Déjate ver

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“Déjate ver” es una alegoría sobre la búsqueda de la fama. Y digo alegoría porque es un surrealismo como de Buñuel, como de David Lynch en un día de primavera, benévolo y bienhumorado. 

"Déjate ver" es una fábula amable pero punzante. Un cuento sobre ser y no ser, estar y no estar. La misma Macarena Sanz parece una mujer hecha de mentira, medio poética, toda ella de algodón. Es tierna y sagaz, sosegada y valiente. Tan lista como achuchable. ¿Se puede decir achuchable? ¿Corro el riesgo de que “me desaparezcan” de la red? ¿Se le puede pedir matrimonio, llegado el caso, a un personaje de ficción?

La fama de nuestros tiempos ya no se parece a la fama resudada que predicaba la profesora Lydia a golpe de bastón. Han pasado casi 50 años desde aquellas meritocracias que moldearon nuestro voto. Antes, para ser famoso, había que hacer algo: salir en películas, descubrir continentes, dirigir naciones, bailar como los ángeles, meter golazos por la escuadra... Desarrollar una vacuna. Ahora, en cambio, basta con saber colocarse, con echarle jeta, con ser meramente guapo, o guapa. Se puede ser famoso sin ofrecer nada más que la misma fama, hueca e improductiva. El ingenio y el talento siguen contando, pero cuentan cada vez menos. Y además: ¿quién define lo que es meritorio y lo que no? ¿Los críticos, la gente, el productor televisivo...? Son tiempos confusos.

“Déjate ver” es una serie que volaba por debajo de mi radar porque es una producción de Atresmedia, y Atresmedia, para mí, es como un planeta ignoto que emite señales en otra dirección. Pero a veces, en el espectro electromagnético, se producen carambolas, desviaciones imprevistas, y un buen día, al encender mi televisor, apareció Macarena Sanz con sus dedos menguantes y fantasmales. Me reconocí al instante en su quejido porque a mí, anónimo como pocos, también se me apagan los órganos y los tejidos. Luego, con el correr de los episodios, ya vino la admiración. Y el amor, platónico, ya digo.





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¿Quién puede matar a un niño?

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De los seres humanos ya se han vengado todas las criaturas imaginables en la ficción. Lo hicieron los pájaros de Hitchcock y los árboles de “El incidente”. También una orca que perdió a su familia en “Orca, la ballena asesina”. Y los monos, por supuesto, en “El planeta de los simios”. Me falta una de toros empalando a sus toreros para montar un ciclo de cine pedagógico.

Nos lo tenemos merecido. No hay nada que nos exima. El ser humano es una desgracia para cualquier ecosistema donde se pose: depredamos, asesinamos, contaminamos... Somos la plaga bíblica que no figuraba en las Escrituras. Y cuando se trata de lidiar con nuestros semejantes, somos más salvajes todavía: para esa lucha inventamos la bomba atómica, el napalm, la cámara de gas...

Faltaban los niños, esas criaturitas, por vengarse de nosotros. Vengarse a palos, quiero decir: a cuchilladas, a guadañazos, a disparos de metralleta. Lo que haga falta. Esa película de terror se le pudo ocurrir a cualquiera pero se le ocurrió al barbas que dirigía el “Un, dos, tres”, ya ves tú. 

Los niños sufren las guerras, las hambrunas, los accidentes de tráfico y las travesías en patera. Ellos heredan la locura, el alcoholismo, la estupidez... Son sujetos pasivos con derecho al pataleo. Son víctimas en el sentido más inocente de la palabra. Su única esperanza es que caigan muy rápido las hojas del calendario.

El problema de “¿Quién puede matar a un niño?” es la definición misma de la niñez. En Almanzora -esa isla imaginaria entre Algeciras y Estambul- hay niños asesinos que son como querubines y niños creciditos -muy parecidos a Javi y a Pancho en “Verano Azul”- que ya se hacen pajas indudables. Hay niñas con miradas angelicales y adolescentes resabiadas con chispazos de Lucifer. Los límites de la niñez no quedan aclarados. Es otro de los misterios que se llevó la brisa marinera. 




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No desearás al vecino del quinto

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Yo deseaba a mi vecina del cuarto. Primero con la inocencia de la niñez y luego con la lascivia de la pubertad. Pero una lascivia enamorada. 

