Der Tiger

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De pequeño me sabía casi todos los tanques que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. He olvidado muchos, pero los principales siguen rulando por mi memoria con sus cadenas oxidadas, abriendo surcos sobre los surcos. Ellos también contribuyen al ruido mental y a la tos de la mañana.

De niños estábamos obsesionados con esa guerra y éramos como pequeños bárbaros eruditos. Si nos la hubieran encargado podríamos haber escrito su entrada en El Libro Gordo de Petete. Veíamos las películas, y leíamos los cómics, y comprábamos, en los kioscos del barrio, los soldaditos de plástico de Montaplex para montar batallas en el cuarto de los juegos o en el descampado de la calle. En algún momento empezaron a incluir tanques desmontables y gracias a ellos nuestras batallas ganaron potencia de fuego y protección de la infantería. Las maquetas que vendían en la tienda especializada costaban un cojón de mico y sólo podías pedírselas a los Reyes Magos porque entonces Papá Noel no llegaba a León ni a su histórica provincia.

Mi tanque preferido era el T-34 del Ejército Rojo, pero no porque fuera el mejor, sino porque era del Ejército Rojo. Yo siempre he ido con los comunistas en todas las guerras: en las ganadas y en las perdidas. En las de jugarse el pan, por supuesto, pero también en el pan y circo de los deportes. Luego estaba el Sherman de los yanquis y el FIAT casi ridículo de los italianos, casi más una tanqueta que un tanque de verdad. Y el Chi-Ha de los japoneses, que era tan pequeñín y puñetero como los mismos soldados que lo manejaban.

Pero los que acojonaban de verdad, poderosos y temibles, eran los tanques de los nazis: el Panzer, con todas sus numeraciones, y el Tiger, que era una máquina engrasada de matar. Ya sólo sus nombres imponían. Veo “Der Tiger” y sigo sin explicarme cómo los alemanes pudieron perder la guerra con esos monstruos mitológicos de su lado. 

Recordé, de pronto, a mitad de película, que mi única maqueta carísima, mi tesoro de niño pobre y belicoso, fue precisamente un Tiger con camuflaje para la nieve, todo detalle e imponencia. Fue uno de los Rosebud de mi infancia que se perdieron sin remedio.




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El agente secreto

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En la lista de países que me quedan por visitar -todos menos cuatro-Brasil lo tengo puesto en los últimos lugares. Sin salir de Sudamérica me tira más la Patagonia desangelada que el trópico superpoblado. El calor me mata o me transforma en un pelele. Los mosquitos me ponen muy nervioso y el barullo de las calles -en Brasil, al parecer, siempre hay samba, o Carnaval, o tráfico, o gente que grita- me termina de rematar. 

Brasil no me llama, es más, me retrae, y puede que también sea por culpa de las películas. Cada vez que me lo enseñan se me quitan las pocas ganas que ya tenía de conocerlo. En “El agente secreto”, sin ir más lejos, los personajes se pasan todo el día resudando bajo las camisetas o las guayaberas y a mí eso me crea una reacción muy parecida en el salón, desasosegante y recocida. Veo sudar y sudo, como cuando veo reír y río, o veo llorar y me emociono.

Nunca entendí por qué el Dioni se fugó con los millones a Copacabana y no a Suiza o al Canadá, que son países con un clima civilizado. Supongo que fue por el tema de las mulatonas, pero es que a mí tampoco me van las mulatonas. Las aprecio, por supuesto, porque no estoy ciego y todavía alimento mariposas, pero la belleza que prefiero -por preferir que no quede- vive al borde de los mares gélidos o en las estepas infinitas del gran zar. 

El Brasil de “El agente secreto” -como el Brasil de cualquier película que quisiera recordar- siempre es un país recalentado y violento, lleno de peligros o incomodidades. Yo sé que existe un sesgo en los cineastas brasileños que les lleva a denunciar la pobreza de las favelas o el salvajismo de la dictadura. Soy consciente de ello, pero ayudan muy poco a su ministerio de Turismo. También es verdad que soy un tipo muy raro y que casi todos mis colegas bolcheviques, el día que nos destierren, vivirán tan felices en sus playas con cocoteros.




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Marty Supreme

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“Marty Supreme” es la mejor película del año. Tardó en llegar, pero llegó. Ha sido como ese amor postrero pero definitivo. Las otras candidatas a los Oscar fueron cayendo gracias a Movistar + o a las alforjas de la mula, pero ésta, no sé por qué, se resistía. Hubo descargas fallidas, enlaces erróneos, archivos sin subtitular o subtitulados en arameo... Al final di con un samaritano que la ofrecía con todo lujo de calidades. Que el dios del ping-pong le guarde y le proteja.

Me puse a ver “Marty Supreme” un sábado por la tarde, a comienzos de la primavera. Pensé: veo la mitad, porque es bastante larga, y luego me voy a dar un paseo por el monte, a escuchar a los pajarillos; y ya más tarde, antes del fútbol, la retomo. Pero no fui capaz de dejarla. Hoy en día eso es un milagro de las posaderas. Y de la atención sostenida, sí, por la edad, y por el puto teléfono. Confieso, no obstante, que más o menos a la hora tuve que detenerla para tomarme un café. Fue cafeína sobre cafeína; estímulo sobre desparrame. Una “movide”, que diría Carlo Padial.

También es verdad que yo venía predispuesto a que me gustase "Marty Supreme". Joshua Safdie, junto a su hermano Benny -aquí desaparecido- hace cine del que a mí me gusta: de pasote, de adrenalina, scorsesiano. Recuerdo que hace años prediqué el evangelio de “Diamantes en bruto” a los infieles pero nadie me siguió. Es un cine que no gusta mucho a las damas cultivadas ni a los señores de La Pedanía. “Marty Supreme” mantiene el mismo tono farlopero pero hay un momento de duda en sus comienzos: ¿no será, ay, una película de Rocky con hostias de ping-pong en lugar de hostias de boxeadores? 

