Swiss Army Man

🌟


Rara vez dejo una película a los veinte minutos de haberla comenzado. Pero no insisto por ser un cinéfilo recalcitrante. No confundo una sesión de cine con una eucaristía de los curas. Lo hago porque me siento culpable de haberla elegido, desdeñando las demás. Pienso, avergonzado, que yo mismo la seleccioné, la descargué y me tomé la molestia de encontrarle un hueco en la agenda apretadísima... Mi parálisis es una especie de autocastigo. De cilicio neuronal. En psicología se conoce como “falacia del coste perdido” y es un sesgo cognitivo muy nocivo e insidioso. Lo mismo te jode la cinefilia que el resto de la vida.

Pero dos veces al año, tal vez tres, me armo de valor y a los veinte minutos de matraca acciono la guillotina con mi mando a distancia llamado “Robespierre”. Me quedo traumatizado apenas cinco minutos y luego retomo mi vida o pongo otra película como si nada hubiese sucedido. Podría ser un aprendizaje positivo si no fuera porque yo jamás he aprendido nada provechoso ni edificante.

“Swiss Army Man” cuenta la historia de un náufrago que se encuentra un cadáver que no para de tirarse de pedos. En la segunda escena, aprovechando los gases de su descomposición, el náufrago se monta sobre el cadáver cual moto acuática y atraviesa el ancho océano para regresar a nuestro mundo. No: no es una broma. Es un (sic) como una catedral. 

Mientras se suceden las gilipolleces, entro en internet para compartir mi asombro y allí encuentro desde valientes que la quitaron más o menos a esa altura hasta cinéfilos de pro que vieron en “Swiss Army Man” una profunda alegoría sobre la soledad y el amor homosexual. Estos últimos, supuse, ya con la película guillotinada, son los mismos que ven espíritus en las caras de Bélmez e imágenes de Dios en las nubes que sobrevuelan.





Leer más...

Upon Entry

🌟🌟🌟🌟🌟


Yo creo que rodaron “Upon Entry” para quitarme las ganas de viajar a Estados Unidos. Para que me lo piense dos veces antes de iniciar allí una nueva vida, o de tomarte una simple foto con la Estatura de la Libertad. Sospecho que la película -casi un cuento de terror- formaba parte de una campaña subvencionada por el gobierno para descongestionar los aeropuertos y evitar que se les colara algún comunista indetectable.

Todos conocemos a alguien que ha pasado por esta experiencia humillante: algún famoso de la tele, o algún primo del pueblo. Uno que aterrizó en Estados Unidos tan campante y fue conducido a unas mazmorras donde le miraron hasta el ombligo simplemente por tener la tez oscura o por tartamudear en el interrogatorio. O por haber leído las obras completas de Lenin, que ya todo lo canta el ordenador. Yo mismo lo tendría crudo para entrar en los "States", si se pusieran a inspeccionar. Y es una pena, la verdad, porque me gustaría conocer Nueva York, y California, y Albuquerque, que son mis segundas patrias de las películas. 

Pero “Upon entry” no es solo una pesadilla fronteriza. Superado el parecido inicial con “El Proceso” también nos habla del amor globalizado. De la estafa que nos acecha. De la crisis de la pareja en el siglo XXI. Del límite difuso que a veces separa el amor conveniente del amor de conveniencia. "Upon entry" nos recuerda que en realidad nadie conoce a nadie, ni siquiera en los amores más puros y sinceros, hasta que un día traspasas la frontera decisiva.



Leer más...

Noticias del gran mundo

🌟🌟🌟🌟


A veces, cuando miraba a mi perrete aburrido en el sofá, me preguntaba si esa vida era la más adecuada para él. Eddie, a su modo, también era un kiowa de las praderas: un salvaje que apareció abandonado como la niña Johanna de la película. Eddie, conmigo, tenía el sustento asegurado y un radiador para el invierno. Tenía hasta sanidad privada, el muy jodido, aunque al final no le sirviera para nada... Y sin embargo, yo sentía que mi casa no era su lugar: que él hubiera sido más feliz vagabundeando, libre como un indio, cazando durante un rato y luego tirándose a la bartola en cualquier lugar, a la sombra de un árbol o al solete de unas hierbas.

