Una gripe de campeonato, de esas que se posan como una zarpa en el tórax, y como un yunque en la cabeza, puso fin a este año desventurado. Es el remate apropiado para este 2013 que sólo dejó malas noticias: la salud que se torció, el amigo que se fue, los fantasmas que regresaron... Mejor olvidar, no insistir en esta escritura melancólica que a nada conduce, más que a reabrir y relamerse las heridas.
La extraña tarde de las ballenas trekkies y las pollas africanas
Una gripe de campeonato, de esas que se posan como una zarpa en el tórax, y como un yunque en la cabeza, puso fin a este año desventurado. Es el remate apropiado para este 2013 que sólo dejó malas noticias: la salud que se torció, el amigo que se fue, los fantasmas que regresaron... Mejor olvidar, no insistir en esta escritura melancólica que a nada conduce, más que a reabrir y relamerse las heridas.
El hombre de acero
Termina la cena de Nochebuena y la familia, avenida en los langostinos pero reñida en las religiones, se divide en dos sectas de adoradores cuando llega la medianoche. Unos, los temerosos de Yahvé, se enfundan los abrigos y salen a la calle para participar en la Misa del Gallo, donde habrán de asistir al nacimiento repetido de Jesús, superhéroe de los tiempos antiguos que multiplicaba los panes y resucitaba los muertos. Los otros, los descreídos, nos repantigamos ante la tele para adorar al milagrero de los tiempos modernos, Supermán, que detiene los trenes en marcha y recoge a todo el que se cae de los andamios. Son vidas ejemplares, y paralelas, las de Jesús y Kal-El. Otros antes que yo ya divagaron sobre el asunto, haciendo más humor que otra cosa. Sucede que ahora, en El hombre de acero, los guionistas ya no esconden sus intenciones evangélicas, muy serias y pomposas, y pretenden equiparar el destino espiritual de ambos personajes, como si la película la hubiese sufragado la derecha religiosa. Un atrevimiento, o una herejía, o una gilipollez, según se mire.
Masters of sex. Temporada 1
Hayware
Yo juraría que hace unos años, en alguna revista de cine, leí una entrevista con Steven Soderbergh en la que éste anunciaba su pronto retiro del oficio. En la que decía estar cansado de recorrer los despachos y los platós. Los engranajes de la gran maquinaria -aseguraba él- le habían dejado magulladuras y lesiones en el ánimo. Quería tomar distancia, repensar su carrera, dedicarle tiempo a otras artes en las que andaba interesado. Pero al final se arrepintió, o las circunstancias económicas le obligaron. O yo, quizá, interpreté muy mal la intención final de sus palabras. Porque desde ese momento, el hombre de las gafas de pasta nos regala -o nos endilga, según le salga- una película cada año. A veces dos, incluso, como si las cultivara en un invernadero muy fructífero de California. El mismo virus de la hiperactividad que fundó una colonia en Woody Allen, ha encontrado asiento en este director por el que tan pronto siento admiración como distanciamiento.
No. El plebiscito de Pinochet
En 1988, un dictador chileno de cuyo nombre no quiero acordarme se sometió al veredicto de las urnas para concederse unos años más de poder. ¿Un gesto democrático de quien había asesinado a los demócratas verdaderos? Por supuesto que no. El innombrable del bigote era un megalómano convencido de su misión mesiánica. ¿Qué tendrán los bigotes, chilenos o españoles, soviéticos o teutones, que a todos los chalados les confieren el convencimiento de un alto destino?
Alps
La costumbre de suplantar con un actor a quien acaba de fallecer va camino de convertirse en todo un subgénero de las películas. Y quién sabe si de la vida real, dentro de unos años... La primera vez que vimos algo así fue en Familia, aquella película en la que Juan Luis Galiardo contrataba a un batallón de actores -cuñado incluido- para no celebrar en solitario su cumpleaños de cincuentón. Lo que no quedaba muy claro, o yo no recuerdomuy bien, si el tío andaba de rodríguez y se daba un capricho estrafalario, o si era un divorciado melancólico que echaba de menos los viejos tiempos de las discusiones y los gritos. Es difícil de recordar: el recuerdo de Elena Anaya, inaugural y primigenia, difumina cualquier acercamiento a Familia que se haga con la ayuda simple de la memoria.
