Ciudad de las Estrellas

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De chaval yo siempre iba con los soviéticos en cualquier pelea que emprendieran. Les animaba en la Guerra Fría y en los Juegos Olímpicos; en los Mundiales de Ajedrez y en las batallas de “Top Gun”; en los Mundiales de Fútbol y en las películas de Stallone. Un día de estos, sólo por chinchar, pondré a Iván Drago en todos mis avatares. Yo fui el único niño que lloró su derrota en el cine Condado de León, tomado por aquella turba capitalista que aplaudía emocionada. 

Me hice prosoviético el mismo día que Lamo Castillo, aquel árbitro falangista, les atracó a mano armada en el Mundial 82, jugando contra Brasil. Recuerdo que mi padre le gritaba a la tele que siempre igual, que vaya hijo de puta, que siempre robando a los rusos porque querían el reparto de la riqueza y el consuelo de los pobres... Así fue como me enteré, con apenas diez años, de que eran ellos, los que llevaban la CCCP en el pecho, los que sostenían nuestra esperanza y nuestro orgullo de pobretones. 

Aquella noche de junio me hice comunista para siempre y desde entonces he ido surfeando las olas y las tempestades. He renegado de la hoz las mismas veces que me reconcilié con el martillo. Una vez nadé muy lejos, engañado por la publicidad, pero las olas -turbulentas, inmisericordes con los parias- me devolvieron a la playa. 

Nunca me sentía más orgulloso de los tovarichs que cuando lanzaban con éxito sus naves espaciales. Cada vez que los americanos fracasaban en una aventura yo descorchaba una botella de KAS Naranja para celebrarlo; cada vez que un astronauta ruso llegaba sano y salvo a la Estación MIR, hacía lo mismo con una botella de KAS limón. El prestigio de la URSS se jugaba más en las estrellas que en los tartanes del atletismo, y los americanos, que lo sabían, les arruinaron el invento con una lluvia de billetes.

Ahora, en las series de la tele, los yanquis hacen escarnio de aquellos logros cosmonáuticos. Y yo pienso, sin embargo, que parece mentira que los rusos pudieran levantar todo aquello con cuatro rublos miserables y más psicópatas armados que ingenieros competentes. 





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Jóvenes prodigiosos

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Hace exactamente 10 años menos un día, el 30 de octubre de 2016, yo también estaba viendo “Jóvenes prodigiosos” tumbado en mi sofá. Lo recuerdo porque esa noche conocí a Nefernefernefer. O mejor dicho: la conocí en carne y hueso, porque ya la conocía de antes, chateando en internet. Hasta esa noche, justo antes de Halloween, Nefernefernefer era una mujer digital enmascarada bajo avatares medievales: siempre guerreras pelirrojas que blandían espadas como Juana de Arco enardecida. 

Tuve que haber sospechado, pero me pudo la curiosidad. 

Iba a decir que antes conocí su cuerpo que su voz, como en la canción de Sabina, pero no es cierto. Recuerdo que después de ver “Jóvenes prodigiosos” regresé al ordenador para escribir, o al menos para intentarlo, un poco como Michael Douglas en la película. Y un poco también con sus pintas: desaliñado, mal afeitado, con una bata de andar por casa mal anudada. La diferencia es que yo no era famoso ni estaba escribiendo una segunda novela. Escribía, de hecho, estas mismas sandeces de ahora: eran los inicios de este diario en marcha, de esta ocurrencia sin final.

De pronto recibí la llamada de un número desconocido. “Soy yo, la guerrera. Te espero dentro de media hora en el bar que me digas. Ven aseado. Si en media hora no apareces, me piro”. Le dije hora y lugar y ella colgó al instante. 

Tuve que haber sospechado -todavía más, porque yo nunca le había dado mi número de teléfono- pero andaba calenturiento y quería pasear.
 
Lo que pasó esa noche -y los tres años siguientes- es material comprometido. Está disponible en la versión de pago porque contiene pecados mortales que asustarían al mosén. La verdad es que no éramos jóvenes, ni prodigiosos. Solo diré que no fue una comedia con final feliz, como éste de la película. Eso solo pasa allá, en Jolivú, como decía la lista de mi abuela.




