Cochinas

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Sólo he visto tres episodios. No he podido más. Ni me río ni me sonrío. Nada. Carcajadas ni una. Dobles sentidos sí, pero vamos, de patio de colegio. De carnicería de Alfredo Landa.  “¿Le gusta el solomillo, señora?” “¡Hoy tengo la morcilla reventona!”. Cosas así, de vergüenza ajena. Gracietas que ya estaban superadas en 8º de EGB. Los chistes de “Cochinas” -si es que son chistes- no me pasan ni rozando. Oigo los disparos, pero no siento los impactos. Sus guionistas, es obvio, disparan con balas de fogueo, o disparan a otras dianas. 

Ay, el porno... El porno es como el Scotch Brite: no se puede estar sin él. Otra cosa es debatir su naturaleza, su proceso de elaboración. Sus ingredientes más o menos ecológicos. La ética del pringue. Discutir qué son los panes y qué son las tortas cuando llega la hambruna o se vive en el jolgorio. Pero cada vez que conozco a un hombre que asegura no caer en la tentación, pienso que estoy ante un mentiroso o ante un degenerado. En cualquier caso, alguien muy poco recomendable. 

Con las mujeres es otro cantar. Prefiero no meterme ahí. Metes el dedo gordo del pie y sales escaldado. No están los tiempos para bollos. En "Cochinas" dirían que sí para bolleras: ése es el nivel. Yo solo pensaba que luego ponen una película de Pajares y Esteso y se arma la mundial: que si casposos, que si machirulos, que si cosificadores de la mujer... “Cochinas” -al menos hasta el tercer episodio- cuenta la historia de unas amas de casa que descubren la pornografía y se lo pasan teta -¿aún es legal esa expresión?- viendo pollas en acción. Son el reverso femenino de Pajares y Esteso y a todo el mundo le parece cojonudo. A mí también, por cierto. Yo estoy hablando de otra cosa... Malena Alterio y sus amigas cosifican -qué engendro de palabra- a los actores porno y aquí no ha pasado nada. Un hombre viendo porno se degrada a la categoría de marrano; una mujer, en cambio, según “Cochinas”, da rienda suelta a sus anhelos y se libera. A mí me parece fenomenal. Bienvenidas a la fiesrta. Pero jolín. 




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El buscavidas

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Mi hijo, de pequeño, era conocido en los ambientes familiares como el "Paul Newman” porque era rubio, y guapetón, y tenía unos ojos que iban alternando los colores del mar. Cualquier desconocido hubiera apostado cuatro dólares a que no era mi hijo de verdad. 

En esa época nos agarró el vicio del billar y coincidió que yo estaba gordo en demasía, abandonado, así que para completar el elenco de “El buscavidas” yo hacía de Minnesota Fats, el Gordo de Minnesota, al que Eddie Felson desafiaba con toda la chulería de su juventud. 

Estábamos tan flipados con el billar que un verano, en Madrid, compramos un juego de bolas de snooker y dos tacos medio profesionales fabricados en Inglaterra. Al comenzar el colegio lo trajimos todo a La Pedanía para jugar en un bar donde nos alquilaban una mesa y nos dejaban usar nuestras propias bolas madrileñas. Éramos casi una atracción de feria para los parroquianos: por un lado Retoño, tan pequeño, que  llegaba montado en su bicicleta de Mickey Mouse, y por el otro lado yo, tan osuno, subido en una bici desvencijada que usaba para hacer los recados. 

Entrábamos en aquel garito bromeando, pero en el fondo reconcentrados, dispuestos a despedazarnos, cada uno con su taquera de tela cruzada en bandolera, como si fuéramos mogoles que venían a conquistar la verde pradera del tapete con su arco y su carcaj.

En aquel tiempo yo le pedía al chaval que viera “El buscavidas” para que entendiera por qué le llamaba "Felson, el Rápido” y por qué Minnesota Fats era mi primer avatar en los tiempos de internet. Pero él se rascaba el cogote preadolescente y me decía que no, que mejor otro día, porque la cinefilia, como mi fealdad, nunca arraigó en su ADN. Además, él veía en la carátula del DVD -de este mismo DVD- que la película era en blanco y negro y que duraba más de horas eternizantes. Cada vez que cojo “El buscavidas” de la estantería me acuerdo de todo aquello y me parece que también sucedió en blanco y negro, en un pasado medio feliz pero lejanísimo.





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El político

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La democracia está tan devaluada que la moraleja de “El político” ya no escandaliza a los espectadores. Estamos vacunados de espanto. Casi ochenta años nos contemplan desde que Robert Rossen denunciara los mecanismos de la corrupción, aunque sea la corrupción en los campos de Montana. Al final todas las corruptelas se parecen. El parecido físico de Broderick Crawford con Jesús Gil ayuda mucho a establecer paralelismos.

El ciudadano del siglo XXI ya tiene asumido que la democracia es una farsa necesaria. Un engañabobos. La democracia es el palco del Bernabéu, estúpido, y la cacería en la sierra, y la regata en aguas gallegas. La democracia es eso que nunca trasciende a los medios informativos. La democracia, despojada de palabrerías y oropeles, no es más que la salvaguarda incruenta de los intereses comerciales. Pero ojo, no nos engañemos: en el momento en el que fallan las cuentas, los mandamases organizan golpes de estado más o menos públicos, más o menos espectaculares, y eligen otra democracia más ajustada a las matemáticas.

Es tristísimo, sí, pero siempre será preferible la dictadura numérica de las empresas a la dictadura sangrienta de los militares. Mejor Guatemala que Guatepeor. Si hay que elegir entre un gobernador corrupto de Montana y un general bigotudo con el arma calentita, es preferible taparse la nariz y celebrar la fiesta de las urnas. Eso es, en definitiva, lo que se dirime en un domingo decisivo: la esperanza de encontrar una cara amable y una intención noble, aunque solo sea eso, la intención. Las empresas, al menos, te mantienen vivo, aunque cabreado, para que sigas comprando sus productos, y tienen el buen gusto de no organizar desfiles marciales de tiburones trajeados y de ejecutivas agresivas. No, al menos, en plena calle.




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Oppenheimer

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Cuando se estrenó la película, mi pareja deentonces le llamaba “Openauer”, y un amigo de por aquí, “Openjamer”. Escuchándoles me acordaba mucho de Chiquito de la Calzada cuando decía aquello de “gromenauer”, en lugar del número tres. "Gromenauer, peich, guan...", descontó el maestro, y la bomba del proyecto Trinity explotó en Nuevo México después de los dolores. 

Al final no fue un fistro de bomba, y tampoco incendió la atmósfera como pronosticaban los cálculos más pesimistas. Pero como dice el propio Oppenheimer al final de la película, sí incendió el mundo geoestratégico hasta entonces conocido. En un juego de palabras diabólico, las armas termonucleares dieron paso a la Guerra Fría de los despachos, y la guerra convencional de soldados y tanquetas quedó relegada para las guerras cutres y a los museos.

Aunque voy de listo, yo tampoco sé pronunciar correctamente el apellido de Mr. Robert. Digo “OpenJaimeR”, con jota de jamón en lugar de hache aspirada, y con erre de roedor en vez de dejarla casi sin pronunciar, como si se la llevara el viento del desierto. Los ignorantes podríamos llamarle “Oppie”, u “Oppy”, como hacen en la película, y así no hacer el ridículo con nuestro inglés del parvulario. Pero el diminutivo de Oppenheimer quedaba reservado para amigos y seres queridos, y nosotros no somos ni lo uno ni lo otro: solo espectadores de la película, y curiosos de su historia. 

También le llamaban “Oppie” los belicistas que durante algún tiempo le confundieron con un héroe de la guerra: Robert Matajapos, le decían, como aquí tuvimos a Santiago Matamoros y dentro de nada a Santiago Matarrojos.

