Breaking Bad. Temporada 4

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Viendo la cuarta temporada de "Breaking Bad" me dio por pensar en las mujeres que compartieron la serie junto a mí, en el sofá de mi casa, o en el sofá de la suya, precalentando el amor o enfriándolo tras el ardor. O sin amor a la vista, que era lo más frecuente, porque ese día me habían castigado o porque no estaba el desierto para bollos. La noche, lejos de Albuquerque, a veces era fría y rencorosa. 

- ¿Vemos otro episodio de “Breaking Bad”?

- Bueno...

También me acordé de aquella otra mujer que se negó a ver la serie en redondo, y en cuadrado, porque la consideraba tóxica y violenta. Un producto grasiento de los americanos. Nada que objetar: la viña del Señor es pródiga en variedades y todas producen su vino peculiar. Pasados los años me reencontré con ella y me preguntó, olvidadiza, mi opinión sobre “Breaking Bad”. A ella, por cierto, le parecía una serie maravillosa, puede que entre las cinco mejores de la historia. Le recordé aquellos melindres de juventud y me dijo que me estaba equivocando de ex amante, como si yo hubiera tenido tantas en realidad...

Pensaba, mientras Walter White luchaba por sobrevivir, que todas ellas, sin mí, hubieran descubierto “Breaking Bad” mucho más tarde, o a destiempo, o en boca de otro hombre menos entregado al entusiasmo. A falta de lujos y de hombrías, al menos quedó eso por mi parte: una contribución a su cultura. Una semilla plantada en la maceta, aunque alguna germinara con años de retraso. Una labor de apostolado, quiero decir. Una predicación voluntaria, no gratificada, que a veces vale más que las campañas muy costosas de merchandising.




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La captura

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Hay filmografías nacionales que te quitan las ganas de viajar a ese país. Es como si la industria del cine y la industria del turismo se llevaran a matar. Lo digo siempre que veo películas turcas, o brasileñas, o ambientadas en la India. Incluso películas que muestran la vida cotidiana en Estados Unidos, si excluyo Nueva York y puede que Massachussets. 

También me pasa, desde hace años, cuando veo una película mexicana. Las habrá de todos los colores, no digo que no, incluso comedias floridas y culebrones de burgueses, pero aquí, a las provincias, sólo nos llegan las que hablan de violencia y de pobreza. Jungla y calor, narcos y milicos. Tiros a mansalva y corruptos por doquier. Prostitutas y tequila. Iglesias de Pedro Páramo donde se exhiben calaveras humanas y van a rezar los sicarios a la Virgen. Es todo muy tétrico y desolador.

México no era así cuando yo era pequeño. O lo era, pero no trascendía. Aún no teníamos edad para ver  “Los olvidados” de Buñuel y otras películas de denuncia... México, en mi infancia, era el paraíso de las playas que aguardaba a los delincuentes gringos que cruzaban la frontera. Un país cálido y acogedor. Las parejas que se casaban en León iban casi todas a Cancún, o a Acapulco, siguiendo las huellas de los malotes. México era la patria de Cantinflas, que fue nuestro primer Chiquito de la Calzada, y también la patria de Vicente Fernández y sus mariachis cantando “El Rey” en Televisión Española: “Con dinero y sin dinero/hago siempre lo que quiero...”. La mismísima Rocío Dúrcal, aunque nacida en Madrid, ejercía de mexicana y nos parecía superguapa. México era la guarida de Speedy González y el hogar alimenticio del Cuate Orlando. Aún decimos “Cuate, aquí hay tomate”, cuando una situación promete o nos gusta el cocinero.

México era el país benefactor que acogió a los exiliados republicanos y les hizo concebir esperanzas de regreso. México era como una segunda patria para los televidentes. Y ahora, sin embargo, entre los estudiantes asesinados y las balaceras por doquier, dan ganas de viajar antes a la isla de Borneo, o a la misma Tegucigalpa.