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L. A. Confidential

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Por las mañanas, mientras me ducho, no hago aquello que hacía Lester Burnham para animarse, sino pensar en la película que veré cuando lleguen las diez de la noche y la realidad comience a disolverse. La película que disfrutaré después de los dolores, como diría Chiquito de la Calzada.

Para Lester Burnham lo mejor del día estaba justo ahí, en la ducha matinal, y en aquello otro, y el resto era aburrimiento y decadencia. Pero para mí es justo lo contrario: el comienzo del día es una tortura y luego le voy cogiendo el tranquillo hasta llegar a su desenlace, que es la hora de la peli. La happy hour. El reposo alternativo del guerrero.

Hay días que tengo la película elegida de antemano y otros que me dejo llevar por el impulso. O por una recomendación llovida de los cielos, en forma de radiación. A veces, en los podcasts, sueltan el nombre de una película que hace tilín en mis meninges y se convierte en una visión urgente, inaplazable, como una comezón que hubiera que rascarse cuanto antes.

Ayer, en las ondas, empezaron a hablar de “L. A. Confidential” y me di una palmada en la frente como aquella del niño de los donuts: “¡Hostia, L. A. Confidential!” Sentí un poco de vergüenza porque la tenía arrumbada en mi recuerdo. Malgasto medio vida viendo películas bobas e intrascendentes y luego, para recobrar los clásicos indudables, necesito que alguien me grite a través de los auriculares. Es el desgobierno cognitivo de los cinéfilos de segunda.

“L. A. Confidential” es, además de una obra maestra, un desafío para la mente. En 1997 sólo tenían teléfono móvil los muy ricos, o los muy gilipollas, así que nos sentábamos a ver la película con los ojos bien abiertos. Nunca nos perdíamos en esta trama diabólica de detectives corruptos y prostitutas operadas. Ahora cuesta. La tentación no vive arriba, sino que yace a nuestro lado. Hoy he superado la prueba de “L. A. Confidential”, pero he terminado turulato. Me he sentido treinta años más viejo, que parece una obviedad, pero yo sé lo que me digo.




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A nuestros amores

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Todo el mundo quiere acostarse con Sandrine. Ella tiene un aire, no sé, a la Venus de Botticelli. Por donde quiera que va levanta cejas de admiración, más o menos disimuladas. El problema, el cogollo de la trama, es que Sandrine vive al otro lado de la ley porque solo ha vivido 16 primaveras parisinas. 

En el siglo XXI, “A nuestros amores” sería una película inasumible, carne de coloquio visceral, pero como estamos en 1983 y aquí rige otra moral, también revolotean a su alrededor hombres más o menos creciditos. Entre ellos su padre, un poco, y su hermano, aunque disimule. Estamos hablando, por supuesto, de una familia problemática, prácticamente delictiva: un ecosistema genético donde reina la lengua viperina y donde Sandrine, la pobre, siempre acaba con un tortazo en la cara o un tirón en los cabellos.

Sandrine buscará fuera de casa el amor que no encuentra dentro de ella. Es guapa, y lo sabe, y lo explota con ahínco. Los mayores de edad van cayendo como moscas en su cama, como muescas en su revólver. Pero con ellos no consigue apagar su fuego interior, la rabia acumulada, así que, entremedias, también se acostará con compañeros de instituto y con turistas americanos muy chulos y resultones. Con cualquiera menos con su novio oficial, al que regala la flor de su virtud para que se sienta especial y distinguido. 

El novio, claro, no está conforme con el reparto y demanda su cuota de dormitorio. Pero nada: naranjas de la china. El chaval debería darme pena, pero no me la da. Es un guaperas repeinado, y yo, por una cuestión de principios, tengo que desearle lo peor. Si no cae Sandrine, pues caerá Sandrina, o cualquiera de sus amigas. Estos suertudos nunca conocieron el hambre ni la necesidad. 