La película de Nolan -grandiosa, sí, pero siempre con ese “toque Nolan” de “podría hacerla más sencilla, pero os jodéis”- se centra más en el Oppenheimer rojo que en el Oppenheimer científico. Digamos que se resume en O= 2aa’+R2+Fc, donde O es Oppy, a su amor oficial, a’ su amor clandestino, R su rojerío problemático y Fc la física cuántica de la que fue evangelista en Estados Unidos. Ese es más o menos el peso atómico de cada elemento en la película. La ecuación que trata de resolver el misterio escondido bajo un sombrero de ala ancha.





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Following

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Seguir a la gente por la calle no es que esté mal: es que es delito. Como poco, puede resultar peligroso. El protagonista de “Following” es un tolai desinformado. Todavía no sabe que seguir a una mujer está castigado por la ley, y que seguir a un hombre puede ser castigado con una hostia de campeonato. O viceversa. Él responde, a quien le pregunta, que lo suyo es un experimento social, una fuente de ideas para su escritura paralizada, pero a todos nos parece que este tipo, simplemente, está mal de la chaveta.

(A veces, como en “Following”, crees seguir a alguien y es ése alguien quien te sigue a ti. Que camine por delante no significa nada. El orden de los factores a veces altera el producto. Existe el ojo del culo y también la maquinación de los malvados, que siempre llevan un paso anticipado).

No hay que seguir a nadie en general. Sólo al guía de la excursión, o al bombero que nos rescata. O al “safety car” de la Fórmula 1. O a los ingleses que nos enseñaban los rudimentos de su idioma en “Follow Me”. Cosas así: seguimientos de supervivencia y nada más. Todo lo demás es un acto de fe equivocado, o que tarde o temprano se torcerá. Seguir frívolamente sí, en Instagram, o en el Caralibro, pero siempre a distancia, por si hay que echar el freno y desdecirse de lo seguido.

“No tienen que seguirme. No tienen que seguir a nadie”, gritaba el pobre Brian de Nararet a los creyentes agolpados bajo su ventana. Pero ellos, ansiosos por encontrar al Mesías, no le hacían ni puñetero caso. Y así estamos un poco todos: siguiendo a gente escogida que nos guíe y nos enseñe. O que al menos nos entretenga. Y luego, claro, te llevas una decepción: cantantes que torean, escritores que desbarran, futbolistas que vaguean, políticos que defraudan... Mujeres que de cerca ya no brillan y amigos que de lejos se confunden con cualquiera.





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Better Call Saul. Temporada 5

🌟🌟🌟🌟🌟


Vivo enamorado de Kim Wexler. De Rhea Seehorn no lo sé. Rhea es tan guapa como Kim pero no la conozco como a ella. Rhea cuenta con la ventaja de ser real -aunque viva muy lejos- pero podría ser una persona deleznable tras esa belleza deslumbrante. No lo sé, me lo invento. Pobre Rhea: yo aquí, elucubrando... Si tuviera que apostar diría que se parece mucho a Kim Wexler en los sentimientos. Los que saben de actuación dicen que es imposible no plasmarse de algún modo en los personajes.

Kim Wexler parece de mentira, pero no lo es. Es sólo de ficción. Los hombres reales la miramos como a veces la mira el propio Jimmy McGill -que siendo ficticio es el único que la toca: incrédulos. Un poco boquiabiertos. Un poco como niños ante el truco más refinado del gran mago. Jimmy la sondea como nosotros, con un ojo alegre y el otro inquieto, por si de repente se esfumara. Por si fuera un espejismo, un holograma, un sueño que no acaba de disolverse... Jimmy no termina de creérsela. Hay algo muy pervertido -pero una perversión de caballeros, ojo- en la creación de Kim Wexler. Vince Gilligan y Peter Gould son un par de tunantes. Unos románticos empedernidos. 

Kim Wexler, en el mundo real, habría nacido para ser la esposa de un abogado de relumbrón, o de un banquero, de una estrella del balompié; o, en su defecto, una mujer desligada de los hombres que se limita a devorarlos, uno por uno, según su humor y su apetito. Aquí sin embargo, dentro del televisor, ella es la esposa -ahora ya sí, en la quinta temporada- de un chiquilicuatre como cualquiera de nosotros. De un tipo que necesitaría cien vidas ejemplares para merecerla.

Kim Wexler es buena y malvada, fría y sexy, retorcida y sincera. Es un enigma que “Better Call Saul” jamás resolverá. Me tiene encandilado. La serie cuenta la caída de un hombre en la oscuridad, pero también la ascensión de una mujer hacia la luz.




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Venga Juan

🌟🌟🌟🌟


“Venga Juan” es el cierre definitivo de la trilogía sobre Juan Carrasco. Y está bien que la cerraran: llegó un momento en que la realidad de los telediarios superó cualquier trapisonda del personaje. Juan Carrasco empezó siendo un político de ficción -aunque basado, y muy basado, en hechos reales- y terminó siendo una caricatura casi benévola de los corruptos de verdad: esos tipejos que también dominan el difícil arte de combinar la inteligencia con la tontuna, la chispa con la incultura, la indecencia con el aplauso de sus votantes.

En otras trilogías para el recuerdo vivieron Michael Corleone, Luke Skywalker, Marty McFly, Frodo Bolsón y  Lisbeth Salander. Pero en ésta, en la cañí, en la que es nuestra y solo nuestra, vive Juan Carrasco de Logroño, que para mí es otro héroe mitológico aunque tenga tan pocas luces en la sesera como pelo en la cocorota. Sé que no existe un consenso universal acerca de la inclusión de Juan Carrasco en el “Hall of Fame de las Trilogías”, pero yo, desde luego, en mi iglesia particular, le tengo en una hornacina muy principal a la que vengo a rezar cada cierto tiempo para echar unas risas y honrar a los dioses de la comedia.

De todos modos, “Venga Juan” ya no es lo mismo que “Vota Juan” o que “Vamos Juan”. Le falta la mala hostia que Juan Cavestany o Borja Cobeaga dejaban en los guiones. Diego San José, dejado de la mano de Dios, tiene una tendencia preocupante a la ñoñería. A la “humanización” de sus personajes. Me preocupa que se esté convirtiendo en el blanqueador oficial de los impresentables que viven en nuestro reino. Ya lo hizo con la princesa Pilar en “Su majestad” y con la defraudadora de impuestos llamada Celeste en “Celeste”. Juan Carrasco tampoco merecía un tratamiento compasivo en el cierre de sus aventuras. Nos reímos mucho con Juan, pero no hay que olvidar que este fulano es un ladrón, un incapaz, un mequetrefe, un mal compañero, un chivato, un soplagaitas, un mal marido y un peor padre. Un imbécil muy peligroso.




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53 domingos

🌟🌟🌟


Con el algoritmo de Netflix hemos topado, amigo Sancho. ¿Cuántas líneas de código tendrá, por cierto, el algoritmo de Netflix? Muchas, seguro, más de 53. Porque es un álgebra que abarca todo lo correcto y todo lo que está de moda. Todo lo que complace al bolsillo del abonado. El algoritmo se recicla continuamente para abandonar los viejos valores y abrazar otros nuevos y rentables. Hay muchos perfiles de abonados, más de 53, pero el abonado medio, el que vive cómodamente bajo la campana de Gauss, está más que medido y anticipado.  

Tratándose de una comedia española, el contenido tiene que estar sujeto a la media sociológica: no puede ser ni demasiado pacato ni demasiado atrevido. De izquierda moderada, sí, pero tirando a derecha civilizada. O al revés, es lo mismo. Es el gran abanico electoral. La gran masa de votantes repantigada en su sofá. ¿Lucha de clases?: sí, pero verbal. Que sirva para desahogarse y nada más. ¿Y valores familiares? Sí, por supuesto, pero no tan casposos como los de “Médico de familia”, con su abuelito, su niñito, su criada andaluza. Los valores han de estar adaptados a las nuevas realidades de la vida. En una cena de parientes se permiten réplicas cínicas, desabridas incluso, como sucede en “ 53 domingos”, pero al final todo ha de redimirse con un "la familia es lo más importante” metido con calzador. Un discurso como de mafioso de Coppola, o como de Paco Martínez Soria en una película de sobremesa.

