Orwell: 2+2=5

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George Orwell murió dos veces. La primera de tuberculosis, en 1950, y la segunda de pena, en el 2000, el mismo día que Mercedes Milá presentó “Gran Hermano” en la tele como un “experimento sociológico”. Los desinformados que nunca vemos televisión llegamos a pensar que Tele 5, en un extraño cortocircuito, había apostado por un programa de pedagogía política inspirado en “1984”. Pero al final, oh sorpresa, se trataba de espiar a una pandilla de chonis que se magreaban bajo las sábanas. 

El “Gran Hermano” de doña Mercedes no era una metáfora de Stalin, o de cualquier sátrapa vigilante, sino una parodia del crucifijo que presidía las camas matrimoniales y vigilaba con ojo atento las prácticas y los placeres. Y entre medias, cada quince minutos, interrumpiendo a los arrabaleros, mil anuncios de propaganda capitalista: “Sea feliz consumiendo, contaminando, aparentando...”.  “1984” pasó de ser una lectura fundamental, casi de obligada lectura en los institutos, a ser ridiculizada por la maquinaria de vender productos inútiles o prescindibles.  

Desde entonces -y ha pasado ya un cuarto de siglo- las profecías de George Orwell se han seguido cumpliendo como aldabonazos del destino. Porque en realidad no eran profecías, sino constataciones de lo humano. El concepto de dominación siempre es el mismo y solo van cambiando los rostros y los instrumentos: la legión romana, la excomunión papal, la cámara de gas, la Inteligencia Artificial... O la puta televisión. La sofisticación del engaño ya es indistinguible de la magia. Las dictaduras campan a sus anchas y las democracias han sido desactivadas. La gente ya no vota, o tira piedras contra su propio tejado. La ignorancia es la fuerza. La libertad es la esclavitud. 

Y si la propaganda no funciona, para eso están los portaaviones y los marines. La guerra es la paz. 





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Saipan

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En el bachillerato, en la hora de gimnasia, el padre Anselmo siempre pedía 14 voluntarios para jugar al balonmano. Nadie, salvo tres lameculos que jugaban en los cadetes del Ademar, quería mancharse las manos con aquel balón inaprensible. El balonmano no nos gustaba por su naturaleza, y porque era el deporte de los opresores. Nueve de cada diez pajilleros encuestados prefería jugar al futbito en el cemento descarnado. Pero si no salían primero aquellos 14 novios de la muerte -y luego otros 10 para jugar al baloncesto, que era el deporte de los estudiosos- la sesión se suspendía y nos ponían a correr hasta que nos saliera la rebeldía por la garganta. 

Eso sucedió un par de veces antes de que nos organizáramos para ir por turnos al sacrificio. Cuando por fin nos tocaba jugar al futbito -una vez de cada tres, pero henchidos de alegría- emulábamos a los prisioneros británicos que se divertían en el campo de concentración de “Evasión o victoria”.

Viendo “Saipan” me dio por pensar que al mismo tiempo, en los Maristas de Dublin, cuando las aulas casi tenían 50 boomers hacinados, existió un padre O´Flaherty que en las horas de gimnasia pedía 30 voluntarios para jugar al fútbol gaélico y luego otros 14 para echar al menos un rugby a 7 sobre la hierba. El resto, si los había, eran enviados a un rincón lejanísimo para que le dieran patadas a un balón de fútbol desinflado. O quizá no, porque el fútbol, en Irlanda, es un deporte tan marginal que quizá nadie se molestaba en practicarlo. De ahí la rareza casi antropológica de que brotara entre los tréboles un jugador tan bueno -y tan polémico- como Roy Keane: un tipo que se partía las piernas por defender la camiseta del Manchester United y luego la de la República de Irlanda. El mismo tipo, bocazas e inconformista, que la lio parda en la concentración de Irlanda en Saipan, en mitad del Océano Pacífico, solo una semana antes de que se iniciara el Mundial de Corea y Japón...






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Proyecto Salvación

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Debo de ser el único espectador en 200 kilómetros a la redonda al que le dan pena los astrófagos, esos glotones alienígenas. El único espectador que desea el fracaso de Ryan Gosling subido a las estrellas. 

Después, de todo, ¿qué crimen han cometido los astrófagos? ¿Comerse la energía del sol para que la temperatura baje 8 grados centígrados? Lejos de combatirlos, habría que bendecir a estos seres celulares. ¿Dónde está Greta Thunberg cuando más la necesitas? ¿Por qué no sale en la película sosteniendo una pancarta? Antes de fletar un cohete de mil millones de dólares para exterminar a esos benditos, quizá deberían preguntarnos a los plebeyos. Abrir un referéndum popular. Se iban a llevar una sorpresa, los que mandan en la ONU. 

El mundo de mi infancia funcionaba así, con ocho grados menos, y jamás se produjo un cataclismo planetario. Lo que todos recordamos como un paraíso climático ahora resulta que es el fin del mundo y la condena de los humanos. No se entiende muy bien el alarmismo de la película. Para mí que falta una reunión de los gobiernos con los hosteleros de la playa. Ahí debe de estar el tomate que se nos hurta: el interés oculto, siempre pecuniario, en que el sol siga castigándonos para que se abarroten los chiringuitos y los heladeros sigan inflando el precio del cucurucho.

En León, con 8 grados menos, vivíamos tan felices entre los inviernos crudos y los veranos tolerables. Lo normal, en enero, era ir al colegio pisando los charcos congelados. Los niños de hoy -incluso los niños de León- ya sólo conocen los carámbanos por las películas americanas. Los 5 grados de ahora eran entonces -3 y nos poníamos pasamontañas para proteger nuestros mofletes. En verano jamás vimos un termómetro pasar de los 40 ºC. Alguno de las farmacias, quizá, pero porque nunca les daba la sombra y acumulaban energía. Por encima de 32ºC ya hacíamos bromas tontas sobre Sevilla o sobre el Sáhara. Y ahora ya ves... Las cosechas no se perdían cuando llegaba la primavera, o asomaban los otoños, porque había primavera, y también otoños, en aquellos años idílicos y perdidos.





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Aquel verano en París

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Al final, como en casa, en ningún sitio. Y si tu casa está al lado del mar, en Normandía, más todavía. Eso es como vivir en el Paraíso Terrenal. Yo, al contrario que Blandine, jamás lo hubiese abandonado. Viajar, después de todo, es rodar, hacer colas, sentirse perdido... Molestar a la parentela o dejarse dinerales. Ser uno con tu maleta, arrastrado por ahí.

Ya lo decía Pascal: “Toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en un aposento”. Pero Blandine no ha leído a Pascal, o ya ha olvidado la advertencia, y como arrastraba una pena de amores decidió comprar una entrada para ir a ver los Juegos Olímpicos de París. Y una vez allí, para sofocar su pena,, fundirse con los parisinos, envolverse en multitudes, sentirse por una vez partícipe de la fiesta. Ahí empezó su descojonación, que es, como decía Azcona, esa conspiración orbital contra el individuo. 

Blandine, en París, un poco como Paco Martínez Soria en Madrid, sufrirá todo tipo de tribulaciones hosteleras y familiares, a veces por paleta y a veces por bonachona, y al final, arrepentida, siguiendo la senda de Pascal, regresará tan feliz a su casa en Normandía, donde ella es la reina de su república independiente y nadie le impone inconveniencias para dormir.

