Vente a Alemania, Pepe
Escape
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“Escape” cuenta la historia de un trastornado que quiere vivir en la cárcel a toda costa. Él no nació así, desde luego, pero tras provocar un accidente de tráfico en el que murió su mujer ha decidido renunciar a su voluntad y a su curiosidad por el mundo y vivir ya para siempre como Edmundo Dantés en el castillo de If.
La cárcel, para N., es el paraíso anhelado donde ya no tendrá que tomar ninguna decisión. ¡Al carajo el libre albedrío! La verdadera libertad consiste en no ejercerla: no optar, no elegir, no comerse la cabeza. Horarios estrictos, menús programados, ocios y trabajos marcados por Instituciones Penitenciarias... Y luego, por la noche, lo que pongan en la tele. Y si en las duchas le proponen un borrado de cero, pues bueno, aceptarlo como viene y tomar nota de la experiencia.
Para entrar en la cárcel, N. se pone a delinquir como un bellaco hasta que el juez ya no tiene más remedio que acceder a sus deseos. Todo esto dura más o menos una hora y es la más parte más entretenida de la función. He dicho entretenida, no buena. El resto, hasta el final, es una ida de olla muy grave de Rodrigo Cortés. Un extravío absoluto del oremus. Aunque me ha hecho perder dos horas de mi vida, yo en el fondo me alegro de que “Escape” sea una puta mierda. Estoy un poco hasta los huevos de que Rodrigo Cortés sea tan guapo, tan sensible, tan carismático, tan exquisito... Tan infalible. Pues mira.
Viendo la película me acordaba de Lester Burnham en “American Beauty” cuando decidió dejar su trabajo para dedicarse a cocinar hamburguesas en el McDonald’s. Cero responsabilidades y a vivir. Que manden otros. Yo mismo, el año pasado, me presenté en la agencia de viajes y pedí una excursión por Irlanda en la que no tuviera que decidir nada en absoluto. Dejarme llevar como un borrego por los prados y los pueblos.
El año pasado también me propusieron ser director de mi cotarro y casi me dio un ataque al corazón. Yo tampoco he nacido para tomar decisiones. La compra en el súper y la película diaria, y poco más. Como el N. de "Escape", yo también he encontrado refugio en una cárcel muy confortable y metafórica, construida a mi medida. Tristona, quizá, pero segura.
José Luis López Vázquez: ¡Qué disparate!
🌟🌟🌟🌟
Los actores españoles del siglo XXI ya se parecen muy poco a José Luis López Vázquez. Tanto que ya puedes confundirlos con europeos de verdad, tan altos como son, y tan estilizados, ligando con extranjeras tirando del inglés. Las nuevas generaciones se crían con muesli y con yogur desnatado y eso se nota mucho en los fenotipos.
Pero eso es en las pantallas de cine, claro, donde escogen al ganado: en la vida real, en La Pedanía misma, los paisanos de los bares siguen siendo más o menos como don José Luis: bajitos, calvetes, feotes, histriónicos, celtibéricos de pura cepa. Fuera de la televisión, la mezcla genética resiste los asaltos multiculturales como atrincherada en un cromosoma numantino.
José Luis López Vázquez era un actor genial y un trabajador incansable. Pero es que además, en los años 60 y 70, era uno de los nuestros. Él encarnaba como nadie al español medio, reconocible en cualquier lugar. Y la gente, cuando le veía en las películas, se identificaba con sus sueños y con sus manías. Sus personajes solían pertenecer a la clase media aspiracional, y en aquellos tiempos, la aspiración de cualquier españolito era forrarse sin dar golpe y tirarse a las suecorras en la playa. O sea, como ahora, pero sin apenas armamento, a pecho lobo descubierto, poniéndose de puntillas para disimular el 1’60 y tirando de retóricas imperiales y machirulas que siempre conducían al fracaso.