El algoritmo, por supuesto, también dicta que no puede faltar un conflicto LGTBI o una vejación intolerable de los machistas, y ahí está Carmen Machi para alzar la voz sojuzgada en ambos casos. “53 domingos” es un poco así: calculada, divertida, light, previsible... Adocenada. Impropia de Cesc Gay. Una faena de cuernos afeitados. Un producto para toda la familia. Es Disney moderno. Es mainstream sospechoso. Sonríes -eso sí- y ya está.





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Siempre es invierno

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“Siempre es invierno” es una película torticera. Romántica. Lo que cuenta no es improbable, pero sí inverosímil. Y además, sea lo que sea, no es amor. Es otra cosa. Porque el amor, diga lo que diga David Trueba, sí tiene edad. Y no es edadismo, leñe, sino selección natural. 

La modernidad es un neoplatonismo que ha olvidado el influjo de las carcasas. Y en las carcasas está todo: el primer embrujo, el interés súbito, el despertar de las mariposas.... Todos hemos rechazado a alguien por culpa de la edad; todos hemos sido rechazados por culpa de la edad. Los griegos, más valientes que nosotros, lo sabían y lo asumían. Nosotros, que somos unos cobardes, y unos pedantes, preferimos olvidarlo. Lo permitimos en una pantalla de cine como un ideal de sensibilidad, pero luego, en nuestras vidas, en el fondo tan lógicas y biológicas, hacemos oídos sordos al llamamiento.

Había un monólogo de Paco Calavera -creo que era de Paco Calavera - en el que se explicaba cómo John Lennon, de entre todas las mujeres del mundo, acabó eligiendo a Yoko Ono. La teoría de Calavera es que John Lennon, después de haberse acostado con las mujeres más bellas del mundo, ya buscaba una cosa completamente diferente: emociones muy fuertes, barroquismos, lo más imprevisible del panorama. Una experiencia sapiosexual, quizá, aunque eso no sea más que otro timo de la estampita. Yo mismo fui timado sapiosexualmente por la última de mis amantes. 

Viendo “Siempre es invierno” me acordaba todo el rato de aquella teoría de Calavera que yo tengo por muy acertada. Casi por una genialidad. Miguel, en la película, después de haber estado cinco años -¡cinco!- acostándose con Amaia Salamanca, ya nunca será capaz de encontrar un amor equivalente que le cure el abandono. Que te deje Amaia Salamanca debe de ser insoportable; que te deje por un cantautor uruguayo y gilipollas, más todavía. 

Miguel, traumatizado, herido de muerte, receloso para siempre de sus iguales, ha decidido indagar terrenos improbables. Gerontológicos. Pues muy bien, pero no es un hombre enamorado, sino un explorador con salacot. 





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Subsuelo

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Según la Inteligencia Artificial que vive en mi teléfono -una inteligencia de corto alcance, diseñada a la medida de su dueño- el porcentaje de personas con rasgos psicopáticos oscila entre el 1% y el 4% de la población. Es decir, que entre psicópatas, autistas y superdotados (y sociópatas, que son por sí solos la mitad de la población y votan a la derecha en cada fiesta de la democracia) ya casi nadie nace normal en el siglo XXI. ¿Qué es ser normal, después de todo?

La cifra sobre la psicopatía es poco exacta, errática, como sacada de una encuesta del CIS, y no contribuye para nada a nuestro sosiego. No es lo mismo saber que una de cada 100 personas que nos rodea es psicópata que una entre 25. Una entre 100 la tenemos todos más o menos localizada y podemos esquivarla. Pero una entre 25... Eso significaría que tenemos un psicópata en el trabajo, otro en el vecindario y otro dentro de la familia. Puede que incluso en la familia más cercana, como en “Subsuelo”. Y unos cuantos más, la hostia de ellos, en el hotel abarrotado de las vacaciones. 

La IA de mi teléfono, tan corta de alcance, no explica si esa variación depende de los contextos geográficos o de las pruebas aplicadas. Uno, por ejemplo, al hilo de las películas, tiene por seguro que en Estados Unidos los psicópatas son mayoría en la población y que cada vez son más porque ya se van quedando sin gente pacífica a la que asesinar. 

La cinematografía española, en cambio, parece respaldar la idea de que aquí los psicópatas son mucho menos o lo disimulan mucho mejor gracias a la dieta mediterránea. Estaba Justino con su puntilla, Bosco en su garaje, Tosar mientras dormías, Brendemühl en las horas del día... y ahora éste chaval de “Subsuelo” que atormenta sexualmente a su hermana. Un hijoputa de manual. Uno de esos liantes tan encantadores que le dan el pego casi a cualquiera menos a su víctima aterrorizada.






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La deuda

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Lucas ya llevaba una vida muy jodida, pero la jode todavía más cuando roba un desfibrilador en un centro de salud. El cacharro en sí no vale tanto: el problema es que después de robarlo apareció un chico enfermo que lo necesitaba y falleció. A Lucas, por tanto, le han caído un porrón de años en prisión. Es la irresponsabilidad, sí, pero también la mala suerte. Justo cuando más necesitaba estar en libertad, porque estaba ayudando a su vecina anciana y recomponiendo su economía, vino esa mezcla de debilidad y mala fortuna que siempre persigue a los desgraciados.

Mientras veía “La deuda”, yo, tirando del hilo, no hacía más que pensar en todo el dinero que defraudó el rey emérito, al que, por cierto, no le cae un pepino iraní sobre la cabeza ni siquiera de casualidad. Será la corona, digo yo, que los desvía con el magnetismo de lo simbólico. También pensaba, siguiendo el sendero, en el novio de la Ayuso, y en los youtubers de Andorra, y en los futbolistas perseguidos por Hacienda. Pensaba en todos esos (presuntos) delincuentes que nos roban a manos llenas y calculaba, porque consulté su precio de mercado, el número de desfibriladores que han sustraído a las arcas de la salud. Y quien dice desfibriladores dice también mamógrafos, o escáneres, o aparatos para diálisis. Vidas en juego, en resumen. Y sin embargo ahí están, evadidos de la justicia, y riéndose de todos, en unos casos alabados por el pueblo y en otros avalados por los votantes. Mientras Lucas entra en prisión, ellos siguen viviendo en sus áticos de Madrid o en sus casoplones de la playa. O en sus palacios de Oriente, que a veces también son palacetes orientales.

Por lo demás, “La deuda” es una película bien intencionada, incluso resultona, con conciencia social en estos tiempos desconcienciados, pero funciona a medias porque incurre en esa manía posmoderna de subrayar con música ñoña lo que ya es muy ñoño de por sí.  







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Vamos Juan

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Juan Carrasco es un merluzo que podría desempeñar cualquier cargo político sin tener ni puta idea del asunto. Lo mismo le da ser alcalde de Logroño que ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación. Y de Medio Ambiente, claro. O encarnar, en “Vamos Juan”, al fundador de un nuevo proyecto pensado para España y para los españoles. Y para las españolas.

El fuerte de Juan Carrasco no es el conocimiento, ni el tecnicismo, ni el manejo del inglés en los foros internacionales, sino el puro trapicheo que quita y otorga los cargos y las poltronas. Juan Carrasco es un “hombre del partido”, un “miembro del aparato”. Un político profesional, muy profesional, como diría el entrañable Pazos de “Airbag”. Juan Carrosco es un ignorante feliz y peligroso; un Ayuso con calvorota; un barón socialista sin el pelazo. Un populista sin formación y sin ideología que sólo conoce el ego desmedido y el halago de los suyos.

Juan Carrasco, suponemos, tiene una carrera universitaria como la que tenemos todos los demás, sepultada en el olvido e intrascendente para desarrollar el sentido común en nuestro trabajo. Él tampoco la necesita. Ahora que ya estamos todos diplomados en Democracia, sabemos que el verdadero trabajo en un ministerio, o en una alcaldía, o en un partido de mierda como “Vamos Juan”, lo hacen los asesores y los funcionarios. A un político como Juan Carrasco, limitadito y campechano, le basta con olfatear el último capricho del populacho que acude a votar en las fiestas de la democracia.