Es difícil, en mi caso, no empatizar con el personaje de Blandine. Ella deambula por París como deambulo yo por las capitales europeas cuando las visito en el verano: mitad boquiabierto y mitad superado. Con la mochila en la espalda y perdido en la traducción. Sólo contra los oriundos, y contra la maquinaria sacacuartos. Blandine recorrió París justo un año después de que yo paseara por el Sena, cuando lo estaban alicatando. Había dejado mi retiro en La Pedanía -que es un paraíso de tres al cuarto- para participar en los Juegos Olímpicos del Amor. Pero me eliminaron en la primera ronda, nada más llegar, y tuve que desistir de mis empeños.




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Dear England

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Gareth Southgate, en la vida real, fue un seleccionador de Inglaterra que aburrió mucho a las ovejas. A las del Yorkshire, y a las de cualquier campiña del planeta. Don Gareth era un amarrategui de manual. Un cagón. El Maguregui de las Islas Británicas. El hombre que convirtió a la generación más talentosa de Inglaterra en once defensas encastillados esperando no se qué: un fallo del rival, una intervención divina, ni siquiera un contraataque. La nada. 


Los futboleros veíamos a Inglaterra porque era nuestra obligación, nuestra misa de guardar. La eucaristía que cada cierto tiempo rememora a los profetas. Un cabo de año, que dirían las beatas. Pero era solo eso: una entrega, un sacrificio, una putada en realidad. Con Southgate sentado en el banquillo, los partidos que honraban a los ingleses eran una comunión de los bostezos.

(Gene Hackman, en “La noche se mueve”, decía que ver una película de Rohmer era como sentarse a ver crecer la hierba. Gene Hackman -su personaje, quiero decir- era un mentecato y un sacrílego, porque las películas de Rohmer encierran sabidurías ancestrales. Pero me quedo con la idea).

Lo más cojonudo es que el truco de Gareth Southgate funcionaba. Inglaterra, arropada en esa táctica indescifrable, superaba rondas y más rondas hasta llegar a las finales. Pero ahí, indefectiblemente, caía fulminada, atenazada por la presión. Si no eran unos penaltis contra Italia era una cagada contra España. “Dear England” cuenta aquella extraña aventura de Gareth Southgate y sus muchachos seleccionados. Consta de cuatro episodios y sólo he visto la mitad. Enough for me. Es tan aburrida y tan ridícula como aquellos partidos memorables.  Por mucho que queramos, no logramos olvidarlos.

Gareth Southgate aparece en "Dear England" como un Mr. Wonderful que eleva la moral y asiste a los descarriados. Un psicólogo, un padre, un veterano de Vietnam... Me parece pistonudo. Me quedo más tranquilo al saber que era un buen tipo en realidad. Aburrido, pero un buen tipo. Si el hermano fallido de Ralph Fiennes lo interpretara con menos muecas tal vez me caería hasta simpático.




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La vida alegre

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Gracias al condensador de fluzo que te venden con FlixOlé, esta tarde aparqué el Delorean junto al dispensario que regentaba Verónica Forqué en “La vida alegre”: una comedia de Fernando Colomo que sigue la pista a varios gonococos que pasan de cama en cama hasta llegar a los genitales del ministro de Sanidad. 

“La vida alegre” es una comedia descocada y muy propia de la movida madrileña. Si hacemos caso de las crónicas que nos llegaban de la capital, allí, en los años 80, cuando cerraban los negocios, heterosexuales y homosexuales se lanzaban a una bacanal donde follaban hasta los del percentil más bajo de la belleza. Si en los años 60 llegaron los emigrantes del campo para ganarse las perras, en los años 80 llegaron los libertinos frustrados para echar los polvos que en provincias no se permitían o eran más raros que el uranio mineral.

En “La vida alegre”, Verónica Forqué estaba en la flor de su simpatía y Antonio Resines antoniorresinaba más que nunca con su cara de panoli y sus titubeos de calzonazos. Justo por allí, por los pasillos del ministerio de Sanidad, correteaba Ana Obregón con sus vestidos ceñidos y su sonrisa pomular, interpretando -o algo parecido- a una auxiliar administrativa que sólo sirve para elevar la moral de los funcionarios. Ahora nos reímos mucho de Ana Obregón porque se ha convertido en un personaje extravagante, pero hace cuarenta años, en el esplendor en la hierba, se nos congelaba la sonrisa cuando lucía su palmito en las películas y nos quedábamos pegados a la tele como moscas -moscones- de la fruta.

En aquellos tiempos todavía había actrices florero que se desnudaban -o dejaban entreverse- para jolgorio del personal. Lo igualitario, lo propio de la vida alegre, hubiera sido que también se despelotaran los actores para regocijo de las señoras, y no este puritanismo medieval que ahora nos venden como el no va más del progresismo.



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Estoy en crisis

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Yo estoy con Fernando Colomo: el mejor remedio que se ha inventado para curar una crisis existencial es irse a vivir al campo con Cristina Marsillach, lejos del ruido y de los hombres. Y de las mujeres. Nada como montar una comuna sencilla, de dos ascetas pervertidos, para sanar el cuerpo y reconfortar el espíritu. Folla et labora, reza la regla de fray Colomo. 

He ahí el camino y la redención: irse lejos con la mujer amada, pero tampoco muy lejos, por si hay que llamar al médico o bajar a la ciudad. Cultivar un huerto para alimentarse, y recibir por las mañanas al panadero y al pescadero. Y de vez en cuando, cada quince días, al furgón del supermercado. Admitir sólo eso, furgonetas con víveres, y coches con amigos. Pero coches muy escogidos, ojo, los justos para no enloquecer del todo en ese monasterio peñascoso. Enloquecer de amor, decía, en la paz de los instintos.

La casualidad ha querido que yo, ahora mismo, también tenga una crisis como ésta de Sacristán. Ahora que se vive más, la crisis de los cuarenta y pico se tiene a los cincuenta y pico. Es como adelantar la hora en el horario de verano. Lo que pasa es que yo no tengo casoplón ni amigo que me lo deje. Ni a Cristina Marsillach en el horizonte... La búsqueda de una monja lasciva se alarga demasiado. 

De todos modos, mi crisis, atendiendo a la primera acepción de la RAE, no es trágica ni preocupante. Es un “cambio profundo y de consecuencias importantes”, como dice el diccionario. Por fuera todo parece igual, pero por dentro, en la propiocepción, noto que estoy cambiando y que adquiero nuevas disposiciones. ¿Será la madurez tan largamente soñada? Ojalá, pero no creo. La madurez viene de serie con el nacimiento y yo nací sin bendiciçon. La madurez no se adquiere viviendo, ni viajando, ni  recibiendo negativas. Hay gente madura como hay gente que nace rubia o que tiene más largo el hueso peroné.



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¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?

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A veces me sorprendo canturreando “Qué hace una chica como tú en un sitio como éste” por los pasillos de mi colegio. Es el legado más duradero de la película: esa canción pegadiza que ilustra los encuentros extraños y benéficos. Un sonsonete eterno en la lista de los 100 Grandes Éxitos Generacionales. Casi un himno -me atrevo a decir- para celebrar que a veces, en entornos poco propicios, aparecen mujeres maravillosas como mariposas de colores.

La canturreo una vez por curso, tal vez dos, cuando recala en nuestra misión la sustituta de una sustituta -esto es la enseñanza pública y basta una manicura fallida para coger una baja- y quedo sorprendido por su belleza sin igual. O, cuando entablo conversación, porque quedo admirado de su agudeza chispeante. Alguna vez coinciden la belleza y la perspicacia en una misma Carmen Maura de película y entonces ya se produce el acabose. Es entonces, en esas apariciones marianas, cuando la canción de “Burning” ya no suena en el licorice pizza de mis neuronas, sino directamente por megafonía, a todo meter, para dar fe de que ha llegado una persona extraordinaria y que tal vez habría que festejarlo con pasteles en el próximo recreo.

