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El mundo está lleno de locos. Y los locos, por lo general, para dar riendas a su locura, esperan a que anochezca. Por eso los llaman -o los llamaban, antes de la edad del eufemismo- lunáticos.
“Jo, qué noche” cuenta la historia de un hombre que salió a echar un polvo y se encontró con todos los locos del Soho en una sucesión disparatada y la mar de entretenida. La noche de Walpurgis de las brujas inapetentes y los hechiceros paranoicos. Y Martin Scorsese, desde su púlpito de gogó, iluminándolos con su foco.
De día, para sobrevivir, para dejar sus genes en el acervo, los locos han aprendido a disimular. Estos de la película se ganan la vida moldeando esculturas, sirviendo copas y conduciendo carritos del helado. Parecen personas normales, o casi, mientras el sol alumbra sus cabezas. También hay oficinistas, ladrones del butrón y porteros de discoteca. Maestras de primaria no salen en “Jo, qué noche”, pero yo conozco el percal y sé que también disimulan lo suyo durante el día. Si las miras atentamente se pueden ver indicios, síntomas, conductas inexplicables, pero nadie sin un título de psiquiatría se atrevería a sentenciar. Los locos son como vampiros pacientes que esperan la luna para desplegar las alas y los colmillos.
Ahora, gracias al progreso, sabemos que la locura es producto de las neuronas y no de la astronomía. El “Homo sapiens” es el bípedo implume, sí, pero también el mono desnudo y el mono cortocircuitado. La lucha por la vida, allá en la sabana, inició una carrera muy loca de armamentos que nos dejó a todos más o menos turulatos. Tenemos demasiadas neuronas, demasiados cables, demasiadas conexiones innecesarias. Módulos y más módulos. Un exceso de pensamiento. La locura es el precio a pagar que nos dejó la supervivencia. Y la noche, la oportunidad pintiparada para desfogar.
Por eso yo no salgo de noche y Griffin Dunne, después de su aventura, me parece que tampoco. Hay que ser muy valiente para aventurarse entre la jauría. Ya cantaban los de “Vídeo” que la noche no es para mí, sino para ellos.

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