Por fortuna, Juan Carrasco es un político ficticio y sus trapisondas se quedan dentro de la tele, en una tragicomedia que es de reírse mucho por las noches. Pero luego, al despertar, el dinosaurio de la política sigue ahí. El fantasma de Juan Carrasco se queda flotando en el aire, entre el humo del café, hasta que vuelve a hacerse píxel verdadero cuando empezamos a leer las noticias en el móvil.





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Vota Juan

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No me molesta que “Vota Juan” sea un refrito de “Veep" cocinado a la española. Al revés: bienvenido sea el homenaje ibérico, la traducción al castellano. ¿Por qué no? La idea de Armando Ianucci puede ser reproducida en cualquier clima donde crezcan políticos impresentables, asesores merluzos, estrategas malévolos y, por supuesto, votantes sin criterio. O lo que es lo mismo: casi en cualquier democracia de Occidente.

“Vota Juan” heredó de “Veep” la idea del político tontolaba que va superando escollos contra todo pronóstico. Pero aquí, en vez de servirlo en un menú del burguer, o dentro un pavo de Acción de Gracias, al señor ministro se le acompaña con un sofrito de ajo y cebolla, unos choricitos picantes, un plato de buen jamón para ir abriendo el apetito, y luego, para regarlo todo, un buen vino de La Rioja porque ésa es la patria natal de Juan Carrasco, el político que ya no es de medio pelo, sino de pelo ninguno. Ni de listo ni de tonto. Ninguno. Un animal político, que se dice, con un cociente de inteligencia imposible de calcular: un algo escurridizo, insondable para un test de inteligencia, que lo mismo podría señalar a un retrasado profundo que a un genio incomprendido.

El telediario de cada día está lleno de tipos como Juan Carrasco que sólo saben de aparatos internos y trapicheos de partido. Tipos, y tipas, lo mismo a la izquierda que a la derecha de Dios Padre, que carecen de la inteligencia necesaria para conjugar el bien propio con el bien común. En los países serios -generalmente reconocibles por el frío- nadie podría reírse con una serie como ésta. Allí no conciben que un tipo como Juan pueda gestionar los asuntos generales, y que nosotros, además, se lo permitamos con nuestro voto. Se les escapa el costumbrismo, la raigambre, la tradición de siglos precedentes.  Nosotros, como padecemos esta lacra social desde que nacemos, nos descojonamos de lo lindo y usamos la carcajada para sublimar la inquietud profunda que nos provocan.


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Evasión o victoria

🌟🌟🌟🌟


¿De qué se puede hablar con un nazi? Pues de fútbol. Es lo último que nos queda. La última bala antes de las balas. Si lo sabré yo, que soy del Real Madrid y a veces tengo que compartir bar con los fascistas. Y no pasa nada. Cuando el árbitro pita el comienzo del  partido ya no somos rojos ni azules, sino blancos que sueñan con reconquistar Europa y luego los cinco continentes. Si esto no es la reconciliación nacional, la fraternidad ibérica, que baje Cristo -o san Vladimir Ilich- y lo vea. 

Hace años, entre enemigos irreconciliables, también hablábamos de mujeres hermosas para engrasar la conversación, pero eso ya está muy mal visto en sociedad, así que el fútbol es el último pegamento y la última frontera. La sublimación del insulto y la cachiporra. ¿Quién no tiene un colega nazi o un cuñado fascista? Son ubicuos y fanfarrones. Que alce el brazo -o mejor aún, que levante el puño- quien esté libre de esa condena. Y sin embargo, por no romper la armonía en el trabajo, por no destrozar el entorno familiar, nos ponemos a hablar de lo único que nos une: la pasión por el balón. 

La vida social, hasta que todo se vaya al garete, es esa escena en la que Michael Caine, el prisionero de guerra, y Max von Sydow, su carcelero alemán, se reconocen futbolistas veteranos y deciden montar un partido para olvidar que deberían odiarse y pegarse cuatro tiros a quemarropa.

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“Evasión o victoria” fue, junto a “La guerra de las galaxias”, la película de mi infancia. La vi en el cine Pasaje junto a unos amigos y recuerdo que al regresar a casa íbamos pegándole patadas a los botes, recreando los goles y la epopeya. Flipábamos. Años después llegó el VHS y la alquilamos tantas veces en el videoclub que ayer, después de muchísimos años sin verla, me iba anticipando a todas las escenas. El gol de Pelé, por cierto, además de un golazo de chilena, fue un golazo contra el fascismo que alguien debería rescatar como emblema universal en la lucha que no cesa. Seguramente nos haga falta en el próximo Mundial.





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Las zapatillas rojas

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Con “Las zapatillas rojas” me ha ocurrido lo mismo que le pasó a Carlos Boyero hace no mucho, viendo “Parthenope”: que quedó hechizado por la belleza de su actriz y prestó poca atención a todo lo demás. Recuerdo que Boyero lo confesó en su programa de la SER y que la centralita se colapsó con las quejas de las oyentes. Dentro de poco, quizá en la próxima legislatura, decir que una actriz te parece bellísima sin mencionar -aunque se presuponga- su empoderamiento ya será un delito tipificado. Irene Montero ha acondicionado el undécimo círculo del infierno para los masculinos viejos e irremediables.

Recuerdo que el pobre Francino, acojonado por sufrir un desplome en el próximo EGM, le preguntó a Boyero con la voz medio temblando:

- Pero la volverás a ver, ¿no, Carlos?, para darnos tu opinión profesional...

- Sí, por supuesto -respondió Boyero, sin atreverse a confesar que volvería a ver “Parthenope” sólo para resolazarse en la belleza Celeste Dalla Porta.

Yo, en cambio, como pertenezco a una generación más joven que la de Boyero, no creo que vuelva a ver “Las zapatillas rojas” sólo por amor. Y eso que es un amor muy verdadero, profundo, casi tan cierto como alguno de los reales. Moira Shearer, la bailarina con las zapatillas rojas, es como la quintaesencia de mis sueños y además baila como una princesa de los cuentos. Pero la película, por mucho que digan, no pasa de ser una curiosidad. Tiene un ballet central bellísimo, todo muy extraño y en Technicolor, y el resto son amoríos acartonados y bobolones. 

Recuerdo que “Las zapatillas rojas”, junto a la obra completa de Powell y Pressburger, se enseñaba en cuarto curso de la carrera de Cinefilia. Pero yo, en el tercero, después de suspender varias asignaturas relacionadas con el cine oriental y las monsergas de Tarkovsky, perdí la beca del Estado y tuve que dejar los estudios para dedicarme a este oficio que ahora mismo me sigue dando de comer.




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Lo que la verdad esconde

🌟🌟🌟


Siempre hay una última película junto a alguien que ya no quieres, o que estás a punto de desquerer. Todos los amores tienen una película inaugural y una película de clausura. Y si es un amor verdadero, otras muchas por el medio. 

Para los cinéfilos, los amores son como los festivales de cine: un carrusel de películas vistas en compañía. De hecho, se podría establecer un ránking del sentimiento recordando cuántas películas se quedaron a la mitad por incompatibilidad de caracteres y cuántas hubo que poner en pausa porque los cuerpos impacientes pedían un intermedio.

Yo las recuerdo casi todas. Las películas, digo. Tengo una memoria tan traidora como prodigiosa para recordar dónde las vi, y con quién, y en qué circunstancias románticas o anestesiadas. Pero no sólo con los amores que me trajo Cupido: también con los lazos sanguíneos, y con los amigos que la vida ha ido trayendo y llevando. Lo que queda dicho para los amores vale también para las amistades.

“Lo que la verdad esconde”, por ejemplo, fue  la última película que vi con O., un amigo de la infancia. Fue en los cines Van Gogh, en León, allá por el año 2000. Fuimos con más gente, pero no recuerdo con quién. Amigotes suyos, supongo, porque O., por entonces -o quizá siempre fue así- ya no tenía amigos. Sólo eso: amigotes, amiguetes, parranderos en general. Gente que le hacía favores a cambio de otros favores jamás equitativos. 