De todos modos, la película de Colomo no cuenta la historia de una interina que viene a cubrir una baja laboral, sino la mala vida de una peluquera casada con un hijoputa en la España sin divorcios. Los espectadores modernos lo damos tan por supuesto, lo del divorcio, que al principio no entendemos por qué ella no lo manda a la mierda y le tranca la puerta con siete cerrojos inexpugnables. Pero es que era, so bobo, la España de los curas, que todavía coleaba. Lo que Dios había bendecido ya sólo lo podía separar un tribuno de la Rota. 

Parece todo muy lejano, casi como de la época victoriana, pero sólo nos separa una generación de aquel régimen de talibanes con alzacuellos. Así que ojo, mucho ojo, que amenazan con volver.



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Tigres de papel

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Allá por 1977, en los albores de la Restauración Borbónica, los progres se lanzaron a probar las costumbres tanto tiempo prohibidas por la ley y por la Iglesia. Algunos lo hicieron porque sentían el impulso o la necesidad, pero otros, como los protagonistas de “Tigres de papel”, simplemente porque sentían el afán de experimentar. Porque querían tocar los cojones a los guardianes de la moral que aún blandían un arma en la mano y un hisopo con la otra. 

Los personajes de "Tigres de papel", si tienen que fumarse un porro, se lo fuman; si tienen que apuntarse a una orgía, se apuntan; y si tienen que separarse del pariente o de la parienta -que no divorciarse, ojo, porque hasta 1981 no se tramitó la ley que lo permitía-, pues se separan.
A Carmen Maura y su trupé de moscones les bastan dos broncas y una desavenencia para tomar la decisión de largarse de casa y experimentar esa sensación excitante de saberse libres tras años de vigilancia. Pero como son ciudadanos majos y enrollados, las rupturas no son nada traumáticas ni virulentas, y así, de vez en cuando, cuando aprieta la soledad, las parejas firman un armisticio para aliviar las penas y sofocar los instintos. El buen rollo preside estas des-uniones a-legales que tienen más de protesta que de convicción. En el fondo de sus corazones, estos personajes se quieren, y se estiman, y viven en casas separadas simplemente porque se lo pueden permitir. 

“Tigres de papel” se ha quedado muy obsoleta y aburrida. Casi cincuenta años de reyes y legislaturas nos contemplan... Pero en el asunto de las separaciones conyugales es una película muy moderna y yo diría que hasta envidiable. Ahora mismo, con los precios del mercado inmobiliario, muchas des-parejas modernas se ven obligadas a vivir bajo el mismo techo y a ver las películas en el mismo sofá compartido, con más o menos distancia entre los cuerpos, según el humor y el aguante de dada uno.




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DTF St. Louis

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“DTF St. Louis” es una aplicación para ligar. Para ligar en San Luis, se sobreentiende, y en su área metropolitana. Del sexo insatisfecho y del deseo contrariado nació esta historia detectivesca. Esta rareza audiovisual. Esta serie tan extraña como la propia humanidad. 

“Nadie es normal, aunque a simple vista no nos damos cuenta”. Nos lo recuerdan de continuo. Así que el misterio es: ¿qué anormal, o qué anormala, mató finalmente a ese gordo de Misuri que tenía la polla torcida y la mente de teleñeco?

DTF, en inglés, son las siglas de “Dare to Fuck”: atrévete a follar. Aquí, en castellano, para sostener el juego de palabras, lo han traducido por “Donde Todos Follan”, lo que es, obviamente, una traducción chapucera, y una publicidad fraudulenta. Porque en las apps del asunto, como es sabido por todos, sólo follan los de siempre: los que ni siquiera necesitan descargar la aplicación. Ellos, y ellas, son las langostas que no dejan un campo sin devorar. 

Con semejante traducción, el que no se coma un rosco en DTF podría contratar un bufete de abogados. Better Call Saul... ¿Se imaginan? Hubiera sido más fácil, y más honrado, traducirlo por “Decídete, tolai, a follar”, y luego ya veremos. Sin resultados garantizados, pero con un hálito de esperanza.

Hablo, por supuesto, con conocimiento de causa. Yo estuve varios años en “DTF La Pedanía”, y su área metropolitana. Algún polvo me llevé, sí, pero al final todo fueron lodazales. En “DTF La Pedanía”, follar, lo que se dice follar, con alegría y desenfreno, sólo follaban tres afortunados. Lo sé porque me lo contó una mujer que se apiadó de mi desgracia. Mientras me hacía circulitos en el pecho, me aconsejó que lo dejara. Que probara por las vías tradicionales.  La app era coto de caza y era imposible competir. Todas las mujeres hacían cola por tirarse a esos tíos y desdeñaban a los demás. De ahí los silencios y las negativas. 

Ella, al parecer, les iba rotando y se había quedado, de momento, sin su silla de montar. Conmigo, mientras tanto, se entretenía, y me daba buenos consejos. Era la mar de sexy y creo que me enamoré. El resto de la historia necesita suscripción.





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Mi vida entre las hormigas

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No soy un macarra, ni un hortera, ni voy a toda hostia por la carretera. Soy, más bien, un pusilánime, y un cutre textil, y ni siquiera tengo carnet de conducir. Nada de eso ha cambiado desde que “Ilegales” empezaran a sonar en Los 40 Principales. Y sin embargo, ahora como entonces, no dejo de tararear la canción cuando la escucho en una radiofórmula. O en algún documental. 

La tarareo por la nostalgia de un tiempo que no viví aunque fuera contemporáneo, ni a tope ni nada, siempre enterrado entre libros y atrapado por la timidez. Pero la canción molaba, molaba la hostia, como molaban los “Ilegales” por el mero hecho de llamarse así, tan salvajes y guerrilleros, unos punkis sin pinta de punkis, más bien de lunáticos peligrosos que allá en los Maristas eran como los héroes de la resistencia que peleaban en Asturias. Otro mundo de fiestas y mujeres era posible si agarrabas la guitarra y escribías unas cuantas letras de poesía combativa. Tampoco había que ser Quevedo ni Vicente Aleixandre. Ni Carlos Santana pulsando las cuerdas. Con mandarlo todo a tomar por el culo y rimarlo con gracia ya era suficiente.

En lo que sí coincidíamos Jorge Ilegal y yo es que teníamos un tipo dentro del espejo que nos miraba con cara de conejo. El suyo era un conejo puesto hasta arriba de farlopa, muy inteligente y agresivo; el mío, que me sigue mirando mientras el cuerpo aguante, se parece más bien a Roger Rabitt, todo tontuna y confusión. Pero ahí terminan las coincidencias. Más allá de la estatura y de la preferencia por la soledad, no descubro nada en este documental que me una con el personaje retratado. Y menos mal, porque vaya tela, el tal Jorge... Un tipo singular, sí, pero para verlo desde la distancia. Una decepción humanística. Y aún así, cuando suena “Tiempos nuevos, tiempos salvajes” se me van otra vez los pies y el tarareo: es como una canción de ahora mismo, radical, todo furia y sálvese quien pueda.




