El cineclub

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De niño veía las películas gratis en el cine Pasaje porque allí trabajaba mi padre. También en el cine Abella, que era el otro cine de la empresa. Eran nuestros cineclubs particulares pero tampoco se podía entrar por la jeta: había que presentar unas invitaciones que la empresa cedía a sus empleados a cambio de pagarles un sueldo miserable. Estaban contadas y no se podían malgastar. Eso nos obligaba a seleccionar un poco las películas, y también las compañías, porque las invitaciones eran todas dobles, ninguna individual, así que a veces, en vez de ir solo, invitaba a algún amigo que se arrimaba por el concepto. 

Cuando entré en la edad de merecer alguien me dijo: “Con esto de las entradas te van a salir chicas por un tubo”. Pero el tubo, ay, debía de estar mal empalmado, o conducir a un universo diferente, porque nunca descendió por él ninguna cinéfila de León. Ninguna Aime Lou Wood que también buscara en el cine una cueva para esconderse, y ya de paso, vivir un amor como éste que sale en “El cineclub”, hecho de sueños y confidencias. Estaba la cosa jodida, la verdad: los Maristas de León fueron el último bastión de la enseñanza segregada y luego, en el barrio, las chicas siempre prefirieron al canallita gracioso antes que al cinéfilo apocado. Es ley de vida y hay que aceptarlo como es.

Años después, cuando por fin vino el fontanero y arregló el tubo de las chicas, los cines ya habían cerrado y yo vivía muy lejos de León. Fuera del cineclub familiar conocí a un puñadito de mujeres, pero ninguna, salvo una -la serpiente venenosa- me siguió el rollo de las películas. Hubo un tiempo maravilloso en el que creí haber encontrado en ella un alma gemela en el sofá. De eso va precisamente “El cineclub”: de cinéfilos enamorados que viven las películas como si se tratase de una fiesta o una eucaristía. En mi cabeza ésa es la conexión absoluta que distinguirá al gran amor de los demás.




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