Recuerdo que O. se pasó toda la película -como era su costumbre- soltando gansadas a media voz. La edad nunca fue óbice ni circunstancia atenuante. Era un maleducado, pero era ingenioso, el tío. El problema es que las gansadas sólo las podía decir él. Formaba parte del contrato. Recuerdo que yo -qué vergüenza, ahora que lo recuerdo- solté una al hilo de no sé qué chorrada de las cien que tiene la película de Zemeckis. O. me pegó un corte de los que hacen daño de verdad. Una puñalada verbal, pero trapera. Un algo intolerable, rastrero, que mi memoria ahora no quiere o no puede recordar. Al salir del cine supe que esa amistad de la niñez, y esa cinefilia más o menos compartida, acababan de esfumarse.







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El presidente y Miss Wade

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La crónica oficial del noviazgo entre el príncipe Felipe y Leticia Ortiz se parece mucho a la historia ficticia que ocho años antes escribiera Aaron Sorkin sobre el presidente Shepherd y la señorita Wade. Tanto, y tan sospechosamente, que estoy por apostar que nuestro monárquico amorío es otro invento de Aaron Sorkin bien pagado por el oro de Zarzuela. Son todos tan guapos, jolín, y tan molones -nuestro rey, y la reina, y la prole que es fruto de su amor- que parece realmente una película ideada para que el populacho olvide que España sigue siendo una República ocupada.

Se cuenta, en la Crónica del Reino escrita por Sorkin, que todo comenzó cuando el príncipe descubrió a Leticia presentando el telediario de La 1 y se dijo a sí mismo, porque así se hablan los reyes en la intimidad: “Majestad, esa mujer es para usted”. Lo demás, al parecer, fue coser y cantar. Felipe llamó a Pedro Erquicia -que entre otros cargos ostentaba el de Mamporrero Real- y éste organizó un sarao en su apartamento para que Leticia acudiera sin coscarse. Entre risas y copas, mientras sonaba la música y se repartían los canapés, cuentan que Felipe se acercó a Leticia para preguntarle si algún día querría ser la reina de España, y que ella subyugada, deslumbrada por la belleza interior del futuro rey, le dijo que sí sin pensárselo demasiado.

Viendo la película y recordando aquel episodio tan triste de nuestra historia, me acordé, también, porque venía al pelo, de Jerry Seinfeld. Jerry afirmaba que a los hombres no nos importa el trabajo de las mujeres siempre que sean guapas, o estén juguetonas, pero que a las mujeres, por esas cosas de la biología, sí les importa mucho el nuestro y que por eso, si el presidente Shepherd hubiera sido el barrendero de la Casa Blanca, o si el príncipe Felipe hubiera sido el cartero del distrito de Zarzuela, ninguna de estas dos historias formarían parte de nuestra educación sentimental.




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Por cien millones

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Hace un par de semanas, frente a la estatura dedicada a Quini en “El Molinón”, yo me preguntaba qué pensaría el propio Quini si pudiera ver esta serie ridícula que cuenta los pormenores de su secuestro. Porque los responsables de “Por cien millones” han confundido el culo con las témporas. Y la velocidad con el tocino. Han interpretado muy mal eso de que la comedia es igual a tragedia más tiempo.

Es cierto que Quini, en el juicio, habló bien de sus secuestradores y pidió una rebaja de condena porque no le habían tratado mal durante los 24 días que lo mantuvieron en un zulo. Pero joder: ¡lo retuvieron en un zulo! No fueron unas vacaciones en las Maldivas. Sus secuestradores podrían haber sido unos lunáticos, unos etarras, unos chapuceros con nervios muy poco templados... Pero de ahí, del perdón de Quini, de la bonhomía de Quini, a convertir su secuestro en una comedia como de “Atraco a las 3” media un abismo cinematográfico. “Por cien millones” es una charlotada en el sentido peyorativo de la expresión. Un sainete de actores incongruentes o pasadísimos.

Por lo demás, la serie no me ha servido ni como enganche para la nostalgia. Es todo tan mortadélico, tan filemónico... Recuerdo que el 1 de marzo de 1981 apareció un demonio de 9 años en mi hombro izquierdo para susurrarme que el secuestro de Quini nos iba a venir de perlas a los madridistas para ganar aquella Liga de pelos largos y campos embarrados. Quini era por entonces el pichichi, el goleador temible, el arma definitiva al servicio de los malvados azulgranas. La Estrella de la Muerte. Cada disparo suyo terminaba con una noble esperanza de mis héroes, no tan galácticos por entonces. 

Es cierto que el Barsa, por culpa del secuestro, se fue descolgando de la Liga, pero al final, en el último minuto del último partido, Zamora, el centrocampista de la Real Sociedad, marcó aquel gol precisamente en “El Molinón” y nos dejó con cara de imbéciles a los pecadores de pensamiento.





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Better Call Saul. Temporada 4

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“Better Call Saul” cuenta, en seis temporadas que son casi siete, la caída en el lado oscuro de Jimmy McGill. “Breaking Bad”, en otras cinco temporadas que son casi seis, contaba la caída en el reverso tenebroso de Walter White. 

Jimmy, tras su caída, se dio en llamar Saul Goodman, un malvado tan simpático como corrupto. Walter, ya seducido por el mal, se puso el nombre artístico de Hesisenberg para darse importancia ante los narcos. Si Saul Goodman era el juego de palabras de “It’s all good, man”, Heisenberg era el homenaje de Walter White al principio de incertidumbre que enunciara el físico alemán: todo es posible hasta que fijamos la mirada y se produce el colapso de la onda.

Vince Gilligan utilizó el mismo leitmotiv en sus sagas de Albuquerque porque sabe que la vida misma de cualquiera de nosotros -o casi- es una caída en el lado oscuro del cinismo o la desesperanza. Estamos los románticos contrariados, pero también los exvotantes de la izquierda, los cristianos descreídos, los maestros amargados... Nosotros no vivimos en Albuquerque pero también hemos sido derrotados. Por las buenas nos hemos quedado en una nada irrelevante, y por las malas, cuando nos sale la vena, fracasamos con estrépito. Desearíamos ser tan malos y eficientes como Jimmy o como Walter, pero no estamos capacitados. No somos personajes de ficción ni antihéroes americanos.

Mientras veía la cuarta temporada de “Better Call Saul” me dio por pensar que el desierto de Nuevo México se parece mucho al desierto de Tatooine. Allí, en la galaxia lejana, y hace muchos años, vivió otro personaje de ficción que también cayó seducido por el lado oscuro de la Fuerza. Cuando era bueno y estaba enamorado de Amidala, él se llamaba Anakin Skywalker; cuando encontró el atajo del mal y se le puso la cara de vinagre se hizo llamar Darth Vader para acojono general de sus enemigos y de los espectadores en la platea. Vince Gilligan mamó de aquella historia y nos alimenta y nos divierte con la misma leche primordial.






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Mr. Nobody contra Putin

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Todo esto que cuentan en el documental sucede muy lejos en el mapa. Los montes Urales, vistos desde España, parecen casi tan distantes como las cordilleras de Plutón. Y los rusos, una especie de extraterrestres. Ellas son casi todas guapísimas, desafiando a las estadísticas, y ellos, desde que tenemos nociones de historia, siempre han estado en guerra contra alguien: los Caballeros Teutones, Napoleón, los japoneses, los alemanes, los americanos, los talibanes de Afganistán..., y ahora mismo los ucranianos invadidos. Los rusos nos parecen ajenos y belicosos, medio asiáticos y cirílicos, siempre envueltos en sus jergas patrioteras.

Sin embargo, todo esto que acontece en Karabash -no parecen, desde luego, aunque suenen igual, los parajes infantiles del marqués de Carabás- podría suceder dentro de poco aquí mismo, en La Pedanía. Tarde o temprano llegarán al poder los fascistas españoles y se irán reproduciendo los acontecimientos denunciados por el pobre Pavel Talankin en su documental. Apuesto, no sé, diez rublos por ello. 

