Amor en Oslo

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Este mes de agosto, paseando por Oslo, yo no buscaba el amor verdadero. Ni siquiera el de mentira. ¿Cómo se dirá, en noruego, “a pijo sacado”? Tenía el tiempo justo para recorrer los enclaves, visitar el Museo Munch y comprar souvenirs para familiares y allegados. Y hacerle una foto a la calle por donde corría Renate Reinsve en “La peor persona del mundo”: un homenaje a la princesa de mis sueños. Y todo eso antes de que el autobús nos llevara a conocer los fiordos, y las iglesias de madera, y los lagos como de ensueño, en el quinto pino de Escandinavia. Apenas hay tiempo para enamorarse en las excursiones organizadas. 

Pero Max, mi antropoide interior, que es el Ello freudiano que nunca ceja en el empeño, no dejaba de entrometerse en mi mirada de turista. Yo había venido a Oslo, y a Noruega, a empaparme de la cultura; a extasiarme con el paisaje; a pasar frío en la canícula. A conocer a mis ancestros escandinavos, que me llaman en los sueños, pues tengo por seguro que yo pertenezco a la estirpe de los vikingos, y no a la raza celtibérica que vocifera por doquier. En Oslo, mismamente, como luego en Bergen o en Ålesund, sabías al instante que había españoles merodeando sólo por las voces, siempre dando la nota de barbarie.

Max, columpiándose en su neumático, no dejaba de admirar la belleza de las nórdicas. Y por cada bellezón que atisbaba -algo así como doce por minuto- me daba una patadita en los cojones, a ver si le seguía. Max es un cenutrio que no termina de vernos en el espejo, ni de asumir nuestras edades. No conoce el don de la oportunidad ni la traba del contexto. Max sólo sabe del instinto, del puro resorte del deseo. Es por eso que yo, paseando por Oslo, también le daba patadas en sus cojoncillos cuando veía a un nórdico imbatible, altísimo y refinado, con la misma frecuencia de paso de doce humillaciones por minuto. 




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Breaking Bad. Temporada 2

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La deriva hacia el mal de Walter White -que, de momento, y todavía estamos en la segunda temporada, acarrea la destrucción de su matrimonio, la amargura de Jesse Pinkman y la muerte de la chica más sexy que jamás se vio en una serie de televisión- no se hubiera producido si en Estados Unidos existiera una Seguridad Social que sufragara operaciones tan costosas como la suya. Que los yanquis posean las armas y los cohetes les convierte en los chicos más chulos del barrio, pero no en los ciudadanos más afortunados de Occidente.

Si Walter White hubiera vivido en Albuquerque, provincia de Badajoz, y no en el otro Albuquerque, estado de Nuevo México, ninguno de estos personajes de ficción hubiera encontrado la muerte o la desgracia; pero, a cambio, en el mundo real, nos hubiéramos quedado sin esta serie intachable, implacable como la vida misma, pues a cada error le corresponde su castigo, y a cada propósito de enmienda una bofetada de los dioses. 

(Y todavía peor: nos habríamos quedado sin “Better Call Saul”, la serie que vino después pero que explicaba lo de antes. Y sin Kim Wexler, que es como imaginar un mundo sin amaneceres, o una primavera sin floraciones). 

En el Albuquerque original, cuna de quienes pusieron nombre a la ciudad en el desierto, puede que no haya tantos adelantos y moderneces -ni siquiera una franquicia de “Los Pollos Hermanos” donde poder degustar esa receta tex-mex que se adivina jugosísima- pero allí, al menos, ponerse enfermo de gravedad no implica necesariamente cargarse de facturas e hipotecas. Gualterio Blanco, el primo lejano de Walter White que también se dedica a la docencia de la química, jamás hubiera descubierto en su interior a un criminal orgulloso de su cocina. 



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El astronauta


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Ahora mismo, en León, porque nuestra ciudad está más cerca de las estrellas que ninguna otra capital española, tenemos dos astronautas esperando destino en el espacio. Ellos son nuestro orgullo nacional. Algún día, cuando regresen de la estación espacial o de darse un paseo por la superficie de Marte, desfilarán por la avenida de Ordoño II como los astronautas del Apolo XI desfilaron por las avenidas de Nueva York. Habrá confeti, y aplausos, y banderas de León reivindicando la autonomía. 

