Mi amiga Eva

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La película termina bien. No es un spoiler: se ve venir a la legua. El tono de comedia no permite un final en el que Eva se quede sola, acumulando gatos y comiendo chocolate. Envidiando los besos ajenos cuando sale a pasear. Y todo esto lo digo sin acritud: Cesc Gay es incapaz de hacer una mala película. A veces, como aquí, le salen películas cojonudas.

Dicho esto, el happy end de “Mi amiga Eva” me deja un poso de tristeza. Quizá porque estoy un poco en la circunstancia de Eva -con los 50 ya rebasados y la belleza (si alguna vez la hubo) en cobarde retirada- y conozco el percal del amorío. Eva se ha enamorado por penúltima vez y ha sido correspondida. Nos congratulamos por ello. Pero no ha sido gracias a su tesón o a su atractivo. No gracias a los trucos estúpidos que venden en la guía de Meetic o en los artículos de “El País”. Cuando ya estaba a punto de rendirse, Eva encontró el amor gracias a la suerte. A la suerte pura y desnuda. A una intervención divina, quizá. A una hollywoodiense casualidad. Es la chiripa, estúpido.

No es más que eso. Y nada menos que eso: coincidir con la persona exacta en el momento adecuado y que luego no haya accidentes en el camino. No es nada fácil. De hecho, es un puto milagro. Barcelona es la hostia de grande y no es fácil coincidir; La Pedanía, en cambio, es la hostia de pequeña y no existe una masa crítica de contactos.

Desde que se separó de Juan Diego Botto -¡ni siquiera yo me separaría de Juan Diego Botto!- y hasta que encontró a ese argentino tan ideal que huele a estafador, Eva dio muchos tumbos por las redes del amor. Casi tantos como los que yo di en aquellos tiempos tragicómicos. Termina uno agotado y magullado. Las redes, en los estratos inferiores, están llenas de reciclados. Uno mismo, al usarlas, se declara reciclado. Allí hay mucha tarada, mucho neurótico, mucho cerdo, mucha estúpida integral... Lo sé por experiencia. Mi penúltimo amor, como el amor de Eva, está ahí afuera, fuera de los softwares. Puede que en Nigeria o en Tegucigalpa. Ésa es la putada.





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Las delicias del jardín

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La última vez que estuve en el Museo del Prado quise pararme con tiempo ante “El jardín de las delicias”. Siempre empiezo con las Pinturas Negras de Goya y allí me pierdo y me abismo en pensamientos. Pero esa vez me dije: no, vamos a diversificar la mirada. A ampliar el espectro. A estirar la antena de mi boina. 

Pero cuando llegué ante el cuadro me fue imposible meter la cabeza. Los grupos de japoneses -¿o eran chinos?- son el impedimento más moderno que se ha inventado para acceder a la cultura. “El jardín de las delicias” hay que mirarlo de cerca, con detalle, porque todo en él es detalle y no merecía la pena contemplarlo a metros de distancia. Dentro del cuadro hay muchos Wallys desnudos, muchos pecadores de la pradera enredando por las esquinas. 

Había olvidado por completo aquel empeño cultural hasta que esta noche, viendo “Las delicias del jardín”, mencionaron el cuadro como fuente de inspiración para ese pintor ficticio que encarna Fernando Colomo: un fistro que quiere plasmar en un tríptico los pecados modernos asociados al capitalismo -la avaricia, el fascismo, el postureo-,  dejando de lado la lujuria porque la lujuria, en el siglo XXI, ya ni siquiera es pecado para los curas. 

Pero su personaje tiene una mano boba, y una inspiración ya marchitada, y no tendrá más remedio que confiarle la obra a su hijo descarriado: un pintor demasiado fumado que además adora a Javier Milei y cree que el capitalismo ha venido a salvarnos de la barbarie. Así que “Las delicias del jardín” tendrá que ser replanteado una y diez veces en esta nueva ocurrencia de Fernando Colomo como director. 

Hacía diez años que Colomo no rodaba nada decente desde “Isla Bonita”. Y es una pena, la verdad, porque Colomo fue un referente en los tiempos insubordinados. Uno de los nuestros. El otro día, in ir más lejos, me puse a canturrear “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” por el pasillo del colegio. Puro Burning. Puro Colomo. Acababa de cruzarme con una compañera que no pertenece a este jardín errático y errado que el Bosco hubiera retratado como nadie. 