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Aída y vuelta

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En las aplicaciones del amor yo siempre lo advertía: no veo televisión generalista. Mi mayor terror, más que dar con otra mujer desequilibrada, era enamorarme de alguien que luego me propusiera ver juntos, yo qué sé, “La isla de las tentaciones”, o el “Masterchef” de los famosos. Una semana podría aguantar; dos, imposible. Se me notaría mucho el desinterés, mi falta de sacrificio. “Oye, tío, que yo he aguantado tu puta película de Fellini sin hacer muecas ni lanzar puyas a la pantalla”.

Hoy en día, más que en la cama, los amores se dilucidan en el sofá. Con la afinidad televisiva ya tienes medio camino recorrido. Lo otro es sábado sabadete y un poquito de paciencia. Por eso yo me adelantaba a los acontecimientos anunciando mi desdén, y por eso nadie, o casi nadie, acudía a mi reclamo. 

Entre las muchas cosas que nunca vi estaba “Aída”, la serie que sí veía todo el mundo en Tele 5. En aquella década, al parecer prodigiosa, yo estaba a lo mismo que ahora: a la Champions, al snooker, al cine de ayer y de hoy... A las series americanas y al canal Mezzo de los violines. Un hombre televisivo, sí, pero sintonizando otra galaxia. El “prime time” de mis compatriotas es un concepto desconocido para mí. Huyendo de la publicidad -que es la carcoma de nuestro espíritu- me aboné a Canal + en el año 95 y emprendí una ruta solitaria que al final me trajo a estas montañas de eremitas.

Aun así, he caído en “Aída y vuelta” porque todo lo que hace Paco León, o casi todo, tiene algo estimulante. Empezó haciendo de bobo y ahora es el más listo del lugar. Cuando me aseguré de que se podía ver “Aída y vuelta” sin mayores referencias, me lancé. Estar en antecedentes ayuda, pero no es imprescindible. La película no es “Eva al desnudo”, pero también va de bambalinas del showbusiness. Si son metarreales o metaficticias eso no lo sé. Da igual: la reflexión sobre los límites del humor es un tema trascendental. Quizá sea el tema de los temas. Saber de qué se ríe una sociedad, en público y en secreto,  te da el punto de cocción.





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Mañana seré feliz

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“Mañana seré feliz” no es una película, ni un documental. Ni siquiera es esa conversación que anuncian al principio. Es, simplemente, un monólogo de Manuel Vicent sobre las cosas de la vida. Una cámara fija y un sabio que nos ilumina: no hace falta nada más. El resto sería un estorbo o un artificio. Asistir a su charleta es como pasear por Atenas, encontrarte a Diógenes en su tinaja y pagarle dos dracmas para que ilumine tu camino.

Diógenes de Sinope quizá no sea un buen ejemplo después de todo, porque Diógenes era un cínico, tal vez un amargado de la vida, y Manuel Vicent es todo lo contrario: un epicúreo que por cada cosa que desdeñó siempre encontró otra para disfrutar: por cada gilipollas, un amigo; por cada desamor, un enamoramiento; por cada renuncia, un hallazgo; por cada alimento prohibido, una receta cojonuda. Lo suyo no es exactamente una receta para la felicidad, porque la felicidad siempre es eso que se aplaza, una cosa para mañana, pero al menos sirve para ir tirando por el camino.

Vicent solo muestra un momento de debilidad en su charleta. Un desnortamiento seguramente causado por la edad. Nadie, ni siquiera un filósofo valenciano, es inmune al pequeño ictus o al entrecruce de neuronas. Cuando todo era luz y placidez, Vicent, de pronto, recordando sus tiempos mozos, se pone a hablar bien (sic) de nuestro ex rey Juan Carlos, aquel que era el primero de los españoles. Vicent se muestra conmovido porque en un par ocasiones, en unas movidas literarias, el Campechano se dirigió a él llamándole “Manolo” con todo el afecto que un rey puede dedicar a su vasallo. Mi padre también se llamaba Manuel, no te jode, pensé, y si un día el rey se hubiera presentado en las puertas del cine Pasaje acompañado de su comitiva de lameculos, él, por supuesto, no le hubiera negado el saludo, porque era un profesional, y hasta hubiera sonreído ante el tratamiento de “Manolo”, pero no hubiera tardado más de dos minutos en ir al servicio para lavarse las manos con jabón. El saludo de un rey jamás puede ser motivo de orgullo. Es una de esas cosas desagradables que uno, si se las topa por la vida, ha de torear con elegancia, pero también con repugnancia. 



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Landa

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Los chavales de ahora ya no saben quién es, pero Alfredo Landa llegó a ser tan famoso que dio nombre a todo un género cinematográfico: el landismo. Recuerdo que había una pregunta en el Trivial Pursuit que hacía referencia a ese hito cinematográfico. Un hito vilipendiado por la Inquisición y cuestionado por los pecadores. Habría que vernos ahora, a los guarretes,  explicando aquello de las suecas a los chavales que ya hablan inglés y viajan por Europa. 

No recuerdo cuál fue la primera película de Alfredo Landa que vi, pero apostaría veinticinco pesetas a que la vi un domingo de agosto, en uno de aquellos autocares que nos llevaban a la playa. En aquellos tiempos, desde León, por el puerto Pajares, tardábamos dos horas en llegar a Gijón. Casi tres si visitábamos las playas de Villaviciosa o de Salinas. Y todo eso, sumando el viaje de vuelta, convertía el autocar en un cineclub en el que daba tiempo a ver tres películas de esas que ahora ponen en FlixOlé: muy casposas, y criticables, pero la mar de divertidas. Tan incorrectamente políticas que dan ganas de reivindicarlas aunque sólo sea por joder. Por quebrar esa superioridad moral que lucen algunos entrevistados en el documental. Esos fulanos, y esas zutanas, que nos señalan lo obvio como si fuéramos idiotas o fascistas. 

En la Escuela de Jóvenes Cinéfilos de León -la añorada EJCL- tuve una época muy entregada a Alfredo Landa: “Los santos inocentes”, “La Vaquilla”, “El bosque animado”... La verdad es que el tío lo planchaba. Pero luego se juntó con José Luis Garci -el Riefenstahl de José Mari- y empezó a rodar un truño tras otro hasta hacernos vomitar. Soporté unas cuantas películas del Nuevo Landismo hasta que decidí retirar su nombre del santoral. Y ahora, ya ves: me ha dado un poco de pena... Así que valga este documental como pipa de la paz. Por Manitú, y por los viejos tiempos. 





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El encargado. Temporada 4

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Eliseo no ve fútbol ni series de televisión. No se distrae leyendo libros. No resuelve crucigramas en su mesa de conserje. Tampoco sudokus, ni autodefinidos, ni problemas de ajedrez. No se le conocen vicios ni mujeres. Ni siquiera hombres, en el siglo XXI. Eliseo es un tipo raro, sospechoso. Yo no le hubiera contratado para el puesto. Líbranos, Señor, de los virtuosos. De los monjes exclaustrados. De los que andan mano sobre mano perdidos en su nube. De los ociosos y los pensativos. De los exageradamente simpáticos cuando no toca, porque Eliseo también pertenece a ese colectivo aterrador. 

El único pasatiempo de Eliseo es estar atento a todo, y maquinar. Prepararse para el ataque o para la defensa. Eliseo perpetra pequeños males si no le tocas los cojones, pero delitos muy lesivos si te atreves a importunarle. Porque además de tener todo el tiempo del mundo, Eliseo es un hombre inteligente. Un superdotado para el Mal. Un villano de tebeo. El archienemigo de Superporteño. Un hijo de puta quirúrgico, sin genes del remordimiento. Hitler, al menos, amaba a su perra “Blondie”. Eliseo ni siquiera eso: él ha descendido varios escalones evolutivos para amar a una planta carnívora que es su trasunto platónico, y plantónico. 