Ni siquiera Sandrine me cae especialmente bien, a pesar de su infortunio: me la imagino de compañera mía en el instituto y se me esfuma la empatía: por ahí viene, altanera, pagada de sí misma, sorteándome en el pasillo como quien evita una columna o una papelera desplazada.




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Cyrano de Bergerac

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El amor secreto ha tenido muchos nombres a lo largo de la historia. Los griegos lo llamaron “amor platónico”; los chavales de mi generación, “estar colado”; y los muchachos de ahora, tan angloparlantes, “crush”. A mí me gusta mucho esto de “crush”: es sonoro, contundente, con sabor a chocolate. Se parece mucho a “crunch”, pero también a “crash”, que es pegarse un gran hostiazo.

Se llame como se llame, la Inteligencia Artificial nos recuerda que el amor secreto, entre otras cosas, siempre es unidireccional e inalcanzable. Y a larga, porque no hay cuerpo que lo aguante, ni espíritu que lo resista, efímero. De ilusiones vive el tonto los cojones hasta que despierta de su sueño. Las mariposas en el estómago terminan muriéndose por falta de nutrientes. Ellas viven de las miradas fugaces y de los malentendidos bobos, que al final tienen poca grasa y escasa proteína. La visión del crush, tan buscada, pero tan inútil, aporta una glucosa de gominola agripicante .

Los que estamos en el bando de Cyrano sabemos mucho de amores irrealizables. Los guapos, y las guapas, en cambio, no saben de qué hablamos. Ellos están acostumbrados a meter la moneda y ganarse su juguete. No conciben una avería mecánica, ni una negativa por respuesta. Son como hijos de ricachones. Escoger y ser escogido se da por descontado en sus escarceos de Versalles. 

Aquí, en cambio, en el lado chungo del espejo, el que no tiene una nariz como Cyrano, tiene otros defectos insostenibles. Cuatro siglos después de que Cyrano penara por su nariz ya puedes operarte algunas cosas, o reimplantarlas, o disimularlas con mucho esmero. Las ciencias adelantan que es una barbaridad.  Pero todo esto resulta caro, o muy caro, y no anda el horno para bollos. Y además sigue habiendo cosas inoperables. La edad es una de ellas. 





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El castillo

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El problema de “El castillo” es que su labor pedagógica va a caer en saco roto. Los que no vamos de putas a sitios como estos -ni a ninguno parecido, porque nos conformamos con prostituciones de andar por casa, de te quiero mucho si me invitas a cenar- vamos a seguir transitando por las carreteras nacionales con un gesto de extrañeza: “¿Pero aún existen estos tugurios?”. Y los que van a los clubs alegremente, porque se la trae floja la condición de estas mujeres, ni van a ver “El castillo” ni van a dejar de ir porque la vean. No van a perder la desvergüenza ni la erección por una serie de la tele. “Ay, vaya, yo estas cosas no las sabía...”. 

Son esos esfuerzos loables, pero muy bobos, de las fuerzas progresistas. “El castillo” es como esas charlas de los colegios para formar padres responsables, a las que solo acuden, por definición, los padres responsables. Una encomiable redundancia. Cuatro gatos que se miran y se reconocen. Una pérdida de tiempo en realidad, más allá de saberse parte de una comunidad civilizada. Un orgullo en el alma, quizá. 

Los creadores de “El castillo” tal vez se crean regeneradores de la sociedad, evangelistas de una nueva mentalidad -abolicionista, para más inri, en el rizo la utopía, o de la inopia- pero no moverán ni una sola voluntad por el camino. Predican para convencidos, y para convencidas. Para ovejas que ya viven en el rebaño. “El castillo” será, como mucho, otra denuncia acumulada. Un desahogo de la rabia. Una declaración de principios que por otro lado ya nos era conocida. 

La serie, además, tampoco es nada del otro jueves: un ejercicio desmayado, interesante a ratos, deslavazado casi siempre. La trama de los locales es sucia y descarnada, pero la trama policial es como si la fueran improvisando. Laia Marull pasaba por allí con cara de no entender nada. Y el policía de las cejas, tres cuartos de lo mismo.






