El castillo

🌟🌟🌟


El problema de “El castillo” es que su labor pedagógica va a caer en saco roto. Los que no vamos de putas a sitios como estos -ni a ninguno parecido, porque nos conformamos con prostituciones de andar por casa, de te quiero mucho si me invitas a cenar- vamos a seguir transitando por las carreteras nacionales con un gesto de extrañeza: “¿Pero aún existen estos tugurios?”. Y los que van a los clubs alegremente, porque se la trae floja la condición de estas mujeres, ni van a ver “El castillo” ni van a dejar de ir porque la vean. No van a perder la desvergüenza ni la erección por una serie de la tele. “Ay, vaya, yo estas cosas no las sabía...”. 

Son esos esfuerzos loables, pero muy bobos, de las fuerzas progresistas. “El castillo” es como esas charlas de los colegios para formar padres responsables, a las que solo acuden, por definición, los padres responsables. Una encomiable redundancia. Cuatro gatos que se miran y se reconocen. Una pérdida de tiempo en realidad, más allá de saberse parte de una comunidad civilizada. Un orgullo en el alma, quizá. 

Los creadores de “El castillo” tal vez se crean regeneradores de la sociedad, evangelistas de una nueva mentalidad -abolicionista, para más inri, en el rizo la utopía, o de la inopia- pero no moverán ni una sola voluntad por el camino. Predican para convencidos, y para convencidas. Para ovejas que ya viven en el rebaño. “El castillo” será, como mucho, otra denuncia acumulada. Un desahogo de la rabia. Una declaración de principios que por otro lado ya nos era conocida. 

La serie, además, tampoco es nada del otro jueves: un ejercicio desmayado, interesante a ratos, deslavazado casi siempre. La trama de los locales es sucia y descarnada, pero la trama policial es como si la fueran improvisando. Laia Marull pasaba por allí con cara de no entender nada. Y el policía de las cejas, tres cuartos de lo mismo.






Leer más...

Grand Canyon

🌟🌟🌟


“Grand Canyon” cuenta la historia de unos burgueses californianos que nunca han leído “El Capital”. Yo tampoco lo he leído, por cierto, pero conozco sus enseñanzas. Sé, como sabe cualquiera con dos dedos de frente, que cuando aumenta la brecha económica repunta la violencia. Y más si vives en Estados Unidos, donde la brecha entre clases tiene la profundidad y la anchura del Gran Cañón del Colorado, y donde la violencia, cuando estalla, no se parece en nada a la de aquí, con cuatro jóvenes rompiendo cristales al rebufo de la manifa.

Cuando el rico se pasa de avaricioso, los esclavos del sistema se vuelven... belicosos. Se desesperan. Sin trabajo, o más exprimidos todavía, ya les queda poco que perder. Los hay que prefieren seguir el camino de la honradez y otros que deciden tirar por el camino de la aventura. Los locos dejan de tomar su medicación y los servicios sociales no dan abasto con la ayuda. Se recortan fondos y garantías. Hay gente que recae en la droga y gente que, en Estados Unidos, recae en el uso de las pistolas. Hay barrios que se hunden en la miseria y así comienza el run-rún de los raperos, a bordo de los Humvees sin coraza.

Es una ley de causa-efecto que estos burgueses de Los Ángeles ni siquiera se plantean. Después de verse involucrados en varios asaltos y tiroteos, se pasan toda la película rascándose la cabeza y diciendo cosas como “el mundo se ha vuelto loco”,  o “este país se va a la mierda”. Pero ellos lo achacan todo a la violencia que campa en las películas, como si las películas violentas fueran la causa del destrozo, y no simplemente su reflejo. 

Piensan, también, que hay algo raro en el aire: tal vez una insania colectiva, o una cólera de los cielos. Cualquier cosa menos palparse los bolsillos y contar cuántos dólares les separan de esa gente desesperada. Son unos memos de cuidado. No despiertan mi simpatía. Me aburro mucho con “Grand Canyon”. Sólo me interesa, y a ratos, su música insidiosa. He descubierto, para mi sorpresa, que era la banda sonora que saludaba y despedía la NBA en Movistar +: otro tiempo feliz asesinado por la cuenta de resultados.