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Backrooms

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La próxima vez que vea un cargo excesivo en la factura eléctrica voy a cagarme en los pantalones. Ya no valdrán las explicaciones habituales: que me he excedido en el uso, o que me está robando la compañía. Que un portaaviones americano está sembrando el pánico en Oriente y el sector energético se ha vuelto turulato. Después de ver “Backrooms” ya nada será como antes. Abrir la factura de la luz será como abrir el resultado de un análisis clínico, o el Whatsapp de una amante despechada. Más allá de una cifra razonable, empezaré a pensar que al otro lado de mi pared hay un mundo de locos que me está chupando la energía y cargándola en mi cuenta. Una cuarta dimensión poblada de ladrones a la que se accede como hacía Homer Simpson en su episodio: traspasando la pared como si fuera una cortina de leche que no mancha.

“Backrooms” parte de una idea original y luego aburre a las ovejas. No hace falta llegar hasta el final para anticipar que nada de lo que ves tiene sentido o congruencia. O sí, pero un sentido delirante, de esos que luego buscas en internet y producen delirios más locos todavía. En el caso de “Backrooms", ellos, los exégetas, dicen que si la física cuántica o no sé qué... Hay gente para todo. “Backrooms” es una parida mental y punto pelota. Muy original, subyugante a ratos, pero una parida. Hay quien dice que no necesita explicación, que basta con dejarse llevar por la experiencia y ya está. Pues vale. Yo no soy de esos: yo tengo un déficit cognitivo que me obliga a encontrar un hilo argumental. ¿”Backrooms” habla de un proyecto secreto del gobierno, de una epidemia de esquizofrenia, de un universo alternativo que vive tras el pladur? Supongo que ya nunca lo sabremos. 

Pero da igual. ¡Sursum corda! La mujer que pasea por el laberinto es Renate Reinsve y para mí eso ya es suficiente. Yo piso por donde pisa Renate sin rechistar, como un amante platónico, o como un niño tras el flautista, aunque el argumento termine en una alcantarilla tan sucia como indescifrable. 




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Incontrolable

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Del mismo modo que Dustin Hoffman se volvió autista de verdad mientras rodaba “Rain Man”, o que Daniel Day Lewis quedó paralítico perdido en el rodaje de “Mi pie izquierdo”, aquí, en “Incontrolable”, yo apostaría 100 dólares a que Robert Aramayo contrajo el síndrome de Tourette tras un electroshock pactado con la productora.  

El suyo es un despliegue descomunal, desconcertante. Él solo, con su galería de tics, con su acervo de procacidades, sostiene una película que es poco más que un telefilm de sobremesa: una historia de superación personal y bla, bla, bla. La enésima historia del náufrago que se salvó; la enésima omisión de las mil historias de sus compañeros que se ahogaron. “Incontrolable” la hemos visto tantas veces que ya nos la sabemos de memoria. Ninguna sorpresa nos aguarda en las calles de Edimburgo.

“Incontrolable” termina con el personaje siendo condecorado por Isabel II de Inglaterra. Largos años de labor comunitaria han conseguido colarle en la lista de meritorios. Se supone que esa ceremonia es la escena cumbre de la película. La culminación de la historia real que sustenta su guion. Pero yo, desde mi sofá, quizá porque padezco un síndrome de Tourette antimonárquico, también muy involuntario e irremediable, no dejo de pensar en la ironía de que la reina de Inglaterra, como el rey de aquí, o la infantita, condecore a alguien que se ha deslomado por el bien de sus vecinos.

Los reyes, y las reinas, y las infantas peponas, son los últimos garantes del orden establecido, de la explotación legal del hombre por el hombre. Ellos firman las leyes que nos hacen más pobres, recortan nuestros derechos o nos envían a la guerra para defender sus vidas y sus haciendas. No nos representan. No queremos que nos representen. Sus premios no son nuestros premios. Acostumbrados a condecorar a militares y a ladrones, esta medalla otorgada a un pobre enfermo neurológico no deja de ser un acto de hipocresía. Un blanqueo institucional. Yo no hubiera ido a recogerla.








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Father Mother Sister Brother

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Viendo “Father Mother etc.” me acordé de Donald Trump cuando dijo que si un día le pegara un tiro a cualquier transeúnte la gente le seguiría votando con entusiasmo. Lo terrible no era la bravuconería: lo terrible es que tenía razón. 