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Grand Canyon

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“Grand Canyon” cuenta la historia de unos burgueses californianos que nunca han leído “El Capital”. Yo tampoco lo he leído, por cierto, pero conozco sus enseñanzas. Sé, como sabe cualquiera con dos dedos de frente, que cuando aumenta la brecha económica repunta la violencia. Y más si vives en Estados Unidos, donde la brecha entre clases tiene la profundidad y la anchura del Gran Cañón del Colorado, y donde la violencia, cuando estalla, no se parece en nada a la de aquí, con cuatro jóvenes rompiendo cristales al rebufo de la manifa.

Cuando el rico se pasa de avaricioso, los esclavos del sistema se vuelven... belicosos. Se desesperan. Sin trabajo, o más exprimidos todavía, ya les queda poco que perder. Los hay que prefieren seguir el camino de la honradez y otros que deciden tirar por el camino de la aventura. Los locos dejan de tomar su medicación y los servicios sociales no dan abasto con la ayuda. Se recortan fondos y garantías. Hay gente que recae en la droga y gente que, en Estados Unidos, recae en el uso de las pistolas. Hay barrios que se hunden en la miseria y así comienza el run-rún de los raperos, a bordo de los Humvees sin coraza.

Es una ley de causa-efecto que estos burgueses de Los Ángeles ni siquiera se plantean. Después de verse involucrados en varios asaltos y tiroteos, se pasan toda la película rascándose la cabeza y diciendo cosas como “el mundo se ha vuelto loco”,  o “este país se va a la mierda”. Pero ellos lo achacan todo a la violencia que campa en las películas, como si las películas violentas fueran la causa del destrozo, y no simplemente su reflejo. 

Piensan, también, que hay algo raro en el aire: tal vez una insania colectiva, o una cólera de los cielos. Cualquier cosa menos palparse los bolsillos y contar cuántos dólares les separan de esa gente desesperada. Son unos memos de cuidado. No despiertan mi simpatía. Me aburro mucho con “Grand Canyon”. Sólo me interesa, y a ratos, su música insidiosa. He descubierto, para mi sorpresa, que era la banda sonora que saludaba y despedía la NBA en Movistar +: otro tiempo feliz asesinado por la cuenta de resultados.





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Te amaré hasta que te mate

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No ha sido fácil piratear “Te amaré hasta que te mate”. Apenas pude encontrar esta versión en dual, sin subtítulos, con un giga y medio de calidad auriñaciense. Ha sido el regalo pobretón, pero generoso, de un anónimo samaritano. De un buen aficionado al cine que quizá es un poco como yo: un cutre, pero un perseverante. Un nostálgico de las comedias donde Kevin Kline se desataba y no dejabas de sonreír.

“Te amaré hasta que te mate” no está cancelada, pero es como si lo estuviera. Quizá por eso ha sido barrida de los archivos compartidos. Su título, como dicen los chavales de ahora, da mala vibra. Treinta y seis años después, en las páginas de sucesos, salen muchos tipos que también juraron amarla hasta que la mataron... Y aunque en la película de Lawrence Kasdan es ella la asesina y él el asesinado -o lo son, al menos, en teoría, porque todo es chapuza y en el fondo comedieta- el telón lleva una mancha ignominiosa y ya nadie quiere descorrerlo. Es el signo de los tiempos. Quizá por eso -ahora que lo pienso- el Ministerio de Igualdad no ha tomado cartas en el asunto: porque no conoce la existencia de la película. Y porque los géneros están invertidos y eso ya excede sus competencias.

También pensaba, mientras veía la película, que lo difícil no es matar a alguien cuando toca defenderse, o ya no queda otro remedio, sino matarlo sin que te pillen. He ahí la ciencia y el escollo. Los creyentes temen al Ojo Triangular que todo lo ve, y los ateos, al detective de Baker Street que todo lo adivina con su lupa. Pero es eso: el miedo. No exactamente el escrúpulo o el mandamiento. Si tuviéramos superpoderes psíquicos y pudiéramos matar pestañeando, cuántos no caerían fulminados mientras vemos el telediario o asistimos a las fiestas patronales.





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