Pero de momento, hasta que suban, tendremos que conformarnos con dos astronautas españoles que no eran de León: Pedro Duque, que luego fue ministro de Asuntos Secundarios, y Michael López Alegría, aquel chico nacido en Madrid pero criado en California que hablaba un castellano como de agente de la DEA en un episodio de “Breaking Bad”. Michael debía de ser primo lejano de David (Deivid) López Zubero, aquel nadador que ya nació directamente en Florida pero que competía, por motivos familiares, bajo la bandera de los Borbones, y que chapurreaba un mexicano todavía más difícil de interpretar.

La Wikipedia, como carece de sentido del humor, no consigna que mucho antes, en 1970, justo cuando las suecas alunizaban en nuestras playas, ya existió un astronauta español natural de Minglanillas: un villorrio imaginario muy cercano a la vieja estación de Fresnedillas. Financiado por la SANA y catapultado al espacio en la Cibeles I, Tony Leblanc surcó la estratosfera para caer justo sobre el desierto de Almería. Desorientado y sediento, Tony lo confundió con el Mar de la Tranquilidad y plantó la bandera del aguilucho para marcar territorio con los americanos y con los rusos. La película es una tontería como la copa de un pino; una majadería al estilo de Mortadelo y Filemón. Pero te echas cuatro risas muy sanas a cuenta del botijo interespacial, tan necesario en los planetas sin agua como Tattooine. 



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The Mandalorian and Grogu

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Del mismo modo que otros, en verano, visitan el pueblo de sus ancestros para beber hasta reventar y cantarle loas a la Virgen, yo, que provengo del éxodo rural que lo vendió todo para emigrar, viajo en cada canícula a la galaxia de Grogu y el Mandaloriano: la misma donde la familia Skywalker buscaba con denuedo el equilibrio de la Fuerza.

Desde que era niño, la galaxia de George Lucas siempre ha sido mi destino vacacional. Allí tengo mi chalet en la costa y mi refugio en las montañas. Mi casita rural en los planetas deshabitados. Mi Airbnb en el espacio sideral. Primero hago un viaje por la Europa civilizada -que es, sin exagerar, otra galaxia comparada con La Pedanía-, y luego, nada más aterrizar en Barajas, y antes de coger el ALSA que me devuelve a la realidad, me subo en un transbordador espacial que surca el hiperespacio camino de Mandalore, o de Tatooine, según donde se desarrolle la última aventura. Aterrizo en un santiamén, echo un vistazo, saludo a las viejas amistades y me vuelvo a esta galaxia subdesarrollada donde me gano el sustento y veo el fútbol por televisión.

En este último viaje he visto al Mandaloriano un poco decaído. Vulnerable, por primera vez. Y es que los años, aunque no sean años solares, pasan igual para todos. Allí son otras las estrellas, y otros los ecosistemas, pero la esperanza de vida para los humanos es más o menos parecida. La nuestra es una maldición genética que no conoce constelaciones. 

Grogu, sin embargo, que vivirá casi mil años, todavía es un bebé cósmico al que no termino de entender. Los niños humanos cambian mucho cada año: crecen en centímetros, se vuelven locuaces, dan mucho más por el culo... Pero Grogu, aunque mueva piedras cada vez más grandes, sigue siendo ese peluche desconcertante que lo mismo se entera de todo que no se entera de nada, más pendiente de las chuches que de la supervivencia de su estirpe. 



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Han Solo: Una historia de Star Wars

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No es tan mala como la recordaba. De verdad que no. Lo que pasa es que en su día nos dejó helados y chafados, a los frikis de Star Wars, como panolis aterrizados en un planeta congelado. Uno parecido a Hoth, pero del tamaño de Júpiter, o de Saturno.

La película, aunque entretiene, nos da poco, muy poco. Apenas tres referencias mitológicas entre tiros y explosiones. Queríamos que saliera Darth Vader, o al menos Obi Wan, para establecer una conexión directa con el evangelio canónico de san Lucas. Pero al final tuvimos que conformarnos con Darth Maul apoltronado en una butaca medieval. Ni siquiera una danza de su sable pudimos llevarnos a la boca... Han Solo fue un héroe de nuestra infancia y queríamos una película tan buena como “Rogue One”: una que estuviera a la altura del mito y de la bobada, y no esta “buddy movie” de policías y ladrones, tan disfrutable como hueca, toda ella gominola.