Eliseo es como una víbora en el camino: está ahí, enroscada, sin hacer nada en apariencia. Pero joder, que si está... Lo mejor es rodearla y retomar el paso. No quedarte quieto ni por miedo ni por curiosidad. Y con Eliseo igual: si te lo cruzas por la vida, ándate con mucho ojo. Mirada al frente e impasible el ademán. Y si no queda más remedio que saludar, pon mucho cuidado en el gesto y en la voz. Él podría detectar un matiz, una inflexión... un peligro. Descubrir un enemigo en potencia o una víctima potencial. Un motivo para sacarlo de su estado de letargo. Eliseo es mitad hombre y mitad reptil: un venenoso sin escamas. Los ojos de Francella obran prodigios animales. 





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¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

🌟🌟🌟


El amor es sexo, y para todo lo demás, ahí está el diccionario de la RAE. Dicho de otra manera: cuando el erotismo sale por la puerta, el amor salta por la ventana. Es de cajón, de 1º curso de la Vida. No sé por qué existe tanta confusión terminológica. 

En 1993, cuando se rodó esta película, parecíamos más cerca de la verdad. No es que te rías mucho con la comedia de Pereira, pero entiendes bien a los personajes: hay oxitocinas, endorfinas, reacciones químicas muy interesantes... Ahora, con el regreso de las puritanas, la oscuridad vuelve a cegar nuestra mirada. Y a enturbiar el pensamiento.

Cuando se apaga la llama pueden pasar dos cosas: o viene el frío de la noche o queda un rescoldo acogedor. Que el sexo se acabe no quiere decir que haya que levantar el campamento. Es opcional. Pero el rescoldo, digan lo que digan, ya no es amor. Los griegos lo sabían y lo plasmaron en sus pergaminos. Nosotros, en cambio, que ya escribimos sobre las nubes, vivimos extraviados. 

Hay cien palabras hermosas para describir lo que ahora es calor de brasero y antes era fuego que quemaba. Se puede estar enamorado, sí, pero también encariñado, agradecido, relajado en  compañía. A gustito. No pasa nada. Hay una edad para todo; un estado del alma para cada circunstancia. “Llevo enamorado de mi mujer treinta años, pero ya nunca follamos”. Ese tío es un mentiroso, o como poco, un engañado de la semántica. Cualquier apego tiene su palabra justa y correspondiente. Que la busque y que deje de engañarnos. Y de autoengañarse. 

El amor sólo es una variante más de los afectos, aunque eso sí, la más citada y afamada. Las más evocada por los juglares. La más eléctrica y juguetona. La más presente en los títulos de las películas. Y es que el amor, al ser fuego, siempre deja cicatrices en la piel, y se hace difícil de olvidar. El amor es una amistad encamada. No sé me ocurre mejor definición que ésa. Se la escuché una vez a Antonio Gala, que era un sabio cursilón. 





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Cosas que hacen que la vida valga la pena

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Ver películas.
Ver películas buenas.
Hablar sobre películas. Incluso si son malas.
La voz de Ana Belén.
El monte sin gente.
Renate Reinsve.
El silencio.
Un motero silenciado.
Ana Belén cantando “Agapimú”.
(Casi) cualquier película en la que salga Eduard Fernández.
Un gatete.
Un perrete.
Un tatuaje en su espalda, más que la pinacoteca nacional.
El jeto de Al Pacino.
La Champions League.
El Madrid ganando la Champions League.
Un toro corneando a su torero.
Un elefante embistiendo a su cazador.
Emma Stone.
Y Jessica Chastain.
Los Mundiales.
Montaigne y “Los ensayos”.
Algunos recuerdos...
“Juegos de la edad tardía”.
Ana Belén cantando “Qué será, qué será”
Las caricias en la espalda.
Un pincho de tortilla.
“Seinfeld”.
Vince Gilligan.
Y “El hombre tranquilo”
Kim Wexler.
Un piropo. Mucho más si es verdadero.
Los cómics de Ivá.
Teresa Salgueiro
Y Maureen O’Hara
Los paisajes de Irlanda
Enamorarse no; sentirse correspondido sí.
Una canción de Serrat.
La familia Skywalker.
La familia Soprano.
Un himno de Serrat.
Y Javier Krahe, claro.
Y Prince, por supuesto.
Y mi hijo...
Los chistes indecentes.
Molestar a las beatas.
Su sonrisa, aunque no sea para mí.
“Annie Hall”
Ravel y Debussy; Mozart y Beethoven; Manuel de Falla y Radio Futura.
Ganar una apuesta.
Descubrir un paisaje.
Vivir sin reloj.
Azcona y Berlanga; Gastón y Mariano; Lucas y Spielberg.
"El jinete polaco"
“La Gran Belleza”
El último día de curso.
El primer minuto de vacaciones.
El mar Cantábrico.
"The cat in the hat is back", por Wynton Marsalis.
La fabada.
“Cantando bajo la lluvia”
Las nubes en verano.
La nieve, y los carámbanos, y los abrigos en invierno.









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Matrimonio compulsivo

🌟🌟🌟🌟

Un poco más arriba, en el perfil, puede leerse que aquí sólo expongo mis pecados veniales, y que los mortales -que son los verdaderamente enjundiosos, los que monetizan mi caída en el pecado- están disponibles en la versión de pago. Es una broma muy tonta, seguramente sin gracia, que además no termina de disuadir a esa gente muy curiosa, muy interesada por mis entretelas, que a veces me pregunta por el paradero de esos pecados escondidos, como si los escribiera en otro perfil encriptado, o en la Deep Web de los delitos. 

Cuento esto porque cuando veo una película de los hermanos Farrelly ni yo mismo sé dónde colocar mis opiniones. Si en la versión legal o en la escondida. Me río mucho con los Farrelly, muy de continuo y a lo loco, y eso, padre, no sé si es un pecado venial o una mortífera gravedad. ¿Basta con rezar tres avemarías después del visionado? ¿El niño Jesús llora cuando yo me descojono? ¿O esboza una sonrisa de cómplice cabroncete? ¿La teología tiene respuestas para mi sentido del humor?

La última vez que vi “Matrimonio compulsivo” vine a estas páginas a declarar libremente lo mucho que me había reído con las tonterías y los excesos. Eran otros tiempos, claro. Ahora, con la Inquisición restaurada, la biología simiesca del amor ya no se enseña en las facultades. Ni se subvenciona en las películas. Reivindicar el humor de los Farrelly se ha vuelto subversivo y peligroso. Pero no lo puedo remediar. Es como si al chaval irreductible que llevo dentro le montaran una fiesta con hamburguesas y Fanta de limón. Otros han asesinado a ese niño gamberrete y se han quedado tan panchos con su adultez. Son como Abraham en la Biblia, cuando no dudó en apuñalar a su propio hijo por mandato de Yahvé. Yo, en cambio, siempre que me han ordenado tal asesinato, me he compadecido de esa pobre criatura que sigue riéndose con los fluidos pringosos y con el amor de los botarates.







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Los padres de ella

🌟🌟🌟


A los dos minutos de ser presentados, el hombre que iba a ser mi suegro -y que con los años resultó ser mi exsuegro- se asomó por la ventana de la cocina y me señaló la montaña de Peñacorada, que se elevaba, aunque no mucho, por encima del horizonte.