Lo cuentan en el documental, pero yo ya lo había leído: que cuando George Cukor trabajó con López Vázquez en “Viajes con mi tía” se quedó de piedra y le dijo a un periodista que ese tipo, si hubiera trabajado en Hollywood, habría ganado cuatro Oscars como cuatro catedrales de la Almudena. Cuentan que Cukor le invitó a su mansión de California para ver si le seducía con las palmeras y con los dólares, pero José Luis estaba demasiado apegado a Madrid, y a su público, y además le costaba mucho manejar lo del inglés.
El puto inglés... Aquí, en la época de López Vázquez, lo llamaban “el idioma de los bárbaros”, como un parloteo muy alejado de la cristiandad. Ahora todos presumimos de un nivel medio en su manejo. Ja.
Bellas Artes
🌟🌟🌟🌟
¿Qué es arte? Pues todo y nada. Andy Warhol explicaba a quien quisiera oírle que sus cuadros de la sopa Campbell eran arte, pero que la misma lata en el supermercado también lo era. La diferencia es que sus cuadros valían millones de dólares y las latas de sopa solo un puñado de centavos. En un diálogo de “Bellas artes” se recuerda que el precio de las cosas depende de lo que uno esté dispuesto a pagar. Algunos pagamos un abono carísimo a Movistar + solo para ver los pases cruzados de Toni Kroos desde el círculo central. Eso, por ejemplo, también es arte. Y reto en duelo a quien venga a decirme lo contrario.
Arte es lo que pintaba Picasso, pero también lo que dibuja un niño en su clase de preescolar. Arte, al final, es lo que unos tipos llamados críticos dicen que es arte. ¿Y quiénes son estos tipos y estas tipas (me niego a decir tipes)?: pues la gente que escribe en las revistas de arte, que monta galerías, que comparece en tertulias de conceptos muy elevados. Es un misterio. Es una pura tautología. Suponemos que el arte es un rollo de tendencias burguesas, de egos que entran en lucha, de negocios que trafican con el valor de las cosas... En otra película de Cohn y los hermanos Duprat que se titulaba “El artista”, la aristocracia del arte bonaerense confundía los dibujos de un enfermo de Alzheimer con las obras provocativas y geniales de un joven con mucho talento. Es un poco así.
“Bellas artes” no es solo una reflexión sobre la impostura de los artistas y de quienes los clasifican como tales. También es -y quien haya visto el último episodio lo entenderá- un monumento a la estupidez humana. A la bajeza y a la estulticia. La Segunda Ley de la Estupidez enunciada por Carlo Cipolla decía que “la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona”. Estúpido puede ser alguien que trabaja en el Museo Iberoamericano de Arte Moderno y también, -con muchas más papeletas, eso sí- en mi centro de trabajo habitual. Puede ser un subalterno o la misma ministra del Gobierno; un sexagenario heterosexual o una podemita con un piercing en la nariz. Aquí no se libra ni Dios.
La ciudad no es para mí
La primera vez que pisé
Madrid, en una excursión organizada por los hermanos Maristas, un compañero y
yo nos descolgamos del grupo nada más bajar del autobús. Lo habíamos hablado durante
el viaje en conciliábulo secreto: en el primer semáforo que cruzásemos,
por esas avenidas inconcebibles en León de tres carriles o más en cada sentido, le haríamos un homenaje a Paco Martínez Soria en “La ciudad no es para mí”,
que era una película que pasaban mucho por la tele y que nos gustaba mucho a
los paletos de provincias.
Don Agustín, al salir de la estación de
Atocha y enfrentarse por primera vez al tráfico moderno, se las veía y se las
deseaba para cruzar por la glorieta de Carlos V, desesperando al guardia urbano
encargado de enseñarle la diferencia entre el disco verde y el disco
"colorao", porque rojo no se podía decir en las películas de la
época. Mi compañero y yo, que éramos cinéfilos porque no teníamos novia -que si
no de qué- queríamos imitar la gansada de no entender el semáforo, de entrar y
salir de los carriles con aire de despistados, mirando hacia los lados como
quien se ve atrapado en una estampida de bisontes.
