Vergüenza. Temporadas 2 y 3

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Todos hemos conocido a parejas como ésta. O muy parecidas. De hecho, en “Vergüenza”, al final de los títulos de crédito, no aparece el habitual descargo de responsabilidad: “Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Porque en este caso la realidad y la ficción se solapan y se confunden. “Vergüenza” solo estira un poco la astracanada para que no la confundamos con un documental sobre la estupidez humana y española en el siglo XXI.

Cualquiera de nosotros -salvo mi amigo de La Pedanía, que vive en una burbuja sociológica y dice que esta gente no existe de verdad-  ha conocido a parejas así de descabelladas. Y de venenosas, ojo, si las frecuentas en demasía. Una cosa es topártelas por la vida y otra muy distinta arrimarte sin necesidad. Yo, por lo menos, las rehúyo cuando me las encuentro en el bar de la esquina o en las colas del pan. En los trabajos obligatorios y en las cenas de los familiares. Los creadores de “Vergüenza” se lo han tenido que pasar teta recopilando anécdotas personales para luego deformarlas -muy poquito- en aras del cachondeo.

Las buenas personas -no yo- querrían contarles la verdad a estos extravagantes. Detenerles en su larga marcha hacia el precipicio. Pero quién tendría el descaro y la osadía... Te puedes llevar un  desplante o un bofetón. La negación de la realidad también incluye la negación de las advertencias. Y además, qué coño: nadie es perfecto. ¿Qué es eso de ir dando consejos por ahí? El que no cojea de esto cojea de lo otro. Ay de mí si me señalaran los desperfectos... Pero es que los Jesuses y las Nurias dan mucho el cante, jolín. Son incorregibles cuando se empecinan en la tontería. Son carne de tragicomedia. “Vergüenza” los retrata a la perfección. Lo que me he reído mientras me incomodaban.




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El mundo sigue

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La chica más guapa del barrio se acabó casando con el crápula más insensible del vecindario. Lo hemos visto decenas de veces en la vida real, y también en la vida de las películas. Fernando Fernán Gómez repite, de hecho, el argumento básico de "El extraño viaje". 

Mira que se lo advirtieron a Eloísa los familiares y los conocidos, pero ella, nada, a lo suyo, empecinada en lo peor. Es una ley universal, un magnetismo biológico que tiene muy poco remedio: el que une a la hermosa con el capullo. El otro magnetismo implacable es el que empareja al gilipollas con la chalada y yo de eso podría dar clases en la universidad.

Ahora, en los tiempos modernos, si te equivocas en el casamiento puedes rectificar gracias a la ley. Gracias a los rojos ya nadie te llama puta si te toca un marido como éste y decides tomar las de Villadiego. Porque en “El mundo sigue” todo el mundo habla así, a lo viejuno, a lo Villadiego, como si hubieran brotado de una obra de teatro polvorienta. Dicen “¡Repórtate, Macario!”, y “Ay, Bernardino, que te pierdes”, y se saludan diciendo “a la paz de Dios”, y “buenas noches tenga su merced”, y a las mujeres que han decidido no casarse con su primer pretendiente las llaman “pelanduscas”, y “mujeres de mala vida”, y dicen que han “deshonrado a la familia”. Y así, literarios y excesivos, los personajes de “El mundo sigue” ya no son una pandilla de desgraciados, sino actores que declaman un texto que huele a rancio y suena a sobaquillo. Muy ridículo todo. 

En el nacional-catolicismo de 1962, lo que Dios había unido ya no lo podía separar el hombre. El amor era un arma cargada con una sola bala. Las mujeres, y los pusilánimes, lo tenían crudo si se equivocaban. Si tardaban mucho en escoger, se les pasaba el arroz y elegían ya un poco al tuntún. Y si se apresuraban, luego se pasaban la vida apesadumbrados por la impaciencia. Sólo los más afortunados acertaban de pleno con su bala única y hecha de plata. “El gorrino y la mujer -o el hombre-, acertar y no escoger”, que decía Marcial Ruiz Escribano.