Los niños del barrio terrícola queríamos ser como Han Solo: surcar las estrellas con el “Halcon Milenario" y llevarnos de parranda a un peluchón tan valiente como mañoso. Saltar de planeta en planeta y manejar el bláster con una sonrisa socarrona. Ser un poco como Han: guapos, decididos, un poco chulitos, buena gente en realidad. Codiciosos pero nobles. Y si todo eso no era posible -porque el planeta Tierra da para lo que da- tener, al menos, una maqueta del “Halcón Milenario” como aquella que mi amigo O. tuvo expuesta durante años en su habitación: un juguete carísimo, inasequible a nuestro estatus, que su padre comerciante le trajo de Madrid. Una joya de la corona, pero del tamaño de una ensaimada, que nadie, salvo su dueño, podía tocar con sus manazas de pordiosero. 

Mientras O. habría las portezuelas y desplegaba los cañones láser para derribar los cazas imperiales, los demás, admirados y envidiosos, nos situábamos a un metro de distancia, en corrillo,  como visitantes de un museo ante una pieza prodigiosa. 




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Rogue One

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(Escrita un mes de agosto de hace muchos años, en otra galaxia muy lejana).

Mientras las luces del cine permanecen encendidas, miro a mi alrededor buscando al masticador de palomitas, al pesado del teléfono, al tonto del pueblo. Al niño que habría que asesinar con una mirada de Jedi. A esos intrusos que podrían joderme la película si se acercaran demasiado.

Esta vez he tenido suerte. No hay moros en la costa, ni soldados imperiales. De momento... Apago el teléfono móvil. Carraspeo. Me pregunto, de pronto, qué hago allí, viendo una película de Star Wars cuarenta años después de la primera, como si no hubiese pasado el tiempo ni la vida. Ni la salud ni la enfermedad. Siento una punzada de vergüenza. Un segundo de duda. De pronto, un músculo del culo inicia el gesto de levantarme, pero al final se queda en el intento. El entrenamiento en la Fuerza no ha mejorado mi vida, pero sirve para solventar pequeñas rebeldías.

Mis inquietudes, sin embargo, no se disipan. En la sala hay varios cuarentones parecidos a mí: gafosos, con pinta de panolis. Me siento reflejado. Caricaturizado. En la cartelera hay películas más sesudas, más adultas: argumentos que tratan del espíritu y de la muerte, de la paternidad y del amor. Pero yo estoy aquí, escondido de los adultos, dimitido de la cinefilia respetable, a punto de reencontrarme con la Estrella de la Muerte y con los destructores del Imperio. Hágase tu voluntad, Obi Wan.

De pronto se apagan las luces y en la pantalla, negrísima, aparece la vieja letanía del tiempo pretérito y de la galaxia lejana. El adulto, en ese momento mágico, se desvanece, y en su lugar, en la butaca, vuelve a sentarse el niño que con cinco años se quedó boquiabierto ante el espacio interestelar. El mismo niño que se cagaba de miedo cuando Darth Vader aparecía resollando sus maldades.

Al niño, y al adulto, les importa una mierda que “Rogue One” no sea una película perfecta. Ni falta que hace. Tolo que pasa ante nuestros ojos es mágico, fantástico, incuestionable... “Rogue One” es el evangelio antes del Evangelio. El testamento de los viejos profetas.



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Exterior Noche

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¿Pruebas?: ninguna. O insuficientes. ¿Certezas?: casi todas. Marco Bellocchio es un viejo zorro que no se deja engatusar. Él sostiene, y nosotros con él, que a Aldo Moro le ejecutaron las Brigadas Rojas pero se lo cargaron los amigos americanos. Italia es una provincia del Imperio Yanqui y allí nada sucede por casualidad. Al mismísimo Jesucristo -que vivió en la provincia de otro imperio intercontinental y fue el primer mártir reconocido por los católicos- también le ejecutaron los legionarios pero se lo cargaron los miembros del Sanedrín. 

Apenas importa quién disparó a Aldo Moro o quién le ensartó los clavos a Jesucristo. Ya lo decía Mr. X en “JFK”:

- Esa es la pregunta clave: ¿por qué? El cómo y el quién sólo son... montajes para el público. Eso sirve para que la gente juegue a las adivinanzas. Les impide hacer la gran pregunta: ¿por qué?, ¿quién se benefició?,¿quién tiene el poder para encubrirlo? 

Pero el juez Garrison era un patriota, y además un tontolaba, y no terminaba de creerse que el propio gobierno se cargara al presidente de su nación. Así que Mr. X, con paciencia de santo, y aquellos dedos larguísimos que enumeraban, le seguía explicando cómo funcionan las cosas más allá de los telediarios, donde los empresarios se reúnen con los militares y toman las decisiones ejecutivas e irrevocables:

- Fue un golpe de estado encabezado por elementos encubiertos de la inteligencia y el Estado Profundo -insistía Mr. X hablando del asesinato de Kennedy, pero también anticipando el de Aldo Moro quince años después-. Mataron al Presidente frente al mundo entero como una advertencia para cualquier otro líder que intente alterar el statu quo".