Pero no: no van por ahí los tiros. Marty Mauser es un antihéroe, un antipático, un gilipollas supreme. El Cristiano Ronaldo del tenis de mesa pero sin gloria y sin mujeres. Un perdedor que pierde incluso cuando gana. Un insufrible. Y sin embargo, no dejo de seguirle y en cierto modo de admirarle. La repulsión se mezcla con la envidia. Marty es mi némesis, mi antiyo, mi reverso oscuro. Un chulo y un perseverante. Un pagado de sí mismo y un hombre sin miedo.




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Better Call Saul. Temporada 3

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No hace mucho, en un podcast de cinéfilos futboleros, un contertulio comentó que tenía un amigo al que no le gustaba nada “Better Call Saul”. Según él, ese malandrín, ese desnortado de la ficción, había despachado nuestra serie favorita con una frase que yo también he oído alguna vez en mi triste realidad de la provincia:

-  Ah, sí, “Better Calll Saul”, esa serie que nunca termina de arrancar...

Sus compañeros de tertulia -que a pesar de ser futboleros son hombres de bien y espectadores cultivados- se rieron del disidente y vinieron a decir que tiene que haber gente para todo. Gente, incluso, o gentucilla, que no termina de verle la gracia a “Better Call Saul” porque "no suceden cosas" o suceden a un ritmo narrativo más propio de otra época. Gente, o gentuza, que confunde la velocidad con el tocino y piensa que arrancar es hacer ruido, y que haya muchos choques, y muchas hostias, y heroísmos de novela, como si una ficción tuviera que ser ese gran premio de Fórmula 1 que jamás se pierden en sus pantallas.

Mientras escuchaba las burlas inteligentes de los contertulios -que me parecieron muy comedidas para el gran pecado cometido- me acordé, como me acuerdo muchas veces, de Carlos Pumares en la madrugada de mi adolescencia. A Pumares, coincidiendo con las noches más negras de su humor, solía llamarle algún mentecato para decirle que tenía un amigo que se lo pasaba bomba con las películas de Chuck Norris y qué él no sabía si verlas o no.

- ¿Tú qué opinas, Carlos? ¿Qué hago?

Y Pumares, no menos divertido por previsible, le respondía:

- Cambiar de amigo.

Viendo el último episodio de esta tercera temporada volví a sentir el viejo escalofrío del amor pre-fracasado. ¿Qué pasaría si la vida me deparara un último amor luminoso al que sin embargo “Better Call Saul” no le emocionara, o incluso le resultara aburrido, y fuera, por tanto, menos luminoso de lo que parecía al principio, incluso tristón y tenebroso?




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Las niñas

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Yo también fui preadolescente en un colegio católico, allá por las estepas. También salí a la pizarra cagado de miedo en aquel tiempo pendular en el que los profesores -y más si llevaban hábitos o crucifijos- podían insultarte y humillarte sin rubor. Cuando llegaba la ofrenda floral del 1 de mayo, yo también cantaba alabanzas a la Virgen fingiendo que cantaba. “...que Madre nuestra es...”. Yo también vi “Marcelino, pan y vino” en un salón de actos, en clase de religión, sintiendo que la fe se corroía poco a poco en el ácido de mis hormonas. 

Yo también estuve en la cuerda de presos que era obligada a confesarse cada cierto tiempo en la capilla del colegio, para contarle a un sacerdote seguramente pederasta, y sin celosía, a puro huevo, face to face, que te peleabas con tu hermana y que mentías a tus padres; y que te tocabas eso, o empezabas a tocártelo, y que un día habías visto con tus amigos la primera revista porno de tu vida. Yo también me ponía rojo como un tomate mientras el tipo te apretaba el brazo con fuerza -como si fuera el brazo ofendido del Señor, o su brazo ejecutor- y luego te ordenaba rezar una retahíla de oraciones que en vez de limpiar la mente te la encochinaban todavía más. Porque aquellas jaculatorias, que de niño aún tenían una lógica fantástica de cuento infantil, de pronto, en la adolescencia, en la edad de la razón, ya sólo eran el ruido de fondo que acompañaba los pensamientos más impuros; el hilo musical de esa matraca que años después sacaron a las ondas, Radio María, la única emisora -por algo es divina- que está en todas partes, en el pico de las montañas y en el fondo de los valles, cuando todas las demás fallan y se desvanecen.

Las oraciones ya eran entonces una sarta de tonterías que pasaban como las nubes sin lluvia, inocuas e inútiles, muy por encima de tu cabeza, mientras tú no parabas de pensar en el beso, en la imagen fugaz, en los secretos de la vida que te contaban tus amigos más mayores o más avezados, allí en un rincón del patio, en el corrillo, para que ningún cura pudiera sorprendernosLa cédula revolucionaria de los abrasados.


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Alatriste

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En su biografía ficticia se dice que el capitán Alatriste nació en la provincia de León en 1582. No podía ser de otro modo: Diego Alatriste es un tipo alto, atractivo, noble y valiente donde los haya. El amigo más fiel de su amigos y el enemigo más encarnizado de los malvados. Un caballero con un gusto exquisito para las mujeres, además. Un hombre callado, y solemne, pero en el fondo un espíritu confiable y elevado. Un leonés de pura cepa. 

Es por eso que Viggo Mortensen, para preparar el personaje del capitán, recorrió de incógnito nuestras montañas para impregnarse del acento que allí pervive desde los tiempos del Siglo de Oro, o incluso de los anteriores. Y no sólo del acento, sino del acervo propio, porque en León hablamos un castellano mezclado con muchas palabras del asturleonés que aprendemos de chavales sin saber que pertenecen a otro idioma de los tiempos de la Reconquista.