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La piel quemada

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José tiene la piel quemada de tanto trabajar a pleno sol de peón albañil. No sé si en 1967 los obreros de la construcción ya se ponían crema para prevenir un melanoma. No lo parece, desde luego. El tarado de Marcos Llorente aplaudiría con sus orejas de burro si viera la película. Es el callo solar, estúpidos.

Si hacemos caso de “La piel quemada”, cualquiera que se echara por entonces una capa de Aftersun corría el riesgo de ser llamado maricón. Los colegas de José no se andan con hostias: son hombres duros, recios, forjados a la intemperie. No admiten malentendidos ni quintacolumnistas. Dicen lo que piensan y se quedan tan anchos. Y tan orondos. Tienen pelos en todos los rincones del cuerpo menos en la lengua. 

La lengua, por cierto, también la tienen quemada de tanto sacarla a pasear. Cada vez que pasa una gachí por debajo del andamio -y si pasa en bikini camino de la playa ya no te digo nada- José y sus compañeros incurren en no sé cuántas ilegalidades verbales que ahora mismo están muy castigadas. Ya digo que son tipos de pelo en pecho que no se dejan una hombría en la recámara. No parece que el horno esté para bollos: cualquiera que saque una cremita de la tartera puede convertirse en el hazmerreír sempiterno de la cuadrilla. 

Estos tipos, además de tostados, porque es verano y trabajan en Lloret de Mar, también van quemados por debajo de la piel. José y su pandilla son emigrantes andaluces que se han venido a Cataluña sin sus esposas. El relato oficial es que se las traerán cuando ganen lo suficiente, pero mientras tanto, libres como pajarillos, le tientan a la suerte. Las españolas y las catalanas no les hacen  ni puto caso, pero las guiris les encuentran atractivos, exóticos. Latin lovers de ocasión. Pero esas cosas sólo suceden por la noche, después de trabajar, así que José and company no tienen la piel de la polla quemada. Sólo escocida.  




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El último caballo

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En España, digan lo que digan, está mal visto cuidar de los animales. Lo mismo ahora que en 1950, cuando Fernán Gómez se apiadó de su caballo. Mostrarse sensible con un animal es un comportamiento... muy poco español. Una debilidad de mujeres o de maricones. De hecho, a Fernán Gómez, en la película, sus desvelos por “Bucéfalo” le cuestan el amor de su novia botarate. Bendito sea, después de todo, el caballo que lo sacó de su error justo cuando ya iba a casarse en la España sin divorcios. 

(El otro día vi a la camarera más buenorra de La Pedanía darle puntapiés a dos gatos que pedían comida entre los clientes y creo que ya nunca volveré por sus dominios. Nada más poco erótico que dos gatetes rechazados). 

Lo recio, lo varonil, lo que el Señor dejó santificado en las Sagradas Escrituras, es torturar a los animales en las plazas o arrinconarlos en las ciudades. Cazarlos, apalearlos, exterminarlos... Hacerles daño. Mantenerlos atados o encerrados en cochiqueras. Es verdad que cada vez hay menos desalmados, menos hijos de la gran puta, pero siguen siendo mayoría porque antes eran casi todos. Parecía que las nuevas generaciones iban a erradicarlos del ecosistema pero ya están reproduciéndose otra vez: los cachorros del fascismo son como conejos descerebrados. 

“El último caballo” no va de todo esto. O sí, pero solo un poco. La película de Neville es un canto al aire puro y a la vida en el campo. Utiliza el caballo como símbolo de los tiempos silenciosos que ya nunca volverán, sin coches ni camiones, ni motos en la madrugada. A Edgar Neville le debía de pasar lo mismo que a mí, que aborrecía los motores de combustión: su ruido, su peste, su omnipresencia. Sus gases cancerígenos. Un mal necesario, pero abominable. 

También parecía que las nuevas generaciones iban a sustituirlos por los motores eléctricos y ya ves tú: ahí está Trump invadiendo Venezuela, o Groenlandia, para relanzar la producción.





