El cineclub

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De niño veía las películas gratis en el cine Pasaje porque allí trabajaba mi padre. También en el cine Abella, que era el otro cine de la empresa. Eran nuestros cineclubs particulares pero tampoco se podía entrar por la jeta: había que presentar unas invitaciones que la empresa cedía a sus empleados a cambio de pagarles un sueldo miserable. Estaban contadas y no se podían malgastar. Eso nos obligaba a seleccionar un poco las películas, y también las compañías, porque las invitaciones eran todas dobles, ninguna individual, así que a veces, en vez de ir solo, invitaba a algún amigo que se arrimaba por el concepto. 

Cuando entré en la edad de merecer alguien me dijo: “Con esto de las entradas te van a salir chicas por un tubo”. Pero el tubo, ay, debía de estar mal empalmado, o conducir a un universo diferente, porque nunca descendió por él ninguna cinéfila de León. Ninguna Aime Lou Wood que también buscara en el cine una cueva para esconderse, y ya de paso, vivir un amor como éste que sale en “El cineclub”, hecho de sueños y confidencias. Estaba la cosa jodida, la verdad: los Maristas de León fueron el último bastión de la enseñanza segregada y luego, en el barrio, las chicas siempre prefirieron al canallita gracioso antes que al cinéfilo apocado. Es ley de vida y hay que aceptarlo como es.

Años después, cuando por fin vino el fontanero y arregló el tubo de las chicas, los cines ya habían cerrado y yo vivía muy lejos de León. Fuera del cineclub familiar conocí a un puñadito de mujeres, pero ninguna, salvo una -la serpiente venenosa- me siguió el rollo de las películas. Hubo un tiempo maravilloso en el que creí haber encontrado en ella un alma gemela en el sofá. De eso va precisamente “El cineclub”: de cinéfilos enamorados que viven las películas como si se tratase de una fiesta o una eucaristía. En mi cabeza ésa es la conexión absoluta que distinguirá al gran amor de los demás.




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El botín

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La corrupción en Miami continúa. Mas de cuarenta años de vicios y fornicios nos contemplan. “Con-Dón Johnson”, decíamos en el patio del colegio, y nos meábamos de la risa. Ricardo Tubbs y Sonny Crockett sobrevivieron a las balaceras y a los Ferraris y ahora están de jubiletas jugando al golf en los campos de Florida. Pero sus herederos en el cargo, peor vestidos y peor afeitados, siguen bregando contra el narcotráfico que nunca descansa. Es más: que parece más floreciente que nunca si nos atenemos lo que se cuenta en “El botín”, cuando los narcos se desprenden de 20 millones de dólares como quien se desprende de cinco euros en una propina del restaurante.   


20 millones de dólares, divididos entre los cinco policías que se los encuentran, tocan a 4 millones por barba. ¿Se puede decir hoy en día “por barba” cuando dos miembros de la Brigada Antivicio son mujeres empoderadas? Tendré que consultarlo con mi abogada. Sea como sea, la tentación es mucha. Y el sueldo de madero, en Florida, según nos deslizan también, apenas da para cubrir los gastos habituales en este gremio peliculero: la pensión alimenticia de los hijos y de las exmujeres -o de los exmaridos-, y el alquiler por las nubes, y la factura del hospital privatizado... Un drama de la hostia provocado por la Ley del Divorcio y por el “laissez-faire” de los liberales. Estas cosas, con Franco, desde luego, en América, no pasaban.


Yo no lo hubiera dudado ni un segundo, pero Affleck y Damon son dos tipos íntegros que se deben a su legión de seguidores. Sus personajes, aunque rudos y desastrados, prefieren una conciencia tranquila a cuatro millones en el banco. Otra cosa es la gestión del pastonazo, que eso sí me habría tirado para atrás. Los quebraderos de cabeza que da tener mucho dinero son muchos y enrevesados. Tendría que contratar a Saul Goodman para que los pusiera a buen recaudo y comenzara a blanquearlos en un lavadero. Pero aquella, ay, como “El botín”, era otra ficción de corrupciones que terminaba como el rosario de la aurora.





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