Exterior Noche

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¿Pruebas?: ninguna. O insuficientes. ¿Certezas?: casi todas. Marco Bellocchio es un viejo zorro que no se deja engatusar. Él sostiene, y nosotros con él, que a Aldo Moro le ejecutaron las Brigadas Rojas pero se lo cargaron los amigos americanos. Italia es una provincia del Imperio Yanqui y allí nada sucede por casualidad. Al mismísimo Jesucristo -que vivió en la provincia de otro imperio intercontinental y fue el primer mártir reconocido por los católicos- también le ejecutaron los legionarios pero se lo cargaron los miembros del Sanedrín. 

Apenas importa quién disparó a Aldo Moro o quién le ensartó los clavos a Jesucristo. Ya lo decía Mr. X en “JFK”:

- Esa es la pregunta clave: ¿por qué? El cómo y el quién sólo son... montajes para el público. Eso sirve para que la gente juegue a las adivinanzas. Les impide hacer la gran pregunta: ¿por qué?, ¿quién se benefició?,¿quién tiene el poder para encubrirlo? 

Pero el juez Garrison era un patriota, y además un tontolaba, y no terminaba de creerse que el propio gobierno se cargara al presidente de su nación. Así que Mr. X, con paciencia de santo, y aquellos dedos larguísimos que enumeraban, le seguía explicando cómo funcionan las cosas más allá de los telediarios, donde los empresarios se reúnen con los militares y toman las decisiones ejecutivas e irrevocables:

- Fue un golpe de estado encabezado por elementos encubiertos de la inteligencia y el Estado Profundo -insistía Mr. X hablando del asesinato de Kennedy, pero también anticipando el de Aldo Moro quince años después-. Mataron al Presidente frente al mundo entero como una advertencia para cualquier otro líder que intente alterar el statu quo".




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El mago del Kremlin

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El hilo argumental de “El mago del Kremlin” -llevo cincuenta años siendo comunista  y todavía escribo “Kremlim” con dos emes- es el siguiente: un ex asesor de Vladimir Vladimirovich Putin -en Rusia lo llaman así, como en los cuentos de Chejov- le desgrana secretos de chichinabo a un historiador experto en la Unión Soviética y en la Rusia de la Mafia. Nada que no sepa, por ejemplo, un suscriptor de “El País” desterrado en las provincias. 

- ¿Sabías que Boris Yeltsin bebía vodka como un cosaco y que quedó incapacitado para ejercer de presidente?

- Algo he oído, sí.

O:

- Te voy a contar una cosa que no sabe nadie: las bombas que derribaron aquellos edificios en el extrarradio de Moscú las pusimos nosotros, los servicios secretos, y no los terroristas chechenos a los que luego machacamos.

- Algo me había llegado, sí... 

“El mago del Kremlin” es toda así: se pierde en obviedades, en verborreas, en explicaciones innecesarias. Tener a un gran escritor como guionista a veces no te salva de la sandez. Emmanuel Carrère sabe mucho de Rusia por la vía maternal, pero aquí se pasa de docto o de simple, todavía no lo sé.  “El mago del Kremlin” pretende dejarnos abrumados y al final es la historia de Vladimir Putin contada para dummies. 

Sucede, sin embargo, que cuando ya estás a punto de bostezar, incluso de darle al pause y olvidarte del asunto, aparece Alicia Vikander para borrarte la intentona. Alicia Vikander, en “El mago del Kremlin”, lo mismo hace de rockera transgresora que de pelandusca de oligarca; de modelo en Saint-Tropez que de amante arrepentida. Alicia es hermosa, solvente, refrescante... Alicia es la pausa de hidratación; el kit kat en el trabajo. El recreo de los niños tras el rollo de la escuela. 




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Buena suerte, pásalo bien, no mueras

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Todos los veranos, antes de la canícula, nos juntamos para comer -y para celebrar que estamos vivos- un puñado de excompañeros. Yo soy el único que permanece en activo peleando contra los bárbaros; los demás, legionarios jubilados, viven el dolce far niente de no tener que levantarse de madrugada para acudir a los claustros improductivos y a las reuniones sin provecho. 