Y casi lo conseguimos. Nuestro
grupo ya estaba en la mediana de la primera gran avenida -creo recordar que la
Castellana, a la altura del Museo Arqueológico- cuando nosotros, veinte metros
por detrás, y silbando la musiquilla ye-yé de las películas sesenteras, pusimos un pie en el asfalto con el semáforo de nuevo cerrado en rojo. O en colorado...
Dimos dos o tres pasos entre el tráfico como si fuéramos Chiquito de la Calzada
en uno de sus chistes -quietoorr, noorr, cuidadín- cuando de pronto, a punto de
retroceder para reiniciar el numerito, dos manos poderosas, la izquierda y la
derecha de nuestro tutor, nos jalaron con fuerza hasta la acera y al llegar allí
nos soltaron un par de capones muy certeros en el pescuezo. Los hermanos
Maristas, en eso de arrear hostias, eran unos karatekas muy consumados porque también
tenían misiones en Japón y en Indochina y creo que los destinaban allí por
turnos rotatorios.
Paseo (cortometraje)
🌟🌟🌟🌟
Cuando lleguen los momentos finales,
si tienen a bien concedernos un rato antes de ser ejecutados o de ser desenchufados, le dedicaremos el último pensamiento al amor verdadero. Solo a
ese. Porque hay un único amor verdadero digan lo que digan. Amores hay varios
si uno es medio guapo o medio guapa y lleva encima la baraka de ligar. Pero solo un amor -el que nos volvió
del revés, el que nos hizo llorar en la madrugada, el que nos vació por dentro
porque sacó todo lo mejor y todo lo peor- comparecerá en el último suspiro.
Será muy triste y muy bonito a la vez, como en este cortometraje.
Hay personas que llegan al final sin saber cuál fue su amor verdadero, y tampoco parecen muy preocupadas en el asunto. Reconocerlo no es que sea necesario para seguir viviendo, pero sí dice mucho de nosotros mismos: nos define, y nos aclara, y nos deja la conciencia más tranquila. Saber que al menos una vez lo dimos todo, hasta la extenuación, hasta venderle el alma al diablo a cambio de un último minuto o de una última oportunidad. Que fuimos correspondidos en un tiempo finito pero feliz. Es bueno tener al menos ese consuelo, aunque luego todo el esfuerzo se vaya por el retrete, como cuando cagas con dificultad.
Del futuro no respondo. La vida es caprichosa. No hay guion más imprevisible que el que cuenta nuestras vidas a este lado del televisor. Pero si los fascistas vinieran a fusilarme mañana -cosa que tampoco descarto, visto como van las encuestas electorales- yo, al menos, antes del apagón, mientras me trasladan en el jeep y me alinean en la tapia, sabré qué responderles a los ángeles que vengan a buscarme. Mejor dicho: a los demonios. Me los imagino como unos diablillos barrigones y borrachines que me pinchan en el culo con tenedores infantiles.
Formentera Lady
🌟🌟🌟
Hubo un tiempo en que yo, como José Sacristán en la película, también soñé con ser farero y perderme en
una isla lejos de los hombres, y de las mujeres. De
todas menos una: la que habría de ser mi compañera de aventura y mi colega en el
exilio.
Soñaba con vivir en un acantilado que distara varios kilómetros
del pueblo más cercano. Recorrerlos en bicicleta solo cuando necesitara
alimentos o medicinas. Tenía hasta un sitio escogido, en la costa asturiana, donde
el faro ya era eléctrico y no necesitaba más que una revisión periódica de un
técnico motorizado. Lo mío, en aquel paraje brumoso y siempre azotado por
las olas, ya era el sueño de un imposible. Pero cuando llegaba el verano yo me
entregaba a él como quien se entrega a un sueño reparador que le ayuda a
proseguir.
Hubo un tiempo, sí, cuando
los fareros todavía eran profesionales que vivían en sus faros, como señores
altaneros y encastillados, en el que soñé con llevar la misma vida -exacta,
calcada, como si me la hubieran robado mientras dormía- que empujó al personaje de José
Sacristán a perderse en la isla de Formentera. De hecho, en la película, José
Sacristán conduce un Land Rover con matrícula de León, y es como si me hubieran
plagiado hasta la procedencia provincial. Demasiada casualidad, pensé, que este
hippy proceda de unas tierras tan poco dadas a salirse por la tangente o a
vivir en la marginalidad.