Érase una vez en Anatolia
Frenesí
Hace unas semanas, después de conocer al Hitchcock más lúbrico e iracundo -y más destestable- en la película The Girl, releí en el libro de Donald Spoto sus últimas peripecias antes de abandonar este mundo. Allí se habla de un Hitchcock cada vez más gordo, más alcohólico, más alejado del planeta de sus semejantes, que siempre tuvo por un lugar aterrador o poco edificante. No salgas a la calle cuando hay gente, cantaron años después los Golpes Bajos... El biógrafo pasa de puntillas por las últimas películas del maestro, que considera decadentes y poco inspiradas. Todas excepto una: Frenesí. De ella escribe el señor Spoto adjetivos tan tentadores que uno, por curiosidad, por devoción cinéfila, se ha visto obligado a reservarle un hueco en la programación.
The Deep Blue Sea
Del cine de Terence Davies hablan cosas tan eruditas en los ateneos de postín, que uno, desde su insignificancia paleta, desde su escaso andamiaje artístico, no se atreve casi a disentir. Seré yo, y no la película, piensa uno. Será una tara, una deficiencia, una falta de vitaminas. Un aminoácido que escasea o una hormona que se multiplica sin control. Algo orgánico, involuntario en cualquier caso, que me impide paladear este cine de alta cocina y plato cuadrado. Pero sé que es falso. Es un razonamiento cobarde que sólo busca quedar bien con la crítica oficial, con el canon establecido. No existen las buenas o las malas películas: sólo las películas que a uno le gustan o que no. Para millones de mujeres de este país, y de otros parecidos, Pretty Woman es la obra cumbre del cine norteamericano, y nadie podrá convencerlas jamás de lo contrario. Para millones de hombres que sólo gustan del western o de las hazañas bélicas, las demás películas son sentimentalismos o mariconadas de las que pueden prescindir sin graves consecuencias para su intelecto. Y quién de entre nosotros se atrevería a bajar al barro para convencerles de lo contrario...
Election
El sexo se va filtrando poco a poco en las películas que comparto con mi hijo. A medida que él va sumando años -y que yo los voy multiplicando- los personajes de la pantalla también se van haciendo mayores, maduros, sexuados. Por mucho cuidado que uno ponga en estos asuntos, la propia deriva de nuestra cinefilia nos lleva a estas playas donde las chicas y los chicos ya retozan semidesnudos y se esconden entre los árboles. El lejano rumor del erotismo se ha convertido en agua que repiquetea sobre nuestro tejado. Ha llegado el tiempo de los primeros torsos femeninos, de las primeros chistes inequívocos, de los primeros actos eróticos que mezclan los ropajes con las pieles. Qué lejos nos quedan ya el Pato Donald y Buzz Lightyear, los Power Rangers y los amigos de Pikachu...
Otras veces -las peores- el erotismo que yo recordaba inocente se muestra en realidad atrevido e inflamado, y maldigo mi falta de previsión o mi falta de memoria. El diablillo de mi hombro izquierdo me recuerda que son asuntos naturales de la vida, recorridos obligatorios en esta tarea de ser padre. Pero el angelito del hombro derecho, que es el gusanillo de la conciencia, me reprende por dar lugar a estos momentos embarazosos, en los que una chica, por ejemplo, como hoy en Election, se agacha ante su novio y desaparece por el lado inferior de la pantalla mientras el maromo pone cara de imbécil y empieza a sonreír... No se ve la mamada, pero, es obviamente, una mamada. Una que yo no recordaba después de haber visto la película tres veces. Una felación que sólo se sugiere y se deja a la imaginación de cada cual, pero que resulta sorprendente en una película que no viene recomendada para menores de trece años, por mucho que los trece años de ahora valgan tanto como los veintiséis tacos de entonces. El retoño y yo nos hemos quedado de piedra durante esos segundos interminables. Luego, al final de la película, nos hemos felicitado por el buen desarrollo de la función, pues Election es una comedia modélica que ya anticipaba el talento sarcástico de Alexander Payne. Pero ninguno de nosotros mencionó, y nunca mencionará, el asunto de la mamada. Ahí estaba, cada vez que cerrábamos los ojos, como un fotograma clavado en el reverso de los párpados.