Leer más...

Te amaré hasta que te mate

🌟🌟🌟


No ha sido fácil piratear “Te amaré hasta que te mate”. Apenas pude encontrar esta versión en dual, sin subtítulos, con un giga y medio de calidad auriñaciense. Ha sido el regalo pobretón, pero generoso, de un anónimo samaritano. De un buen aficionado al cine que quizá es un poco como yo: un cutre, pero un perseverante. Un nostálgico de las comedias donde Kevin Kline se desataba y no dejabas de sonreír.

“Te amaré hasta que te mate” no está cancelada, pero es como si lo estuviera. Quizá por eso ha sido barrida de los archivos compartidos. Su título, como dicen los chavales de ahora, da mala vibra. Treinta y seis años después, en las páginas de sucesos, salen muchos tipos que también juraron amarla hasta que la mataron... Y aunque en la película de Lawrence Kasdan es ella la asesina y él el asesinado -o lo son, al menos, en teoría, porque todo es chapuza y en el fondo comedieta- el telón lleva una mancha ignominiosa y ya nadie quiere descorrerlo. Es el signo de los tiempos. Quizá por eso -ahora que lo pienso- el Ministerio de Igualdad no ha tomado cartas en el asunto: porque no conoce la existencia de la película. Y porque los géneros están invertidos y eso ya excede sus competencias.

También pensaba, mientras veía la película, que lo difícil no es matar a alguien cuando toca defenderse, o ya no queda otro remedio, sino matarlo sin que te pillen. He ahí la ciencia y el escollo. Los creyentes temen al Ojo Triangular que todo lo ve, y los ateos, al detective de Baker Street que todo lo adivina con su lupa. Pero es eso: el miedo. No exactamente el escrúpulo o el mandamiento. Si tuviéramos superpoderes psíquicos y pudiéramos matar pestañeando, cuántos no caerían fulminados mientras vemos el telediario o asistimos a las fiestas patronales.





Leer más...

Mumford

🌟🌟🌟🌟


Todos los pacientes que pasan por la consulta del doctor Mumford terminan curándose cuando encuentran pareja o echan un polvo como Dios manda. Es un remedio tan natural como la tila, o como pasear al aire libre. 

Unos dormían mal, otros tenían pesadillas, algunas no podían dar dos pasos seguidos o se dejaban el sueldo en compras compulsivas. El doctor Mumford -que en realidad no tenía estudios, pero sí mucho sentido común- les escuchaba con paciencia y luego les animaba a copular con más o menos preámbulos y galanterías. Eran, por supuesto, otros tiempos sociológicos. 

El deseo sexual -que ahora está tan mal visto como en tiempos de la reina Victoria- era por entonces un estímulo para la vida. “A ti lo que te pasa es que follas poco, o mal, o nada”, se decía cuando te veían alicaído, mohíno, dispuesto a dejarte una pasta para tumbarte en un diván. Era una simplificación un tanto burda, animalesca, pero no muy alejada del esfuerzo terapéutico. Pocos males del espíritu se curan con terapias más sofisticadas o más caras.

Desde que Lawrence Kasdan rodara “Mumford” apenas han pasado 27 años por nuestras videotecas, pero la película, en este lapso de tiempo, se ha convertido en el testimonio de una época muy distinta, lejanísima, casi un clásico en blanco y negro. Un chaval que se asomara a “Mumford” pensaría que andábamos todos tan salidos como bonobos, ansiosos por emparejar antes de plantearnos cuestiones más importantes. Y es que el amor, en estos tiempos del cólera, ya no es la salvación. Y mucho menos el sexo, que se ha vuelto un instinto sospechoso, inspirado por el demonio, como en las retahílas de los curas. El feminismo bobo y el catolicismo rancio van juntos de la mano y se les ve por el jardín.

En el remake de “Mumford” que ya están a punto de estrenar, los pacientes del doctor encuentran el equilibrio personal en la más estricta soledad: meditando, o haciendo ejercicio, o sirviéndose vinos en copas solitarias, cuando llega la medianoche. O viendo películas maravillosas sin que tener que compartir el mando de la tele.





Leer más...

