El día de la revelación

🌟🌟🌟🌟


De niños, alentados por Carl Sagan y animados por la ecuación de Drake -que presupone millones de mundos habitados por seres inteligentes- estábamos convencidos de que los extraterrestres estaban a punto de visitarnos. De que viviríamos lo suficiente para verlos aterrizar en sus platillos voladores. Un primo mío, después de ver “E. T.”, durmió un verano entero en el balcón de su casa, ansioso por ser el primer terrícola en verlos posarse sobre la era y adentrarse con paso inseguro en el barrio de las Ventas.  

Lo que no sabíamos entonces es que Frank Drake y Carl Sagan eran dos optimistas contumaces. Miembros de una minoría soñadora, dentro del escepticismo general. Los astrónomos, en general, comulgaban más con la paradoja de Fermi, formulada por don Enrico en 1950 con una simpleza desarmante: “¿Dónde está todo el mundo?” Si hay tantos alienígenas y poseen tecnologías tan avanzadas, ¿por qué no terminan de manifestarse? ¿Por qué todas sus “apariciones” son borrosas, conjeturales, cuando no, directamente, un delirio de locos o una estafa de tunantes? 

Con los años -y con los teléfonos móviles, que contra toda lógica han barrido los OVNIs de los cielos- los hijos de Steven Spielberg hemos abandonado la esperanza de protagonizar un encuentro en la tercera fase. Ni siquiera en la segunda. La estratosfera se ha llenado de cachivaches, pero son cachivaches humanos, demasiado humanos. Fermi tenía razón y eso nos llena de tristeza. Para compensar, hemos conocido humanos tan disparatados, tan fuera de la norma, que bien podríamos tomarlos por sucedáneos de extraterrestres y experimentar, en parte, el asombro de un contacto sideral.

Por dentro, sin embargo, seguimos siendo unos soñadores, y unos crédulos; y Steven Spielberg, nuestro flautista de Hamelín. “El día de la revelación” es una eucaristía de la fe. La sabemos espuria y momentánea, pero preferimos engañarnos; creer en Ellos durante dos horas trepidantes, aunque el relato de la película, como el relato de la Biblia, la otra fe de los tontainas, contenga parecidos agujeros y las mismas boludeces.





Leer más...

Sueños en Oslo

🌟🌟


Mis sueños, en Oslo, fueron los mismos que tengo en La Pedanía porque viajan en la maleta y no pesan nada en el control de facturación. Mis sueños son muy densos, y farragosos, pero ligeros como el éter cuando tratas de medirlos. Yo preferiría no llevarlos cuando me voy de vacaciones; descansar de ellos como descanso de la rutina y de la gente. Pero se me cuelan, los muy jodidos, porque son como el aire que cantaba Pedro Marín: pegados a mí, siguiéndome al andar.

Más al norte, en la Noruega profunda, mis sueños tampoco claudicaron, inasequibles al frío y a las latitudes: que pierdo el autobús; que cojo el autobús en sentido contrario; que llego tarde al colegio; que por fin llego al colegio y no sabía que tenía un examen; que tengo que caminar a cuatro patas por la calle y la gente se descojona; que estoy en París pero no encuentro la torre Eiffel; que aparece Medusa con sus ojos verdes y me incita a recaer... Mi sueños son todos así: una tarea hercúlea que me cansa más que la vigilia. Así estoy luego todo el día: derrengado, y como en Babia, enterándome de la mitad.

Esta chica de Oslo -y ya voy a la película- no sueña en realidad. Ensueña, muy despierta, que se acuesta con su profesora de francés. Pero ella lo expresa de otra manera: “Quiero sentir su vello contra mi vello mientras las nubes nos contemplan y los abedules, mecidos por el viento, se inclinan para protegernos y ser testigos de nuestro amor”. Follar, vamos, pero en lenguaje poético que no cosifica a la mujer... Es el signo de los tiempos.

Al final no sé si la folló. O viceversa. Creo que sí. No llegué más allá del minuto 40. “Sueños en Oslo” no es propiamente una película, sino una narración, una voz en off que va contándote lo mismo que estás viendo en la pantalla. Un experimento de vanguardia. Una memez insoportable. Y ni siquiera sale Oslo: sólo un barrio periférico y una niebla persistente. 

