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Alatriste

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En su biografía ficticia se dice que el capitán Alatriste nació en la provincia de León en 1582. No podía ser de otro modo: Diego Alatriste es un tipo alto, atractivo, noble y valiente donde los haya. El amigo más fiel de su amigos y el enemigo más encarnizado de los malvados. Un caballero con un gusto exquisito para las mujeres, además. Un hombre callado, y solemne, pero en el fondo un espíritu confiable y elevado. Un leonés de pura cepa. 

Es por eso que Viggo Mortensen, para preparar el personaje del capitán, recorrió de incógnito nuestras montañas para impregnarse del acento que allí pervive desde los tiempos del Siglo de Oro, o incluso de los anteriores. Y no sólo del acento, sino del acervo propio, porque en León hablamos un castellano mezclado con muchas palabras del asturleonés que aprendemos de chavales sin saber que pertenecen a otro idioma de los tiempos de la Reconquista.

No sé qué llevaría puesto Viggo Mortensen para que nadie le reconociera por los andurriales. Me lo imagino con el mostacho afeitado, y con lentillas de colores, y con un gorro de invierno para disimular la pelambrera. Así dicen que anduvo durante semanas, quedándose con nuestra idiosincrasia, hasta que en el bar de Valdeteja, allá por el Curueño, una chica reconoció en él a Aragorn, el hijo de Arathorn. La historia le he leído en internet y justo en este punto se vuelve más extraña que la ficción: que Aragorn se presente en tu villorrio para pedirte un café con leche es el primer síntoma de la locura o del abuso de sustancias. Pero la chica, al decir de las crónicas, muy convencida de su cordura, le espetó: 

- Tú eres el de “El señor de los anillos”, ¿no?

Poco después, Viggo Mortensen fue entrevistado por la prensa local y nombrado Hijo Predilecto de León. De vez en cuando todavía se deja caer por el bar de Valdeteja, a saludar a los parroquianos. Allí, en una pared, frente al brasero, pervive el testimonio fotográfico de que el capitán Alatriste anduvo entre los leoneses montaraces antes de enrolarse en los Tercios de Flandes.






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Cites. Temporada 1

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En el año 2015, cuando se estrenó “Cites” en la televisión de Cataluña, todavía no estaba muy bien visto esto de ligar por internet.  No al menos en la España Vaciada. Lo sé porque yo me apunté a finales del año 2016 y me acuerdo de cómo me miraron los amigos cuando les dije que me había suscrito a Tinder, y a Meetic, y a la Virgen de la Encina, patrona de estos lugares, a ver si obraba el milagro de un arrejuntamiento. 

Me llamaron de todo, y me insinuaron de todo, y ya recompuestos del patatús, me dijeron que era mucho mejor probar con el método clásico: comparecer a las tantas de la mañana en los últimos bares del lugar, copa en mano y camisa abierta, a ver si algún resto de la madrugada se avenía a empezar una historia de amor tan corta como la noche o tan larga como la vida. Pero como yo soy muy tímido y además no tengo pecho lobo para presumir, decidí quedarme en las aplicaciones y esperar. El primer amor tardó mucho en llegar porque uno vale lo que vale -más bien poco- y porque además el valle de La Pedanía es tierra de paganos, dura de pelar, y aquí todavía no han llegado los profetas para explicar que no pasa nada si la vecina se entera o si el primo te mira raro. Que no pones en riesgo la honra del apellido endogámico si alguien te descubre buscando el amor fuera de los pubs o de las colas del supermercado.

Entre unas cosas y otras, llevo casi siete años entrando y saliendo de este mundo de las citas. Las tres veces que lo abandoné juré, enamorado, que jamás volvería a entrar. Que ya no volvería a necesitarlo. Como cuando apruebas una oposición y crees que nunca más pisarás la Universidad. Pero juré en vano, claro, porque luego la vida tiene sus propios argumentos y no hay otro remedio que acatarlos. Tuve citas catastróficas, de risa y de miedo; algún beso se perdió por ahí; un polvo, una vez, y dos relaciones que casi acabaron en matrimonio. Con papeles y todo... Quiero decir que yo mismo podría trabajar en “Cites” de guionista o de asesor, aunque el amor en La Pedanía y sus alrededores no tenga mucho que ver con el amor en Barcelona, siempre tan locuaz, tan sonriente, tan falto de prejuicios... 





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