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El mago del Kremlin

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El hilo argumental de “El mago del Kremlin” -llevo cincuenta años siendo comunista  y todavía escribo “Kremlim” con dos emes- es el siguiente: un ex asesor de Vladimir Vladimirovich Putin -en Rusia lo llaman así, como en los cuentos de Chejov- le desgrana secretos de chichinabo a un historiador experto en la Unión Soviética y en la Rusia de la Mafia. Nada que no sepa, por ejemplo, un suscriptor de “El País” desterrado en las provincias. 

- ¿Sabías que Boris Yeltsin bebía vodka como un cosaco y que quedó incapacitado para ejercer de presidente?

- Algo he oído, sí.

O:

- Te voy a contar una cosa que no sabe nadie: las bombas que derribaron aquellos edificios en el extrarradio de Moscú las pusimos nosotros, los servicios secretos, y no los terroristas chechenos a los que luego machacamos.

- Algo me había llegado, sí... 

“El mago del Kremlin” es toda así: se pierde en obviedades, en verborreas, en explicaciones innecesarias. Tener a un gran escritor como guionista a veces no te salva de la sandez. Emmanuel Carrère sabe mucho de Rusia por la vía maternal, pero aquí se pasa de docto o de simple, todavía no lo sé.  “El mago del Kremlin” pretende dejarnos abrumados y al final es la historia de Vladimir Putin contada para dummies. 

Sucede, sin embargo, que cuando ya estás a punto de bostezar, incluso de darle al pause y olvidarte del asunto, aparece Alicia Vikander para borrarte la intentona. Alicia Vikander, en “El mago del Kremlin”, lo mismo hace de rockera transgresora que de pelandusca de oligarca; de modelo en Saint-Tropez que de amante arrepentida. Alicia es hermosa, solvente, refrescante... Alicia es la pausa de hidratación; el kit kat en el trabajo. El recreo de los niños tras el rollo de la escuela. 




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Buena suerte, pásalo bien, no mueras

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Todos los veranos, antes de la canícula, nos juntamos para comer -y para celebrar que estamos vivos- un puñado de excompañeros. Yo soy el único que permanece en activo peleando contra los bárbaros; los demás, legionarios jubilados, viven el dolce far niente de no tener que levantarse de madrugada para acudir a los claustros improductivos y a las reuniones sin provecho. 

Mis ex compañeros son unos suertudos que viajan con el IMSERSO o con el Club de los 60 en fechas no tomadas al asalto. Ellos recorren el Danubio en abril, visitan Roma antes de los calores y aterrizan en Escocia justo en octubre, antes de las nevadas. En esas comidas del reencuentro ellos hablan de sus viajes y yo vuelvo a ser un niño que le pide ser mayor a la máquina de Zoltar.

La contrapartida, claro, es que ellos viajan por Europa, o por la España cultural, con varios fármacos en la mochila. Sus males no les incapacitan, pero les sombrean la experiencia. De hecho, en estas reuniones, cada vez se habla más de análisis clínicos y de hierbas medicinales. Cada nuevo verano surge una nueva contrariedad bioquímica, o una nueva articulación desarticulada. Yo estoy aprendiendo la hostia de medicina a la hora de los cafés...  Por eso me acordé de mis amigos cuando descubrí el título de esta película: “Buena suerte, pásalo bien, no mueras”. Podría convertirse en mi saludo ritual cuando nos despidamos hasta la próxima. Pero también sé que las ironías las carga el demonio, y que lo mismo se clavan en el otro que rebotan en la armadura y te atraviesan la garganta.

El título será lo único que me quede de esta película insoportable. De esta estafa al espectador. De este popurrí indecente de ideas sacadas de “Black Mirror”. De esta gracia sin gracia. De este subproducto cultural. De esta carne de videoclub, si aún existieran los videoclubs. De este refrito rancio que sólo recomendaré a la más encarnizada de mis enemigas, para joderle dos horas de su vida, con lo mucho que a su edad ya corren los relojes. 





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Jugar con fuego

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Mi hijo es una persona decente. De izquierdas, como Dios manda, aunque a veces se confunda. No pasa nada: todos los hacemos. El manual del izquierdista es igual de complejo que la Torá del judaísmo: contiene 248 preceptos positivos y 365 prohibiciones sacrosantas, una para cada día del año. Es imposible no caer en algún pecado o pecadillo. Ni siquiera los que reparten los carnets son santos inmaculados. Ni santas, aunque lo crean. Ser de derechas, en cambio, es mucho más fácil porque sólo responde a dos impulsos fundamentales: ganar pasta y reírse del subalterno. 