Se llamaba Eva y era dos años mayor que yo. Ahora que ya estamos creciditos sería una distancia irrisoria, pero entonces era un abismo inabordable. Cuando me enamoré de ella, siendo todavía un colegial de pantalón corto, Eva ya iba de la mano con novios imbatibles, que tenían moto o estaban a punto de obtenerla. Eva fue mi primer amor platónico; el primero de una larga lista que todavía no ha colocado su último nombre. Mi primer crush, que dirían ahora  los chavales. 

En mi casa no había ascensor, así que me la cruzaba por la escalera cuando íbamos y veníamos de los colegios. Yo me azoraba, la dejaba pasar, le decía hola con un hilillo de voz amordazado, y ella, a cambio, me sonreía sin intención, tan distante como educada. Eva era rubia y tenía los ojos como el mar. Un poco pija, quizá, ahora que la repienso. Sus padres, aunque vivían en nuestro bloque de proletarios, tenían una casa cojonuda en un pueblo de las montañas. Veraneaban en agosto, y eso, en mi calle, ya era una práctica de aristócratas. Eva y yo ni éramos coetáneos ni pertenecíamos a la misma clase social. Eva era inalcanzable y etérea, tal vez un recuerdo imaginado. 

Pero no: no era un recuerdo imaginado. Su perfil apareció hace pocos meses en mis sugerencias de Instagram. Quitando un par de desconchones está tan guapa como siempre... Juro que yo no la busqué, sino que fue el algoritmo, ese demonio juguetón, quien hizo sus cuentas y me la ofreció. El algoritmo se ha vuelto tan sabio que ya lee directamente en nuestros corazones. O ha hecho sus cálculos esotéricos y ha llegado a la conclusión de que después de cuarenta años buscando a otra mujer, Eva, tan originaria y primordial, es el cierre y el comienzo. El alfa y el omega. El punto de llegada de una peripecia circular. 

(¿La película?: horrorosa. Muy mala. Tan casposa como necesaria. Pero digo yo: para saber adónde vamos es necesario saber de dónde venimos).





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Jenaro, el de los 14

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En los tiempos de Jenaro no había Primitivas ni Euromillones. El Gordo era menos gordo que ahora y las franquicias de Sportium eran un invento indistinguible de la magia.  La única manera de hacerse millonario sin ser un ladrón o un preboste del régimen era acertar una quiniela de 14, y además una muy rara, de un único acertante, con resultados imposibles que sólo marcarían un loco o un desinformado.

El método de Jenaro consistía en asomarse a la ventana y ver pasar a la gente de su pueblico, allá en Extremadura. Si pasaba una mujer, un 1; si pasaba un hombre, un 2; y si pasaba un invertido (sic), una X. Los tiempos de Jenaro eran así, con un pie en el Medievo y otro en la Transición que estaba por llegar. 

Por lo menos, en la película, al mariquita del pueblo (insisto, sic) ya no lo tiran al pilón. De hecho es el dueño del bar donde toman sus vinos, impertérritos, las fuerzas vivas del lugar: el señor alcalde, el señor cura y el jefe bigotudo de la Benemérita. 

Recuerdo que mi padre, para rellenar sus quinielas de millonario quimérico, tiraba un dado que había comprado en el estanco. El dado tenía tres caras con el 1, dos con la X y una con el 2. Lo fiaba todo al azar como un turista de Las Vegas. A veces, si estaba de buenas, me dejaba manejarlo con mis dedos infantiles. Otras veces, si me ponía muy pesado, me dejaba rellenar el resultado del Madrid. Pero sólo el del Madrid. La quiniela era un asunto muy serio que no podía recaer en los niños, y mucho menos en los niños merengones. La quiniela, ya que éramos ateos y anticlericales, era nuestra fe milagrosa de cada domingo. Y por eso el Señor nos castigaba.

“Jenaro, el de los 14” es, como yo me esperaba, una película muy mala. No saltó la sorpresa en "La Condomina". Pero es un paseo por la España de 1974 y eso tiene un valor incalculable. Es, como diría Mercedes Milá, "un experimento sociológico". Hay cosas que han cambiado mucho y otras que no han cambiado nada. Ser rico, por ejemplo, aunque seas un paleto y un canijo, sigue siendo un afrodisíaco irresistible. Medio siglo de revisionismo cultural no puede borrar millones de años insertados en los genes. 




