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Un loco a domicilio

🌟🌟🌟

Hace tres años, y tras casi otros diez de promesas incumplidas, Movistar + llamó para decirme que vendría un técnico a instalarme la fibra óptica. Una parte de mí estalló del puro gozo de vivir, pero otra, pequeñita, se estremeció de miedo ante la posibilidad de que se reprodujeran los hechos narrados en esta película. Es lo que tiene la memoria cinéfila: que nunca deja de proyectar imágenes por mucho que apagues la tele o el aparato reproductor. El peligro de mezclar la realidad con la ficción existe de verdad y el chico del cable es una prueba muy divertida de ese trastorno. Yo todavía no he perdido la chaveta, o eso creo, pero con los años va aumentando el riesgo de empezar a responderlo todo con frases de películas. Los allegados a veces no me entienden y yo tengo que explicarles medio rojo de vergüenza.

Aquella mañana de primavera brotó en mí la alegría de convertirme en un ciudadano del siglo XXI, ya sin antena parabólica para poder recibir el maná del fútbol y la ambrosía de las películas. Pero en las oscuridades del alma, donde siempre es invierno y hace un frío de cojones, aleteaba la posibilidad de que el chico del cable fuera un trastornado como Jim Carrey en la película: un esquizoide que confundiese la transacción comercial con la amistad o el colegueo. Una birra de cortesía y una conversación intrascendente podían convertir todo el monte de La Pedanía en orégano de camaradas.

Al final fueron dos técnicos, y no uno solo, los que se presentaron en mi casa con monos azules y herramientas colgadas del cinto. Yo no sabía si al ser dos el peligro se alejaba o se duplicaba... Hubo minutos de zozobra en mi interior mientras ellos trajinaban con el taladro y extendían el cable mágico por la fachada. La conversación no se salía del carril y eso me tranquilizaba. Nada de fútbol, ni de mujeres, ni de guiños machirulos. Una obra aséptica  y profesional. Al final me cobraron 60 euros de más por un concepto bastante dudoso, pero me pareció un precio justo por respirar hondo tras verles arrancar la furgoneta y perderse en la lejanía.





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El balneario de Battle Creek

🌟🌟🌟


Hace tiempo que abandoné las redes del amor, pero tengo un amigo irreductible que me cuenta que no ha cambiado nada el panorama. Que las mujeres más exigentes de ahora, como las de entonces, tienen pinta de haber pasado más de una temporada en el balneario de Battle Creek. En una vida anterior, quiero decir, allá por los inicios del siglo XX, cuando el doctor Kellogg era el amo y señor de sus dominios saludables.

Dice mi amigo, y yo le apoyo en su deducción, que algo de aquella visita quedó preservado en el espíritu reencarnado de estas mujeres. Algo así como una epigenética de la voluntad; un lamarckismo saludable que traspasó las muertes y las resurrecciones. Una conciencia de vida sana y disciplinada que en sus perfiles de internet ellas anteponen a cualquier otra tentación. 

En sus fotos, al parecer, ellas siguen haciendo flexiones y desayunando cereales Kellogg’s en homenaje. Verdurita para cenar y tablas de gimnasia antes de dormir. La que no desciende rápidos con la piragua sigue apareciendo con su bicicleta en lo más alto de una montaña. A mí me intimidaban mucho, la verdad. Si se molestaban en chatear contigo un ratito, apenas tres comentarios aburridos mientras llegaba el Moby Dick de la comarca, terminaban afeándote la mala costumbre de ver películas en el sofá. Algunas, de hecho, declaraban no tener ni sofá, para que el culo musculado y altivo no se aplanara y cogiera vicios de señora. 

No bebían, no fumaban, no comían nada azucarado o procesado. En aquella visita de hace cien años al balneario de Battle Creek, ellas tuvieron que ser las alumnas predilectas del doctor Kellogg. De hecho, y eso es lo más triste, también comulgaban con su puritanismo de enfermo psicopático. “No quiero sexo”, subrayaban siempre en sus perfiles, y yo no terminaba de entenderlo. Hasta que un día lo comprendí: no quiero sexo “contigo”, idiota.




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Election

🌟🌟🌟🌟

El sexo se va filtrando poco a poco en las películas que comparto con mi hijo. A medida que él va sumando años -y que yo los voy multiplicando- los personajes de la pantalla también se van haciendo mayores, maduros, sexuados. Por mucho cuidado que uno ponga en estos asuntos, la propia deriva de nuestra cinefilia nos lleva a estas playas donde las chicas y los chicos ya retozan semidesnudos y se esconden entre los árboles. El lejano rumor del erotismo se ha convertido en agua que repiquetea sobre nuestro tejado. Ha llegado el tiempo de los primeros torsos femeninos, de las primeros chistes inequívocos, de los primeros actos eróticos que mezclan los ropajes con las pieles. Qué lejos nos quedan ya el Pato Donald y Buzz  Lightyear, los Power Rangers y los amigos de Pikachu...


 

            De vez en cuando, en el desarrollo de una comedia, o en el reposo de una batalla, una pareja de amantes inicia el ritual del desnudo, y se regala arrumacos en decúbito prono y supino. Mientras les dura el arrebato sexual, un silencio espeso se adueña de nuestro salón, y los chuic-chuic de los besos y los mmms-mmms de los retozos resuenan amplificados e incómodos. El retoño no se corta y protesta: " a ver si acaban", o "vaya rollo", o "dale p'alante con el mando". Cosas así. Con sus amigos se partiría el culo de risa y no le quitaría ojo a la pantalla. Conmigo se rasca una pierna o aprovecha para darle un tiento a la lata de refresco. Yo, por mi lado, me concentro en la pantalla y trato de sonreír como un padre moderno y liberal. Pero soy consciente de que me sale una sonrisa de estúpido, de hombre culpable pillado en falta. 

         Otras veces -las peores- el erotismo que yo recordaba inocente se muestra en realidad atrevido e inflamado, y maldigo mi falta de previsión o mi falta de memoria. El diablillo de mi hombro izquierdo me recuerda que son asuntos naturales de la vida, recorridos obligatorios en esta tarea de ser padre. Pero el angelito del hombro derecho, que es el gusanillo de la conciencia, me reprende por dar lugar a estos momentos embarazosos, en los que una chica, por ejemplo, como hoy en Election, se agacha ante su novio y desaparece por el lado inferior de la pantalla mientras el maromo pone cara de imbécil y empieza a sonreír... No se ve la mamada, pero, es obviamente, una mamada. Una que yo no recordaba después de haber visto la película tres veces. Una felación que sólo se sugiere y se deja a la imaginación de cada cual, pero que resulta sorprendente en una película que no viene recomendada para menores de trece años, por mucho que los trece años de ahora valgan tanto como los veintiséis tacos de entonces. El retoño y yo nos hemos quedado de piedra durante esos segundos interminables. Luego, al final de la película, nos hemos felicitado por el buen desarrollo de la función, pues Election es una comedia modélica que ya anticipaba el talento sarcástico de Alexander Payne. Pero ninguno de nosotros mencionó, y nunca mencionará, el asunto de la mamada. Ahí estaba, cada vez que cerrábamos los ojos, como un fotograma clavado en el reverso de los párpados. 




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