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De vez en cuando hay que
ver películas como “Noche de fuego”. No la tenía en mi radar, pero agradezco la
recomendación. Gracias, T...
La película no es
agradable, pero es necesaria. Ayuda a... tomar perspectiva. A refrenar la
lengua sobre la desgracia de lo propio. Sobre todo a los que vivimos en la quejumbre
perpetua: que si esto, o que si aquello. No es que las desgracias de los demás
aplaquen nuestro ímpetu revolucionario, pero sí ordenan la cabeza. Establecen
prioridades. Separan lo importante de lo menos importante. Lo que hay que
defender a fuego de lo que hay que defender a pluma. Superfluo no hay nada cuando
se trata del bienestar.
Cada uno pía su hambre,
desde luego, sus necesidades y sus fatigas. Pero hay hambres y hambres.
Necesidades y necesidades. Las mías -como las de otros muchos- son quejas de salón,
o de cafetería, entre copas y amistades. Todo podría ir bastante mejor, lo público
y lo privado, pero a fin de cuentas existe un colchón, una red que protege de
los resbalones. No es que la vida esté garantizada -porque puedes morirte en
cualquier momento- pero al menos no hay que defenderla todos los días como en
una guerra. Es muy distinto.
Nosotros, en Europa, luchamos por una vida
mejor, que admite márgenes muy amplios de discusión. Pero allá en México, por ejemplo,
en este poblado de las montañas donde Jesucristo perdió el mechero, la lucha es
otra muy diferente. Animal y básica. A cara de perro. No, perdón: a cara de humanos.
En “Noche de fuego” quienes llevan la peor parte son las mujeres. Es lo
habitual. Su desgracia suele ser directamente proporcional al índice de
pobreza. Que se lo digan a las mujeres nórdicas, que en estos parajes serían
como extraterrestres que aterrizan. Estas mexicanas sin suerte son la tierra de
nadie entre los hombres que trafican y los hombres que lo impiden. O que tratan
de impedirlo, acojonados bajo sus uniformes. El narco también descansa, y
cuando descansa y sale de fiesta no te pregunta si estudias o trabajas. Estamos
en la selva, y esto es la ley de la selva. Hay que salir corriendo, o
camuflarse. No queda otra.
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