Sangre fácil
Uno guardaba un mejor recuerdo de Sangre fácil, la película con la que hicieron su debut los hermanos Coen. Hace casi treinta años, dioses míos... Hoy he vuelto a verla en este miniciclo sin calendario que voy dedicando a la entrañable pareja de Minnesotta, y me he quedado frío y descolocado. Lo que yo tenía por un thriller de guión enrevesado y momentos brillantes se ha quedado sólo en lo último: en los momentos brillantes. En un puñado de perlas que los joyeros primerizos no supieron engarzar. Se oyen los coros, una vez más, de aquellos enemigos míos que sostienen que los hermanos Cohen hacen gran cine pero mediocres películas. Nos les daré la razón en voz alta a estos malandrines, porque tengo que mantener el orgullo y la palabra jurada, pero esta vez sí que musitaré alguna maldición por lo bajini. Yo, que guardaba Sangre fácil en el estante de las películas míticas y fundacionales, he tenido que quitarle uno de estos adjetivos pomposos y degradarla al escalón inferior donde esperan su turno las películas que sólo tienen un interés histórico, cinéfilo, de consulta y de nostalgia. Que ya no tienen, ay, la categoría de gran película inaugural de los fines de semana, de acontecimiento festivo en estos viernes laborales del invierno que se recrudece.
Las nieves del Kilimanjaro
Las nieves del Kilimanjaro es una película francesa muy emparentada con Los lunes al sol. Sus protagonistas también son trabajadores despedidos de un astillero, arrastrados por la ola asiática de los bajos salarios y las deslocalizaciones en masa. Aquí, sin embargo, se respira un aire más amable y optimista. Se ve que en Marsella no llueve el mismo sentido del humor que cae sobre Galicia, mucho más negro y sarcástico. Parecen más afables y flemáticos, estos marselleses, quizá porque viven bañados por el sol del Mediterráneo, y eso les amansa y les reconcilia con la vida. Quizá porque nunca han recibido la visita negra del chapapote. A orillas del Mare Nostrum, para quien gusta de ese clima, la existencia siempre parece más llevadera, y menos abrasiva.
Todo sobre mi madre
Hoy que he vuelto a verla, he constatado que apenas recordaba cuatro pinceladas de Todo sobre mi madre, la película de Pedro Almodóvar que hace unos años fue el tema de conversación nacional: la gracia de Antonia San Juan, la belleza de Cecilia Roth, la mamarrachada del Toni Cantó prepolítico y precentrista. Maldita memoria... ¿Será la edad, que me traiciona? ¿Será la película, que se diluye? ¿Será Almodóvar, que se me queda desfasado? No lo sé. Ni soy un hombre provecto, ni la película, inclasificable, se merece este desatino mío de las neuronas. Ya estoy cansado, además, de filosofar sobre estas cosas, como un griego de hace dos mil años rascándose la cabeza frente el mar Egeo. ¿Son las canas, que me ofuscan? ¿Son las comedias, que no resisten el paso del tiempo? Paparruchas... Es la segunda ley de la termodinámica, tan concisa como fatídica, que todo lo jode y todo lo arruina, la vida y los recuerdos, las buenas películas de Almodóvar y los truños "personales" que a veces nos endilga.
La muerte del señor Lazarescu
La muerte del señor Lazarescu ya nos anuncia, desde su mismo título, que este pobre hombre, alcohólico y viudo, anciano y enfermo, va a morir de sus achaques. Lo que no nos cuenta el título -y es el intríngulis que nos mantiene pegados al sofá- es el periplo burocrático que recorrerá el pobre hombre en sus últimas horas. La road movie en ambulancia que lo llevará por los servicios de urgencia de Bucarest. El caso es que, unos porque no quieren encargarse de un enfermo desagradable, y otros porque carecen de medios en esa Rumanía post-soviética y pre-arruinada, los médicos y las médicas se irán pasando la pelota del señor Lazarescu como en un juego macabro de las tantas de la madrugada.
