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Justino, un asesino de la tercera edad

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La realidad y la ficción dan tantas vueltas en mi ordenador que a veces se solapan y se pisan el argumento. Hoy, justo antes de ver “Justino, un asesino de la tercera edad”, leía en el periódico que acaban de subir otra vez la edad de jubilación. La han colocado, para los parias de la Tierra, en 66 años y diez meses. 

Lo primero que pensé es que los 66 años están cada vez más cerca del primer infarto incapacitante o de la primera demencia demoledora. La “edad de oro” de los trabajadores españoles se va estrechando y empobreciendo. Con el reloj de regalo de nuestros compañeros pasaremos directamente de la esclavitud a la enfermedad. O a la muerte. El margen de años para disfrutar de Benidorm se está convirtiendo en un período de meses o de semanas. Cuando me toque el turno en el IMSERSO habrá que vivir la experiencia como si fuera de verdad el último disfrute: mucha playa, mucha cebolleta, mucha cerveza con las comidas bajas en sal y en calorías... Será el canto del cisne que siempre graznó como los patos. 

Justino, en la película, es un puntillero que acaba de jubilarse del oficio y también sueña con irse a Benidorm. Corre el año 1994 y todavía dispone de unos años decentes gracias a la socialdemocracia a punto de ser aniquilada. Justino nos cae mal porque es un figurante en esa “Tortura Nacional” que han vuelto a poner de moda los fascistillas, pero él, después de todo, no es el personaje más aberrante del sainete porque con un golpe de su puntilla pone fin a los sufrimientos del torturado.

Al pobre Justino, por unas cosas o por otras, el viaje a Benidorm se le va aplazando y complicando. Y nosotros, aunque no queramos, nos vamos apiadando de su orfandad. La familia le ningunea y el amigo del alma no termina de decidirse. Así que un buen día, rememorando su oficio de sicario, Justino rescatará la puntilla de oro que le regalaron por su jubilación y emprenderá una carrera loca de asesinatos para que el destino se espabile y le ponga en un autocar del IMSERSO camino del mar y muy lejos del puto mundo en decadencia.




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La comunidad

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Hace pocos días, en una tertulia de la radio, alguien sostenía que la cantidad mínima de dinero para vivir sin trabajar son dos millones de euros. El tipo -que no era economista, sino periodista deportivo- lo tenía todo calculado por si un día le tocaba el Gordo de Navidad o la herencia de una tía en Venezuela. Aseguraba que unos plazos fijos por aquí y unas letras del Tesoro por allá bastaban no para vivir como un marajá, pero sí para no tener que levantarse a las siete de la mañana y dejarse la vida en un empleo que a él ni le iba ni le venía.

Dos millones de euros son, curiosamente, traducidos al cristiano, 332 millones de pesetas, que son la cantidad exacta de dinero que Carmen Maura encontró bajo aquella baldosa de la cocina. Y estamos hablando de 332 millones del año 2000, con todo lo que ha llovido de inflación y de caradura de los empresarios. Así que fíjate: como para que la comunidad de vecinos no anduviera loca perdida tras las bolsas del dinero. 

“Prefiero el tiempo al oro”, cantaba Serrat en su himno de los locos. Y yo, que soy miembro de la cofradía, usaría esa pasta gansa para comprar tiempo de reloj y tiempo de calendario. Tempo para pasear, para leer, para ver más películas. Tiempo para tomar cafés en las terrazas. Y tiempo, también, para perderlo alegremente. Ser rico para convertir el tiempo en algo mío e inviolable. Para no tener que prostituirlo ante ningún empresario ni ante ninguna administración. Ser millonario no para vivir como tal, sino para quedarme a solas con mi tiempo, tan sagrado como los dioses de las escrituras.

Eso es lo que me más me jodía mientras veía esta obra maestra de Álex de la Iglesia (la única, por cierto, que ha parido): que estos imbéciles de la comunidad iban a dilapidar la pasta gansa como garrulos cejijuntos: en cochazos, en relojes carísimos, en vueltas al mundo sin sentido... Joyas y memeces. Abrigos de zorra y lujos de cabronazo. Gastos estrafalarios y presunciones de gañanes. Un puro despilfarro. 

(Sporting-Real Sociedad X: uno de los momentos míticos del cine español).





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Los lunes al sol


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Va perdiendo uno la noción del calendario, aunque siga trabajando y justificando la nómina del mes. Pero el teletrabajo no parece trabajo, si no cambias el paisaje del salón, y lo cumplimentas con música de Schubert sonando en el iTunes. Los días en rojo se han vuelto negros, y quizá eso sea una metáfora de los tiempos políticos que vendrán… O a lo mejor es al revés, que los días negros se han vuelto rojos, como festivos que ya nadie celebra en el confinamiento, porque no hay fútbol que marque la alegría, ni salidas al campo, ni paellas en casa de la suegra, los domingos, que cuántos iban a pensar que un día las echarían de menos… A las paellas, digo.

    Llevo dos o tres semanas que me lío con los días, y a veces dudo si estoy en jueves o en viernes, en sábado o en domingo, hasta que tomo el enésimo café y la mente se despeja, y en esos lapsus siempre me acuerdo de Santa, el de Los lunes al sol, porque él tampoco estaba muy seguro del día en que vivía, cuando volvía del bar, o cruzaba la ría, en el día repetido y triste de los parados.




    Por lo demás, Los lunes al sol sigue siendo una de las películas de mi vida. La habré visto, qué sé yo, diez veces, y nunca me canso de verla. Santa soy yo, y yo soy Santa. Me sé sus frases como si fueran mías. Pero no por repetidas, sino porque me salen de las tripas, y ya la primera vez que conocí a este fulano me iba planchando los pensamientos. Yo soy como Santa, digo, pero a mí, de momento, me ha ido bien en la vida. Soy un funcionario, un privilegiado, y a los niños autistas, de momento, no vienen a educarlos profesores coreanos por la mitad de mi sueldo. Pero a él sí: a Santa le construían los barcos más baratos, en Seúl, o en Busan, o donde su puta madre, y los astilleros le dejaron tirado en la calle. A él, y a sus compañeros, y a los que tendrían que venir después, los chavalucos, a tomar el relevo del oficio.

    Yo soy como Santa, alto, y anchote, y amante del queso, y con una retranca muy jodida si me tocan las narices. Que yo vea a Santa en la película, en Galicia, capeando la vida como puede, y que no sea él, desde su sofá, el que me vea a mí en Ponferrada, tirado por los bares -es un decir-, es sólo una cuestión de suerte. Porque además, en caso de buscar responsabilidades que no existen, aquí nadie sigue sin explicar por qué unos nacen cigarras y otros hormigas. Jodío Santa…



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