- ¡Mira qué montaña! Siete mil metros de altitud, por lo menos. 

Pensé, por supuesto, que me estaba tomando el pelo.  Poniéndome a prueba, quizá, como hace Robert de Niro con Ben Stiller en la película. Las nuevas generaciones seguramente desconocen el dato, pero nosotros, los veteranos de la guerra, estudiábamos en el colegio que el pico más alto de la Península Ibérica es el Mulhacén, y el Mulhacén no pasa de los cuatro mil metros de altitud. 

Me quedé mirando la montaña con el estómago encogido. Llevábamos dos minutos de relación y de pronto ya era todo estresante y decisivo. Si le respondía que sí, que era una montaña de la hostia, tan alta como las cumbres del Himalaya, cabía la posibilidad de que él conociera el dato verdadero y me tomara por inculto. Y si le respondía que no, que eso era imposible, que ninguna cima cantábrica llegaba ni de lejos, cabía la posibilidad de que él desconociera el dato verdadero y me tomara por un listillo de la capital. En cualquier caso, un hombre indigno de su hija primogénita. 

La altura de Peñacorada era una trampa perfecta para invalidar mi candidatura. Una trampa diseñada quizá en ese mismo momento, improvisada con sagacidad, nada más ver mi pinta de pringado entrando por la puerta.

La otra opción -que al poco se reveló como la verdadera, porque yo me limité a mirar por la ventana y mi futuro suegro siguió hablando y hablando- es que él no tenía ni puta idea de la altura de las montañas, ni en general de las alturas de casi nada. Lo mismo me dijo siete mil metros como pudo haber dicho setecientos, o quince mil ochocientos. Mi exsuegro era así, lenguaraz, desubicado, un artista de lo impreciso. Cuando le conocí ya había alcanzado ese estatus envidiable de decir cualquier cosa indocumentada y despertar el candor de los allegados: “Son las cosas de Fulano”. 

A mí, de mayor, me gustaría ser como él.





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Better Call Saul. Temporada 6.

🌟🌟🌟🌟🌟


No quería que se terminara, pero se terminó. La entropía es implacable con la realidad y también con la ficción. Revivir “Better Call Saul” ha sido como retomar un amor gozoso y primordial, pero traía -como todos- fecha de caducidad. 

Ha sido una segunda oportunidad más corta que la primera, pero también más madura y reposada. Un puro gozo hasta ese cigarrillo presidiario. Tras él, los títulos de crédito se desgranaron como la letra pequeña de un acuerdo de divorcio... Pero ha estado bien: ha sido una primavera pactada entre amantes veteranos. Porque así son, aunque nos duelan, los regresos de las ex.

“Better Call Saul” duró siete años en pantalla, que es el tiempo de vida de un amor excepcional: ése que sobrevive al consumo de hidrógeno antes de convertirse en una estrella apagada pero apacible, o de explotar en forma de supernova para dejar un agujero negro y mosqueante. Son las leyes de la física. Ahora, en el reencuentro, porque el tiempo se comprime cada vez más, “Better Call Saul” apenas ha durado cinco meses hipersónicos: justo el tiempo que tardan los amores retornados en agotar el combustible. La gravedad se vuelve insostenible cuando no quedan reacciones que oponer. El amor, como el universo mismo, es una ordenación de partículas elementales. 

Hice todo lo posible por estirar “Better Call Saul”. Traté de dosificar las temporadas y los episodios, pero el final me dominó el ansia, y me pudo la tentación. La última temporada ha pasado como un cometa por mi ventana. He llegado a llorar en las dos despedidas traumáticas: la de Kim marchándose del apartamento y la de Kim marchándose de la cárcel. No tengo nada que ver con esta gente -tan inteligentes todos, tan liantes, tan decididos para lo suyo- pero mis neuronas espejo, tan caprichosas, trabajaban a destajo. Se ve que ya no hay desamor que me deje como estaba. Los amores ideales, pero fallidos, rasgan el tejido del universo.





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La araña negra (cortometraje)

🌟🌟🌟🌟


Lev Yashin, "la Araña Negra", fue aquel portero soviético que siempre iba vestido de negro y parecía haber nacido, al igual que los arácnidos, con cuatro brazos y cuatro piernas. En “Los lunes al sol” había un emigrante ruso, también despedido de los astilleros, que les contaba a Santa y compañía que los rivales pedían perdón a Yashin cada vez que le marcaban un gol, tal era su aura de cancerbero impenetrable.

Yashin, en mi recuerdo, cuando jugaba para la Unión Soviética, llevaba las letras CCCP estampadas en el pecho al igual que sus compañeros. (CCCP, por cierto, no significa Cucurrucú-Paloma como dicen los enemigos del pueblo, sino Союз Советских Социалистических Республик, que es un asunto mucho más serio). Pero ahora, desengañado por el cortometraje, y por más que busco imágenes en la IA, siempre encuentro a Yashin vestido de negro riguroso, sin letras, como de luto perpetuo por algún gol imperdonable y decisivo. 

(Supongo -porque si no le habrían traspasado al Siberia C. F. o al Lokomotiv de Morituri- que Yashin tenía permiso del comisario político para no llevar esas siglas cirílicas que predicaban las bondades del comunismo). 

La historia de “La araña negra”, el cortometraje, se non è vera è ben trovata, que diría un italiano. Sin embargo, no hace mucho, en la radio, le preguntaron a un periodista italiano por el origen de esta expresión y dijo que no la había escuchado jamás. Da igual... 

En Madrid, en 1964, la noche anterior a la final de la Eurocopa entre España y la CCCP, un comando de patriotas engaña a Yashin y se lo lleva de putas a un meublé muy limpio y distinguido. Una vez desfogado, y todavía abrazado a la mujer, varios fotógrafos conchabados irrumpen en la habitación. Lo siguiente que vemos, en una elipsis muy elegante, es el histórico gol de Marcelino en el NODO y el no menos histórico pasotismo de Yashin ante el cabezazo decisivo. La del cortometraje es una explicación tan válida como cualquier otra para aquel desinterés. 

No es por echarme flores, pero yo siempre sostuve que había algo muy raro en ese gol.





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Portobello

🌟🌟🌟🌟


Si en España, en el siglo XXI, basta con que una mujer te señale con el dedo para pasar por el juzgado -y, si no eres culpable, perder al menos tu reputación-, en Italia, en el siglo XX, suspendido de igual modo el principio de inocencia, bastaba con que un camorrista soltara tu nombre en un interrogatorio para vivir un proceso penal muy parecido al de la novela de Franz Kafka. 

“Portobello” cuenta una pesadilla que parece literatura y sin embargo sucedió en esa Italia desquiciada: la desventura judicial de Enzo Tortora, el presentador del magazine más visto en la RAI de los años ochenta. Para entender “Portobello” habría que imaginar a Mayra Gómez Kemp, en sus tiempos del “Un, dos, tres”, acusada de pertenecer a ETA y encarcelada sin pruebas porque un etarra la señaló como informante del "Comando Madrid" para obtener un trato favorable en la prisión.

“Portobello” habría sido la serie del año -la segunda italiana, después de “El hijo del siglo”- si no fuera porque se hace demasiado larga en su nudo judicial. Hay un ensañamiento en la congoja que luego no se corresponde con el rápido desenlace. Pero hay que verla, claro, y en italiano vernáculo, no doblada a nuestro idioma. Uno de los seis episodios de “Portobello” -pirateados, por supuesto, porque yo sólo pago Movistar- venía sin subtítulos y tuve que escucharlo en castellano. Es insufrible. Los camorristas tienen que hablar como camorristas, y no como señores de Logroño. Y Enzo Tortora, para defenderse, tiene que hablar como un señor atildado de Milán, y no como un cura mantecoso de mi pueblo. 

