A lo mejor soy yo, que me dejo llevar por la
nostalgia, pero tengo la impresión de que este país era más feliz hace cuarenta
años, cuando Fernando Colomo rodaba comedias como “Bajarse al moro”: películas
imperfectas, poco oscarizables, pero que traslucían una España jovial y
esperanzada. Cine descocado, sin grandes pretensiones, que te contagiaba el
buen rollo para toda la tarde, como si el humo de los trujos traspasara la
pantalla e inundara las habitaciones de los que no fumábamos ni en pipa.
En los tiempos de “Bajarse al moro” -que hoy en día sería
cancelada por el Santo Oficio de las Moradas- apenas llevábamos tres años
siendo europeos y ya nos llovía el maná que arreglaba las carreteras y
construía polideportivos. En el fondo seguíamos siendo africanos del Norte,
y bajarse al moro no era más que aprovisionarse de mandanga en África del Sur.
Éramos un crisol de culturas algo retrasado en lo social, y en lo económico, pero un reino intermedio de
optimismo y de jolgorio.
Los curas se batían en retirada y los fachas parecían a punto de extinguirse. Eran unos tiempos mejorables, pero cargados de utopía. Nos gobernaba una socialdemocracia que no se parecía en nada a la escandinava -es más, que renegaba de ella- pero nosotros, tan bobos, nos creíamos protegidos por su escudo. Para no mirar donde no debíamos- que siempre es la caja del dinero- los que ya eran exsocialistas en la intimidad nos trajeron el avance social y el progreso en las costumbres. España se llenó de rock and roll y de cine transgresor. De tendencias sexuales y de prácticas libertarias. La jodienda pasó a ser una celebración de los sentidos y la Iglesia Católica una banda terrorista contraria a la alegría. Aparecieron los condones, y los tangas, y los cigarros de la risa, que en “Bajarse al moro” son el mcguffin que anima el cotarro de Madrid.
Sólo los más descerebrados, y los más marginales, cayeron en los excesos que otros usaron como propaganda contra Epicuro.
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-¡Yanqui, que eres un yanqui!
- Se dice yonqui, mamá.