En eso, menos mal, mi hijo ha salido a la rama paterna, siempre escorada a babor cuando navegas por la vida, porque en el otro cromosoma todos son apolíticos de derechas y votantes disfuncionales. Católicos estultos y merluzas de secano. Pero hablo por hablar: ni existe un gen del rojerío -aunque sí alguno de la decencia-, ni creo que mi marxismo haya calado en el chaval. Que me haya salido de izquierdas ha sido una cuestión de suerte. Un asunto de compañías. En el instituto pudo haber topado con una panda de tarados y acabar coreando a Santiago Abascal en un mitin de La Pedanía. Esos tarados existieron, y siguen existiendo, pero el viento, por fortuna, los alejó de nuestro rumbo. 

En “Jugar con fuego”, en cambio, el padre de la criatura no tuvo tanta suerte como yo. Su hijo se cruzó con una pandilla de fascistas como quien se cruza con un virus fatídico o con un rayo en la tormenta. Una desgracia imprevisible. Sin embargo, este padre se fustiga, se hace culpable de los crímenes de su hijo “¿Cómo es posible, si yo le crie más majo que las pesetas, que me haya salido al final un neonazi, un hijo puta, aunque luego tenga que abrazarle?”. 

Este padre no ha leído -y ya nunca leerá- el evangelio de Rich Harris, que es la buena nueva que yo predico entre los gentiles a pesar de las rechiflas y las pedradas. Por si no tenía suficiente con ser un mártir moderno del marxismo-leninismo.




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Si pudiera, te daría una patada

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La teoría cinematográfica de Ignatius Farray sostiene que una película es buena si ofrece lo que promete en el título. “El Padrino”, por ejemplo, es una obra maestra porque retrata a un padrino de la mafia siciliana; “Alguien voló sobre el nido del cuco”, en cambio, es una película fallida porque allí nadie sobrevuela un nido de pajaritos. 

Parece una teoría estúpida pero yo la tengo por muy válida. Al menos tan válida como las demás. En mi cabeza siempre se enciende una alarma cuando empezamos con metáforas.

“Si pudiera, te daría una patada” es una película confusa, caótica, que cambia de género en cada escena: hay drama, gore, comedia, espiritismo... Al final, con tanto lío, no sabemos quién era el receptor de la patada. Todos, o ninguno, según cómo se mire.  Un cero patatero en la teoría de Farray. 

Hablo de hombres, por supuesto, porque ellos son los malos consabidos de la película. Yo también me pongo gafas para ver las películas con perspectiva de género, pero las mías no son violetas, sino negras, de gafapasta convencional. Antes nunca me fijaba en estas cosas, pero ahora, solo por molestar, las desgrano en el diario. 

Ningún hombre -y son muchos, y variopintos- ayuda a esta mujer o trata de animarla. Todos le ponen una zancadilla en su tarea de ser madre. Desde el gorrilla del aparcamiento hasta su propio marido telefónico: un hombre al que pintan como ausente, como poco involucrado en la crianza -un machista de manual- hasta que al final nos enteramos de que trabaja en la Marina. Jodido lo llevaba.

Rose Byrne interpreta a una madre que no sabemos si está superada o loca, o confundida por el sistema. No sabemos si es una madre aturdida o una madre sin vocación. Ella viene y va, llora y ríe, promete y abandona. Muere y resucita. Yo la veo perdida, descentrada. Quizá, ay, confunde el objetivo. Su hija, aunque esté enferma, es una insoportable de manual. Una caprichosa que derrotaría a cualquier madre americana. Quizá -aunque esté muy mal visto, y perseguido por UNICEF- la patada metafórica era para su hija inconformista, y yo estoy aquí, como un memo, hablando de la guerra de los sexos.




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Sugar. Temporada 2

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La serie no es gran cosa, pero no dejo de mirarla. En el detective Sugar he encontrado un álter ego de mi vida en La Pedanía. Un semejante en el extravío. Los dos somos marcianos que vivimos en otro planeta y estamos fascinados por el cine. Ambos somos incapaces de mantener un conversación sin hacer referencia a una película que vimos: un diálogo, un personaje, una situación que se asemeja... En eso somos recalcitrantes, un pelín irritantes para quien no juegue a nuestro rollo. Pero no vamos a cambiar a estas alturas. Como decía Cabrera Infante, las personas indiferentes al cine sólo pueden ser malas personas.