Yo también soñé -y aún
sigo soñando, pero ya es un sueño dentro del sueño- con vivir al lado del mar
junto a una mujer igual de aventurada y despegada de los hombres. Bajar con
ella dos veces por semana al tumulto de la civilización, a socializar en las
terrazas para no terminar convertidos en dos gorilas en la niebla. Y
al poco, hastiados ya del contacto con los demás, con los amigos ya saludados y
las cuentas ya aclaradas, regresar a nuestro refugio para
entregarnos como dos bonobos a los amores tórridos o tempestuosos, lánguidos o
sudorosos, según las épocas del año y los vaivenes de la salud.
Todos a la cárcel
🌟🌟🌟
Berlanga, sin Azcona, era como Butragueño sin Hugo Sánchez;
como Cansado sin Faemino; como el Dúo sin Dinámico... Buenos en lo suyo, pero
sin mordiente. Oliver sin Hardy, Oliver sin Benji, Esteso sin Pajares, que me he
quedado sin más Olivers... Cumplidores, pero romos. Profesionales, pero alejados
de la genialidad. Berlanga, al igual que ellos, tuvo que encontrar una pareja
de baile para soltar los pies y echar a volar.
Antes de conocer a Rafael Azcona en los cafés de Madrid,
Berlanga rodaba películas amables, divertidas, precuelas hispánicas y grises de
Modern Family. Después de conocer al diablillo de Logroño -que ya había
sembrado de maldades las películas de Ferreri- Berlanga trascendió su cuerpo mortal
para rodar una obra maestra tras otra: películas cargadas de mala leche, ácidas
como pomelos, incisivas, inteligentes, inmisericordes con la miseria moral de
los humanos. Estos dos tunantes nos desnudaron. Nos enseñaron que la comunicación
humana es posible -de hecho se da a todas horas- pero el entendimiento no. Que
todos hemos venido a hablar de nuestro libro, como decía el otro. Que siempre
hay alguien jodiendo los diálogos, las escenas, las reuniones, los besos... Que
llevamos la chapuza no como un hábito adquirido, sino como un fragmento de ADN
fundamental. Que somos egoístas, cicateros, pesados, plomizos, a veces
absurdos, pero que la civilización nos ha enseñado a disimular cojonudamente. A
veces... Todo eso nos enseñaron Azcona y Berlanga trabajando codo con codo,
meninge con meninge.
Todos a la cárcel, ay, es Berlanga sin Azcona. La fase
última de su filmografía. La película está bien, pero no es lo mismo. Donde no llega
Azcona ponemos una pedorreta, un cagarro, un mecagoendiós y todo solucionado.
Te ríes, pero echas de menos al logroñés. Todos a la cárcel es Marianico
el corto y el señor Barragán. No queda ni rastro de los Monty Python, que eran
otros denunciantes sanguinarios de nuestra estupidez, entre risas y tal, con muchos
gags inolvidables.
La vaquilla
🌟🌟🌟🌟🌟
La primera vez que vi “La vaquilla” fue con catorce años,
en casa del amigo más querido del grupo. Y era el más querido porque era el
único que tenía un VHS: un cacharro Philips de la hostia, negro como el
monolito de Kubrick, y con poderes tan mágicos como aquél. El último grito en
tecnología, como se decía en los anuncios de entonces. Un invento de los americanos que su
padre había comprado en Madrid en un arranque de “estos son mis cojones”, y a
precio, precisamente, de huevas de esturión.
Corría el año 86 u 87, y aquel VHS se convirtió en el tótem
de nuestra cinefilia. En el salón del amigo fundamos una iglesia a la que
íbamos siempre que podíamos, cuando la esclavitud de los Maristas nos dejaba
algo de tiempo libre. Su padre siempre estaba en viaje de negocios, como aquel yugoslavo
de la película, y su madre, como todas nuestras madres, vivía la otra esclavitud
de las labores del hogar, así que casi nunca pisaba por aquel terrirorio sagrado, que
era nuestro Reino de los Cielos, o nuestro Paraíso Terrenal.