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El extraño viaje

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¿Guapo? ¿Muy guapo, incluso? ¿Repeinado? ¿Un poco chulo? ¿Guitarrista en una orquesta de pueblo? ¿Y dice, además, que tiene un hermanito paralítico al que cuida con todo su amor? Vamos: se le ve venir a distancia. Menudo farsante. Hay que ser tola para enamorarse de un tipejo semejante. No me extraña que luego pase lo que pase. Y sin embargo, ella, la chica más guapa del pueblo, la vecina más valiosa de Villaliebres de las Manzanas, se dirige hacia él como una luciérnaga dispuesta a achicharrarse. El amor es ciego, ay, y bobo, y sería mejor no hacerle ni puñetero caso. El amor es ese extraño viaje hacia el desengaño y la penitencia.

Las chicas guapas son eso como nosotros, los machos de la especie: les puede el instinto. Presumen de ser seres sensibles y superiores, pero no es verdad. Las hormonas del sexo siempre están detrás de los pensamientos elevados. En su caso, ay, es la querencia ancestral por el antropoide más sospechoso de la tribu. A Carlos Larrañaga, en la película, sólo le falta la moto y el libro de poesía para ser el perfecto gilipollas. El perfecto vendehumos. Menuda desfachatez... 

Querida mía: éste viene de romper decenas de corazones por los otros pueblos de la comarca y tú todavía no te has enterado. ¿No comprendes que eso mismo que te sulibeya- su postureo, su labia, su rollo cantor de Mario Lanza- será lo mismo que atraiga a la siguiente mujer de su vida? ¿No entiendes, alma de cántaro, belleza entre los cardos, que los hombres perfectos son como tiburones que se ahogan si no dejan de nadar? El amor es ese extraño viaje que sólo compramos por el folleto de la agencia.

La belleza... El envoltorio... Casi me da un infarto -un extraño viaje hacia la otra vida- cuando a mitad de película descubrí que la malvada se llama igual que una de mis examantes. Examada, mejor dicho, porque ella nunca me amó. Ella también era una reina de la noche. La mujer más deseada en sus lejanos contornos del Norte. Por eso sé de lo que hablo. Yo también me sentí orgulloso por un día. El amor -cuando es verdadero- es ese extraño viaje hacia la reencontrada soledad. 





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Dying for sex

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Para los hombres sin mundo y no demasiado inteligentes, la relación de las mujeres con el sexo es un misterio como de marcianas encamadas. Nos harían falta -porque me incluyo- más datos, más experiencias de primera mano para elaborar una certeza científica. Muchos más fracasos, si eso fuera posible, pero también más éxitos, gozosos y estimulantes, que equilibrasen las deducciones y fundamentaran una ecuación. Algo así como P=(C²+V)K/V’, siendo P el placer, C el número de caricias, V la virilidad positiva, V’ la virilidad negativa y K la constante cosmológica, femenina y escurridiza, que es precisamente el quid de la cuestión.

Habría que preguntarles, pues, a los machos alfa de mi ecosistema. Ellos han cortado mucho bacalao sobre las sábanas y manejan datos experimentales que los actores secundarios compraríamos a precio de oro. Pero me temo, ay, que los machos alfa -porque yo conozco alguno y tela marinera- están más pendientes de sus propios orgasmos que de los placeres de su compañera. Así que al final, me temo, el misterio va a quedar irresuelto y la ecuación muy falta de valores.

Impelido por el espíritu científico y por el afán de curiosidad, me enfrenté a “Dying for sex” siendo consciente de que es una serie escrita por mujeres para mujeres en su sofá. Es decir: una serie escrita en código morse, o en idioma alienígena. La sinopsis, al menos, hablaba de una mujer activa, desprejuiciada, para nada el prototipo de mujer que ahora se estila en las producciones españolas, donde el sexo con un hombre -por mucho amor que lo rodee- se ha convertido en una concesión servil al heteropatriarcado agresivo del deseo. 

El problema de “Dying for sex” es que no hay cristiano apostatado que se crea su argumento. Su punto de partida es tan seductor al leerlo como fallido al desarrollarse. Convertir una sentencia de muerte en un sainete de polvos y vibradores no nos ayuda nada a los detectives del misterio.