La diferencia es que Sugar -además de ser mucho más atractivo y atildado, un pincel en movimiento- es un marciano literal, venido del espacio, mientras que yo soy un marciano metafórico: uno de León trasplantado en estos parajes tan ajenos a mi crianza y a mi carácter. Un extraterrestre de la capital incapaz de cultivar unos tomates o de levantar un muro de ladrillos. Un inadaptado cultural. Una rara avis que se pasa todo el día entre las películas de la tele o entre sus propias películas coleccionadas, todas ellas en versión original, y algunas, incluso, en el blanco y negro de los contumaces. 

León y La Pedanía apenas distan 100 kilómetros en línea recta, pero para mí son como los 100 pársecs que separan la Tierra de la galaxia lejana de Sugar. Estoy seguro, además, de que se tarda menos en llegar hasta allí, surcando el hiperespacio, que en cruzar el Manzanal con la carraca del Regional de la RENFE, o con el ALSA disparatado que para en todas las huertas con apeadero. Cuando llego a León para ver a la familia siento que he regresado a mi planeta: debe de ser la altitud, el paisanaje, la ausencia de viñedos... Me siento como en casa. En La Pedanía, en cambio, me siento como Sugar el detective: más un observador que un habitante. Un exiliado laboral. Un animal ajeno al ecosistema, que sobrevive sin integrarse. 





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Good Time

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Si Dios, en su indescifrable voluntad, a medio camino entre la bendición y la putada, te otorga un hermano como Dustin Hoffman en Rain Man, lo mejor que puedes hacer es lo que hizo Tom Cruise en la película: subirlo al coche de un empujón y llevarle a Las Vegas mientras le explicas las cuatro reglas del póker o del blackjack.

Pero si tu hermano no es un “idiot savant” como Raymond, sino un simple deficiente como Nick Nikas, lo único que puedes hacer para forrarte es robar un banco y rezar para que entienda las tres instrucciones que le has dado antes de entrar: que no dispare, que no diga tu nombre y que repita exactamente “¡Esto es un atraco!”. Nada más. La otra opción es dejarlo en casa y luego contarle que has ido al cine y que allí has encontrado una bolsa llena de billetes. Él se iba a creer cualquier cosa, pobrecico. Pero su presencia física es intimidatoria, como de oso peligroso, y eso viene bien para acojonar a los oficinistas.

Sucede, para más inri, que Connie Nikas, el hermano supuestamente inteligente, tampoco es muy inteligente que digamos. No tiene nada que ver con aquel listillo trajeado al que daba vida Tom Cruise. Connie es más bien un jeta de barrio que toma malas decisiones cuando los nervios se sublevan. Y aun así, contra todo pronóstico, con esos mimbres ajados de la genética, los dos hermanos realizarán un atraco perfecto que sería la envidia de aquellos personajes de Stanley Kubrick: un golpe sin complicaciones, sin muertos, con el dinero a buen recaudo en el maletín. Hasta que todo se tuerce en el infortunio consabido de los perdedores...

En “Good Time” hay muchas hostias, mucha adrenalina, muchas fatalidades que se van sucediendo a ritmo de speed y otras drogas neoyorquinas. La factoría Safdie lleva tres películas seguidas que parecen exactamente la misma aventura, solo que la van repuliendo y perfeccionando. Si “Marty Supreme” es una obra maestra -la mejor película del año pasado, el rizo del puto rizo- “Good time”, con su título irónico, ya era una película que anunciaba las borrascas frenéticas que vendrían. 




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Swiss Army Man

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Rara vez dejo una película a los veinte minutos de haberla comenzado. Pero no insisto por ser un cinéfilo recalcitrante. No confundo una sesión de cine con una eucaristía de los curas. Lo hago porque me siento culpable de haberla elegido, desdeñando las demás. Pienso, avergonzado, que yo mismo la seleccioné, la descargué y me tomé la molestia de encontrarle un hueco en la agenda apretadísima... Mi parálisis es una especie de autocastigo. De cilicio neuronal. En psicología se conoce como “falacia del coste perdido” y es un sesgo cognitivo muy nocivo e insidioso. Lo mismo te jode la cinefilia que el resto de la vida.

Pero dos veces al año, tal vez tres, me armo de valor y a los veinte minutos de matraca acciono la guillotina con mi mando a distancia llamado “Robespierre”. Me quedo traumatizado apenas cinco minutos y luego retomo mi vida o pongo otra película como si nada hubiese sucedido. Podría ser un aprendizaje positivo si no fuera porque yo jamás he aprendido nada provechoso ni edificante.