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La vida en un hilo

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1945 fue el Año VI de su Victoria, y también el Año VI de nuestro Hambre. Hubo más años terribles, despojados de casi todo, pero éste es especialmente recordado. Muchos españoles murieron de inanición o malnutridos. Algunos fallecieron entonces y otros tiempo después, roídos en las entrañas, como damnificados de Hiroshima. Mi padre, por ejemplo, tenía doce años en 1945 y se dejó la salud arrastrando cántaros de leche por las calles de León. Cuando llegó a los sesenta años ya era un anciano prematuro, con pocas energías para seguir.

Mientras tanto, en el barrio de Salamanca de Madrid, la posguerra consistía en pararse ante el escaparate de una peletería y dudar qué abrigo comprarse para el invierno. Abrigos de zorra, en cualquier caso. Conchita Montes, en “La vida en un hilo”, es una vencedora de la guerra que pasea por pisos de lujo y salones de baile como sacados de una película americana. Acaba de enviudar, pero no parece demasiado afectada por la pérdida. Su marido, además de ser un sieso de cuidado, era rico y de buena familia, así que Conchita disfruta de la buena vida mientras se compra abrigos y se seca, muy de vez en cuando, una lágrima furtiva.

Conchita, al empezar la película, conocerá a una de esas pitonisas que te leen el pasado en vez del futuro. Ella le contará que la misma tarde que conoció al sieso pudo haber conocido, en la misma floristería, al hombre de su vida: otro cruzado por España mucho más galante y divertido que el anterior. Y es que nuestras vidas amorosas, da igual rojas que azules, penden de un hilo, de una puta casualidad. En eso, en la potra, sí somos hermanos de corazón. 

Nuestra vida sentimental podría haber sido muy distinta si aquel día, justo en aquel momento, hubiéramos mirado para otro lado. Incluso el amor -esa cosa tan poética y venerada- no deja de ser un azar a veces provechoso y a veces lamentable. Un dado lanzado al aire. El caos erótico o vengativo que provocó aquella mariposa que un día revoloteaba. 




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Irma Vep

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A Michael Fassbender y a mí nos gustan las mismas mujeres. En concreto la misma mujer, Alicia Vikander. Pudiendo elegir otra señora más rubia o despampanante, Fassbender y yo, que somos dos hombres con gusto, muy poco dados al exceso, nos hemos quedado, cada uno a su modo, con esta miniatura sueca que podría pasar por nuestra vecina del tercero en una mirada poco atenta, pero que luego, en la pantalla, cada vez que sonríe de soslayo, o se lanza a bailar como una vampiresa, te produce un escalofrío primordial, un temblor en el genoma. Una cosificación de la hostia bañada en amor puro e incondicional. 

No pretendo engañar a nadie: he llegado a “Irma Vep” siguiendo el rastro enamorado -platónicamente enamorado- de Alicia Vikander. La reencontré hace poco en “El mago del Kremlin” y ella era lo poco rescatable de la película. De pronto, entre la hojarasca de su última filmografía, “Irma Vep” saltó a mis ojos como una pantera de terciopelo, agazapada entre los tejados de París. Pero no me atrajo solamente Alicia Vikander, enfundada en esa textil sensualidad, sino el fondo del asunto: “Irma Vep” se anunciaba como una serie que reflexiona sobre el mundo de las series. Una metaserie. Y además, ya digo, rodada en París, que siempre se agradece como telón de fondo a las historias de parejas enamoradas, o arrebatadas, o a punto de desenamorarse. Alicia Vikander en París sonaba a perfume muy caro, a moda muy exclusiva, a estilismo subyugante de alta joyería.

“Irma Vep” no es una serie perfecta, pero es extraña y adictiva. La presencia de Alicia ayuda mucho a superar ciertos enredos secundarios, pero no es sólo ella: hay algo morboso y enigmático en la propuesta de Assayas. Sus personajes son gente guapa y famosa, y nosotros no, pero cuando se habla de encrucijadas, de traiciones, de sueños por cumplir, todos somos hijos del mismo Dios que vive justo en lo alto de la torre Eiffel. 