No sé qué llevaría puesto Viggo Mortensen para que nadie le reconociera por los andurriales. Me lo imagino con el mostacho afeitado, y con lentillas de colores, y con un gorro de invierno para disimular la pelambrera. Así dicen que anduvo durante semanas, quedándose con nuestra idiosincrasia, hasta que en el bar de Valdeteja, allá por el Curueño, una chica reconoció en él a Aragorn, el hijo de Arathorn. La historia le he leído en internet y justo en este punto se vuelve más extraña que la ficción: que Aragorn se presente en tu villorrio para pedirte un café con leche es el primer síntoma de la locura o del abuso de sustancias. Pero la chica, al decir de las crónicas, muy convencida de su cordura, le espetó: 

- Tú eres el de “El señor de los anillos”, ¿no?

Poco después, Viggo Mortensen fue entrevistado por la prensa local y nombrado Hijo Predilecto de León. De vez en cuando todavía se deja caer por el bar de Valdeteja, a saludar a los parroquianos. Allí, en una pared, frente al brasero, pervive el testimonio fotográfico de que el capitán Alatriste anduvo entre los leoneses montaraces antes de enrolarse en los Tercios de Flandes.






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Justino, un asesino de la tercera edad

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La realidad y la ficción dan tantas vueltas en mi ordenador que a veces se solapan y se pisan el argumento. Hoy, justo antes de ver “Justino, un asesino de la tercera edad”, leía en el periódico que acaban de subir otra vez la edad de jubilación. La han colocado, para los parias de la Tierra, en 66 años y diez meses. 

Lo primero que pensé es que los 66 años están cada vez más cerca del primer infarto incapacitante o de la primera demencia demoledora. La “edad de oro” de los trabajadores españoles se va estrechando y empobreciendo. Con el reloj de regalo de nuestros compañeros pasaremos directamente de la esclavitud a la enfermedad. O a la muerte. El margen de años para disfrutar de Benidorm se está convirtiendo en un período de meses o de semanas. Cuando me toque el turno en el IMSERSO habrá que vivir la experiencia como si fuera de verdad el último disfrute: mucha playa, mucha cebolleta, mucha cerveza con las comidas bajas en sal y en calorías... Será el canto del cisne que siempre graznó como los patos. 

Justino, en la película, es un puntillero que acaba de jubilarse del oficio y también sueña con irse a Benidorm. Corre el año 1994 y todavía dispone de unos años decentes gracias a la socialdemocracia a punto de ser aniquilada. Justino nos cae mal porque es un figurante en esa “Tortura Nacional” que han vuelto a poner de moda los fascistillas, pero él, después de todo, no es el personaje más aberrante del sainete porque con un golpe de su puntilla pone fin a los sufrimientos del torturado.

Al pobre Justino, por unas cosas o por otras, el viaje a Benidorm se le va aplazando y complicando. Y nosotros, aunque no queramos, nos vamos apiadando de su orfandad. La familia le ningunea y el amigo del alma no termina de decidirse. Así que un buen día, rememorando su oficio de sicario, Justino rescatará la puntilla de oro que le regalaron por su jubilación y emprenderá una carrera loca de asesinatos para que el destino se espabile y le ponga en un autocar del IMSERSO camino del mar y muy lejos del puto mundo en decadencia.




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Vente a Alemania, Pepe

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Los sábados por la mañana, en la tertulia de la radio, participa un periodista alemán afincado en España que nos cuenta cómo nos ven sus compatriotas desde allí. Los domingos, en el mismo programa, un poco en el espejo del exilio, interviene el corresponsal de la SER en Berlín para describirnos cómo es la vida en el viejo reino de los prusianos.

Los dos periodistas -es curioso, e inverosímil, y yo siempre me rasco bajo la boina cuando les escucho- aseguran que los españoles ya somos más civilizados que los alemanes. Dicen, tan oreados, que ya no es solamente el atractivo del sol o de la sangría lo que seduce a los alemanes, sino también el funcionamiento de los servicios y la agilidad de las burocracias. Si sale el tema de los trenes, cuentan que en Alemania los trenes siempre llegan impuntuales; si se habla de la extensión de la fibra óptica, te dicen que Alemania va muy por detrás de nuestros planes digitales; si un invitado comenta que apenas tardó media hora en renovar el DNI, ellos aseguran que en Alemania hay que pedir audiencia al Káiser con seis meses de antelación.

Cuentan, maravillados -y yo creo que también pagados por alguno de nuestros ministros- que nos hemos vuelto tan europeos que ya hemos adelantado a los alemanes por esas autopistas suyas sin limitaciones. Nuestra realidad cotidiana, y el hecho de que los alemanes regresen tan felices a su país cuando llega el otoño, les desmiente a gritos y a colores chillones, pero ellos, erre que erre, insisten en  proponerle a Netflix un remake de “Vente a Alemania, Pepe” que se titule “Vente a España, Hans”: la historia de un agricultor de Aquisgrán que sueña con venirse aquí para ganar más dinero y conocer el lado industrial y eficiente de la vida. Una majadería supina, por supuesto, que sería más causa de risa que de análisis sociológico. 

La película original, por cierto, podría servir para reflexionar sobre la emigración y el desarraigo en aquel tiempo de españoles pobretones, pero es tan chusca, y tan boba, y tan estúpidamente patriotera, que no merece más de dos estrellas en el panel de nuestra crítica germanófila.





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Parks and Recreation. Temporada 1

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Sonrío, pero no me río. Carcajadas ni una. La idiosincrasia de “Parks and Recreation” puede ser inescrutable. En eso se parece mucho a los designios del Señor. Es la segunda vez que quiero entrar en este universo y casi no paso de la puerta. ¿Habrá un tercer intento? No creo. El tiempo se agota y las ficciones se multiplican. Todo es exponencial: el paso de la edad y el ritmo de las productoras. Dentro de poco harán falta un millón de vidas para ver sus diez millones de ocurrencias.

