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Hasta este verano pasado yo creía en los extraterrestres.
Pero a pies juntillas, vamos. Como un niño ilusionado con las galaxias. De Carl
Sagan a muerte. De tener un póster con la ecuación de Drake para soñar
despierto con la visita de los marcianos, o con el aterrizaje del Halcón
Milenario en el descampado frente a mi casa.
Ahora ya tengo más dudas. Este verano leí un libro que reúne los
argumentos a favor y en contra de la astrobiología, y la conclusión de su autor
es más bien pesimista. Stephen Web dice que la vida, nuestra vida terrestre, puede
que no sea más que una chiripa de la química. Una moneda de la física que cayó
de canto y así se quedó, en un milagro irrepetible de las probabilidades. Para
cortar la vida de raíz existen los rayos gamma, los soles abrasadores, las
estrellas gélidas, las órbitas excéntricas, las catástrofes climáticas...
De todos modos, sigo creyendo. Pero ya desde más lejos, desde
una distopía de comunicación imposible. Y por supuesto: jamás he creído en los
que dicen haber contactado con los extraterrestres. O en los que recopilan esas
sandeces para vender sus libros o promocionar sus programas. Si los extraterrestres
existen, una de dos: o están muy lejos, o han pasado de largo. Así que quienes
hablan de avistamientos o de abducciones solo buscan un objetivo: sacar dinero
o fundar una secta.
Lo de sacar dinero ya es grave, pero bueno: se acepta. Las
librerías están llenas de mercachifles y de vendedores de crecepelo. Un libro
sobre el fenómeno OVNI no es más denunciable que uno sobre la terapia del yo o
sobre hacerse millonario con un cursillo acelerado. Allá cada cual con sus
ilusiones. Pero lo de la secta ya es harina otro costal. Rara es la secta que
en el fondo -ojo, spoiler- no anda buscando una congregación de hermanos en lo
sexual. Esperar la Llegada en la gran cama redonda del gurú, todos al unísono o
pasando a turnos por la piedra.
Tampoco es nada grave cuando este juego discurre entre
adultos informados, aunque anormales. Allá cada cual, también, con sus
genitales. Pero es que en “Espíritu sagrado” -ojo, spoiler- tampoco es el caso.
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