Por aquel VHS pasaron todas nuestras neuras adolescentes: las
películas de Rambo, las cafradas de Chuck Norris, las comedias de los hermanos
Marx... Las películas porno -si no había moros en la costa- que el tipo del
videoclub nos detectaba en el mostrador pero dejaba pasar con una
sonrisa de comerciante comprensivo. Veíamos cine clásico y cine palomitero,
cine maravilloso y cine execrable. Europeo y americano, español y de la Cochinchina.
Éramos infatigables y pantagruélicos. Cien años de historia del cine se acumulaban
en las estanterías del videoclub, gritando “¡Descúbreme!”....
Y en uno de aquellos lotes metimos un día “La vaquilla”,
porque decían en la publicidad que te partías de risa con ella. En el salón del
amigo estaba representado todo el arco parlamentario de la Transición: estaba
yo, que era más rojo que los tomates, y un chaval facha, que era hijo de
falangista, y un rarito que ya entonces se declaraba “ácrata de las
costumbres”. Y el dueño de la casa, claro, que siempre fue un ultracentrista
del baricentro. Ver “La vaquilla” y reírnos con la mitad de sus chistes -porque
la otra mitad se nos escaparon, de lo torolos que éramos- fue nuestro Pacto de
la Moncloa. En aquellos sofás, alrededor del VHS totémico, se juntaron qué sé yo, cuatro Españas, para
tratar de entender aquellas dos de la guerra.
El diputado
🌟🌟🌟
Nada ha cambiado desde los tiempos de la Transición. Aquí seguimos, leña al rojo, caza y captura. Que el cabronazo, o la cabronaza, se entere de lo que vale un peine. Que no soliviante a las masas, y que no predique con el ejemplo. A ver qué se han creído... Estos con Franco no se movían, y aquí hay mucho privilegio en juego, mucho mamoneo, mucho hijo tonto al que colocar en la empresa o en la Administración.
No hemos salido de la Transición. Todo quedó atado y bien
atado. Mira que nos hemos reído con la tontería, ja, ja, imitando la voz de
Franco, decadente y gangosa, pero la tontería sigue ahí, maniatando la democracia.
¿Democracy? ¿What democracy? Estamos confundiendo la democracia con la ausencia de
golpes de estado... Los que se hacen con tanques, me refiero, disfrazados de torero, porque los otros,
los periodísticos y los económicos, se producen cada vez que un rojo asoma la jeta.
Ningún heredero de Alejandro ha podido deshacer todavía el nudo gordiano. El
Coletas venía espada en mano, decidido a cortarlo, pero le han parado los pies.
Vaya que si le han parado los pies... En El diputado, se encargaban unos
matones de acojonar al diputado: te enseñaban la Luger, o te disparaban con la
Luger, o te aporreaban la cara con la Luger. Ahora, recién iniciada la Transición
3.0, te envían por correo las balas de una Luger.
No me extraña que Yolanda Díaz, nuestra esperanza roja, nuestra
esperanza mujer, esté deshojando la margarita. Ella sabe que nada más
aceptar sufrirá el acoso de los chacales. El franquismo sociológico
nunca se fue, y ahora empieza a reconquistar los parlamentos. Y cuentan, además,
con una legión de camisas pardas, armados de ordenadores. Está la cosa muy jodida.
La acosarán, la difamarán, hurgarán en su basura, ¿Quién no tiene un trapo
sucio ? ¿Quién no se ha cagado alguna vez en esto o en lo otro? ¿Quién no se ha pasado de frenada? ¿Quién no ha de dejado dicho, o escrito o firmado? ¿Quién
no tiene un conocido corruptible, o un ex conocido miserable? La diputada...
¡Que vienen los socialistas!
