, por cierto, no significa Cucurrucú-Paloma como dicen los enemigos del pueblo, sino Союз Советских Социалистических Республик, que es un asunto mucho más serio). Pero ahora, desengañado por el cortometraje, y por más que busco imágenes en la IA, siempre encuentro a Yashin vestido de negro riguroso, sin letras, como de luto perpetuo por algún gol imperdonable y decisivo. 

(Supongo -porque si no le habrían traspasado al Siberia C. F. o al Lokomotiv de Morituri- que Yashin tenía permiso del comisario político para no llevar esas siglas cirílicas que predicaban las bondades del comunismo). 

La historia de “La araña negra”, el cortometraje, se non è vera è ben trovata, que diría un italiano. Sin embargo, no hace mucho, en la radio, le preguntaron a un periodista italiano por el origen de esta expresión y dijo que no la había escuchado jamás. Da igual... 

En Madrid, en 1964, la noche anterior a la final de la Eurocopa entre España y la CCCP, un comando de patriotas engaña a Yashin y se lo lleva de putas a un meublé muy limpio y distinguido. Una vez desfogado, y todavía abrazado a la mujer, varios fotógrafos conchabados irrumpen en la habitación. Lo siguiente que vemos, en una elipsis muy elegante, es el histórico gol de Marcelino en el NODO y el no menos histórico pasotismo de Yashin ante el cabezazo decisivo. La del cortometraje es una explicación tan válida como cualquier otra para aquel desinterés. 

No es por echarme flores, pero yo siempre sostuve que había algo muy raro en ese gol.





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Portobello

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Si en España, en el siglo XXI, basta con que una mujer te señale con el dedo para pasar por el juzgado -y, si no eres culpable, perder al menos tu reputación-, en Italia, en el siglo XX, suspendido de igual modo el principio de inocencia, bastaba con que un camorrista soltara tu nombre en un interrogatorio para vivir un proceso penal muy parecido al de la novela de Franz Kafka. 

“Portobello” cuenta una pesadilla que parece literatura y sin embargo sucedió en esa Italia desquiciada: la desventura judicial de Enzo Tortora, el presentador del magazine más visto en la RAI de los años ochenta. Para entender “Portobello” habría que imaginar a Mayra Gómez Kemp, en sus tiempos del “Un, dos, tres”, acusada de pertenecer a ETA y encarcelada sin pruebas porque un etarra la señaló como informante del "Comando Madrid" para obtener un trato favorable en la prisión.

“Portobello” habría sido la serie del año -la segunda italiana, después de “El hijo del siglo”- si no fuera porque se hace demasiado larga en su nudo judicial. Hay un ensañamiento en la congoja que luego no se corresponde con el rápido desenlace. Pero hay que verla, claro, y en italiano vernáculo, no doblada a nuestro idioma. Uno de los seis episodios de “Portobello” -pirateados, por supuesto, porque yo sólo pago Movistar- venía sin subtítulos y tuve que escucharlo en castellano. Es insufrible. Los camorristas tienen que hablar como camorristas, y no como señores de Logroño. Y Enzo Tortora, para defenderse, tiene que hablar como un señor atildado de Milán, y no como un cura mantecoso de mi pueblo. 

El doblaje de "Portobello" chirría en los oídos. Desvirtúa la expresividad de los culpables y el juramento de los inocentes. Las palabras en castellano no casan con los gestos en italiano. Si juntas los dedos de una mano para formar una pinza de odio o de desprecio, sólo puedes gritar “¡Vaffanculo, maledetti, non ho fatto niente!”




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