Debería reafirmar mi disidencia con alegría, casi con orgullo, pero no soy capaz. En público, para fardar, presumo mucho de mis gustos raros y tangenciales, pero aquí, en el diario, siempre he confesado que soy un apóstata involuntario. Me gustaría ser más como los demás. Vivir en el mainstream y en la concordia. Me siento... excluido, señalado, viendo las altas calificaciones de “Parks and Recreation”. Es como si me perdiera algo que los demás sí ven y celebran. Y hasta carcajean. 

“Parks and Recreation” me sabe a poco. A comedia comodona que no quiere molestar. Podría perseverar si todas sus temporadas fueran como ésta, seis episodios por tanda y muy cortos además. Pero he visto que la serie tiene ¡126 episodios! ¡Tate!, pues. ¿Para qué tener una segunda cita -y ya no te digo nada una tercera, o una cuarta- con alguien que no ha electrocutado tu corazón? Greg Daniels, sin Ricky Gervais, es solamente eso, Greg Daniels. Un hacedor de risas blancas. “Parks and Recreation” se aparece a “The Office” sólo en el formato. Carece de mordiente y de mala leche. No hay ni rastro de veneno: sólo bobolones y tontalanas. Servidores públicos disfuncionales y erráticos, pero salados. El mundo funcionarial en el que yo vivo no es así ni de coña. Esto es puro veneno y absentismo. Es más “The Office” que otra cosa. Sólo se parece a “Parks and Recreation” en la restricción del presupuesto. Ahí sí que somos hermanos y colegas.





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On Falling

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Por muy estupendos que se pongan los libros de texto, la esclavitud nunca fue abolida. Ni por Lincoln ni por nadie. Simplemente la cambiaron de nombre para llamarla libre mercado. Es el eufemismo, estúpido. 

Hicieron lo mismo, sin ir más lejos, con las dictaduras: ponerles un “naming” comercial para que la gente las tragara sonriendo. Ahora las llaman democracias porque ya no las regentan los militares, sino los consejos de administración. Pero sigue siendo el mismo concepto, el mismo enriquecimiento a costa del currela. El que piense que la democracia es la “fiesta del pueblo” es que todavía no se ha enterado de nada.

A veces contemplo los retratos del bisabuelo Karl y me entran ganas de llorar. Tanta pasión para nada... El fantasma del comunismo que iba a recorrer Europa apenas duró un siglo entre los vivos. A principios de los años 80 los empresarios contrataron a los Cazafantasmas para convertirlo en una sopa inocua de plasma, que ya no era ecto ni era nada. De eso iba aquella película de Bill Murray que entonces confundimos con una comedia.

Con todo lo que ha llovido desde que el bisabuelo Karl tratara de dignificar al trabajador, sigue sin existir gran diferencia entre un esclavo de Alabama y esta pobre chica de “On Falling” que trabaja en unos almacenes de Amazon. Ambos esclavos se dedican a la recolecta de sol a sol a cambio de un plato de sopa y de una habitación para dormir. A la chica ya no la azotan si se equivoca, eso es verdad, pero su sueldo apenas llega para nada. O bueno, sí: para tomarse una birra en la cena y comprarse unos pasteles en domingo. Lo mismo que les regalaban a los algodoneros de Alabama cuando llegaba el día del Señor si se habían portado bien con los señoritos.





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Blue Moon

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La vida sería más sencilla si los hombres desangelados no deseáramos a las mujeres hermosas. Si nos atuviéramos -no con resignación, sino con toda naturalidad- a lo que somos y a lo que podemos alcanzar. Supongo que al revés sucede lo mismo. Es como si el deseo no reconociera la realidad ante el espejo. O como si la reconociera, pero luego, en la batalla diaria, la olvidara o la desdeñara. 

La contradicción entre la aspiración y el fenotipo es una gran cagada evolutiva. Un renglón torcido de Dios, si nos ponemos metafísicos. Digo yo, jolín, que el ADN, que ha tenido millones de años para solucionarlo, podría haber creado un mecanismo que nos impidiera soñar a lo bobo con mujeres: una simple proteína, una enzima, una sinapsis emasculada. Nada del otro mundo pido yo: una química básica pero eficaz. Un dimetil de aquellos, una cetona, una base nitrogenada... 

Lorenz Hart, en la película, y supongo que en la vida real, se hubiera ahorrado muchos disgustos -y por tanto muchos lingotazos- gracias a esa bioquímica de juguete. Yo sospecho que las copas de más, las que finalmente le mataron, provenían de amores soñados y luego apuñalados.

Para salvar ese abismo y gozar al menos de una oportunidad, la evolución, en una chapuza bienintencionada, inventó la labia, el rollo, el sentido del humor. Las dotes artísticas... A eso se agarraba Lorenz Hart -tan parecido a José María García que a veces da un poco de grima- para tratar de acostarse con mujeres como Margaret Qualley. A eso nos agarramos, casi un siglo después, los “creadores de contenido”. 

Lorenz Hart fue el letrista de muchas canciones del folklore norteamericano que yo he ido conociendo gracias a Frank Sinatra y a los maestros del jazz. “Blue Moon” es la más universal de todas ellas: cuenta la alegría de un hombre que ha encontrado por fin el amor verdadero en brazos de una mujer maravillosa. La suponemos hermosa porque si no Lorenz Hart no le hubiese dedicado una canción. 




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Puñales por la espalda: De entre los muertos

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Siendo una película sobre sacerdotes y titulándose “puñales por la espalda”, uno podría pensar que esta vez el detective Benoit iba a resolver una trama de abusos sexuales en el seno de la Iglesia. Un “Buenas noches, príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra” pero con curas amorosos y no con atentos educadores.

Pero no. Los tiros de la película, o las puñaladas, no iban por ahí. Hay un puñal, sí, pero de metal, y también una espalda, pero más tirando a la zona lumbar que a la parte baja de la tentación, nada de sacra ni de sacrílega. El título de la película al final era muy poco metafórico porque ya viene de las dos tramas anteriores.