El doblaje de "Portobello" chirría en los oídos. Desvirtúa la expresividad de los culpables y el juramento de los inocentes. Las palabras en castellano no casan con los gestos en italiano. Si juntas los dedos de una mano para formar una pinza de odio o de desprecio, sólo puedes gritar “¡Vaffanculo, maledetti, non ho fatto niente!”




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La vida de Chuck

🌟🌟🌟🌟


Yo también he visto mi muerte, como Chuck el bailarín. Pero no la he visto en un ático embrujado, sino en el techo de mi dormitorio, proyectada como una película, diáfana e indudable. 

Mi muerte llegará un sábado por la mañana, o un domingo, montado en bicicleta. Un hombre del campo saldrá de recoger las lechugas con su furgoneta y se incorporará a la vía sin mirar, justo cuando yo pase pedaleando. Será un golpetazo mortal. Ya sufrí un accidente parecido hace años y me quedé amnésico durante horas. El siguiente será el remate, el despiste definitivo. Aquí, en la España ancestral, los paisanos consideran que las bicicletas estorban los quehaceres y demoran los placeres. Las bicicletas, o son para el verano, o son para “Uropa”, allí donde estudian sus nietos y sus nietas.

En la cama del hospital, mientras me apago, se irán apagando también las multitudes que contengo. Las reales y las ficticias. Las humanas y las animales. Pobres bichines míos... Todos los muertos se morirán otra vez cuando yo muera. Pero antes de irse, se mezclarán en un curioso batiburrillo no muy distinto del habitual. Ahora mismo, todavía vivito y coleando, ya hay personas reales que voy recordando como soñadas, y personas ficticias a las que voy teniendo por verdaderas. Alguna de mis ex amantes, por ejemplo, es como si hubieran vivido en una vieja película; Luke Skywalker, en cambio, que sale en “La vida de Chuck” hablando de matemáticas, es mi amigo de la infancia y a él quisiera asemejarme.

En la cama del hospital estaré en manos de los dioses y todo se hará según su voluntad. Pero si me dejaran pedir un deseo antes de mi paso fugaz de meteorito intrascendente, me gustaría aprender a bailar. Aunque solo sea con el pensamiento. Y ya puestos, bailar como baila como Tom Hiddleston en la película. Sentir esa libertad, esa indiferencia por la mirada de los otros. Esa alegría de sintonizar con los ritmos del mundo, moviendo los brazos y los pies. 





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Homo Argentum

🌟🌟🌟🌟


“Homo Argentum” no es exactamente una película, sino una sucesión de pequeños sketches y cortometrajes. Un acercamiento antropológico al argentino moderno que trata de sobrevivir trabajando o estafando, disimulando o exponiéndose. 16 historias sueltas, independientes, pero todas protagonizadas por Guillermo Francella, que es como un camaleón de la pampa, o como un T-1000 de la Patagonia. Una demostración de talento sin igual. Un “tour de force” actoral, que es una expresión muy de cultureta de provincias.

¿He dicho “historias independientes” ? Bueno, no del todo. Mariano Cohn y Andrés Duprat nunca se permitirían un guion deslavazado o inconexo. Estos tíos siempre ponen la bala donde ponen el ojo. En sus películas todo está puesto por algo y para algo. Y sin embargo, en internet, son muchos los que no han comprado su último experimento por falta de coherencia. Muchos los que aseguran que “Homo Argentum” es un corta-pega de ocurrencias sin hilo conductor, sin corriente subterránea y común que riegue las historias. 

Yo no estoy de acuerdo. Hay un concepto común que hilvana los 16 episodios de “Homo Argentum”: el clasismo. No tanto la lucha de clases, pues ya casi nadie se rebela contra el amo, pero sí, desde luego, el desprecio al inferior, al que no tiene, al que se ha quedado un piso por debajo. Será que soy un bolchevique innato y que voy viendo el clasismo por todas partes. Pero no creo equivocarme con esta película. Conozco el percal de don Gastón y don Mariano. La vida consiste en presumir; en situarse, al menos, un escalón por encima de los demás. Es el estatus, idiota: el monetario, el sexual, el profesional... Cualquier estupidez sirve para  marcar una diferencia. El “Homo Argentum” no se diferencia mucho del “Homo Ibéricus”. Sólo en el acento, y en esos gestos con las manos que delata sus orígenes italianos.  





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La larga marcha

 🌟🌟


A estos muchachotes que participan en La Larga Marcha tampoco se les ve especialmente desnutridos. Ni desesperados. Hay un poco de todo: caucásicos musculados, negros fibrosos e indios indómitos. Quarterbacks de manual. Y chinos enjutos, sí, pero más listos que cualquiera. Estos chicos, por muy mal que vengan dadas, aún podrían ganarse la vida trabajando en una obra, o de estibadores en el puerto. Es una mierda, ya lo sé, pero es mucho mejor que apuntarse a una carrera suicida con un único superviviente. A un Juego del Hambre, o a un Juego del Calamar. 

No se entiende bien su presencia en el matadero. Quitando a un par de desgraciados que serán la primera carne de cañón -entre ellos el entrañable Jojo Rabbit- el resto aún puede caminar días seguidos sin apenas dormir o alimentarse. En las márgenes de la carretera se ve, eso sí, un paisaje de posguerra civil que ahora es la última moda argumental traída de Estados Unidos. Y es que la cosa, por allí, debe de estar más jodida de lo que pensamos. Va a ser la hostia, nen, porque ya no serán yankis y sudistas armados con fusiles, sino fascistas del MAGA contra demócratas de la ANR manejando granadas y ametralladoras a lo rambo. 

Una de dos: o la novela de Stephen King no se sostiene de partida, o aquí hay cosas que están mal explicadas. Yo, desde luego, no dejo de rascarme el cogote. Que Luke Skywalker ahora se gane la vida como militar psicopático tampoco ayuda demasiado a suspender la incredulidad. Al primer disparo en la sien me salí de la película y el resto ya fue un continuo avanzar con el mando a distancia, a ver cómo terminaba la prueba desesperada. Fue... la larga marcha de la tecla wind. La muy corta carrera de mi paciencia.






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La Grazia

🌟🌟🌟🌟


Tengo miedo de que Sorrentino no vuelva a rodar otra película como “La Gran Belleza”. Pero si lo hace, será otro santo del calendario, porque los santos necesitan al menos dos milagros acreditados, y no uno solo como los beatos olvidados. “La Grazia” es como todas las películas que han venido después de Jep Gambardella: hipnótica y extraña, excepcionalmente hermosa, pero no es un acontecimiento único en nuestra cinefilia. 

Es cuestión de gustos, claro, y más todavía si hablamos de Paolo Sorrentino, que es un cineasta como el patio de mi casa: particular. Sorrentino, si lo piensas bien, es un  creador muy parecido al mismísimo Creador: luminoso pero hermético; original pero falible; descifrable o indescifrable según el poema que componga. Todavía no sé si Sorrentino, al igual que Dios, es más profundo de lo que parece o si solo disimula la falta de profundidad con imágenes maravillosas. Da igual. Non mi dispiace. Sus películas siempre son aire fresco. Un recreo de la mirada. El (puto) teléfono móvil ya no existe cuando entras en su mundo. 