Lo primero será la obligación de cantar el himno nacional a la entrada del colegio, ante el banderolo del patio, o en el primer minuto de las clases, ante un retrato del monarca. Los fascistas españoles, como los fascistas de Vladimir, tardarán una legislatura en invadir algo para reafirmar la grandeza de la patria: en el menos beligerante de los casos algún islote marroquí, pero tal vez les dé por reconquistar la misma Tánger, o Tetuán, que una vez fueron extensiones de nuestra grandeza, o quizá el Sáhara Español, tan rico en pesca y en fosfatos. La mitad de la población les comprará el discurso y la otra mitad será apaleada por la policía. Y en las escuelas, para ir reforzando el espíritu nacional, nos obligarán a enseñar retóricas marciales a los niños pequeños y a tergiversar la historia de España a los chavales reclutables. La Pedanía será entonces como Karabash y habrá que tener un par de cojones como los de Pavel para contarlo. Pobre chaval, qué vida le aguarda...




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Eddington

🌟🌟🌟


Nuevo México está de moda en mi pantalla. Yo no lo busco, pero aparece. Cuando yo era joven rara vez salíamos de California o de Nueva York. O de Nevada, por los casinos de Las Vegas. O de Texas, con los Rangers y los vaqueros, y los pozos de petróleo. Los gángsters de Chicago eran de Illinois y las hostias de Rocky Balboa se repartían en Filadelfia, Pensilvania. Nuevo México nos era tan ajeno como Missouri o como Montana -o como Palencia- hasta que Vince Gilligan montó allí su universo fronterizo y el resto de cineastas le siguieron en las furgos.

El trimestre pasado, sin ir más lejos, yo estaba en Albuquerque siguiendo las andanzas de Rhea Seehorn en “Pluribus”. Luego me animé y retomé “Better Call Saul”, que también discurre en aquel paisaje desolado y medio marciano. Sin salir de ese extraño planeta, la semana pasada topé con una distopía heteropatriarcal titulada “Honey Don’t!”, y esta semana, ya digo, sin yo pretenderlo, con una distopía paramilitar que transcurre en un poblacho de tarados llamado Eddington. En ambas películas se habla de Albuquerque como de un sitio muy cercano en lo geográfico pero muy lejano en lo político. Es como cuando aquí, en las películas de Paco Martínez Soria -donde no llevaban sombrero vaquero, sino boina con rabo- hablaban con desdén de la vida moderna y disipada de Madrid.

En “Eddington” está el álbum de cromos completo. La liga de beisbol americana reunida en apenas unos kilómetros a la redonda. Estaban todos menos tú, como en la canción de Sabina: el alcalde corrupto, el sheriff republicano, el predicador tatuado, la pirada del culo, el racista taimado, la activista gritona, el chaval enamorado... Eddington es el “Black Lives Matter” en tiempos del coronavirus, pero mezclado con la pasión por las armas y la perturbación mental de la América profunda. Un cóctel del copón que da bastante miedo, la verdad, porque el voto más o menos ilustrado de las costas oceánicas hace ya tiempo que no decide el destino de Estados Unidos. Ni, por tanto, el destino de nuestro mundo.





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Springsteen: Deliver Me From Nowhere

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Viendo la película me acordé de aquella crónica de Martín Caparrós sobre la final de la Champions de 2018. Caparrós, como cualquier ser humano con corazón, se apiadó del portero del Liverpool cuando cometió aquel fallo entre absurdo y garrafal. Nadie en ese momento habría querido estar en su pellejo, presintiéndote carne de meme y objeto de desprecio. 

Pero al terminar el partido -imaginaba Caparrós- Karius se duchó, salió del estadio, se subió a su cochazo deportivo y recibió, para curarse las penas, el beso cariñoso de su novia supermodelo. Dos horas después de su cagada ante millones de espectadores ya todos queríamos ser otra vez como él: tan guapos y tan ricos, y tan novios de ese pibón inalcanzable. “El fútbol -decía Caparrós- me ha vuelto a engañar”. 

Bruce Springsteen se pasa toda la película más o menos así, a lo Karius, tristón y deprimido. Los flahsbacks de su infancia vienen a explicar que no es un sentimiento pasajero, sino un malestar muy jodido y arraigado. Sentimos pena por él hasta que conoce a esa chica maravillosa que trabaja en la cafetería y Springsteen, para nuestro asombro, en un arrebato entre mustio y melancólico, de héroe poético del rock and roll, decide alejarla de su vida. El 99’99% de los varones que vieron esa escena se quedaron con la mandíbula desencajada. Los hay que hubieran vendido a su madre por tener una cita con esa mujer. The Boss, en cambio, harto de elegir y descartar, ahíto de éxitos y placeres, la había desechado como quien tira una flor preciosa al empedrado. El rock, como el fútbol, nos había vuelto a engañar.

Desde ese momento se nos hace difícil empatizar con el Boss. “Que sí Bruce, que sí, que la vida está muy jodida. Anda y déjanos en paz”. Menos mal que a mitad de película suena “I’m on fire” y se nos pone la carne de gallina. No se puede sentir desdén por alguien capaz de componer una canción como ésa: tan sencilla, tan turbia, tan enigmática, hoy sin duda imposible de publicar.





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Honey Don't!

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El comisario de policía, que parece sacado de "Torrente", no acaba de entender que a Honey le gusten más las mujeres que los hombres. El comisario no parece un mal tipo -de hecho será el varón menos nocivo de la película- pero es claramente un imbécil y un desfasado. Una vieja masculinidad atrapada en un poblacho de Nuevo México. 

El hombre malo de la película -el más malo, quiero decir- es un predicador evangelista que ha convertido su púlpito en un glory hole para su polla bendecida. Pero como no es católico, en vez de tentar a los niños tienta a las feligresas. Es otra vía del sacerdocio. El hijoputa es guapísimo y tiene un éxito arrollador. Posee un olfato especial para detectar zumbadas y descarriadas. Es un lobo de manual y un traficante de pastillas. Un chuloputas. Su ayudante, por cierto, es un asesino chapucero que se aprovecha de las migajas. Él es la hiena que se encama cuando el león desaparece.

La familia de Honey también tiene lo suyo. Su padre es un maltratador que de niña le pegaba hostias como panes; el cuñado, un violador conyugal que ya ha depositado siete embarazos dentro de su hermana; y el novio de su sobrina, otro maltratador orgulloso de votar al Partido Republicano. ¿Algún otro maltratador en esa pequeña comunidad? Pues sí: el padre de MG, la novia de Honey, que fue un héroe de guerra con la mala costumbre de traerse los combates a su casa.

Para completar la panoplia aún hay más hombres tóxicos paseando por “Honey Don’t!”, aunque ya sean personajes secundarios o terciarios. Del cuaternario, incluso. Que yo recuerde hay un chicano que explota a su abuela, un barman con pinta de colgado y un vejestorio que no disimula sus cerdeces. ¿Una distopía heteropatriarcal? No creo. Simplemente un retrato de nuestros días. El día a día de Nuevo México, extrapolable por entero a la vida en las Españas. 

Para los que ya estén pensando mal -y no era ése, desde luego, mi objetivo- les diré que salen dos mujeres asesinas en la película. Pero una, la francesa, mola la hostia, y la otra, ay, no es culpable de sus actos. Así que nada: seguimos. Es la moda. Leña al mono. Al mono peludo. Un ajuste de cuentas esperpéntico. Cansino todo.




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Platónico. Temporada 2

🌟🌟🌟


La primera temporada tenía mucha gracia. La segunda ninguna, o muy poca. Si le he puesto tres estrellas es porque Rose Byrne me sulibeya físicamente, moralmente y diplomáticamente. Sí: soy una vieja masculinidad. Y también un viejo, o casi. 

También he sido benévolo porque Seth Rogen, cuando sonríe, me hace sonreír. No lo puedo remediar. Me cae bien este tipo sin conocerle de nada. A lo peor es un fascista de California y yo estoy aquí hablando de simpatías. Espero que no, por la gloria de mi madre. Pero sí es verdad que hay risas contagiosas y sonrisas contagiosas. Y la sonrisa de Seth Rogen es como la de un niño grande y medio lelo. Será por eso que me identifico. Las neuronas espejo nunca descansan en “Platonic”.