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Sueños de trenes

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Algún día, al hilo de las películas, habrá que escribir un libro sobre sueños de viviendas. Pero no sobre palacios de reyes o sobre mansiones de millonarios. Nada de castillos de Cenicienta o de casoplones en Marbella. Todo eso es inmoral y procede de la delincuencia. De la legal y de la otra. Yo hablo de paraísos pequeños, modestos, en los que me habría quedado a vivir lejos de los hombres pero tampoco demasiado: un huñarismo calculado, a tiro de bicicleta, porque también hay que comprar macarrones para la cena y visitar a los médicos cuando llegan los dolores. 

En “Sueños de trenes” he encontrado uno de esas quimeras residenciales en las que me hubiera gustado vivir y morir plácidamente. También es verdad que hace un siglo, en el Far West, y sabiendo hacer cosas con las manos, todo era mucho más fácil. Una vez soñé con ser maestro rural, allá en los montes o en los páramos, y vivir un poco como Joel Edgerton en la película, con mi barba y mi sombrero, pero cuando ya estaba a punto de conseguirlo bajó la natalidad y se desmontaron las escuelas. Es un poco la historia de mi vida.

Habría dado -y seguiría dando- no sé, meñiques, dedos del pie, neuronas redundantes, por vivir en esa cabaña de madera junto al río, amado por Felicity Jones y rodeado de perretes y gallinas. Ganarme la vida con mis manos, aserrando, o construyendo, o conduciendo un carromato. Porque las manos que hacen y deshacen son la envidia inconfesada de cualquier intelectual. O de cualquier intelectualoide. En las manos, ya lo decía el bisabuelo Karl, está la nobleza del trabajo. El culo sentado es tan innoble como la maquinación de la inteligencia.

Y si la casita junto al río ya está pillada, pues vivir de guardabosques, en la atalaya de Kerry Condon, no sólo lejos de los humanos, sino además por encima de ellos, valorando su insignificancia -nuestra insignificancia- como águilas imperiales pero muy republicanas.




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Los pecadores

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En los Oscar, desde que hay diez candidatas a mejor película, siempre hay una cojonuda hecha por afroamericanos. O una infumable, también hecha por afroamericanos, pero que evita protestas en el pabellón.

A veces son películas que dan la sorpresa y se alzan con el premio gordo de la noche, como “Moonlight” o “12 años de esclavitud”, aunque luego nos venza la pereza cuando pensamos en retomarlas. Algunas son buenas de verdad, como “American fiction” hace un par de años, y  otras, en cambio, son simplemente aceptables, o ya directamente malas, indignas de una nominación. Tan sospechosas como las películas rodadas por blancos o por orientales. O por persas especializados en el bostezo. El porcentaje de buenos cineastas sigue siendo muy bajo en cualquier raza que se presente.

La película obligada de este año es “Los pecadores”. Antes de batir el récord de nominaciones llevaba meses rebotando por las agendas, pero yo no terminaba de animarme. Unos decían que sí y otros decían que no, como en “La Parrala” de Concha Piquer. Leía la sinopsis y me parecía -de hecho lo es- una especie de remake de “Abierto hasta el amanecer”, pero sin Salma Hayek y su serpiente. Sin el ambiente nocturno de “La Teta Enroscada”. Sin Quentin Tarantino haciendo el panoli. Un bajón.

Me hice el longuis durante meses hasta que el otro día conocí las nominaciones y se me cayó la indiferencia a los pies, haciendo catacrock. Había que verla, nos ha jodido, aunque solo fuera por curiosidad. Y la vi, el sábado por la tarde, aprovechando que la Liga era una mierda y que la Premier estaba de vacaciones. Me sorprendió para bien. 18 nominaciones son una cosa exageradísima, pero ¡sapristi!: hay momentazos, hallazgos, tres o cuatro músicas notables. Vampirismos socarrones. Y una escena poscréditos que ilumina la función. Cuando aparezcan las letricas no apaguen su aparato. No se vayan todavía, aún hay más.




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