French Kiss

🌟🌟🌟


El beso francés es el que recomiendan nueve de cada diez guionistas para ilustrar el amor en las comedias. El beso griego ya no. Es cierto que el primero puede ser la antesala del segundo si la pasión se desenfrena, pero el mar Egeo, su profundidad abisal y un pelín contaminada, ya es terreno pornográfico. 

Pobre porno: tan denostado como está, es justo lo que viene después del “The End” en las comedias de Meg Ryan. El ¡oh, là, là! que se adivina mientras van cayendo las letricas. Los títulos de crédito, cuando se corta el bacalao, son el biombo del médico, la tinta del calamar, la mano del cura que obtura el proyector.

-----

Del mismo modo que Meg Ryan tarda media película en ver la torre Eiffel porque siempre se despista o se la tapan, uno de mis sueños recurrentes es que camino por París y no encuentro la torre por ningún lado. De un modo u otro, al estilo megryano, siempre se me escurre o se me oculta. Las variantes son infinitas: me pierdo, me lían, se estropea Google Maps. A veces pregunto a los viandantes y me dicen que eso no es París, sino su antesala, y que el París verdadero está más allá de las montañas. 

Descreído del psicoanálisis, hace tres años viajé a París -entre otras cosas- para superar mi pesadilla. Vi la torre Eiffel, por supuesto, aunque tardé dos días en visitarla. Fue un viaje muy raro y atravesado... Mi pesadilla desapareció durante dos años de onirismo, pero ahora ha regresado con una fuerza inusitada. La torre Eiffel, tan fálica, significa algo muy profundo en mi inconsciente enrevesado.

Aquel viaje a París, como el de Meg Ryan en “French Kiss”, también tenía el objetivo de recobrar un amor que se moría. La diferencia es que mi amor no me esperaba allí, sino que viajaba conmigo, acojonada en el avión. Yo, como Kevin Kline, también le contaba bobadas para entretenerla mientras el avión despegaba o aterrizaba. París iba a ser el doble o nada, la terapia definitiva. ¡Qué pareja no viaja a París y se redescubre enamorada! 

Pero luego, al pasear por el Sena, descubrimos que no había parejas haciéndose arrumacos. París, fuera de las películas, es una ciudad como cualquier otra, aunque con muchos monumentos. No hay magias, ni chispas, o las tienen escondidas para los turistas sin caché.





Leer más...

Breaking Bad. Temporada 4

🌟🌟🌟🌟🌟


Viendo la cuarta temporada de "Breaking Bad" me dio por pensar en las mujeres que compartieron la serie junto a mí, en el sofá de mi casa, o en el sofá de la suya, precalentando el amor o enfriándolo tras el ardor. O sin amor a la vista, que era lo más frecuente, porque ese día me habían castigado o porque no estaba el desierto para bollos. La noche, lejos de Albuquerque, a veces era fría y rencorosa. 

- ¿Vemos otro episodio de “Breaking Bad”?

- Bueno...

También me acordé de aquella otra mujer que se negó a ver la serie en redondo, y en cuadrado, porque la consideraba tóxica y violenta. Un producto grasiento de los americanos. Nada que objetar: la viña del Señor es pródiga en variedades y todas producen su vino peculiar. Pasados los años me reencontré con ella y me preguntó, olvidadiza, mi opinión sobre “Breaking Bad”. A ella, por cierto, le parecía una serie maravillosa, puede que entre las cinco mejores de la historia. Le recordé aquellos melindres de juventud y me dijo que me estaba equivocando de ex amante, como si yo hubiera tenido tantas en realidad...

Pensaba, mientras Walter White luchaba por sobrevivir, que todas ellas, sin mí, hubieran descubierto “Breaking Bad” mucho más tarde, o a destiempo, o en boca de otro hombre menos entregado al entusiasmo. A falta de lujos y de hombrías, al menos quedó eso por mi parte: una contribución a su cultura. Una semilla plantada en la maceta, aunque alguna germinara con años de retraso. Una labor de apostolado, quiero decir. Una predicación voluntaria, no gratificada, que a veces vale más que las campañas muy costosas de merchandising.




Leer más...