Mis ex compañeros son unos suertudos que viajan con el IMSERSO o con el Club de los 60 en fechas no tomadas al asalto. Ellos recorren el Danubio en abril, visitan Roma antes de los calores y aterrizan en Escocia justo en octubre, antes de las nevadas. En esas comidas del reencuentro ellos hablan de sus viajes y yo vuelvo a ser un niño que le pide ser mayor a la máquina de Zoltar.

La contrapartida, claro, es que ellos viajan por Europa, o por la España cultural, con varios fármacos en la mochila. Sus males no les incapacitan, pero les sombrean la experiencia. De hecho, en estas reuniones, cada vez se habla más de análisis clínicos y de hierbas medicinales. Cada nuevo verano surge una nueva contrariedad bioquímica, o una nueva articulación desarticulada. Yo estoy aprendiendo la hostia de medicina a la hora de los cafés...  Por eso me acordé de mis amigos cuando descubrí el título de esta película: “Buena suerte, pásalo bien, no mueras”. Podría convertirse en mi saludo ritual cuando nos despidamos hasta la próxima. Pero también sé que las ironías las carga el demonio, y que lo mismo se clavan en el otro que rebotan en la armadura y te atraviesan la garganta.

El título será lo único que me quede de esta película insoportable. De esta estafa al espectador. De este popurrí indecente de ideas sacadas de “Black Mirror”. De esta gracia sin gracia. De este subproducto cultural. De esta carne de videoclub, si aún existieran los videoclubs. De este refrito rancio que sólo recomendaré a la más encarnizada de mis enemigas, para joderle dos horas de su vida, con lo mucho que a su edad ya corren los relojes. 





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Jugar con fuego

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Mi hijo es una persona decente. De izquierdas, como Dios manda, aunque a veces se confunda. No pasa nada: todos los hacemos. El manual del izquierdista es igual de complejo que la Torá del judaísmo: contiene 248 preceptos positivos y 365 prohibiciones sacrosantas, una para cada día del año. Es imposible no caer en algún pecado o pecadillo. Ni siquiera los que reparten los carnets son santos inmaculados. Ni santas, aunque lo crean. Ser de derechas, en cambio, es mucho más fácil porque sólo responde a dos impulsos fundamentales: ganar pasta y reírse del subalterno. 

En eso, menos mal, mi hijo ha salido a la rama paterna, siempre escorada a babor cuando navegas por la vida, porque en el otro cromosoma todos son apolíticos de derechas y votantes disfuncionales. Católicos estultos y merluzas de secano. Pero hablo por hablar: ni existe un gen del rojerío -aunque sí alguno de la decencia-, ni creo que mi marxismo haya calado en el chaval. Que me haya salido de izquierdas ha sido una cuestión de suerte. Un asunto de compañías. En el instituto pudo haber topado con una panda de tarados y acabar coreando a Santiago Abascal en un mitin de La Pedanía. Esos tarados existieron, y siguen existiendo, pero el viento, por fortuna, los alejó de nuestro rumbo. 

En “Jugar con fuego”, en cambio, el padre de la criatura no tuvo tanta suerte como yo. Su hijo se cruzó con una pandilla de fascistas como quien se cruza con un virus fatídico o con un rayo en la tormenta. Una desgracia imprevisible. Sin embargo, este padre se fustiga, se hace culpable de los crímenes de su hijo “¿Cómo es posible, si yo le crie más majo que las pesetas, que me haya salido al final un neonazi, un hijo puta, aunque luego tenga que abrazarle?”. 

Este padre no ha leído -y ya nunca leerá- el evangelio de Rich Harris, que es la buena nueva que yo predico entre los gentiles a pesar de las rechiflas y las pedradas. Por si no tenía suficiente con ser un mártir moderno del marxismo-leninismo.