Lejos de eso, el asesinado es justamente un sacerdote: uno que no sabemos si abusaba de los niños pero sí daba el coñazo un domingo tras otro, describiendo a sus feligreses las penas del infierno como hacían los curas de antes -los ibéricos sobre todo- soltando espumarajos de loco desde el púlpito consagrado. Ya eran tantos, en la película, los parroquianos que se sentían señalados y asustados, que entre todos lo mataron y él solito se murió. La tercera parte de las puñaladas podría ser una adaptación de “Fuenteovejuna” al estilo de Rian Johnson y su franquicia.

¿Pero murió? He ahí el intríngulis. Porque el padre Wicks -como hizo dos mil años antes el fundador de su secta- resucitó de entre los muertos para seguir sembrando la palabra y la discordia. Parece imposible, pero hay caminos inescrutables. El detective Benoit no se habría presentado en tan teológico berenjenal de no ser porque el principal sospechoso del crimen es el padre Jud, un pobre cuitado que también parece un sacerdote de los de antes. En concreto, uno de aquellos que sólo trataban de comprender a los demás y de echarles un cable si podían. Una rara avis, y un bendito de Dios, que decíamos entonces, antes de que los cardenales y los arzobispos tomaran cartas en el asunto.





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The Mastermind

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Existe un género de películas dedicado a los atracos fallidos y a los robos fracasados. A los crímenes chapuceros que van dejando pistas por doquier. Unas veces la culpa es de la mala suerte y otras de la incapacidad del ejecutor. Del “mastermind” que comanda la operación.

Había, por cierto, un juego llamado “Mastermind” cuando era adolescente. No sé si lo siguen fabricando. Recuerdo que había unas fichas de colores y un código a descifrar. Lo jugué una vez en casa de unos amigos y me extravié en el razonamiento. Typical, muy typical... Yo también hubiera sido, por la vía del delito, otro mastermind lamentable como éste de la película: un ladrón sin plan, impulsivo y catastrófico. Mi carrera criminal habría durado lo mismo que la suya: un suspiro vergonzoso. La delincuencia, si es profesional, si es como Dios manda, también exige que el talento y la dedicación vayan de la mano.

La gran película de este subgénero fue “Atraco perfecto” hasta que los hermanos Coen rodaron “Fargo” y crearon todo un universo en expansión. Los criminales de Minnesota comen aparte en la mesa de los tarados. “The Mastermind” transcurre en Massachusetts y ya no tiene ni la nieve ni los apellidos escandinavos. Es una película rara, curiosa, a veces hipnótica y a veces aburrida. La banda sonora te trae y te lleva, eso sí. En los viejos tiempos, cuando la película no era gran cosa, decíamos que nos encantaba su fotografía.

“The Mastermind” no se acerca ni de lejos a las obras maestras de la chapuza. Si no fuera por Josh O’Connor habría que quitarle otra estrella en el firmamento. Su directora, Kelly Reichardt, tiene pinta de ser una excéntrica de cuidado. “First cow”, otra película suya, creo que no llegué ni a terminarla. Ni siquiera los adjetivos de la crítica pudieron con mi paciencia.




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Platónico. Temporada 1

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“Cuando Harry encontró a Sally” nos enseñó que no puede existir la amistad entre un hombre y una mujer. O sí, pero sólo cuando el deseo sexual está estrictamente prohibido o cercenado. O cuando ya existió entre los contrayentes pero se ha visto reducido a cenizas sin brasas traicioneras. Mientras exista la mínima posibilidad de terminar en una cama -y para nosotros, los hombres, esa posibilidad es una constante matemática, una radiación de fondo en el cerebro-, la amistad sólo es el disfraz civilizado de una seducción. La comunión de risas e intereses que sueña con la comunión de los cuerpos y los gametos.

El amor platónico es un concepto polisémico. En algunas definiciones coincide con la amistad pura e inmaculada, libre de carnalidades; en el argot de los comunes, sin embargo, es el amor imposible y unidireccional, jamás correspondido por el amado. Es el amor de los feos por las guapas y de los admiradores por su estrella. El amor que se siente por alguien que ya tiene pareja y no transmite problemas en su paraíso. "Platonic”, la serie, tira más por la primera acepción que por la segunda y pretende ser un desafío filosófico -platónico- a “Cuando Harry encontró a Sally”: su antítesis y su refutación. 

Sylvia y Will son amigos y residentes en Los Ángeles y no parece que el deseo carnal enturbie su infinito cachondeo. Cuando se juntan -y se juntan mucho- es sólo para hacer el gilipollas y pasárselo como niños a pesar de sobrepasar con creces los cuarenta. Sylvia se lleva bien con su marido y a Will le tiran más las jovencitas sin patas de gallo ni decaimientos adiposos. “Platonic” es un serie divertida y afable. Rose Byrne y Seth Rogen están en estado de gracia y yo también quisiera que fueran mis amigos de La Pedanía: juntarme con ellos para hacer el bobo en sociedad. Pero “Platonic” es una serie que no termino de creerme. Hay algo muy falso en esa relación intachable. Un demonio susurrante, un gusano que horada el intestino. Un ardor que el puritanismo moderno prefiere sofocar. Es imposible ver sonreír a Rose Byrne y no desearla con alguna neurona traicionera.





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Mentiroso compulsivo

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Mentir es un mecanismo adaptativo. Un recurso de supervivencia. Todos, incluidos los católicos, provenimos de una larga saga de mentirosos. Los australopitecos que sólo decían la verdad se extinguieron muy pronto en el árbol genealógico. De hecho, cuando llegó el monolito de Kubrick ya no quedaba ninguno sobre la Tierra. No se puede soltar la cruda verdad ante un australopiteco armado con cachiporra, ni tampoco ante una australopiteca que se interesa por nuestros genes. Morir sin procrear es el destino de los sinceros. 