Desde este sofá del siglo XXI las películas de Mariano Ozores se nos han quedado chapuceras, zafias, un poco impresentables también. Las señoritas de Ozores se desnudaban porque sí, porque estaban muy ricas, sin mayores exigencias del guion, y los protagonistas se las zumbaban o jugueteaban con sus cuerpos como invitados a una fiesta de Berlusconi, lo mismo solteros que casados, viudos que prometidos.
Un millón en la basura
Si yo -como José Luis López Vázquez en la película- me encontrara un millón de euros en una maleta, abandonada en una papelera, y en ella hubiera una tarjeta que señalara a Fulano de Tal y Tal, banquero de profesión, empresario en sus ratos libres, como dueño del botín extraviado, me iban a ver a mí, por las narices, en la comisaría más cercana de mi pedanía...
Don Erre que erre
La rocambolesca aventura de Don Erre que erre es de todos los cinéfilos conocida: Rodrigo Quesada, que es un abuelete obsesionado con las normativas y los reglamentos, acude al banco para cobrar 257 pesetas que le deben unos clientes. Pero justo en el momento de echar la zarpa a los dineros, que ya están depositados en la ventanilla, aparecen unos atracadores que los requisan para sumarlos a la saca general. El Banco Universal, que así se llama la ficticia entidad, cree haber cumplido con su deber de pagador, pero el señor Rodrigo, que es un Quijote de las causas perdidas, emprenderá una causa legal, y periodística, contra los molinos que en este caso no son gigantes carnívoros, sino tiburones de las finanzas que solventan sus problemas mientras van de cacería y reparten las perdices abatidas. Muy franquista todo, de españolada de los años setenta, si no fuera porque los banqueros de ahora son los hijísimos y los nietísimos de los mismos árboles genealógicos.
Madrid 1987
Entre que María Valverde es una actriz de belleza sin par, y que tiene cierta propensión a mostrar su cuerpo desnudo, cuando sale en una película, la tensión sexual se instala en el patio de butacas, o en el salón de nuestra casa. Ella, por supuesto, no se da por aludida, porque su holograma ni siente ni padece las emociones. Pero nosotros, óseos y carnales, todavía jóvenes y sanos en el deseo, sentimos que la sangre se nos enturbia, y que la mirada se nos ensucia. Que el espíritu cinéfilo no va encontrar reposo hasta que ella se despelote por exigencias del guión. Y los guiones, con tal de desnudar a María Valverde, son capaces de inventarse cualquier excusa, que menudos son estos tunantes de escritores, y de directores, cuando se ponen a imaginar.
Así que en Madrid 1987, a los veinte minutos de metraje, ya tenemos a María Valverde despelotada en el apartamento, para solaz de nuestra mirada, y para remanso de nuestro espíritu, que libre de la tensión sexual centra sus atención en los soliloquios de José Sacristán. Su personaje, más propio de los viejos tiempos de José Luis Garci, suelta una verborrea post coitum que se lleva más de una hora de metraje, disertando sobre la escritura, sobre las canas, sobre la vida en general, y la única diferencia con las asignaturas pendientes es que Fiorella Faltoyano o Emma Cohen le escuchaban arrobadas en la cama con las sábanas destapando los pechos, mientras que aquí, en Madrid 1987, María Valverde le soporta el rollo sentada en un retrete. Es tan rebuscada la disertación, tan reflorida la sabiduría del personaje de Sacristán, que la tensión sexual vuelve a cogernos de los huevos cuando ya estábamos desprevenidos, en el quinto o sexto bostezo, y a partir de ahí ya sólo nos fijamos en la dichosa toalla, a ver si se escurre, o se cae, o regresa a su colgadero.
Las ibéricas F.C.
El otro día, en la terraza del bar, a la altura de la cuarta o quinta cerveza, mi amigo y yo concluimos que cualquier película española de los tiempos pretéritos, por mala que fuese, ya tenía el valor incuestionable de lo documental. Las mayores mierdas del franquismo, o del destape, ya habían adquirido la dignidad de lo antiguo, la respetabilidad de las viejas señoras. Concluimos que si poníamos el canal de cine español a cualquier hora nos quedaríamos pegados a la pantalla con cualquier película que pasaran.