“Swiss Army Man” cuenta la historia de un náufrago que se encuentra un cadáver que no para de tirarse de pedos. En la segunda escena, aprovechando los gases de su descomposición, el náufrago se monta sobre el cadáver cual moto acuática y atraviesa el ancho océano para regresar a nuestro mundo. No: no es una broma. Es un (sic) como una catedral. 

Mientras se suceden las gilipolleces, entro en internet para compartir mi asombro y allí encuentro desde valientes que la quitaron más o menos a esa altura hasta cinéfilos de pro que vieron en “Swiss Army Man” una profunda alegoría sobre la soledad y el amor homosexual. Estos últimos, supuse, ya con la película guillotinada, son los mismos que ven espíritus en las caras de Bélmez e imágenes de Dios en las nubes que sobrevuelan.





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Upon Entry

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Yo creo que rodaron “Upon Entry” para quitarme las ganas de viajar a Estados Unidos. Para que me lo piense dos veces antes de iniciar allí una nueva vida, o de tomarte una simple foto con la Estatura de la Libertad. Sospecho que la película -casi un cuento de terror- formaba parte de una campaña subvencionada por el gobierno para descongestionar los aeropuertos y evitar que se les colara algún comunista indetectable.

Todos conocemos a alguien que ha pasado por esta experiencia humillante: algún famoso de la tele, o algún primo del pueblo. Uno que aterrizó en Estados Unidos tan campante y fue conducido a unas mazmorras donde le miraron hasta el ombligo simplemente por tener la tez oscura o por tartamudear en el interrogatorio. O por haber leído las obras completas de Lenin, que ya todo lo canta el ordenador. Yo mismo lo tendría crudo para entrar en los "States", si se pusieran a inspeccionar. Y es una pena, la verdad, porque me gustaría conocer Nueva York, y California, y Albuquerque, que son mis segundas patrias de las películas. 

Pero “Upon entry” no es solo una pesadilla fronteriza. Superado el parecido inicial con “El Proceso” también nos habla del amor globalizado. De la estafa que nos acecha. De la crisis de la pareja en el siglo XXI. Del límite difuso que a veces separa el amor conveniente del amor de conveniencia. "Upon entry" nos recuerda que en realidad nadie conoce a nadie, ni siquiera en los amores más puros y sinceros, hasta que un día traspasas la frontera decisiva.



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Noticias del gran mundo

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A veces, cuando miraba a mi perrete aburrido en el sofá, me preguntaba si esa vida era la más adecuada para él. Eddie, a su modo, también era un kiowa de las praderas: un salvaje que apareció abandonado como la niña Johanna de la película. Eddie, conmigo, tenía el sustento asegurado y un radiador para el invierno. Tenía hasta sanidad privada, el muy jodido, aunque al final no le sirviera para nada... Y sin embargo, yo sentía que mi casa no era su lugar: que él hubiera sido más feliz vagabundeando, libre como un indio, cazando durante un rato y luego tirándose a la bartola en cualquier lugar, a la sombra de un árbol o al solete de unas hierbas.

En cuanto a mí, que sigo más o menos vivo y coleando, siempre he sabido que La Pedanía no es mi lugar aunque a veces le saque fotos para Instagram. Siento que me pasa lo que a Tom Hanks en la película: que he emprendido una huida que ya dura demasiado tiempo y que no me atrevo a detener el carromato. Tom Hanks sabe que su lugar en el mundo está en San Antonio, pero le faltan las agallas y le carcomen los recuerdos. Yo, por mi parte, siento que mi sitio está muy lejos, en el norte brumoso, como si las olas me llamaran y la lluvia fuera mi elemento. Pero nunca he tenido el valor de hacer el petate para llegar hasta la orilla prometida.

Para seguir procrastinando con mi destino tengo las estadísticas de mi lado. Es más fácil llegar a la jubilación en el siglo XXI que en el Far West del siglo XIX. Hanks, en la película, en un viaje de pocas semanas, tiene que enfrentarse a tiroteos, a un tornado, a un accidente de carromato, a un brote de cólera, a una maldición atravesada que le lanzan los kiowas... La muerte le roza en demasiadas ocasiones y al final concluye que ya es hora de dejar de hacer el indio -siendo el, además, un ex capitán del Séptimo de Caballería. Pero yo, de momento, sigo aquí, leyendo las noticias del gran mundo, agarrado como un cobarde al sueño de emigrar y a la esperanza de vida que marcan las estadísticas. Por si un día me envalentono.




