No es tan mala como la recordaba. De verdad que no. Lo
que pasa es que en su día nos dejó helados y chafados, a los frikis de Star Wars, como panolis aterrizados
en un planeta congelado. Uno parecido a Hoth, pero del tamaño de Júpiter, o
de Saturno.
La película, aunque entretiene, nos da poco, muy poco.
Apenas tres referencias mitológicas entre tiros y explosiones. Queríamos que
saliera Darth Vader, o al menos Obi Wan, para establecer una conexión directa con el evangelio canónico de san Lucas. Pero al final tuvimos que conformarnos con Darth Maul apoltronado en
una butaca medieval. Ni siquiera una danza de su sable pudimos llevarnos a la boca... Han
Solo fue un héroe de nuestra infancia y queríamos una película tan buena como “Rogue
One”: una que estuviera a la altura del mito y de la bobada, y no esta “buddy
movie” de policías y ladrones, tan disfrutable como hueca, toda ella gominola.
Los niños del barrio terrícola queríamos ser como Han Solo: surcar las estrellas con el “Halcon Milenario" y llevarnos de parranda a un peluchón tan valiente como mañoso. Saltar de planeta en planeta y manejar el bláster con una sonrisa socarrona. Ser un poco como Han: guapos, decididos, un poco chulitos, buena gente en realidad. Codiciosos pero nobles. Y si todo eso no era posible -porque el planeta Tierra da para lo que da- tener, al menos, una maqueta del “Halcón Milenario” como aquella que mi amigo O. tuvo expuesta durante años en su habitación: un juguete carísimo, inasequible a nuestro estatus, que su padre comerciante le trajo de Madrid. Una joya de la corona, pero del tamaño de una ensaimada, que nadie, salvo su dueño, podía tocar con sus manazas de pordiosero.
Mientras O. habría las portezuelas y desplegaba los cañones láser para derribar los cazas imperiales, los demás, admirados y envidiosos, nos situábamos a un metro de distancia, en corrillo, como visitantes de un museo ante una pieza prodigiosa.