Expediente Warren
Había leído en varios sitios que Expediente Warren -con su casa poseída por los espíritus, y su familia acojonada en el interior- era una película rompedora con el subgénero. Una que aportaba aire fresco e ideas renovadas a esta trama mil veces repetida. Pero mentían, claro está. Los propagadores del bulo se han embolsado unos buenos dineros con la campaña.
Lincoln
“Diré, pues, que no estoy, ni nunca he estado, a favor de equiparar social y políticamente a las razas blanca y negra (aplausos); que no estoy, ni nunca he estado, a favor de dejar votar ni formar parte de los jurados negros, ni de permitirles ocupar puestos en la administración, ni de casarse con blancos... Y hasta que no puedan vivir así, mientras permanezcan juntos debe haber la posición superior e inferior, y yo, tanto como cualquier otro, deseo que la posición superior la ocupe la raza blanca.”
Ali
Ali no es la primera película que veo sólo porque ando enamoriscado de su actriz protagonista. Ni será la última. Ninguna referencia negativa es capaz de detenerme cuando corro en pos de la mujer amada. Ni los abucheos de la crítica ni las maldades de los cinéfilos me hacen desistir del empeño. No me detuvieron cuando me enfrenté a Los crímenes de Oxford persiguiendo la anatomía de Leonor Watling; no me salvaron del martillazo de Thor cuando me sorprendió robándole el amor de Natalie Portman. Cuando voy embobado y medio imbécil, salto al vacío y me precipito sobre películas que sé, de antemano, que no van a dejarme huella ni sustancia.
Las flores de la guerra
Hace un par de años, en Ciudad de vida y muerte, conocimos la toma de Nanking por los japoneses, y la herida que aquello abrió en el orgullo del pueblo chino. Aunque la memoria flaquea, y todos los salvajismos guerreros terminan por parecerse, uno guarda el recuerdo de una gran película, aunque el relato de las atrocidades fuera, como no podía ser de otro modo, maniqueo y parcial.
Shaolin Soccer
Shaolin Soccer es probablemente la peor película que he visto en mi vida. Una pandilla de ex-monjes del kung-fu montan un equipo de fútbol para hacer frente a los Evils de Shanghai, un plantel de chinos hormonados que preside un millonario que parece sacado de Puerto Banús. Es una mierda de película. El fútbol es el cebo que nos ponen a los tontos para que piquemos como truchas. El terreno de juego es un enorme tatami donde se exhiben las patadas voladoras, los brincos imposibles, los malabarismos de chiste. Los diálogos parecen sacados de un curso para gilipollas, y la historia de amor, de un culebrón programado por Antena 3. Es tan horrible, Shaolin Soccer, que a partir de la media hora, superado ya el shock del balompedista, empiezas a sospechar que todo esto responde a una estrategia calculada, y que este tipo, Stephen Chow, responsable del invento, y delantero centro de la tropa, es un cachondo mental que en el fondo nos está haciendo un favor.
Uno recuerda, de pronto, la Teoría de la Fascinación por lo Cutre que nos enseñara el maestro Pepe Colubi, y comprende que Shaolin Soccer es exactamente lo que parece: una memez supina, una majadería considerabel, y no una película que esconda una pretensión de seriedad o de trascendencia. Es entonces cuando quien esto escribe, acompañado del Retoño, que se descojona a mi lado, se libera del corsé absurdo del crítico de cine y termina agradeciendo este despelote de primera categoría. Siete días después, vuelve a ser viernes. Vuelve a ser fiesta de guardar. Mi retoño bienamado; mi cine bienquerido.
La ventana
Yo juraría que los actores de La ventana no son argentinos, sino suecos, y que ésta no es una película de Carlos Sorin, sino de Ingmar Bergman. Me han dado gato nórdico por liebre argentina. Rodada en interiores, el único campo abierto que transita nuestro protagonista lo mismo podría pertenecer a la Pampa que a los alrededores de Malmö. De hecho, a mí este prado sin segar, con las vacas y las florecillas, el anciano y sus recuerdos, me suena mucho al de Fresas Salvajes, a crepúsculos al raso donde los personajes filosofan sobre la muerte o recuerdan melancólicos la primera teta que palparon.