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Maspalomas

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Sólo le pido Dios, como cantaba Ana Belén, que a los 75 años el deseo sexual ya me deje indiferente. Que no asome más la cabecita. Que no revoletee en el estómago, ni pinche en las bajuras, ni distraiga la mirada. “Tanta paz dejes como descanso llevas”, decía mi abuela. O como dijo Terminator: “Sayonara, baby”. 

También sé que Dios, si llego a esa edad, no escuchará mis plegarias porque soy un apóstata belicoso, así que tendré que pedirle el favor a los dioses paganos o excomulgados. Ellos, aunque a veces se ausenten, son más generosos y compasivos.

Estaba seguro de tener subrayada una cita de Rafael Azcona en la que el maestro decía algo parecido: que habiendo alcanzado la vejez del deseo había encontrado, por fin, la juventud del espíritu. Una especie de serenidad zen y productiva. La paz que le permitía concentrarse mejor y luego dormir a pierna suelta sin interferencias hormonales. Pero por más que he buscado la cita no la he encontrado. De hecho, ya no estoy tan seguro de que la pronunciara Azcona. Puede que fuera otro sabio de los que predican en mi ágora. Es igual. Si no es de Azcona, es azconiana. La idea me seduce. La guardaré para cuando toque. Aún es pronto para eso, pero ya no demasiado. Quedan, con suerte, varias fiestas y cohetes. Eso sí: a Maspalomas, de jubileta, espero ir simplemente a tomar el sol. Ya he visto que hay mucho pesado por las dunas pidiendo la voluntad.  

No me gustaría, en el reverso heterosexual de la trama, ser como este anciano de la película. Yo le veo condenado a no encontrar jamás el sosiego. Lo sexual le enturbia, le perturba, le consume las pocas energías subyacentes. Le hace caer en ridículos evitables y en equívocos lamentables. Aún se le levanta el pito, sí, y eso es un gran acontecimiento a celebrar en el asilo. La envidia cochina de sus compañeros de reclusión. Un síntoma de salud, de poderío sanguíneo y arterial. Pero con eso, con un émbolo feliz, a según qué edades, ya no se puede construir una filosofía.






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Romería

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Estoy casi seguro, al 99%, de que mis padres son los que figuran en el reverso de mi DNI. Hay herencias fisonómicas y psicológicas que dejan poco margen a la duda. Son... los tatuajes de la estirpe. Una vez, en Oviedo, mi tía me encontró por la calle y pensó que yo mi padre redivivo, paseando por las Salesas como Jesús paseaba por Jerusalén después de resucitar. 

Dentro de mí, sin embargo, vive una brasa rebelde. Un sueño guerrillero que prefiere pensar en el resto de posibilidades. También hay cosas que no cuadran con el linaje familiar y a ellas me remito. Albergo, sobre todo, un sentimiento de extrañeza que no reconoce ni el clima ni la patria. Ni apenas el idioma. Es un susurro profundo, intracelular, que me envenena con la idea de que yo procedo de aurora boreal. Del mar Báltico por lo menos, donde casi todas las banderas usan la cruz de los vikingos.

Yo, como Leolo Lozone, también sueño que no soy. Sueño que nací en Göteborg y que soy hijo de Magnus, estibador de puerto, y de Ingrid, concertista de violín, ambos fallecidos cuando yo era pequeñín. Esa mezcla explicaría la contradicción irresoluble del futbolero cavernícola que se enternece con Debussy. ¿Y mi tez más bien oscura y mediterránea? En mi fantasía introduzco un abuelo griego o una abuela libanesa y todo solucionado. Ellos, los yayos, fueron emigrantes que subieron al frío a ganarse la vida y me legaron este tono aceitunado y estos ojos negros que traicionan mi condición.

Mis padres jamás viajaron al extranjero, pero eso es lo que ellos dicen. Yo creo que una vez, de novios, se gastaron todo lo que tenían en un crucero por el Báltico y que me encontraron por la calles de Göteborg escapado del orfanato, con dos velones en la nariz y unas explicaciones en sueco que no supieron traducir. Me invitaron a un chocolate caliente y el resto ya es historia familiar que yo tengo que soñar, porque nadie me la cuenta. 