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El drama

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Yo también estoy medio sordo de un oído, y leo libros en las cafeterías, pero como no soy Zendaya, ni Zendayo, ninguna mujer atractiva se acerca a interesarse. Ninguna finge haber leído el mismo libro que yo sostengo para entablar conversación. O ya, en el summum, demuestra haberlo leído para hacerme ver que no solo es sexy sino listísima además. 

Es por eso que la primera escena de “El drama” me resulta familiar, pero distante. Como un sueño de seducción interpretado por actores. Siempre he pensado, con Aristóteles, que el amor verdadero sólo aspira a la belleza. La de Zendaya, por ejemplo. El otro amor -el nuestro, el de la tropa- siempre es un premio de consolación, un plan alternativo. Todos somos la opción B de alguien que aspiraba a tocar el cielo de la hermosura. Nuestros amores más ciertos, más desgarradores, siempre han sido los amores imposibles, los no correspondidos, porque no alcanzábamos el percentil.

“El drama”, a partir de esa escena, podría ser una película de amor convencional, con sus planes de boda, sus desencuentros, sus polvos de conciliación... Pero no lo es. De este director noruego siempre esperamos una provocación o una cafrada delirante. Y el tipo, la verdad, aunque lo hayan trasplantado a Hollywood, sigue dando frutos cada verano. El planteamiento es tan sugerente como molesto: ¿estaríamos dispuestos a seguir adelante si nuestra pareja nos revelara una verdad inconfesable de su pasado? ¿Algo prescrito pero alarmante? ¿Algo que ni siquiera hizo pero pensó en hacer? 

Depende de qué verdad, claro, y ésta de película está justo en el límite del juego. 

De todos modos, lo más desafiante de “El drama” es tener que reconocer que todos tenemos una verdad escondida en el armario. Algo que hicimos una vez y que nos llena de vergüenza: una crueldad, una traición, un momento de debilidad... Actos reprimidos, u olvidados, que ya solo asoman en los sueños o en las cogorzas. O en la consulta del psicoanalista.




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Kenny Dalglish

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El Liverpool, aunque juegue en la pérfida Albión, es el segundo equipo de mi alma. Y al paso que va la burra madridista, renqueando y a punto de despeñarse, puede que sea el primero no tardando. También es verdad que no hay muchos equipos que me caigan simpáticos: la Cultural Leonesa, claro, porque es el club de mi tierra, y el equipo de La Pedanía, donde pasé largos años de entrenador. 

Si hablamos de la élite, todos los clubs españoles, salvo el Español y el Rayo Vallecano, comulgan con la fe antimadridista y contribuyen a derribarnos. No hay más que verles jugar contra el Barça, derrotados de antemano, con melindres, con suplentes, con los buenos cumpliendo el ciclo de amarillas... Boquiabiertos ante las estrellas azulgranas. Son unos miserables. Luego juegan contra el Madrid y hacen el partido de sus vidas: rocosos, inspirados, marcados por el odio... Me dan asco todos. Cuando salen por Europa quiero que pierdan contra cualquiera. ¡Que viva Chipre!, y la República Eslovena.

Mi simpatía por el Liverpool se pierde en la niebla -muy británica- de la infancia. Recuerdo que a veces, en la Segunda Cadena, mucho antes del Canal + y de las antenas parabólicas, daban partidos de la liga inglesa y allí aparecía el Liverpool todo vestido de rojo, como un ejército del proletariado, jugando a la pelota como los ángeles del Merseyside. Era el “passing game”, decían los conocedores de la vaina, y yo caía rendido ante esos jugadores talentosos y extranjeros. Por allí andaba Kenny Dalglish, enhebrando el juego de ataque, y un delantero centro altísimo, Ian Rush, que convertía en gol todo lo que tocaba, como un rey Midas con mostacho.

Luego, con los años, fui introducido en los misterios de Bill Shankly, del “You’ll never walk alone”, de Liverpool gritando “No pasarán” ante las bombardeos neoliberales de Margaret Thatcher... Me convertí en un devoto, en el cónsul honorario de su mística. Mi consulado abarca desde aquí hasta La Coruña, ya casi tocando Finisterre. Los fines de semana, y las fiestas de guardar, yo animo a los Reds desde mi televisor ultramarino gracias al adelanto de las ciencias.






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