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Si pudiera, te daría una patada

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La teoría cinematográfica de Ignatius Farray sostiene que una película es buena si ofrece lo que promete en el título. “El Padrino”, por ejemplo, es una obra maestra porque retrata a un padrino de la mafia siciliana; “Alguien voló sobre el nido del cuco”, en cambio, es una película fallida porque allí nadie sobrevuela un nido de pajaritos. 

Parece una teoría estúpida pero yo la tengo por muy válida. Al menos tan válida como las demás. En mi cabeza siempre se enciende una alarma cuando empezamos con metáforas.

“Si pudiera, te daría una patada” es una película confusa, caótica, que cambia de género en cada escena: hay drama, gore, comedia, espiritismo... Al final, con tanto lío, no sabemos quién era el receptor de la patada. Todos, o ninguno, según cómo se mire.  Un cero patatero en la teoría de Farray. 

Hablo de hombres, por supuesto, porque ellos son los malos consabidos de la película. Yo también me pongo gafas para ver las películas con perspectiva de género, pero las mías no son violetas, sino negras, de gafapasta convencional. Antes nunca me fijaba en estas cosas, pero ahora, solo por molestar, las desgrano en el diario. 

Ningún hombre -y son muchos, y variopintos- ayuda a esta mujer o trata de animarla. Todos le ponen una zancadilla en su tarea de ser madre. Desde el gorrilla del aparcamiento hasta su propio marido telefónico: un hombre al que pintan como ausente, como poco involucrado en la crianza -un machista de manual- hasta que al final nos enteramos de que trabaja en la Marina. Jodido lo llevaba.

Rose Byrne interpreta a una madre que no sabemos si está superada o loca, o confundida por el sistema. No sabemos si es una madre aturdida o una madre sin vocación. Ella viene y va, llora y ríe, promete y abandona. Muere y resucita. Yo la veo perdida, descentrada. Quizá, ay, confunde el objetivo. Su hija, aunque esté enferma, es una insoportable de manual. Una caprichosa que derrotaría a cualquier madre americana. Quizá -aunque esté muy mal visto, y perseguido por UNICEF- la patada metafórica era para su hija inconformista, y yo estoy aquí, como un memo, hablando de la guerra de los sexos.




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Sugar. Temporada 2

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La serie no es gran cosa, pero no dejo de mirarla. En el detective Sugar he encontrado un álter ego de mi vida en La Pedanía. Un semejante en el extravío. Los dos somos marcianos que vivimos en otro planeta y estamos fascinados por el cine. Ambos somos incapaces de mantener un conversación sin hacer referencia a una película que vimos: un diálogo, un personaje, una situación que se asemeja... En eso somos recalcitrantes, un pelín irritantes para quien no juegue a nuestro rollo. Pero no vamos a cambiar a estas alturas. Como decía Cabrera Infante, las personas indiferentes al cine sólo pueden ser malas personas.

La diferencia es que Sugar -además de ser mucho más atractivo y atildado, un pincel en movimiento- es un marciano literal, venido del espacio, mientras que yo soy un marciano metafórico: uno de León trasplantado en estos parajes tan ajenos a mi crianza y a mi carácter. Un extraterrestre de la capital incapaz de cultivar unos tomates o de levantar un muro de ladrillos. Un inadaptado cultural. Una rara avis que se pasa todo el día entre las películas de la tele o entre sus propias películas coleccionadas, todas ellas en versión original, y algunas, incluso, en el blanco y negro de los contumaces. 

León y La Pedanía apenas distan 100 kilómetros en línea recta, pero para mí son como los 100 pársecs que separan la Tierra de la galaxia lejana de Sugar. Estoy seguro, además, de que se tarda menos en llegar hasta allí, surcando el hiperespacio, que en cruzar el Manzanal con la carraca del Regional de la RENFE, o con el ALSA disparatado que para en todas las huertas con apeadero. Cuando llego a León para ver a la familia siento que he regresado a mi planeta: debe de ser la altitud, el paisanaje, la ausencia de viñedos... Me siento como en casa. En La Pedanía, en cambio, me siento como Sugar el detective: más un observador que un habitante. Un exiliado laboral. Un animal ajeno al ecosistema, que sobrevive sin integrarse. 