Yo tendría, como Marina, que viajar  a Göteborg para indagar en mi pasado y conseguir un certificado de escandinavo. O no conseguirlo, si estoy equivocado, y dejar ya claro que soy ese hombre que señala mi DNI.





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Vergüenza. Temporadas 2 y 3

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Todos hemos conocido a parejas como ésta. O muy parecidas. De hecho, en “Vergüenza”, al final de los títulos de crédito, no aparece el habitual descargo de responsabilidad: “Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Porque en este caso la realidad y la ficción se solapan y se confunden. “Vergüenza” solo estira un poco la astracanada para que no la confundamos con un documental sobre la estupidez humana y española en el siglo XXI.

Cualquiera de nosotros -salvo mi amigo de La Pedanía, que vive en una burbuja sociológica y dice que esta gente no existe de verdad-  ha conocido a parejas así de descabelladas. Y de venenosas, ojo, si las frecuentas en demasía. Una cosa es topártelas por la vida y otra muy distinta arrimarte sin necesidad. Yo, por lo menos, las rehúyo cuando me las encuentro en el bar de la esquina o en las colas del pan. En los trabajos obligatorios y en las cenas de los familiares. Los creadores de “Vergüenza” se lo han tenido que pasar teta recopilando anécdotas personales para luego deformarlas -muy poquito- en aras del cachondeo.

Las buenas personas -no yo- querrían contarles la verdad a estos extravagantes. Detenerles en su larga marcha hacia el precipicio. Pero quién tendría el descaro y la osadía... Te puedes llevar un  desplante o un bofetón. La negación de la realidad también incluye la negación de las advertencias. Y además, qué coño: nadie es perfecto. ¿Qué es eso de ir dando consejos por ahí? El que no cojea de esto cojea de lo otro. Ay de mí si me señalaran los desperfectos... Pero es que los Jesuses y las Nurias dan mucho el cante, jolín. Son incorregibles cuando se empecinan en la tontería. Son carne de tragicomedia. “Vergüenza” los retrata a la perfección. Lo que me he reído mientras me incomodaban.




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El mundo sigue

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La chica más guapa del barrio se acabó casando con el crápula más insensible del vecindario. Lo hemos visto decenas de veces en la vida real, y también en la vida de las películas. Fernando Fernán Gómez repite, de hecho, el argumento básico de "El extraño viaje". 

Mira que se lo advirtieron a Eloísa los familiares y los conocidos, pero ella, nada, a lo suyo, empecinada en lo peor. Es una ley universal, un magnetismo biológico que tiene muy poco remedio: el que une a la hermosa con el capullo. El otro magnetismo implacable es el que empareja al gilipollas con la chalada y yo de eso podría dar clases en la universidad.

Ahora, en los tiempos modernos, si te equivocas en el casamiento puedes rectificar gracias a la ley. Gracias a los rojos ya nadie te llama puta si te toca un marido como éste y decides tomar las de Villadiego. Porque en “El mundo sigue” todo el mundo habla así, a lo viejuno, a lo Villadiego, como si hubieran brotado de una obra de teatro polvorienta. Dicen “¡Repórtate, Macario!”, y “Ay, Bernardino, que te pierdes”, y se saludan diciendo “a la paz de Dios”, y “buenas noches tenga su merced”, y a las mujeres que han decidido no casarse con su primer pretendiente las llaman “pelanduscas”, y “mujeres de mala vida”, y dicen que han “deshonrado a la familia”. Y así, literarios y excesivos, los personajes de “El mundo sigue” ya no son una pandilla de desgraciados, sino actores que declaman un texto que huele a rancio y suena a sobaquillo. Muy ridículo todo. 

En el nacional-catolicismo de 1962, lo que Dios había unido ya no lo podía separar el hombre. El amor era un arma cargada con una sola bala. Las mujeres, y los pusilánimes, lo tenían crudo si se equivocaban. Si tardaban mucho en escoger, se les pasaba el arroz y elegían ya un poco al tuntún. Y si se apresuraban, luego se pasaban la vida apesadumbrados por la impaciencia. Sólo los más afortunados acertaban de pleno con su bala única y hecha de plata. “El gorrino y la mujer -o el hombre-, acertar y no escoger”, que decía Marcial Ruiz Escribano.