Los únicos que a lo largo de la historia tuvieron el privilegio de decir la verdad fueron los bufones de los reyes. Se les pagaba, de hecho, por soltar con gracia todo aquello que los lameculos no podían o no debían exponer. Las monarquías de entonces eran, en eso, mucho más civilizadas que las de ahora, que ya no admiten ni siquiera una caricatura jocosa en la portada de una revista.

Nadie saldría indemne de una maldición como ésta de la película: pasar 24 horas seguidas sin poder decir una sola mentira. Que cada pregunta que te hagan sea el preludio de una tragedia o de una hostia bien arreada. Se librarían, como mucho, los pastores en el monte, los monjes cartujos y los pacientes inconscientes. Los náufragos de una isla y los opositores encapsulados. Todos los demás, los obligados a vivir en pareja o en sociedad, o en un monasterio no consagrado al silencio, iríamos cayendo como moscas desadaptadas. Cuando terminara la maldición estaríamos todos abandonados, o pre-divorciados, y despedidos del trabajo. Quizá en la cárcel, y sin amigos, cancelados para siempre. 

Familias rotas, parejas ofendidas, jefes iracundos, vecinos airados, policías señalados...: he ahí la distopía de la sinceridad. La consecuencia última de cumplir a rajatabla el octavo mandamiento.





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Ace Ventura: un detective diferente

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No nos vendría mal, en La Pedanía, tener un detective de mascotas. Pero uno que no esté zumbado de la cabeza como Ace Ventura, a ser posible. Preferiríamos un sujeto con cierta prestancia a la hora de moverse y de expresarse. Alguien con una gorrita a lo Sherlock Holmes, o un sombrero al estilo de Philip Marlowe. Los personajes de Jim Carrey están muy graciosos en las películas, pero en la vida real serían unos tipos insufribles e incluso dignos de un bofetón. 

Digo que nos vendría bien un detective de mascotas porque aquí se ven muchos carteles de animales desaparecidos: sobre todo de gatos, que aprovechan las ventanas abiertas o las puertas medio cerradas para irse de picos pardos y ya nunca regresan al hogar. Los gatos son unos seres extraños que viven a medio camino entre la domesticación y el salvajismo. Los gatos son medio leones y medio peluches, desconcertantes y muy suyos. En alguna película se ha propuesto su origen extraterrestre y yo no daría por descartada tal teoría evolutiva. 

Perros desaparecidos apenas hay en La Pedanía. O conviven con  dueños responsables, o malviven con maltratadores pueblerinos. Los primeros los llevan siempre atados y los segundos los mantienen siempre encerrados. Ser cariñoso y responsable con tu mascota no te convierte automáticamente en una persona decente, pero aquí, al menos, en la España Vacía del Noroeste, es un paso importante y decisivo. Una condición necesaria pero no suficiente, que decía nuestro profesor de matemáticas. En cambio, ser un hijo de puta con los animales te convierte directamente en un hijo de puta sin matices. Un hijo de puta a secas. En estos casos, en los países civilizados, ya no pintaría nada un detective de mascotas, sino una intervención directa de un comando del ejército.





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Un loco a domicilio

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Hace tres años, y tras casi otros diez de promesas incumplidas, Movistar + llamó para decirme que vendría un técnico a instalarme la fibra óptica. Una parte de mí estalló del puro gozo de vivir, pero otra, pequeñita, se estremeció de miedo ante la posibilidad de que se reprodujeran los hechos narrados en esta película. Es lo que tiene la memoria cinéfila: que nunca deja de proyectar imágenes por mucho que apagues la tele o el aparato reproductor. El peligro de mezclar la realidad con la ficción existe de verdad y el chico del cable es una prueba muy divertida de ese trastorno. Yo todavía no he perdido la chaveta, o eso creo, pero con los años va aumentando el riesgo de empezar a responderlo todo con frases de películas. Los allegados a veces no me entienden y yo tengo que explicarles medio rojo de vergüenza.

Aquella mañana de primavera brotó en mí la alegría de convertirme en un ciudadano del siglo XXI, ya sin antena parabólica para poder recibir el maná del fútbol y la ambrosía de las películas. Pero en las oscuridades del alma, donde siempre es invierno y hace un frío de cojones, aleteaba la posibilidad de que el chico del cable fuera un trastornado como Jim Carrey en la película: un esquizoide que confundiese la transacción comercial con la amistad o el colegueo. Una birra de cortesía y una conversación intrascendente podían convertir todo el monte de La Pedanía en orégano de camaradas.

Al final fueron dos técnicos, y no uno solo, los que se presentaron en mi casa con monos azules y herramientas colgadas del cinto. Yo no sabía si al ser dos el peligro se alejaba o se duplicaba... Hubo minutos de zozobra en mi interior mientras ellos trajinaban con el taladro y extendían el cable mágico por la fachada. La conversación no se salía del carril y eso me tranquilizaba. Nada de fútbol, ni de mujeres, ni de guiños machirulos. Una obra aséptica  y profesional. Al final me cobraron 60 euros de más por un concepto bastante dudoso, pero me pareció un precio justo por respirar hondo tras verles arrancar la furgoneta y perderse en la lejanía.





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La máscara

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“La máscara” es una majadería supina que introdujo a Cameron Diaz en nuestras vidas. Solo por eso, por muy boba que sea, ya forma parte de nuestras fiestas de guardar.

Cameron Diaz -que no Díaz, con tilde, como me empeño en escribir enamorado- salta a la vista que es una bellísima persona. Iba a poner “persona bellísima” y casi me juego la reputación. En estos tiempos hay que tener mucho ojo con el orden de las palabras. En la combinación correcta eres un hombre decente que respeta a las mujeres; en la incorrecta, un cosificador que sólo se fija en sus apariencias. Tampoco es lo mismo la hija del rajá que la raja de la hija, como sabemos desde chavales.