Si la gracia es, como dicen en la película, la belleza de la duda, yo todavía no vivo en gracia de Dios ni en gracia de los hombres. Y mucho menos en gracia de las mujeres. Aún tengo certezas arraigadas: la lucha de clases y la corrupción de la Liga sólo son las más comentadas en este confesionario. Pero hay muchas más.  Aún no he alcanzado la amplitud de miras ni la ecuanimidad del pensamiento. Si sólo es cuestión de hacerse viejo, estoy en manos de la suerte; y si es cuestión de nacer con los genes adecuados, tres cuartos de lo mismo. En cualquier caso no tengo que esforzarme: que la gracia venga o no venga ya está escrito en mi destino. Tampoco sé si será una bendición lo que se pose sobre mi cabeza. La Gracia se parece mucho al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo no es un ente confiable.






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Se tiene que morir mucha gente

🌟🌟🌟🌟🌟


A mi lado, adonde quiera que voy, también camina un pre-adolescente insoportable. Soy yo mismo, claro, resabiado y tontolaba. El chaval tenía que haberse ido hace años al limbo de los existidos, pero una fluctuación cuántica lo dejó varado en el calendario y no tuve más remedio que acogerle. Después de todo, es la carne de mi carne.

Este desdoblamiento es un fenómeno raro, pero no único al parecer: lo comprendí nada más comenzar “Se tiene que morir mucha gente” y me quedé atornillado en el sofá. Bárbara, el personaje principal, también sufre esa compañía tocacojones; o tocacoños, en el lenguaje paritario.

Una día antes, cuando descubrí la serie en la parrilla, mi preadolescente me avisó: “Es una serie de tías. ¡Y hecha por tías!". Pero el título era irresistible y yo le mandaba callar con mi escasa autoridad. Y es que es verdad: se tiene que morir tanta gente que me mataba la curiosidad. ¿Serían los mismos tipejos que yo propongo en las tertulias...? Hablo de los personajes públicos, claro porque los privados son eso, privados, y cada cual tiene que pelear en su propio ecosistema. 

Luego, en realidad, aquí no se muere nadie. Ni se desea la muerte de nadie. Los odios son fueguinos pero civilizados. El título no era más que un recurso publicitario -quizá más una constatación que un anhelo- pero funciona.

Me fui dejando llevar por los capítulos mientras mi chaval se impacientaba: “Ya verás como acaba siendo un panfleto podemita...”. Pero el panfleto, de serlo, era muy poco panfletario, o quizá demasiado inteligente, y yo, al no darme cuenta, me reía como un bobo. Cuando se dialoga con tanta gracia yo me rindo ante quien sea. Aquí todo es muy natural y contradictorio. Y malhablado. Canallesco incluso. Tierno y venenoso. Al final me reía cada vez más y el chaval, ya arrepentido, me acompañaba.

Sucede, además, que Anna Castillo se parece mucho a un crush privado que yo tengo: uno que también vive varado en una singularidad del calendario. Esto de crush, por cierto, se lo he tenido que explicar a mi chaval de los años ochenta. Miro a Anna Castillo y pienso que sí, que se tiene que morir mucha gente, pero que otra debería existir por toda la eternidad.




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Cochinas

🌟🌟


Sólo he visto tres episodios. No he podido más. Ni me río ni me sonrío. Nada. Carcajadas ni una. Dobles sentidos sí, pero vamos, de patio de colegio. De carnicería de Alfredo Landa.  “¿Le gusta el solomillo, señora?” “¡Hoy tengo la morcilla reventona!”. Cosas así, de vergüenza ajena. Gracietas que ya estaban superadas en 8º de EGB. Los chistes de “Cochinas” -si es que son chistes- no me pasan ni rozando. Oigo los disparos, pero no siento los impactos. Sus guionistas, es obvio, disparan con balas de fogueo, o disparan a otras dianas. 

Ay, el porno... El porno es como el Scotch Brite: no se puede estar sin él. Otra cosa es debatir su naturaleza, su proceso de elaboración. Sus ingredientes más o menos ecológicos. La ética del pringue. Discutir qué son los panes y qué son las tortas cuando llega la hambruna o se vive en el jolgorio. Pero cada vez que conozco a un hombre que asegura no caer en la tentación, pienso que estoy ante un mentiroso o ante un degenerado. En cualquier caso, alguien muy poco recomendable. 

Con las mujeres es otro cantar. Prefiero no meterme ahí. Metes el dedo gordo del pie y sales escaldado. No están los tiempos para bollos. En "Cochinas" dirían que sí para bolleras: ése es el nivel. Yo solo pensaba que luego ponen una película de Pajares y Esteso y se arma la mundial: que si casposos, que si machirulos, que si cosificadores de la mujer... “Cochinas” -al menos hasta el tercer episodio- cuenta la historia de unas amas de casa que descubren la pornografía y se lo pasan teta -¿aún es legal esa expresión?- viendo pollas en acción. Son el reverso femenino de Pajares y Esteso y a todo el mundo le parece cojonudo. A mí también, por cierto. Yo estoy hablando de otra cosa... Malena Alterio y sus amigas cosifican -qué engendro de palabra- a los actores porno y aquí no ha pasado nada. Un hombre viendo porno se degrada a la categoría de marrano; una mujer, en cambio, según “Cochinas”, da rienda suelta a sus anhelos y se libera. A mí me parece fenomenal. Bienvenidas a la fiesrta. Pero jolín. 




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El buscavidas

🌟🌟🌟🌟🌟

Mi hijo, de pequeño, era conocido en los ambientes familiares como el "Paul Newman” porque era rubio, y guapetón, y tenía unos ojos que iban alternando los colores del mar. Cualquier desconocido hubiera apostado cuatro dólares a que no era mi hijo de verdad. 

En esa época nos agarró el vicio del billar y coincidió que yo estaba gordo en demasía, abandonado, así que para completar el elenco de “El buscavidas” yo hacía de Minnesota Fats, el Gordo de Minnesota, al que Eddie Felson desafiaba con toda la chulería de su juventud. 

Estábamos tan flipados con el billar que un verano, en Madrid, compramos un juego de bolas de snooker y dos tacos medio profesionales fabricados en Inglaterra. Al comenzar el colegio lo trajimos todo a La Pedanía para jugar en un bar donde nos alquilaban una mesa y nos dejaban usar nuestras propias bolas madrileñas. Éramos casi una atracción de feria para los parroquianos: por un lado Retoño, tan pequeño, que  llegaba montado en su bicicleta de Mickey Mouse, y por el otro lado yo, tan osuno, subido en una bici desvencijada que usaba para hacer los recados. 

Entrábamos en aquel garito bromeando, pero en el fondo reconcentrados, dispuestos a despedazarnos, cada uno con su taquera de tela cruzada en bandolera, como si fuéramos mogoles que venían a conquistar la verde pradera del tapete con su arco y su carcaj.

En aquel tiempo yo le pedía al chaval que viera “El buscavidas” para que entendiera por qué le llamaba "Felson, el Rápido” y por qué Minnesota Fats era mi primer avatar en los tiempos de internet. Pero él se rascaba el cogote preadolescente y me decía que no, que mejor otro día, porque la cinefilia, como mi fealdad, nunca arraigó en su ADN. Además, él veía en la carátula del DVD -de este mismo DVD- que la película era en blanco y negro y que duraba más de horas eternizantes. Cada vez que cojo “El buscavidas” de la estantería me acuerdo de todo aquello y me parece que también sucedió en blanco y negro, en un pasado medio feliz pero lejanísimo.





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