En cuanto a mí, que sigo más o menos vivo y coleando, siempre he sabido que La Pedanía no es mi lugar aunque a veces le saque fotos para Instagram. Siento que me pasa lo que a Tom Hanks en la película: que he emprendido una huida que ya dura demasiado tiempo y que no me atrevo a detener el carromato. Tom Hanks sabe que su lugar en el mundo está en San Antonio, pero le faltan las agallas y le carcomen los recuerdos. Yo, por mi parte, siento que mi sitio está muy lejos, en el norte brumoso, como si las olas me llamaran y la lluvia fuera mi elemento. Pero nunca he tenido el valor de hacer el petate para llegar hasta la orilla prometida.

Para seguir procrastinando con mi destino tengo las estadísticas de mi lado. Es más fácil llegar a la jubilación en el siglo XXI que en el Far West del siglo XIX. Hanks, en la película, en un viaje de pocas semanas, tiene que enfrentarse a tiroteos, a un tornado, a un accidente de carromato, a un brote de cólera, a una maldición atravesada que le lanzan los kiowas... La muerte le roza en demasiadas ocasiones y al final concluye que ya es hora de dejar de hacer el indio -siendo el, además, un ex capitán del Séptimo de Caballería. Pero yo, de momento, sigo aquí, leyendo las noticias del gran mundo, agarrado como un cobarde al sueño de emigrar y a la esperanza de vida que marcan las estadísticas. Por si un día me envalentono.




Leer más...

Breaking Bad. Temporada 1

🌟🌟🌟🌟🌟

En los extras del DVD -sí, del DVD, soy así de anticuado, y de fiel a mis pertenencias- puede verse una entrevista realizada a Vince Gilligan y a Bryan Cranston en el año 2008. Es el momento fundacional. Gilligan ya no era un chaval, pero lo parecía, con esa pinta de nerd algo petulante que sigue mostrando en la promoción de “Pluribus”. Cranston, por su parte, responde a las preguntas como si aún fuera al padre de Malcolm en “Malcolm in the Middle”: un señor de 52 tacos con espíritu de niño. Le preguntan, por ejemplo, si le costó mucho meterse en el papel de un cocinero de metanfetamina: “No, no mucho. Es lo que hago habitualmente en mi vida cotidiana”.

Los entrevistadores son dos críticos que trabajan para AMC, la misma productora de “Breaking Bad”. Todo queda en casa porque se trata de una entrevista promocional. La AMC acaba de forjarse un prestigio gracias a “Mad Men” y en la entrevista reina un optimismo contagioso ante el estreno de esta serie rompedora. El tránsito de Madison Avenue a los desiertos de Nuevo México -ya sin hombres guapísimos, ni mujeres de bandera- no parece preocupar a los críticos que preguntan, ni a los ejecutivos de la cadena.

Al final de la entrevista, le preguntan a Vince Gilligan si le han rasurado sus guiones al pasar por peluquería. “No”, responde Gilligan. “Me han dado entera libertad”. En ese momento -no antes, porque soy medio bobo- me di cuenta de que estaba asistiendo al nacimiento de un universo. Uno con minúscula, pero la hostia de importante. Uno que se ha expandido como el Universo que nos contiene hasta llenar gran parte de nuestras vidas -las aburridas, sobre todo. 

Gilligan, en la entrevista, era como Dios justo antes del Big Bang. Un creador absoluto, omnipotente, capaz de crear mundos enteros a partir de una fluctuación en el vacío. En el primer segundo de la Creación sólo existía un profesor de química con cáncer de pulmón; luego, gracias a la expansión incontenible del espacio y del tiempo, llegaron todos los demás, Kim Wexler incluida. 

Ahora mismo, en ese infierno terrenal de Albuquerque ya viven incluso extraterrestres.












Leer más...