La captura

🌟🌟🌟🌟


Hay filmografías nacionales que te quitan las ganas de viajar a ese país. Es como si la industria del cine y la industria del turismo se llevaran a matar. Lo digo siempre que veo películas turcas, o brasileñas, o ambientadas en la India. Incluso películas que muestran la vida cotidiana en Estados Unidos, si excluyo Nueva York y puede que Massachussets. 

También me pasa, desde hace años, cuando veo una película mexicana. Las habrá de todos los colores, no digo que no, incluso comedias floridas y culebrones de burgueses, pero aquí, a las provincias, sólo nos llegan las que hablan de violencia y de pobreza. Jungla y calor, narcos y milicos. Tiros a mansalva y corruptos por doquier. Prostitutas y tequila. Iglesias de Pedro Páramo donde se exhiben calaveras humanas y van a rezar los sicarios a la Virgen. Es todo muy tétrico y desolador.

México no era así cuando yo era pequeño. O lo era, pero no trascendía. Aún no teníamos edad para ver  “Los olvidados” de Buñuel y otras películas de denuncia... México, en mi infancia, era el paraíso de las playas que aguardaba a los delincuentes gringos que cruzaban la frontera. Un país cálido y acogedor. Las parejas que se casaban en León iban casi todas a Cancún, o a Acapulco, siguiendo las huellas de los malotes. México era la patria de Cantinflas, que fue nuestro primer Chiquito de la Calzada, y también la patria de Vicente Fernández y sus mariachis cantando “El Rey” en Televisión Española: “Con dinero y sin dinero/hago siempre lo que quiero...”. La mismísima Rocío Dúrcal, aunque nacida en Madrid, ejercía de mexicana y nos parecía superguapa. México era la guarida de Speedy González y el hogar alimenticio del Cuate Orlando. Aún decimos “Cuate, aquí hay tomate”, cuando una situación promete o nos gusta el cocinero.

México era el país benefactor que acogió a los exiliados republicanos y les hizo concebir esperanzas de regreso. México era como una segunda patria para los televidentes. Y ahora, sin embargo, entre los estudiantes asesinados y las balaceras por doquier, dan ganas de viajar antes a la isla de Borneo, o a la misma Tegucigalpa.




Leer más...

Backrooms

🌟🌟🌟


La próxima vez que vea un cargo excesivo en la factura eléctrica voy a cagarme en los pantalones. Ya no valdrán las explicaciones habituales: que me he excedido en el uso, o que me está robando la compañía. Que un portaaviones americano está sembrando el pánico en Oriente y el sector energético se ha vuelto turulato. Después de ver “Backrooms” ya nada será como antes. Abrir la factura de la luz será como abrir el resultado de un análisis clínico, o el Whatsapp de una amante despechada. Más allá de una cifra razonable, empezaré a pensar que al otro lado de mi pared hay un mundo de locos que me está chupando la energía y cargándola en mi cuenta. Una cuarta dimensión poblada de ladrones a la que se accede como hacía Homer Simpson en su episodio: traspasando la pared como si fuera una cortina de leche que no mancha.

“Backrooms” parte de una idea original y luego aburre a las ovejas. No hace falta llegar hasta el final para anticipar que nada de lo que ves tiene sentido o congruencia. O sí, pero un sentido delirante, de esos que luego buscas en internet y producen delirios más locos todavía. En el caso de “Backrooms", ellos, los exégetas, dicen que si la física cuántica o no sé qué... Hay gente para todo. “Backrooms” es una parida mental y punto pelota. Muy original, subyugante a ratos, pero una parida. Hay quien dice que no necesita explicación, que basta con dejarse llevar por la experiencia y ya está. Pues vale. Yo no soy de esos: yo tengo un déficit cognitivo que me obliga a encontrar un hilo argumental. ¿”Backrooms” habla de un proyecto secreto del gobierno, de una epidemia de esquizofrenia, de un universo alternativo que vive tras el pladur? Supongo que ya nunca lo sabremos. 

Pero da igual. ¡Sursum corda! La mujer que pasea por el laberinto es Renate Reinsve y para mí eso ya es suficiente. Yo piso por donde pisa Renate sin rechistar, como un amante platónico, o como un niño tras el flautista, aunque el argumento termine en una alcantarilla tan sucia como indescifrable. 




Leer más...