El otro protagonista de “La máscara” es, por supuesto, Jim Carrey. Mi generación le odia mucho y yo siempre he pensado que es un postureo, un distanciamiento de culturetas que temen quedar contaminados. Hay gente así. Antes de que se volviera un actor de películas serias yo me partía el culo con Jim Carrey. Y con su doblador al castellano, un genio que siempre me hace dudar entre la versión original o la profanación de los ibéricos.

Mientras veía “La máscara” me imaginaba a mí mismo poseído por el espíritu de Loki. ¿Qué gamberro nocturno surgiría dentro de mí? Algunas fechorías no las tengo claras, pero otras ya las puedo ir adelantando: La Pedanía, eso seguro, aparecería con todas las motos ardiendo en la plaza del pueblo. Y a su lado, los coches tuneados. Y los quads de los anormales. Las casas de cuatro de hijos de puta aparecerían desmontadas ladrillo a ladrillo en una pila que se elevaría varios kilómetros hacia el cielo. Profanaría chistosamente las imágenes de la iglesia y me quedaría con toda la mandanga que venden en un bar muy famoso de por aquí. No para consumirla, que no soy proclive, sino para ponerla a las puertas del instituto el lunes por la mañana. Sólo por joder, y por las risas. 

Sellaría con silicona las puertas de mi trabajo y pondría, en vez de la bandera española que ondea en su fachada, un banderolo rojo para recordar que los proletarios del mundo seguimos desunidos.




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Better Call Saul. Temporada 2

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El personaje de Kim Wexler no aparece en “Breaking Bad”. Tampoco aparece al principio de cada temporada de “Better Call Saul”, acompañando a Jimmy en su destierro. Deducimos, pues, que el amor se terminó en algún punto de la serie, o quizá después, en el interregno, justo antes de que Heisenberg -el químico, no el físico- formulase un nuevo principio de incertidumbre. 

Lo que “Hamlin, Hamlin & Mc Gill” unió, luego vino el hombre -o la mujer, o el destino, el guionista malvado en todo caso- y lo separó. Sea como sea, es un pecado gravísimo. Un atentado contra el amor, porque Kim y Jimmy son parte de la familia y nos destroza saberlos separados. En la segunda temporada -si fingimos que nunca hemos visto “Better call Saul”- aún están abiertas todas las posibilidades: que Kim le mande a tomar por el culo; que Kim muera en un tiroteo de los narcos; que Kim conozca al hombre de su vida trabajando en un caso importantísimo. Que Jimmy deje a Kim no entra en nuestros cabales porque ella es un trébol de cinco hojas en el desierto de Albuquerque.

O podría suceder, simplemente, que se les marchitara la complicidad. Porque a veces no es más que eso: una sensación rara en el estómago que los días no disipan. Un malestar creciente, no verbal, que poco a poco encuentra las palabras adecuadas. Y ambos, Kim y Jimmy, son abogados que viven precisamente de las palabras. De la clarificación exacta de una discrepancia.

Es por eso que el amor entre Kim y Jimmy lo vivimos con cierta tristeza y fatalidad. Nos alegramos, pero no mucho, cuando arreglan sus peleas. “Better Call Saul” cuenta la caída en el Lado Oscuro de Jimmy McGill. Pero mientras tanto, mientras lucha contra sí mismo, Kim Wexler le aguanta y le sostiene. Y hasta participa de sus deslices.  Entre otras historias, “Better Call Saul” también cuenta la desventura de un ángel que poco a poco va ensuciándose las alas. Kim, al lado de Jimmy, irá descubriendo que entre el cielo y el infierno hay muchas capas de atmósfera enrarecida.




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La cena

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La Guerra Civil la perdimos todos. Por eso, en “La cena”, unos fusilan y otros son fusilados. Por eso unos temen por su vida mientras otros temen por su digestión. Papeles intercambiables. Ahora te pego un tiro y luego, cuando resucites, me lo pegas tú. Verás qué divertido, hermano. Choca esos cinco. 

La posguerra -que no nos engañen los rojos- fue más o menos así: un empate técnico. Un armisticio amistoso. Un juego sin vencedores ni vencidos, solo ruina compartida. Y risas a gogó. Los rojos lo tergiversan todo y Pérez Reverte tiene que salir a defender la verdad histórica junto a un puñado de falangistas. Un hermanamiento de la hostia -a ver si queda claro- fue aquello de la posguerra. Franco en El Pardo y Machado en su tumba. Dos destinos equivalentes. Dos soluciones habitacionales para un sufrimiento similar.

En “La cena”, los presos sirven las viandas y los carceleros se las comen porque a estos hermanos les hemos pillado en martes y no en jueves, cuando todo sucede justamente al revés. Mira que son cenizos, e inoportunos, esos titiriteros paniguados, esos cineastas contumaces. De hecho, Atresmedia, asesorada por Pérez Reverte, ya está preparando un remake de “La cena” donde es Franco quien prepara la sopa y los presos republicanos -que ya no son presos, sino compañeros de parranda- quienes se sientan a la mesa. La orquesta toca el himno de Riego y el vodevil de los cuernos se produce entre homosexuales agasajados. Se titulará “La reconciliación” y vendrán los altos cargos del PPVOX al día de su estreno.

Al mismo tiempo, en Canal Red, y asesorados por David Uclés -que sostiene que la Guerra Civil la perdieron las mujeres- están preparando un remake donde sólo se fusilan presas republicanas y sus compañeros de reclusión disfrutan de privilegios patriarcales.