Jim Jarmusch, armado de una cámara y paseando por Nueva York, podría decir algo muy parecido sobre los críticos de cine: van a seguir alabándome aunque ruede películas tan perezosas y aburridas como ésta.

Jim Jarmusch nunca ha sido un santo venerado en mis altares. Quitando “Flores rotas” y “Patterson” no termino de pillarlo. Jarmusch, para mí, es un cometa de órbita excéntrica y alejada de mi sentir. No sintonizo con su frecuencia. Recuerdo que siendo joven, en el seminario de los cinéfilos, ya le confesaba al padre prior que Jim Jarmusch no me gustaba demasiado. Él alarmado, santiguándose repetidas veces, me reconvenía con un par de latinajos y me tenía media tarde de rodillas frente al altar, recitando el Padrenuestro.

Los críticos de la prensa seria, sin embargo, que sí fueron alumnos creyentes, respetuosos con el canon, le ponen muchas estrellas y muchos piropos a “Father Mother no sé qué”. Pues bueno. Yo también venía a dejarme seducir, lo prometo, porque las familias disfuncionales -¿existe una familia funcional?- siempre dan mucho juego en los argumentos. Pero nada. Naranjas de la China. O de California. “Father Mother y los chavales” es una oportunidad perdida para responder a esa pregunta que a todos nos reconcome: ¿por qué seguimos visitando a nuestros padres? ¿Por qué seguimos atendiendo a nuestros hijos? ¿Qué nos une cuando pasan los años y afloran las diferencias, se ensanchan las distancias, se amargan los caracteres? ¿Dónde termina el amor incondicional? ¿No es acaso eterno, por incondicional? ¿O sólo es la inercia que nos lleva? Preguntas relevantes, de calado, que Jim Jarmusch prefiere obviar con su hieratismo bobo, con su humor incomprensible. Y por tres veces además, en tres historias deslavazadas. Bah.





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Déjate ver

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“Déjate ver” es una alegoría sobre la búsqueda de la fama. Y digo alegoría porque es un surrealismo como de Buñuel, como de David Lynch en un día de primavera, benévolo y bienhumorado. 

"Déjate ver" es una fábula amable pero punzante. Un cuento sobre ser y no ser, estar y no estar. La misma Macarena Sanz parece una mujer hecha de mentira, medio poética, toda ella de algodón. Es tierna y sagaz, sosegada y valiente. Tan lista como achuchable. ¿Se puede decir achuchable? ¿Corro el riesgo de que “me desaparezcan” de la red? ¿Se le puede pedir matrimonio, llegado el caso, a un personaje de ficción?

La fama de nuestros tiempos ya no se parece a la fama resudada que predicaba la profesora Lydia a golpe de bastón. Han pasado casi 50 años desde aquellas meritocracias que moldearon nuestro voto. Antes, para ser famoso, había que hacer algo: salir en películas, descubrir continentes, dirigir naciones, bailar como los ángeles, meter golazos por la escuadra... Desarrollar una vacuna. Ahora, en cambio, basta con saber colocarse, con echarle jeta, con ser meramente guapo, o guapa. Se puede ser famoso sin ofrecer nada más que la misma fama, hueca e improductiva. El ingenio y el talento siguen contando, pero cuentan cada vez menos. Y además: ¿quién define lo que es meritorio y lo que no? ¿Los críticos, la gente, el productor televisivo...? Son tiempos confusos.

“Déjate ver” es una serie que volaba por debajo de mi radar porque es una producción de Atresmedia, y Atresmedia, para mí, es como un planeta ignoto que emite señales en otra dirección. Pero a veces, en el espectro electromagnético, se producen carambolas, desviaciones imprevistas, y un buen día, al encender mi televisor, apareció Macarena Sanz con sus dedos menguantes y fantasmales. Me reconocí al instante en su quejido porque a mí, anónimo como pocos, también se me apagan los órganos y los tejidos. Luego, con el correr de los episodios, ya vino la admiración. Y el amor, platónico, ya digo.





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¿Quién puede matar a un niño?