Ya tuve que haber desconfiado cuando la alumna enamorada le dice a un colega deconstruido: “La danza clásica habría que prohibirla porque reafirma los roles de género tradicionales”. Estamos en manos de terroristas culturales.





Leer más...

Sexo en Oslo

🌟🌟


Quién iba a pensar que el sexo en Oslo iba a ser más aburrido que el amor en Oslo. Pero así es. Todo un revolcón. 

“Sexo en Oslo” quiere ser una película de Rohmer -o de Røhmer- y se queda en un bostezo universal, contagioso para cualquiera,  pues no hay ninguna oslosidad, ninguna norueguidad, que distinga a sus personajes. “Sexo en Oslo” se podría haber titulado “Sexo en Palencia”, o “Sexo en Anchorage”, y hubiera dado lo mismo. Ni siquiera se ve Oslo más allá de los ventanales: sólo un barrio periférico, con descampados y carreteras iguales a las de aquí.

El sexo que se practica en la película es, por supuesto, oral, pero de la rama discursiva. Una charleta pedante y reiterativa. “Ayer estaba limpiando una chimenea y me dejé encular por un compañero. Chim chim-in-ey, chim chim-in-ey, chim chim cher-ee... Pero no soy gay. Son cosas que pasan. Apetencias libérrimas. ¿Sabes cómo te digo? Quiero mucho a mi mujer y se lo conté al llegar a casa. Se quedó a cuadros, la pobre, tan anticuada como es”. O el otro: “Sueño que soy mujer y que David Bowie me mira con deseo. Pero no me incomoda: me siento halagado. Quizá soy mujer en lo más profundo de mi ser, pero no estoy pensando en operarme. Es la dualidad que todos llevamos dentro. ¿Sabes tú, también, cómo te digo? Quiero mucho a mi mujer y le cuento todos mis sueños”.

Y así una vez, y otra, durante 120 minutos, sin llegar a ninguna conclusión. Un coñazo, o un pollazo, según como lo mires. 

Un noruego que sólo viera las películas de Almodóvar pensaría que la mayoría de los españoles somos abiertamente gays, o bisexuales, o disfóricos de género. Del mismo modo, un español que solo viera las películas de Johan Haugerud pensaría que en Noruega la heterosexualidad es una excepción dentro de la norma: una variante a extinguir en el siglo XXII. En fin, no sé: distorsiones. Ángulos estrechos. Gente que al salir de su círculo piensa que todos los círculos son iguales. A mí también me pasa cuando salgo de mi ecosistema y creo que todo el mundo sintoniza la Premier League o ve las mismas películas que yo.




Leer más...

Amor en Oslo

🌟🌟🌟🌟


Este mes de agosto, paseando por Oslo, yo no buscaba el amor verdadero. Ni siquiera el de mentira. ¿Cómo se dirá, en noruego, “a pijo sacado”? Tenía el tiempo justo para recorrer los enclaves, visitar el Museo Munch y comprar souvenirs para familiares y allegados. Y hacerle una foto a la calle por donde corría Renate Reinsve en “La peor persona del mundo”: un homenaje a la princesa de mis sueños. Y todo eso antes de que el autobús nos llevara a conocer los fiordos, y las iglesias de madera, y los lagos como de ensueño, en el quinto pino de Escandinavia. Apenas hay tiempo para enamorarse en las excursiones organizadas. 

Pero Max, mi antropoide interior, que es el Ello freudiano que nunca ceja en el empeño, no dejaba de entrometerse en mi mirada de turista. Yo había venido a Oslo, y a Noruega, a empaparme de la cultura; a extasiarme con el paisaje; a pasar frío en la canícula. A conocer a mis ancestros escandinavos, que me llaman en los sueños, pues tengo por seguro que yo pertenezco a la estirpe de los vikingos, y no a la raza celtibérica que vocifera por doquier. En Oslo, mismamente, como luego en Bergen o en Ålesund, sabías al instante que había españoles merodeando sólo por las voces, siempre dando la nota de barbarie.