Solos en la madrugada
Asignatura pendiente
Magical Girl
El muerto y ser feliz
Creo que fue Carlos Pumares, en aquel programa suyo de la madrugada, quien contó una vez que en la televisión de Polonia, al menos en la Polonia de los años ochenta, no doblaban las películas extranjeras, ni tenían el buen gusto de subtitularlas. Que era un tipo el que iba contando la trama a los espectadores, una voz en off que iba diciendo: “Y ahora fulano le responde que no, y mengana le dice que de eso ni hablar…” Nunca supe si esto era cierto o si era una exageración más de Carlos Pumares, que a veces se dejaba llevar por el humor del momento y recreaba la realidad a su modo irónico y punzante. Le gustaba mucho, además, reírse de los comunistas cuando cruzaba el Telón de Acero para asistir a los festivales, y a veces los caricaturizaba en exceso, para mi cabreo de adolescente comunista que le escuchaba desde León. De ser cierta su afirmación, uno piensa que quizá el narrador era un comisario político que inventaba los diálogos para que la acción encajara dentro de los valores marxistas-leninistas. O que no había presupuesto para más, en la filmoteca de Polonia, porque el resto se lo gastaba Jaruzelski en cohetes nucleares para el Pacto de Varsovia.
Cosas que hacen que la vida valga la pena
En la alegría estúpida del viernes por la noche, elijo Cosas que hacen que la vida valga la pena, que es una comedia española de larguísimo título, y de escaso metraje, que encaja como un guante en este ánimo risueño y tontorrón. No espero gran cosa de la película: algo de lo que he leído por la red me dice que la decepción le ganará finalmente el pulso al regocijo, por mucho que trabajen en ella Eduard Fernández (ese monstruo) y Ana Belén (esa mujer). Y no me equivoco, lamentablemente. El sexto sentido de las películas anda bien afinado estos días. Cosas que tal y tal es una película fallida, tramposilla, sacada del libro de recetas para los espectadores menos exigentes. La música, intrusiva; las casualidades, rocambolescas; los chistes, muy malos; la teta, de una doble de cuerpo. Las transparencias que le ponen a Ana Belén cuando hace que conduce, indignas del siglo XXI. Y la diferencia de edad entre los dos tortolitos -trece años a favor de la fémina- insostenible en ese contexto que se nos propone, aunque Ana Belén sea una cincuentona de muy buen ver, y Eduard Fernández se curre el romance como un profesional de su oficio.
2 Las sandalias en verano / Las zapatillas en invierno
3 Menorca. Jugar al mus. Chavela Vargas / La montaña leonesa. Jugar al ajedrez. Serrat
4 Estrenar ropa. Las siestas en el sofá. Un masaje en los pies / La ropa de siempre. Las siestas en la cama. Un masaje en...
5 Meterse en la cama en invierno. Que tu perro te reciba cuando abras la puerta / Meterse en la cama, en cualquier estación. Y el perro, sí.
6 Los chistes de los niños. Hacer un rompecabezas. Compartir un paraguas / Los chistes muy cerdos. Ver más películas. Caminar bajo la lluvia, sin paraguas.
7 El silencio. El mar. El sol en invierno / El silencio.El Cantábrico. Las nubes en verano.
8 La música. Los amigos que aguantan el paso del tiempo. El café de la tarde / La música, claro.La soledad. El café a todas horas.
9 Los reyes magos. El olor de las sábanas limpias. Con faldas y a lo loco / El Grinch. El olor de las sábanas limpias. Primera plana.
10 El vino de Rioja y el jamón serrano. Los primeros novios de tus hijos. Los últimos novios de tus padres / La cocacola y el pincho de tortilla. Las novias nórdicas que yo sueño.
11 El chiste de Forges. La ducha después del gimnasio. Mojar pan / El chiste de El Roto. La ducha después del amor. El pan, a secas.
12 Las películas de amor / Las buenas películas.













