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Begin Again

🌟🌟🌟


Nadie en su sano juicio abandonaría a una mujer como Keira Knightley a no ser que ella:

a) Sea una psicótica con brotes paranoides que camina por la vida sin diagnosticar (a veces pasa).

b) Descubra de repente a Jesucristo y decida convertir su piel humana en cuerpo místico y consagrado.

c) Te vacíe la cuenta bancaria hasta que tengas que decir basta y encima te eche en cara tu actitud (a veces también pasa).

d) Necesite comerse tus testículos en rodajas para curar las fases más agudas de su problemática depresiva.

e) Niegue las pruebas evidentes de que se acuesta con otros hombres y te acuse a ti -monje trapense y tonto enamorado- de pegársela con las tías más o menos sospechosas de tu lánguido ecosistema.


Pero Keira Knightley, en “Beging Again”, a diferencia de esas mujeres que yo por supuesto jamás he conocido, no presenta ninguno de estos cuadros psiquiátricos ni comete atrocidades que te cuestan la salud. Keira es guapísima, majísima, toca la guitarra como los ángeles y vive colgada del sueño musical de su novio talentoso. Keira es... la pera limonera. Y sin embargo, el pichabrava de su novio, en una decisión aberrante que estropea la película entera porque es su punto de partida y su hilo melodramático, la dejará por otra mujer en un acto que es al mismo tiempo pecado mortal e imposible metafísico.

Así las cosas, “Begin Again” -que no tiene nada que ver con “Volver a empezar”, la película que rodó José Luis Garci antes de cambiarse el apellido por Aznar- se instala en un realismo mágico como de García Márquez en el que Nueva York se transforma en Macondo y todo el mundo celebra las desgracias componiendo canciones y jurando no vendérselas jamás al sucio capital. Más vale cantar de pie que triunfar arrodillado. Pues puede que sí, mi comandante, pero también puede que no.






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True Grit (Valor de ley)

🌟🌟🌟🌟

La madurez es una cualidad del espíritu que viene otorgada por los genes.  Y lo demás son paparruchas. A quien Dios se la dé -la madurez- que San Pedro se la bendiga. Y a quien no, ajo y agua. No hay más. La madurez no se gana, no se alcanza, no se trabaja en el esfuerzo cotidiano de vivir. La mayoría pasamos por la vida sin que la madurez nos impregne, o nos eleve. Nos salen canas, nos surcan arrugas, se nos agrava la voz, pero la responsable de esto es la oxidación celular. Son signos de que pasan los años, pero no de que fructifiquen las edades. Eso que comúnmente llamamos madurez sólo es cálculo, artimaña de animal herido. Mansedumbre y estrategia. Conductas aprendidas que nos ayudan a sobrevivir, pero no impulsos naturales que obedezcan a un buen entender de las cosas, a una posición serena y decidida ante la adversidad. La madurez que exhibimos en el otoño de la edad sólo es cosmética y fingimiento. Por dentro seguimos siendo los mismos impulsivos de siempre, los mismos estúpidos, los mismos cobardes.

    Soy educador. Soy entrenador de fútbol. Tengo contacto frecuente con muchachos y muchachas, y más de una vez he encontrado a personajes tan sorprendentes como el de Mattie Ross en True Grit, esa chavala de ideas preclaras, de valores férreos, de intrepidez desarmante. Una mocosa que es capaz de desmontar los razonamientos varoniles, machorriles, de cualquier veterano del Far West. Yo he conocido jóvenes que demostraron más aplomo, más sabiduría, más perspectiva que uno mismo cuando venían mal dadas, y cuando se suponía que uno estaba allí para tutorar, o para conducir. Chavales y chavalas con el don de la frialdad, y del análisis certero. No es por aquí, señor, es por allá, y lecciones así. A su lado yo me sentía tuerto del ojo, como Jeff Bridges en True Grit, y corto de lengua, como el personaje de Matt Damon. Tan humillado, pero tan deslumbrado, que aprendí lecciones fundamentales sobre lo relativo de la edad, y sobre la confusión general que reina en estos asuntos. 

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