Rental Family

🌟🌟🌟


“Rental Family” no vende los mismos servicios que “Familia S. L.”, aquella empresa que alquilaba parientes en la película de Aranoa. Son empresas distintas ubicadas en países diferentes. Y lejanos, muy lejanos. En lo geográfico y en lo social. "Japón, miá que está lejos Japón...". Si nosotros somos “gaijines” -completos inútiles- para entender la cultura del sol naciente, ellos, los nipones, cuando llegan al sol poniente, se dedican a fotografiarlo todo para disimular que tampoco se enteran de casi nada.

En “Familia” nadie engañaba a nadie. Tú mismo llamabas a la empresa para alquilar, por ejemplo, una esposa ideal para el cóctel de la empresa, o una familia completa para la paella del fin de semana, con todos los extras disponibles: el cuñado fascista, la suegra regañona, el adolescente insoportable... Aquel era un negocio sin aristas morales. Una fábula agridulce sobre la soledad. “Rental Family”, en cambio, se dedica a engañar a los cuitados japoneses. Y a las cuitadas. No la contratas tú, sino que la contratan a tus espaldas, tus seres queridos, que se preocupan por ti. Si necesitas -como sería mi caso- alguien para hablar de fútbol o del snooker en Eurosport, tu familia te alquila un amigote que de pronto aparece en el bar para darte conversación. Uno que finge ser un recién llegado a la ciudad, pero que en verdad es un actor contratado para que ya no te sientas tan solo en este mundo. 

En “Rental Family”, por ejemplo, Brendan Fraser, finge ser el padre de una huérfana y el admirador de un escritor sin admiradores. Mientras él les engaña por dinero, ellos le toman un cariño desmedido. Parece una buena obra de los familiares preocupados, pero a mí me parece un tejemaneje inquietante. Mientras veía “Rental Family” me dio por pensar cuántas personas que han pasado por mi vida eran de verdad lo que decían, o eran actores -sobre todo actrices- contratados para mi bien. O para mi desgracia. Cuántos eran quienes decían ser y cuántos, cuando yo no estaba presente, sentían remordimientos por estar engañándome como a un chino. O como a un japonés. 




Leer más...

Send Help

🌟🌟🌟🌟


Le debo mi supervivencia a la tecnología. Bendito sea el microondas. Hace miles de años, abandonado a la intemperie de la sabana africana -o ahora mismo, naufragado en la isla desierta- no duraría más allá de un estómago vacío o de un enfrentamiento con las fieras. Mis antepasados sí lo hicieron y yo soy la prueba viviente de sus habilidades. Qué pensarían de mí aquellos titanes del ecosistema, si diez mil años después me vieran tan torpe para todo... O no: tal vez me confundirían, asombrados para bien, con una especie de mago que convoca la comida y la calienta sin el fuego. 

No estoy hablando de mi incapacidad para encender una fogata o matar un mamífero para comer: es que no sabría cultivar un huerto de tomates o construir una casa con ladrillos. Ni siquiera con hojas de palmera. Tampoco sabría confeccionar una vestimenta que soportara la primera brisa del atardecer. Ni distingo las hierbas nutritivas ni adivino la dirección de los vientos. Soy un inútil integral. Nací sin ese módulo en el cerebro o con el módulo cortocircuitado. Aprendí muy tarde a atarme unos míseros cordones, así que ya ves tú el panorama. Soy un disléxico de las manos; el “Homo dishabilis” de mi especie.

“Send Help” me recuerda todo eso y me río como un tonto. Es la sublimación de la penuria. Es una película imperfecta pero recomendable. Una gamberrada que se agradece. En los tiempos del algoritmo, Sam Raimi se ha salido por peteneras: no habrá redención para los naufragados, ni romanticismo bobo, ni lecciones de vida. Tampoco sermones de autoayuda ni ayuda del exterior. Todo será un puro desamparo. 

Pase lo que pase, el jefe machirulo seguirá siendo un imbécil integral y la empleada mañosa una loca desatada. Cuando se trata de la lucha de clases no hay entendimiento que valga. Cuando se trata de la lucha de sexos, tampoco. Lo primero es bueno que así sea; lo segundo no, pero se empeñan en enfrentarnos.