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Los Tigres

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En la primera escena de “Los Tigres” vemos a dos hermanos de una edad parecida disputándose la posesión de un reloj lanzado al fondo del mar. El que lo ha tirado por la borda es su padre, un buzo profesional que quiere que sus dos hijos, el chico y la chica, sigan sus pasos profesionales o sus estelas en la mar, instándoles a practicar inmersiones que quizá un juez de las custodias no vería con buenos ojos

Terminado el flashback, descubriremos -no sorprendidos, porque ya los hemos visto en los carteles, pero sí rascándonos el cogote- que el chico, al crecer, se ha convertido en Antonio de la Torre, y la chica, al crecer mucho más despacio, en una Bárbara Lennie siempre esplendorosa. La impresión visual es chocante, muy rara, y basta una breve inmersión en sus biografías para confirmar que en la vida real les separan dieciséis años de radicales libres y de erosiones en la piel. Antonio de la Torre podría ser el padre de su hermana y aún le sobrarían casi cuatro años de maduración en el epidídimo. Es como si en la ría de Huelva hubiera un agujero negro sumergido y el personaje de Bárbara Lennie, para quitarse años, se sumergiera en sus proximidades para que las manecillas de su reloj avanzaran más despacio. Ella tiene formación científica y sabe de sobra que la teoría de la relatividad, bien manejada, obra efectos milagrosos sobre la lozanía de la sonrisa y sobre la gravedad de los atributos.

Poco después, cuando la trama se desarrolle, nuestra incredulidad entrará en estado de suspensión y ya nos dará igual este detalle científico tan asombroso. Eso habla bien de la película. Digamos que "Los Tigres" es... entretenida a mares. O la mar de entretenida. Yo, desde luego, no le pasaba tan bien buceando desde los tiempos de Jacques Costeau. De niño, viendo “Mundo submarino” en nuestra tele en blanco y negro, yo llegué a soñar con ser un explorador del fondo de los mares para ayudar a los animales; no para arreglar barcos petroleros que luego, cuando encallan, los envenenan y los matan.




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Sorda

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Una vez conviví con una mujer que parecía ciega. O al menos ambliope. Pensé que estaba ciega porque decía que yo era muy guapo y que tenía cara de actor sacado de una película. No actor de Hollywood, eso no, pero sí al menos de Madrid o de Barcelona. Ella estaba muy buena -ahora se dice “hermosa sin desdeñar sus otras cualidades socio-laborales”- y podía haber elegido a cualquier hombre con atractivos indudables. Luego, con el tiempo, cuando dejé de sufragarle los gastos y las deudas, descubrí que su ceguera era fingida y que en realidad veía de sobra mis rasgos decaídos. 

Antes de ella, en los Tiempos Oscuros, conviví con una mujer de rasgos psiquiátricos "neurodivergentes”. Ahora se dice así y es bueno que así sea, porque todo lo demás -bipolar, paranoide, psicótica- suena a cosa muy chunga que a mí, además, me deja en mal lugar por haberme dejado capturar. El amor duró lo mismo que tarda el sol de Laponia en iluminar las tinieblas de una noche interminable, llena de monstruos y pesadillas.

Con una mujer sorda no he convivido nunca. Alguna no escuchaba lo que yo decía, pero eso no quiere decir que padeciera del oído. Existe la sordera real y la sordera selectiva. Todos practicamos esta última. Yo mismo sé hacerme el sueco si la cosa no me interesa. (¿”Hacerse el sueco”, por cierto, es una expresión peyorativa o con los nórdicos no existe ese problema?).

La protagonista de “Sorda”, al principio, parece un ángel de sonrisas y además me excita mucho en lo sexual. Uno mira a su marido, tan paciente y comprensivo, y piensa: “Pues tampoco tiene tanto mérito”. El problema es que a mitad de película su mujer se vuelve retorcida y antipática, y la entrega conyugal se ve al menos desafiada. “Sorda” es una película fallida porque la directora se empeña en que empaticemos con esta mujer por ser sorda y nada más, sin tener en cuenta los detalles escabrosos de su conducta. 

Es ahí, en la pobreza de los sentimientos, en la enfermedad del matrimonio, cuando tenemos que reconocer que su marido es un santo laico que merece nuestra rendida admiración. Eso sí que es amor verdadero, incondicional, y no lo que vamos cacareando los demás.






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Los domingos

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“Los domingos” cuenta la historia de Ainara, una chica que a los 17 años sufre un brote psicótico y no recibe ninguna ayuda profesional. Ainara dice escuchar la voz de Dios y vivir enamorada de un profeta galileo que hace dos mil años también escuchaba voces y creía tener poderes mágicos sobre la materia. Porque Jesús, si existió, fue otro esquizofrénico sin medicar que fue bautizado a orillas del Jordán. 

Si Ainara dijera que habla con los conejos o que procede del planeta Raticulín, su familia se tomaría más en serio su desvarío, pero como su interlocutor interior está bendecido por dos mil años de tradición hay quien le ríe la gracia y hay quien le recomienda ponerse a follar a ver si se le pasa. Ése es el verdadero logro de la Iglesia a lo largo de los siglos: blanquear la perturbación mental y convertirla en una dedicación que despierta admiraciones y consigue beneficios fiscales gracias al concordato. Un negocio redondo. A efectos prácticos, la postura del padre de Ainara -un tontolaba al que su hija le importa un pimiento -y la postura de su tía -una atea atenazada por el respeto y la corrección - son igualmente dañinas para la chica. Ainara terminará la película con la mirada de orate -de éxtasis, dicen otros- ya instalada para siempre en su rostro juvenil.

En las entrevistas, Alauda Ruiz de Azúa jura y perjura que ella, siendo agnóstica practicante, no ha hecho una película proselitista. Yo la creo: quizá no lo buscaba, pero lo ha hecho. “Los domingos” está bien, incluso muy bien, pero es un instrumento del demonio. “Los domingos” es ahora mismo objeto de culto en las parroquias españolas. Hay curas de pueblo que fletan autobuses con derecho a bocadillo para que sus feligreses acudan al cine de la capital y se solacen en el misterio. El cartel de “Los domingos”, con esa Ainara transida y trascendente, me recuerda mucho al del tío Sam reclutando a los pobres chavales para la guerra. Sin pretenderlo, Alauda Ruiz de Azúa ha creado un instrumento pastoral cuando menos necesitábamos a esta gente tan... peculiar. 




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