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Good Time

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Si Dios, en su indescifrable voluntad, a medio camino entre la bendición y la putada, te otorga un hermano como Dustin Hoffman en Rain Man, lo mejor que puedes hacer es lo que hizo Tom Cruise en la película: subirlo al coche de un empujón y llevarle a Las Vegas mientras le explicas las cuatro reglas del póker o del blackjack.

Pero si tu hermano no es un “idiot savant” como Raymond, sino un simple deficiente como Nick Nikas, lo único que puedes hacer para forrarte es robar un banco y rezar para que entienda las tres instrucciones que le has dado antes de entrar: que no dispare, que no diga tu nombre y que repita exactamente “¡Esto es un atraco!”. Nada más. La otra opción es dejarlo en casa y luego contarle que has ido al cine y que allí has encontrado una bolsa llena de billetes. Él se iba a creer cualquier cosa, pobrecico. Pero su presencia física es intimidatoria, como de oso peligroso, y eso viene bien para acojonar a los oficinistas.

Sucede, para más inri, que Connie Nikas, el hermano supuestamente inteligente, tampoco es muy inteligente que digamos. No tiene nada que ver con aquel listillo trajeado al que daba vida Tom Cruise. Connie es más bien un jeta de barrio que toma malas decisiones cuando los nervios se sublevan. Y aun así, contra todo pronóstico, con esos mimbres ajados de la genética, los dos hermanos realizarán un atraco perfecto que sería la envidia de aquellos personajes de Stanley Kubrick: un golpe sin complicaciones, sin muertos, con el dinero a buen recaudo en el maletín. Hasta que todo se tuerce en el infortunio consabido de los perdedores...

En “Good Time” hay muchas hostias, mucha adrenalina, muchas fatalidades que se van sucediendo a ritmo de speed y otras drogas neoyorquinas. La factoría Safdie lleva tres películas seguidas que parecen exactamente la misma aventura, solo que la van repuliendo y perfeccionando. Si “Marty Supreme” es una obra maestra -la mejor película del año pasado, el rizo del puto rizo- “Good time”, con su título irónico, ya era una película que anunciaba las borrascas frenéticas que vendrían. 




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Swiss Army Man

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Rara vez dejo una película a los veinte minutos de haberla comenzado. Pero no insisto por ser un cinéfilo recalcitrante. No confundo una sesión de cine con una eucaristía de los curas. Lo hago porque me siento culpable de haberla elegido, desdeñando las demás. Pienso, avergonzado, que yo mismo la seleccioné, la descargué y me tomé la molestia de encontrarle un hueco en la agenda apretadísima... Mi parálisis es una especie de autocastigo. De cilicio neuronal. En psicología se conoce como “falacia del coste perdido” y es un sesgo cognitivo muy nocivo e insidioso. Lo mismo te jode la cinefilia que el resto de la vida.

Pero dos veces al año, tal vez tres, me armo de valor y a los veinte minutos de matraca acciono la guillotina con mi mando a distancia llamado “Robespierre”. Me quedo traumatizado apenas cinco minutos y luego retomo mi vida o pongo otra película como si nada hubiese sucedido. Podría ser un aprendizaje positivo si no fuera porque yo jamás he aprendido nada provechoso ni edificante.

“Swiss Army Man” cuenta la historia de un náufrago que se encuentra un cadáver que no para de tirarse de pedos. En la segunda escena, aprovechando los gases de su descomposición, el náufrago se monta sobre el cadáver cual moto acuática y atraviesa el ancho océano para regresar a nuestro mundo. No: no es una broma. Es un (sic) como una catedral. 

Mientras se suceden las gilipolleces, entro en internet para compartir mi asombro y allí encuentro desde valientes que la quitaron más o menos a esa altura hasta cinéfilos de pro que vieron en “Swiss Army Man” una profunda alegoría sobre la soledad y el amor homosexual. Estos últimos, supuse, ya con la película guillotinada, son los mismos que ven espíritus en las caras de Bélmez e imágenes de Dios en las nubes que sobrevuelan.





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