Leer más...

Rondallas

🌟🌟🌟


“Rondallas” es eso que ahora llaman una feel-good movie. Antes las llamábamos comedias amables, o de buen rollo. Es lo mismo, pero traducido. 

En el microuniverso de “Rondallas” todo el mundo es inofensivo y tiene un corazón de mazapán. Sólo a veces, en invierno, porque el clima en Galicia se vuelve desapacible, brota algún malicioso con ganas de joder la bonhomía. Pero al final, cuando llega la primavera, todos los retorcidos se arrepienten y todos los canallas cambian de parecer. 

Tampoco les queda otra: aquí, al malvado, lo hunden en el fondo del océano. Estos pescadores, y estas mariscadoras, están muy curtidos en su batalla contra el mar. Son muy buenos por las buenas, pero se transforman en ángeles justicieros cuando alguien se sale por la tangente. En este pueblo de cuento -porque “Rondallas” es eso, un cuento, una fábula sobre humanos bonachones- no hay cabida para el mal. ¿Dónde están, me pregunto, esos tipejos y esas tipejas que viven en cualquier pueblo de nuestra geografía, por minúsculo que sea? Aquí, en "Rondallas", el mal solo viene de turismo, o vive en los otros pueblos que compiten en rondallar.

En “Rondallas”, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. No sé si lo ponen al final de la película. Al principio, no desde luego, y yo creo que deberían. A mí, por ejemplo, el buen rollo me saca de la película pero al mismo tiempo me introduce en ella, como un respiro, o como un bálsamo. Me quedo a medio decidir, como el gallego en la escalera, en el chiste consabido y facilón. ¿Qué es mejor: huir de la realidad o afrontarla con valentía? Pues depende, claro. Daniel Sánchez Arévalo prefiere lo primero y no tengo nada que objetar. A veces le salen grandes películas y a veces películas estimables. Malas jamás. El tío tiene una fórmula maestra para fabricar su rollo particular. 




Leer más...

Amarga Navidad

🌟🌟


En las películas de Almodóvar, cuando un burgués se deprime o sufre de desamores, siempre hay otro burgués que le deja un casoplón para curarse de los nervios. La llamada de teléfono no tarda demasiado en resonar: es el amigo, o el familiar, a veces incluso el ex amante, que te presta un paisaje terapéutico a muchos kilómetros del dolor.

Existe una red solidaria en esa clase social que nosotros, los pobres, no podemos permitirnos. Aquí abajo, cuando te jodes, te jodes en tu piso ruidoso, en tu cochambre de paisaje. No va llamarte nadie para invitarte a su chalet en Lanzarote, a su masía en el Ampurdán, a su piso céntrico en Madrid donde ningún vecino da po`l culo y los techos son altos como la Luna, como la Luna... Nuestras miserias sentimentales no tienen cabida en  “Amarga Navidad”. 

Los ricos también lloran, sí, pero se recuperan mucho antes. Es una especie de terapia inmobiliaria que manejan entre ellos. Un tejemaneje que es en realidad muy marxista, porque el que da, da lo que puede, y el que recibe, recibe lo que necesita. Es una utopía comunista que ellos, por supuesto, negarían practicar. Los ricos, tan cínicos y tan prácticos, tienen mejores psiquiatras y mejores compañías, pero también mejores paisajes en los que distraer la mirada y el sentimiento.

Es por eso que en “Amarga Navidad” mis neuronas espejo no terminan de encenderse. Asisten a estos dramones sin que yo sienta ni padezca. Simplemente observo, tomo nota, se me ocurren gilipolleces... Pensaba, por ejemplo, en que Bárbara Lennie es sin duda el álter ego de Almodóvar más hermoso de su cine. Esta mujer -que no su personaje- sí logra encenderme otras neuronas relacionadas con el deseo, con la supervivencia necesaria de la especie. Cada vez que yo sonrío en una fotografía, se muere un gatito en algún lugar de la ciudad; la suerte es que Bárbara Lennie, cada vez que sonríe en una película, lo resucita por ensalmo. 




Leer más...