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De los seres humanos ya se han vengado todas las criaturas imaginables en la ficción. Lo hicieron los pájaros de Hitchcock y los árboles de “El incidente”. También una orca que perdió a su familia en “Orca, la ballena asesina”. Y los monos, por supuesto, en “El planeta de los simios”. Me falta una de toros empalando a sus toreros para montar un ciclo de cine pedagógico.

Nos lo tenemos merecido. No hay nada que nos exima. El ser humano es una desgracia para cualquier ecosistema donde se pose: depredamos, asesinamos, contaminamos... Somos la plaga bíblica que no figuraba en las Escrituras. Y cuando se trata de lidiar con nuestros semejantes, somos más salvajes todavía: para esa lucha inventamos la bomba atómica, el napalm, la cámara de gas...

Faltaban los niños, esas criaturitas, por vengarse de nosotros. Vengarse a palos, quiero decir: a cuchilladas, a guadañazos, a disparos de metralleta. Lo que haga falta. Esa película de terror se le pudo ocurrir a cualquiera pero se le ocurrió al barbas que dirigía el “Un, dos, tres”, ya ves tú. 

Los niños sufren las guerras, las hambrunas, los accidentes de tráfico y las travesías en patera. Ellos heredan la locura, el alcoholismo, la estupidez... Son sujetos pasivos con derecho al pataleo. Son víctimas en el sentido más inocente de la palabra. Su única esperanza es que caigan muy rápido las hojas del calendario.

El problema de “¿Quién puede matar a un niño?” es la definición misma de la niñez. En Almanzora -esa isla imaginaria entre Algeciras y Estambul- hay niños asesinos que son como querubines y niños creciditos -muy parecidos a Javi y a Pancho en “Verano Azul”- que ya se hacen pajas indudables. Hay niñas con miradas angelicales y adolescentes resabiadas con chispazos de Lucifer. Los límites de la niñez no quedan aclarados. Es otro de los misterios que se llevó la brisa marinera. 




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No desearás al vecino del quinto

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Yo deseaba a mi vecina del cuarto. Primero con la inocencia de la niñez y luego con la lascivia de la pubertad. Pero una lascivia enamorada. 

Se llamaba Eva y era dos años mayor que yo. Ahora que ya estamos creciditos sería una distancia irrisoria, pero entonces era un abismo inabordable. Cuando me enamoré de ella, siendo todavía un colegial de pantalón corto, Eva ya iba de la mano con novios imbatibles, que tenían moto o estaban a punto de obtenerla. Eva fue mi primer amor platónico; el primero de una larga lista que todavía no ha colocado su último nombre. Mi primer crush, que dirían ahora  los chavales. 

En mi casa no había ascensor, así que me la cruzaba por la escalera cuando íbamos y veníamos de los colegios. Yo me azoraba, la dejaba pasar, le decía hola con un hilillo de voz amordazado, y ella, a cambio, me sonreía sin intención, tan distante como educada. Eva era rubia y tenía los ojos como el mar. Un poco pija, quizá, ahora que la repienso. Sus padres, aunque vivían en nuestro bloque de proletarios, tenían una casa cojonuda en un pueblo de las montañas. Veraneaban en agosto, y eso, en mi calle, ya era una práctica de aristócratas. Eva y yo ni éramos coetáneos ni pertenecíamos a la misma clase social. Eva era inalcanzable y etérea, tal vez un recuerdo imaginado. 

Pero no: no era un recuerdo imaginado. Su perfil apareció hace pocos meses en mis sugerencias de Instagram. Quitando un par de desconchones está tan guapa como siempre... Juro que yo no la busqué, sino que fue el algoritmo, ese demonio juguetón, quien hizo sus cuentas y me la ofreció. El algoritmo se ha vuelto tan sabio que ya lee directamente en nuestros corazones. O ha hecho sus cálculos esotéricos y ha llegado a la conclusión de que después de cuarenta años buscando a otra mujer, Eva, tan originaria y primordial, es el cierre y el comienzo. El alfa y el omega. El punto de llegada de una peripecia circular. 

(¿La película?: horrorosa. Muy mala. Tan casposa como necesaria. Pero digo yo: para saber adónde vamos es necesario saber de dónde venimos).





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