Max, columpiándose en su neumático, no dejaba de admirar la belleza de las nórdicas. Y por cada bellezón que atisbaba -algo así como doce por minuto- me daba una patadita en los cojones, a ver si le seguía. Max es un cenutrio que no termina de vernos en el espejo, ni de asumir nuestras edades. No conoce el don de la oportunidad ni la traba del contexto. Max sólo sabe del instinto, del puro resorte del deseo. Es por eso que yo, paseando por Oslo, también le daba patadas en sus cojoncillos cuando veía a un nórdico imbatible, altísimo y refinado, con la misma frecuencia de paso de doce humillaciones por minuto. 




Leer más...

Breaking Bad. Temporada 2

🌟🌟🌟🌟🌟

La deriva hacia el mal de Walter White -que, de momento, y todavía estamos en la segunda temporada, acarrea la destrucción de su matrimonio, la amargura de Jesse Pinkman y la muerte de la chica más sexy que jamás se vio en una serie de televisión- no se hubiera producido si en Estados Unidos existiera una Seguridad Social que sufragara operaciones tan costosas como la suya. Que los yanquis posean las armas y los cohetes les convierte en los chicos más chulos del barrio, pero no en los ciudadanos más afortunados de Occidente.

Si Walter White hubiera vivido en Albuquerque, provincia de Badajoz, y no en el otro Albuquerque, estado de Nuevo México, ninguno de estos personajes de ficción hubiera encontrado la muerte o la desgracia; pero, a cambio, en el mundo real, nos hubiéramos quedado sin esta serie intachable, implacable como la vida misma, pues a cada error le corresponde su castigo, y a cada propósito de enmienda una bofetada de los dioses. 

(Y todavía peor: nos habríamos quedado sin “Better Call Saul”, la serie que vino después pero que explicaba lo de antes. Y sin Kim Wexler, que es como imaginar un mundo sin amaneceres, o una primavera sin floraciones). 

En el Albuquerque original, cuna de quienes pusieron nombre a la ciudad en el desierto, puede que no haya tantos adelantos y moderneces -ni siquiera una franquicia de “Los Pollos Hermanos” donde poder degustar esa receta tex-mex que se adivina jugosísima- pero allí, al menos, ponerse enfermo de gravedad no implica necesariamente cargarse de facturas e hipotecas. Gualterio Blanco, el primo lejano de Walter White que también se dedica a la docencia de la química, jamás hubiera descubierto en su interior a un criminal orgulloso de su cocina. 



Leer más...

El astronauta


🌟🌟🌟

Ahora mismo, en León, porque nuestra ciudad está más cerca de las estrellas que ninguna otra capital española, tenemos dos astronautas esperando destino en el espacio. Ellos son nuestro orgullo nacional. Algún día, cuando regresen de la estación espacial o de darse un paseo por la superficie de Marte, desfilarán por la avenida de Ordoño II como los astronautas del Apolo XI desfilaron por las avenidas de Nueva York. Habrá confeti, y aplausos, y banderas de León reivindicando la autonomía. 

Pero de momento, hasta que suban, tendremos que conformarnos con dos astronautas españoles que no eran de León: Pedro Duque, que luego fue ministro de Asuntos Secundarios, y Michael López Alegría, aquel chico nacido en Madrid pero criado en California que hablaba un castellano como de agente de la DEA en un episodio de “Breaking Bad”. Michael debía de ser primo lejano de David (Deivid) López Zubero, aquel nadador que ya nació directamente en Florida pero que competía, por motivos familiares, bajo la bandera de los Borbones, y que chapurreaba un mexicano todavía más difícil de interpretar.

La Wikipedia, como carece de sentido del humor, no consigna que mucho antes, en 1970, justo cuando las suecas alunizaban en nuestras playas, ya existió un astronauta español natural de Minglanillas: un villorrio imaginario muy cercano a la vieja estación de Fresnedillas. Financiado por la SANA y catapultado al espacio en la Cibeles I, Tony Leblanc surcó la estratosfera para caer justo sobre el desierto de Almería. Desorientado y sediento, Tony lo confundió con el Mar de la Tranquilidad y plantó la bandera del aguilucho para marcar territorio con los americanos y con los rusos. La película es una tontería como la copa de un pino; una majadería al estilo de Mortadelo y Filemón. Pero te echas cuatro risas muy sanas a cuenta del botijo interespacial, tan necesario en los planetas sin agua como Tattooine. 