Por lo demás, descartada la tensión sexual entre los protagonistas, la segunda temporada es una sucesión de... ocurrencias. Me imagino al equipo de guionistas enfrentados al desafío: “¿Y ahora qué hacemos con estos dos?” Y ahí van, a trompicones, resolviendo los encargos. En los episodios pares salvan los muebles y en los impares fracasan sin remedio. Un día ponen a Seth y a Rose en una boda fallida, otro en una redada del FBI, otro en un paseo medio bobo con las canoas... Nada de miradas subrepticias, de dudas alcohólicas, de diálogos ambivalentes. Ellos son amigos y solo amigos. Quedó claro en la primera temporada y ahora todo es madurez y castidad. ¿Qué es, entonces, la segunda temporada de “Platonic”? Siguiendo a Marcel Pagnol debería ser una tragedia porque al final los protagonistas no terminan de encamarse. Pero ellos parecen tan contentos con el arreglo y nosotros, aunque perplejos, respetamos su decisión.

Si el objetivo era llegar a los diez episodios y esperar que la audiencia de Apple TV avalara otra renovación, los creadores de “Platonic” lo han conseguido según anuncia IMDB. Felicidades y tal, pero que no cuenten conmigo para la próxima travesía. 





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Banda aparte

🌟🌟🌟🌟


“Banda aparte” es la única película de Godard por la que siento cierto cariño. No merece cuatro estrellas ni de coña pero hoy me siento afrancesado y generoso. Tampoco me engaño: no es la cinefilia, sino la belleza de Anna Karina, la que seduce mi simpatía. No sé por qué le dedicaron una canción a los ojos de Bette Davis y no a los ojos de Anna Karina, que te miran y te noquean. Ellos sí que son puertas a otra dimensión y no los agujeros negros del espacio.

También es verdad que Godard, el muy tunante, el muy amante, siempre sacó a mujeres bellísimas en la pantalla -la misma Karina, o Jean Seberg, o Anne Wiazemsky- y todas esas películas son ridículas o deleznables: los famosos “experimentos fílmicos” que iban alternando la falta de pies con la falta de cabeza. Una sucesión interminable de paridas, de ocurrencias, de boutades... cualquier cosa menos una película hecha y derecha. Y sin embargo ya ves, ahí está Godard, en los altares, adorado como un santo patrón o como un dios de los principales, homenajeado por el mismo Tarantino cuando llamó a su productora “A Band Apart” quizá porque está enamorado de Anna Karina casi tanto como yo.

Hace tres veranos estuve delante de la tumba de Anna Karina en Père Lachaise. París no era una fiesta, sino una tragedia que se mascaba. Mi pareja de entonces iba buscando la tumba de Edith Piaf y en el camino sinuoso, perdidos entre las tumbas, encontramos un grupo de gente que rendía honores a mi Anna. Mi pareja no tenía ni idea de quién era ella y busqué en Youtube la famosa escena del baile en “Banda aparte”, por ver si le sonaba. Pero no le sonó. Viendo bailar a Anna con su falda y su sombrero se me olvidó durante unos segundos que yo estaba allí con una mujer de carne y hueso. Creo que ella lo notó. Fue otra vía de agua -pequeñita, pero quién sabe si la decisiva- en el barco que naufragaba. 




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Al final de la escapada

🌟🌟🌟


La mejor película de lo que llevamos de año es, para este cinéfilo de provincias, “Nouvelle Vague”. La película de Linklater es divertida, boba, perfectamente imperfecta. Y eso siempre se agradece. Es  liviana y sin embargo trascendental: un canto de amor al cine y a los cineastas. Para músicas grandilocuentes y diálogos engolados ya tenemos el resto de la cartelera. 

“Nouvelle Vague” cuenta la historia del rodaje de “Al final de la escapada”. Cine dentro del cine. Pretende ser un homenaje pero es mucho mejor que la película homenajeada. Es un poco el mundo al revés: la banda homenaje mejorando a la banda original. “Al final de la escapada” es histórica pero chapucera, ícónica pero cutre, libérrima pero estúpida. Se ve, se disfruta y se olvida. Es un evangelio aprobado en los concilios de París y nosotros lo asumimos mientras dudamos con el alma. 

Después de ver “Nouvelle Vague” era imposible no sentir curiosidad por ver, otra vez, la ópera prima de Godard. Hacía años que -defraudado, disgustado, aterrorizado por el suizo petulante- la iba rehuyendo por las plataformas. Más de veinte años, seguramente. Lo sé porque no la tenía puntuada en Filmaffinity y yo llevo ahí todo ese tiempo, levantando y bajando pulgares como el césar de un imperio pequeñísimo.

De la película -mitad culpa suya, mitad culpa mía- no me acordaba de casi nada: solo de una escena en un hotel y de Jean Seberg vendiendo el Herald Tribune por las calles de París. Ni siquiera recordaba que el personaje de Belmondo fuera un delincuente peligroso, y que precisamente por eso, porque es un chuloputas pletórico de arrogancia, es capaz de robarle el corazón a esa chica tan hermosa y desnortada. 


Otras razones que no sean la simple curiosidad para ver “Al final de la escapada”:


1. El rostro de Jean Seberg. 

2. La sonrisa de Jean Seberg.

3. Los vestidos de Jean Seberg.

4. Jean Seberg pasándose el dedo por los labios

5. Jean Seberg preguntando qué son los Campos Elíseos mientras vende periódicos por la avenida de los Campos Elíseos.





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¡Jo, qué noche!

🌟🌟🌟🌟


El mundo está lleno de locos. Y los locos, por lo general, para dar riendas a su locura, esperan a que anochezca. Por eso los llaman -o los llamaban, antes de la edad del eufemismo- lunáticos. 

“Jo, qué noche” cuenta la historia de un hombre que salió a echar un polvo y se encontró con todos los locos del Soho en una sucesión disparatada y la mar de entretenida. La noche de Walpurgis de las brujas inapetentes y los hechiceros paranoicos. Y Martin Scorsese, desde su púlpito de gogó, iluminándolos con su foco.

De día, para sobrevivir, para dejar sus genes en el acervo, los locos han aprendido a disimular. Estos de la película se ganan la vida moldeando esculturas, sirviendo copas y conduciendo carritos del helado. Parecen personas normales, o casi, mientras el sol alumbra sus cabezas. También hay oficinistas, ladrones del butrón y porteros de discoteca. Maestras de primaria no salen en “Jo, qué noche”, pero yo conozco el percal y sé que también disimulan lo suyo durante el día. Si las miras atentamente se pueden ver indicios, síntomas, conductas inexplicables, pero nadie sin un título de psiquiatría se atrevería a sentenciar. Los locos son como vampiros pacientes que esperan la luna para desplegar las alas y los colmillos. 

Ahora, gracias al progreso, sabemos que la locura es producto de las neuronas y no de la astronomía. El “Homo sapiens” es el bípedo implume, sí, pero también el mono desnudo y el mono cortocircuitado. La lucha por la vida, allá en la sabana, inició una carrera muy loca de armamentos que nos dejó a todos más o menos turulatos. Tenemos demasiadas neuronas, demasiados cables, demasiadas conexiones innecesarias. Módulos y más módulos. Un exceso de pensamiento. La locura es el precio a pagar que nos dejó la supervivencia. Y la noche, la oportunidad pintiparada para desfogar. 

Por eso yo no salgo de noche y Griffin Dunne, después de su aventura, me parece que tampoco. Hay que ser muy valiente para aventurarse entre la jauría. Ya cantaban los de “Vídeo” que la noche no es para mí, sino para ellos. 





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La última tentación de Cristo

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Si admitimos que Jesús también era un hombre -o sólo un hombre, como predicamos los ateos- y que además era rubio, y con ojos azules, y poseía una labia que dejaba petrificadas a las galileas, es normal, digo yo, que tuviera tentaciones eróticas antes de convencerse a sí mismo de que era el Hijo de Dios y el Mesías de las Escrituras. 

