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Better Call Saul. Temporada 3

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No hace mucho, en un podcast de cinéfilos futboleros, un contertulio comentó que tenía un amigo al que no le gustaba nada “Better Call Saul”. Según él, ese malandrín, ese desnortado de la ficción, había despachado nuestra serie favorita con una frase que yo también he oído alguna vez en mi triste realidad de la provincia:

-  Ah, sí, “Better Calll Saul”, esa serie que nunca termina de arrancar...

Sus compañeros de tertulia -que a pesar de ser futboleros son hombres de bien y espectadores cultivados- se rieron del disidente y vinieron a decir que tiene que haber gente para todo. Gente, incluso, o gentucilla, que no termina de verle la gracia a “Better Call Saul” porque "no suceden cosas" o suceden a un ritmo narrativo más propio de otra época. Gente, o gentuza, que confunde la velocidad con el tocino y piensa que arrancar es hacer ruido, y que haya muchos choques, y muchas hostias, y heroísmos de novela, como si una ficción tuviera que ser ese gran premio de Fórmula 1 que jamás se pierden en sus pantallas.

Mientras escuchaba las burlas inteligentes de los contertulios -que me parecieron muy comedidas para el gran pecado cometido- me acordé, como me acuerdo muchas veces, de Carlos Pumares en la madrugada de mi adolescencia. A Pumares, coincidiendo con las noches más negras de su humor, solía llamarle algún mentecato para decirle que tenía un amigo que se lo pasaba bomba con las películas de Chuck Norris y qué él no sabía si verlas o no.

- ¿Tú qué opinas, Carlos? ¿Qué hago?

Y Pumares, no menos divertido por previsible, le respondía:

- Cambiar de amigo.

Viendo el último episodio de esta tercera temporada volví a sentir el viejo escalofrío del amor pre-fracasado. ¿Qué pasaría si la vida me deparara un último amor luminoso al que sin embargo “Better Call Saul” no le emocionara, o incluso le resultara aburrido, y fuera, por tanto, menos luminoso de lo que parecía al principio, incluso tristón y tenebroso?




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Better Call Saul. Temporada 2

🌟🌟🌟🌟🌟


El personaje de Kim Wexler no aparece en “Breaking Bad”. Tampoco aparece al principio de cada temporada de “Better Call Saul”, acompañando a Jimmy en su destierro. Deducimos, pues, que el amor se terminó en algún punto de la serie, o quizá después, en el interregno, justo antes de que Heisenberg -el químico, no el físico- formulase un nuevo principio de incertidumbre. 

Lo que “Hamlin, Hamlin & Mc Gill” unió, luego vino el hombre -o la mujer, o el destino, el guionista malvado en todo caso- y lo separó. Sea como sea, es un pecado gravísimo. Un atentado contra el amor, porque Kim y Jimmy son parte de la familia y nos destroza saberlos separados. En la segunda temporada -si fingimos que nunca hemos visto “Better call Saul”- aún están abiertas todas las posibilidades: que Kim le mande a tomar por el culo; que Kim muera en un tiroteo de los narcos; que Kim conozca al hombre de su vida trabajando en un caso importantísimo. Que Jimmy deje a Kim no entra en nuestros cabales porque ella es un trébol de cinco hojas en el desierto de Albuquerque.

O podría suceder, simplemente, que se les marchitara la complicidad. Porque a veces no es más que eso: una sensación rara en el estómago que los días no disipan. Un malestar creciente, no verbal, que poco a poco encuentra las palabras adecuadas. Y ambos, Kim y Jimmy, son abogados que viven precisamente de las palabras. De la clarificación exacta de una discrepancia.

Es por eso que el amor entre Kim y Jimmy lo vivimos con cierta tristeza y fatalidad. Nos alegramos, pero no mucho, cuando arreglan sus peleas. “Better Call Saul” cuenta la caída en el Lado Oscuro de Jimmy McGill. Pero mientras tanto, mientras lucha contra sí mismo, Kim Wexler le aguanta y le sostiene. Y hasta participa de sus deslices.  Entre otras historias, “Better Call Saul” también cuenta la desventura de un ángel que poco a poco va ensuciándose las alas. Kim, al lado de Jimmy, irá descubriendo que entre el cielo y el infierno hay muchas capas de atmósfera enrarecida.




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