El camino de San Diego
La tercera película de este ciclo dedicado a Carlos Sorin ya no transcurre en el remoto sur de la Patagonia, gélido y desolado, sino en la otra punta de Argentina, en la provincia de Misiones, comarca lluviosa y selvática fronteriza con Brasil. Se parece mucho, la provincia de Misiones, a este noroeste hispánico donde yo resido, verde por todos los sitios, cálido hasta en invierno, plagado de mosquitos y de frutos tropicales. Me siento como en casa mientras veo El camino de San Diego, y ello, lejos de confortarme, me predispone en contra de la película, pues echo de menos los fríos australes, las estepas patagónicas tan parecidas al páramo leonés donde nací y me crié. Vivo exiliado en este microclima insospechado, prisionero de un trópico atrapado entre montañas que me roba el aire y me priva del frío.
Bombón, el perro.
El secreto mejor guardado de los profetas es que a
Dios, digan lo que digan las Sagradas Escrituras, no le gustan los pobres. Su
Hijo vino a la Tierra para predicar a su favor y rápidamente tuvo que
destituirlo del cargo por incendiario. Nada más morir en la cruz, los ángeles
le trajeron de vuelta para someterle a una estricta reeducación en el colegio
de monjas, que ya existían por entonces en el Cielo.
Dios tolera a los pobres, y poco más. Los necesita
para hacer más ricos a los ricos, que son sus verdaderos hijos amados. Los
pobres, que nacieron con lo puesto, sin gracia ni belleza, piden demasiadas
cuentas, señalan demasiados fallos, reclaman demasiadas mejoras... Son unos
pesados que colapsan la centralita de peticiones y atiborran los buzones de
sugerencias.
“Bombón, el perro”, es el reencuentro de Carlos Sorín
con los paisajes y paisanajes de la Patagonia. El protagonista es un cincuentón
al que han despedido de su trabajo como gasolinero y vive en casa de su hija,
sin oficio ni beneficio. Mientras busca trabajo por los villorrios, un azar de
la vida le convierte en dueño legal de un dogo argentino, un ejemplar de pura
raza que será reclamado para participar en las ferias caninas de alta prosapia.
La suerte, de repente, le sonríe a nuestro amigo Villegas. Pero la suya es, no
nos olvidemos, la suerte de los pobres: resbaladiza y pasajera, agridulce y
fastidiosa. La suerte de los perdedores nunca es una suerte completa: siempre
le falta algo, o exige algo a cambio, o se esfuma en el momento más decisivo.
En los títulos de crédito consta como
"mochilera". En IMDB como "female hitchhiker". El suyo es
un personaje sin nombre, de apenas cuatro frases, que aparece al final de la
película para darle palique al bueno de Villegas mientras conduce por la inmensidad.
La actriz se llama Andrea Suárez. Su belleza me deja mudo y tonto en el sofá.
Ella es una estrella errante en el páramo desolado. Pasado el trance, y los
títulos de crédito, la busco en internet, pero Andrea, como si la hubiera
soñado, no consta en ningún registro conocido. Una sola película; un solo
papel; una sola sonrisa.
Historias mínimas
De pequeño yo escuchaba la expresión "allá en la Patagonia" y me imaginaba, no sé por qué, una isla remota en el Pacífico, con su cocotero y su náufrago, y su bella aborigen meneando las caderas y saludando con un aloha!. Luego, en la Geografía del colegio, aprendimos que la Patagonia estaba efectivamente a tomar por el culo, pero en el otro lado del pompis, al sur de Argentina y de Chile, donde el clima se vuelve extremo, y el paisaje majestuoso.
Magic Mike
Hace cuatro años que Steven Soderbergh retrató la vida cotidiana de una prostituta de lujo en The girlfriend experience: película modesta, cortísima, sin apenas recorrido, que en este blog perdido en la galaxia sí recibió sonoros aplausos. Sasha Grey, ahora reconvertida en actriz seria, bordaba su papel de mujer vestida, y sin una polla clavada en la boca y otra en el ojete, Sasha salía en pantalla de lo más natural y convincente. Una gran actriz, después de todo.