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La piel quemada

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José tiene la piel quemada de tanto trabajar a pleno sol de peón albañil. No sé si en 1967 los obreros de la construcción ya se ponían crema para prevenir un melanoma. No lo parece, desde luego. El tarado de Marcos Llorente aplaudiría con sus orejas de burro si viera la película. Es el callo solar, estúpidos.

Si hacemos caso de “La piel quemada”, cualquiera que se echara por entonces una capa de Aftersun corría el riesgo de ser llamado maricón. Los colegas de José no se andan con hostias: son hombres duros, recios, forjados a la intemperie. No admiten malentendidos ni quintacolumnistas. Dicen lo que piensan y se quedan tan anchos. Y tan orondos. Tienen pelos en todos los rincones del cuerpo menos en la lengua. 

La lengua, por cierto, también la tienen quemada de tanto sacarla a pasear. Cada vez que pasa una gachí por debajo del andamio -y si pasa en bikini camino de la playa ya no te digo nada- José y sus compañeros incurren en no sé cuántas ilegalidades verbales que ahora mismo están muy castigadas. Ya digo que son tipos de pelo en pecho que no se dejan una hombría en la recámara. No parece que el horno esté para bollos: cualquiera que saque una cremita de la tartera puede convertirse en el hazmerreír sempiterno de la cuadrilla. 

Estos tipos, además de tostados, porque es verano y trabajan en Lloret de Mar, también van quemados por debajo de la piel. José y su pandilla son emigrantes andaluces que se han venido a Cataluña sin sus esposas. El relato oficial es que se las traerán cuando ganen lo suficiente, pero mientras tanto, libres como pajarillos, le tientan a la suerte. Las españolas y las catalanas no les hacen  ni puto caso, pero las guiris les encuentran atractivos, exóticos. Latin lovers de ocasión. Pero esas cosas sólo suceden por la noche, después de trabajar, así que José and company no tienen la piel de la polla quemada. Sólo escocida.  




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El último caballo

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En España, digan lo que digan, está mal visto cuidar de los animales. Lo mismo ahora que en 1950, cuando Fernán Gómez se apiadó de su caballo. Mostrarse sensible con un animal es un comportamiento... muy poco español. Una debilidad de mujeres o de maricones. De hecho, a Fernán Gómez, en la película, sus desvelos por “Bucéfalo” le cuestan el amor de su novia botarate. Bendito sea, después de todo, el caballo que lo sacó de su error justo cuando ya iba a casarse en la España sin divorcios. 

(El otro día vi a la camarera más buenorra de La Pedanía darle puntapiés a dos gatos que pedían comida entre los clientes y creo que ya nunca volveré por sus dominios. Nada más poco erótico que dos gatetes rechazados). 

Lo recio, lo varonil, lo que el Señor dejó santificado en las Sagradas Escrituras, es torturar a los animales en las plazas o arrinconarlos en las ciudades. Cazarlos, apalearlos, exterminarlos... Hacerles daño. Mantenerlos atados o encerrados en cochiqueras. Es verdad que cada vez hay menos desalmados, menos hijos de la gran puta, pero siguen siendo mayoría porque antes eran casi todos. Parecía que las nuevas generaciones iban a erradicarlos del ecosistema pero ya están reproduciéndose otra vez: los cachorros del fascismo son como conejos descerebrados. 

“El último caballo” no va de todo esto. O sí, pero solo un poco. La película de Neville es un canto al aire puro y a la vida en el campo. Utiliza el caballo como símbolo de los tiempos silenciosos que ya nunca volverán, sin coches ni camiones, ni motos en la madrugada. A Edgar Neville le debía de pasar lo mismo que a mí, que aborrecía los motores de combustión: su ruido, su peste, su omnipresencia. Sus gases cancerígenos. Un mal necesario, pero abominable. 

También parecía que las nuevas generaciones iban a sustituirlos por los motores eléctricos y ya ves tú: ahí está Trump invadiendo Venezuela, o Groenlandia, para relanzar la producción.





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