Leer más...

The Mandalorian and Grogu

🌟🌟🌟


Del mismo modo que otros, en verano, visitan el pueblo de sus ancestros para beber hasta reventar y cantarle loas a la Virgen, yo, que provengo del éxodo rural que lo vendió todo para emigrar, viajo en cada canícula a la galaxia de Grogu y el Mandaloriano: la misma donde la familia Skywalker buscaba con denuedo el equilibrio de la Fuerza.

Desde que era niño, la galaxia de George Lucas siempre ha sido mi destino vacacional. Allí tengo mi chalet en la costa y mi refugio en las montañas. Mi casita rural en los planetas deshabitados. Mi Airbnb en el espacio sideral. Primero hago un viaje por la Europa civilizada -que es, sin exagerar, otra galaxia comparada con La Pedanía-, y luego, nada más aterrizar en Barajas, y antes de coger el ALSA que me devuelve a la realidad, me subo en un transbordador espacial que surca el hiperespacio camino de Mandalore, o de Tatooine, según donde se desarrolle la última aventura. Aterrizo en un santiamén, echo un vistazo, saludo a las viejas amistades y me vuelvo a esta galaxia subdesarrollada donde me gano el sustento y veo el fútbol por televisión.

En este último viaje he visto al Mandaloriano un poco decaído. Vulnerable, por primera vez. Y es que los años, aunque no sean años solares, pasan igual para todos. Allí son otras las estrellas, y otros los ecosistemas, pero la esperanza de vida para los humanos es más o menos parecida. La nuestra es una maldición genética que no conoce constelaciones. 

Grogu, sin embargo, que vivirá casi mil años, todavía es un bebé cósmico al que no termino de entender. Los niños humanos cambian mucho cada año: crecen en centímetros, se vuelven locuaces, dan mucho más por el culo... Pero Grogu, aunque mueva piedras cada vez más grandes, sigue siendo ese peluche desconcertante que lo mismo se entera de todo que no se entera de nada, más pendiente de las chuches que de la supervivencia de su estirpe. 



Leer más...

Han Solo: Una historia de Star Wars

🌟🌟🌟

No es tan mala como la recordaba. De verdad que no. Lo que pasa es que en su día nos dejó helados y chafados, a los frikis de Star Wars, como panolis aterrizados en un planeta congelado. Uno parecido a Hoth, pero del tamaño de Júpiter, o de Saturno.

La película, aunque entretiene, nos da poco, muy poco. Apenas tres referencias mitológicas entre tiros y explosiones. Queríamos que saliera Darth Vader, o al menos Obi Wan, para establecer una conexión directa con el evangelio canónico de san Lucas. Pero al final tuvimos que conformarnos con Darth Maul apoltronado en una butaca medieval. Ni siquiera una danza de su sable pudimos llevarnos a la boca... Han Solo fue un héroe de nuestra infancia y queríamos una película tan buena como “Rogue One”: una que estuviera a la altura del mito y de la bobada, y no esta “buddy movie” de policías y ladrones, tan disfrutable como hueca, toda ella gominola.

Los niños del barrio terrícola queríamos ser como Han Solo: surcar las estrellas con el “Halcon Milenario" y llevarnos de parranda a un peluchón tan valiente como mañoso. Saltar de planeta en planeta y manejar el bláster con una sonrisa socarrona. Ser un poco como Han: guapos, decididos, un poco chulitos, buena gente en realidad. Codiciosos pero nobles. Y si todo eso no era posible -porque el planeta Tierra da para lo que da- tener, al menos, una maqueta del “Halcón Milenario” como aquella que mi amigo O. tuvo expuesta durante años en su habitación: un juguete carísimo, inasequible a nuestro estatus, que su padre comerciante le trajo de Madrid. Una joya de la corona, pero del tamaño de una ensaimada, que nadie, salvo su dueño, podía tocar con sus manazas de pordiosero. 

Mientras O. habría las portezuelas y desplegaba los cañones láser para derribar los cazas imperiales, los demás, admirados y envidiosos, nos situábamos a un metro de distancia, en corrillo,  como visitantes de un museo ante una pieza prodigiosa. 




Leer más...