El cristiano fervoroso no debería ver en esto ninguna ignominia. Pero la ve. Entre otras cosas porque el cristiano, ya de por sí, siente repelús por cualquier escena de sexo que se encuentre en la ficción: o no le parece decoroso, o no es sexo reproductivo, o no se practica en los agujeros prescritos o con el género correspondiente. O con el número de compañeros santificado. Lo pilles por donde lo pilles, el sexo siempre le parece pringoso y pecaminoso. Así que imagínate si pones a su fundador en brazos de María Magdalena... El cristiano fetén prefiere ver psicópatas, motosierras, marines de los yanquis. Latigazos y torturas. Escabechinas sangrientas sobre la cruz.

Scorsese no es tonto y lo sabía. Prefirió ser fiel a la novela y armar el escándalo mayúsculo. Y cobrar el taquillazo. “La última tentación de Cristo” podría haber prescindido del erotismo y se hubiera entendido igual: mirada intensa a los ojos de María Magdalena, fundido a negro, hijos que pululan... Después de todo, la Magdalena no era más que una tentación del diablo, una vida alternativa que jamás existió a ojos de la fe. Una historia más en el universo donde todo acontece a la vez y en todas partes. Jesús acostándose con María Magdalena forma parte de la física teórica; y la física teórica, si nos ponemos meta-físicos, también es obra del Creador. 

(No estaría mal, por cierto, que a los otros hijos de Dios, a los hermanastros de Jesús, se nos ofreciera en el penúltimo momento de nuestra vida la tentación opuesta: vivir una existencia de dioses y no de hombres. Darle la mano al diablo, levantarnos de la cama del hospital y disfrutar de los superpoderes y la inmortalidad garantizada).





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El cineclub

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De niño veía las películas gratis en el cine Pasaje porque allí trabajaba mi padre. También en el cine Abella, que era el otro cine de la empresa. Eran nuestros cineclubs particulares pero tampoco se podía entrar por la jeta: había que presentar unas invitaciones que la empresa cedía a sus empleados a cambio de pagarles un sueldo miserable. Estaban contadas y no se podían malgastar. Eso nos obligaba a seleccionar un poco las películas, y también las compañías, porque las invitaciones eran todas dobles, ninguna individual, así que a veces, en vez de ir solo, invitaba a algún amigo que se arrimaba por el concepto. 

Cuando entré en la edad de merecer alguien me dijo: “Con esto de las entradas te van a salir chicas por un tubo”. Pero el tubo, ay, debía de estar mal empalmado, o conducir a un universo diferente, porque nunca descendió por él ninguna cinéfila de León. Ninguna Aime Lou Wood que también buscara en el cine una cueva para esconderse, y ya de paso, vivir un amor como éste que sale en “El cineclub”, hecho de sueños y confidencias. Estaba la cosa jodida, la verdad: los Maristas de León fueron el último bastión de la enseñanza segregada y luego, en el barrio, las chicas siempre prefirieron al canallita gracioso antes que al cinéfilo apocado. Es ley de vida y hay que aceptarlo como es.

Años después, cuando por fin vino el fontanero y arregló el tubo de las chicas, los cines ya habían cerrado y yo vivía muy lejos de León. Fuera del cineclub familiar conocí a un puñadito de mujeres, pero ninguna, salvo una -la serpiente venenosa- me siguió el rollo de las películas. Hubo un tiempo maravilloso en el que creí haber encontrado en ella un alma gemela en el sofá. De eso va precisamente “El cineclub”: de cinéfilos enamorados que viven las películas como si se tratase de una fiesta o una eucaristía. En mi cabeza ésa es la conexión absoluta que distinguirá al gran amor de los demás.




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El botín

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La corrupción en Miami continúa. Mas de cuarenta años de vicios y fornicios nos contemplan. “Con-Dón Johnson”, decíamos en el patio del colegio, y nos meábamos de la risa. Ricardo Tubbs y Sonny Crockett sobrevivieron a las balaceras y a los Ferraris y ahora están de jubiletas jugando al golf en los campos de Florida. Pero sus herederos en el cargo, peor vestidos y peor afeitados, siguen bregando contra el narcotráfico que nunca descansa. Es más: que parece más floreciente que nunca si nos atenemos lo que se cuenta en “El botín”, cuando los narcos se desprenden de 20 millones de dólares como quien se desprende de cinco euros en una propina del restaurante.   


20 millones de dólares, divididos entre los cinco policías que se los encuentran, tocan a 4 millones por barba. ¿Se puede decir hoy en día “por barba” cuando dos miembros de la Brigada Antivicio son mujeres empoderadas? Tendré que consultarlo con mi abogada. Sea como sea, la tentación es mucha. Y el sueldo de madero, en Florida, según nos deslizan también, apenas da para cubrir los gastos habituales en este gremio peliculero: la pensión alimenticia de los hijos y de las exmujeres -o de los exmaridos-, y el alquiler por las nubes, y la factura del hospital privatizado... Un drama de la hostia provocado por la Ley del Divorcio y por el “laissez-faire” de los liberales. Estas cosas, con Franco, desde luego, en América, no pasaban.


Yo no lo hubiera dudado ni un segundo, pero Affleck y Damon son dos tipos íntegros que se deben a su legión de seguidores. Sus personajes, aunque rudos y desastrados, prefieren una conciencia tranquila a cuatro millones en el banco. Otra cosa es la gestión del pastonazo, que eso sí me habría tirado para atrás. Los quebraderos de cabeza que da tener mucho dinero son muchos y enrevesados. Tendría que contratar a Saul Goodman para que los pusiera a buen recaudo y comenzara a blanquearlos en un lavadero. Pero aquella, ay, como “El botín”, era otra ficción de corrupciones que terminaba como el rosario de la aurora.





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Der Tiger

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De pequeño me sabía casi todos los tanques que combatieron en la Segunda Guerra Mundial. He olvidado muchos, pero los principales siguen rulando por mi memoria con sus cadenas oxidadas, abriendo surcos sobre los surcos. Ellos también contribuyen al ruido mental y a la tos de la mañana.

De niños estábamos obsesionados con esa guerra y éramos como pequeños bárbaros eruditos. Si nos la hubieran encargado podríamos haber escrito su entrada en El Libro Gordo de Petete. Veíamos las películas, y leíamos los cómics, y comprábamos, en los kioscos del barrio, los soldaditos de plástico de Montaplex para montar batallas en el cuarto de los juegos o en el descampado de la calle. En algún momento empezaron a incluir tanques desmontables y gracias a ellos nuestras batallas ganaron potencia de fuego y protección de la infantería. Las maquetas que vendían en la tienda especializada costaban un cojón de mico y sólo podías pedírselas a los Reyes Magos porque entonces Papá Noel no llegaba a León ni a su histórica provincia.

Mi tanque preferido era el T-34 del Ejército Rojo, pero no porque fuera el mejor, sino porque era del Ejército Rojo. Yo siempre he ido con los comunistas en todas las guerras: en las ganadas y en las perdidas. En las de jugarse el pan, por supuesto, pero también en el pan y circo de los deportes. Luego estaba el Sherman de los yanquis y el FIAT casi ridículo de los italianos, casi más una tanqueta que un tanque de verdad. Y el Chi-Ha de los japoneses, que era tan pequeñín y puñetero como los mismos soldados que lo manejaban.

Pero los que acojonaban de verdad, poderosos y temibles, eran los tanques de los nazis: el Panzer, con todas sus numeraciones, y el Tiger, que era una máquina engrasada de matar. Ya sólo sus nombres imponían. Veo “Der Tiger” y sigo sin explicarme cómo los alemanes pudieron perder la guerra con esos monstruos mitológicos de su lado. 

Recordé, de pronto, a mitad de película, que mi única maqueta carísima, mi tesoro de niño pobre y belicoso, fue precisamente un Tiger con camuflaje para la nieve, todo detalle e imponencia. Fue uno de los Rosebud de mi infancia que se perdieron sin remedio.




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