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Breaking Bad. Temporada 1

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En los extras del DVD -sí, del DVD, soy así de anticuado, y de fiel a mis pertenencias- puede verse una entrevista realizada a Vince Gilligan y a Bryan Cranston en el año 2008. Es el momento fundacional. Gilligan ya no era un chaval, pero lo parecía, con esa pinta de nerd algo petulante que sigue mostrando en la promoción de “Pluribus”. Cranston, por su parte, responde a las preguntas como si aún fuera al padre de Malcolm en “Malcolm in the Middle”: un señor de 52 tacos con espíritu de niño. Le preguntan, por ejemplo, si le costó mucho meterse en el papel de un cocinero de metanfetamina: “No, no mucho. Es lo que hago habitualmente en mi vida cotidiana”.

Los entrevistadores son dos críticos que trabajan para AMC, la misma productora de “Breaking Bad”. Todo queda en casa porque se trata de una entrevista promocional. La AMC acaba de forjarse un prestigio gracias a “Mad Men” y en la entrevista reina un optimismo contagioso ante el estreno de esta serie rompedora. El tránsito de Madison Avenue a los desiertos de Nuevo México -ya sin hombres guapísimos, ni mujeres de bandera- no parece preocupar a los críticos que preguntan, ni a los ejecutivos de la cadena.

Al final de la entrevista, le preguntan a Vince Gilligan si le han rasurado sus guiones al pasar por peluquería. “No”, responde Gilligan. “Me han dado entera libertad”. En ese momento -no antes, porque soy medio bobo- me di cuenta de que estaba asistiendo al nacimiento de un universo. Uno con minúscula, pero la hostia de importante. Uno que se ha expandido como el Universo que nos contiene hasta llenar gran parte de nuestras vidas -las aburridas, sobre todo. 

Gilligan, en la entrevista, era como Dios justo antes del Big Bang. Un creador absoluto, omnipotente, capaz de crear mundos enteros a partir de una fluctuación en el vacío. En el primer segundo de la Creación sólo existía un profesor de química con cáncer de pulmón; luego, gracias a la expansión incontenible del espacio y del tiempo, llegaron todos los demás, Kim Wexler incluida. 

Ahora mismo, en ese infierno terrenal de Albuquerque ya viven incluso extraterrestres.












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Rental Family

🌟🌟🌟


“Rental Family” no vende los mismos servicios que “Familia S. L.”, aquella empresa que alquilaba parientes en la película de Aranoa. Son empresas distintas ubicadas en países diferentes. Y lejanos, muy lejanos. En lo geográfico y en lo social. "Japón, miá que está lejos Japón...". Si nosotros somos “gaijines” -completos inútiles- para entender la cultura del sol naciente, ellos, los nipones, cuando llegan al sol poniente, se dedican a fotografiarlo todo para disimular que tampoco se enteran de casi nada.

En “Familia” nadie engañaba a nadie. Tú mismo llamabas a la empresa para alquilar, por ejemplo, una esposa ideal para el cóctel de la empresa, o una familia completa para la paella del fin de semana, con todos los extras disponibles: el cuñado fascista, la suegra regañona, el adolescente insoportable... Aquel era un negocio sin aristas morales. Una fábula agridulce sobre la soledad. “Rental Family”, en cambio, se dedica a engañar a los cuitados japoneses. Y a las cuitadas. No la contratas tú, sino que la contratan a tus espaldas, tus seres queridos, que se preocupan por ti. Si necesitas -como sería mi caso- alguien para hablar de fútbol o del snooker en Eurosport, tu familia te alquila un amigote que de pronto aparece en el bar para darte conversación. Uno que finge ser un recién llegado a la ciudad, pero que en verdad es un actor contratado para que ya no te sientas tan solo en este mundo. 

En “Rental Family”, por ejemplo, Brendan Fraser, finge ser el padre de una huérfana y el admirador de un escritor sin admiradores. Mientras él les engaña por dinero, ellos le toman un cariño desmedido. Parece una buena obra de los familiares preocupados, pero a mí me parece un tejemaneje inquietante. Mientras veía “Rental Family” me dio por pensar cuántas personas que han pasado por mi vida eran de verdad lo que decían, o eran actores -sobre todo actrices- contratados para mi bien. O para mi desgracia. Cuántos eran quienes decían ser y cuántos, cuando yo no estaba presente, sentían remordimientos por estar engañándome como a un chino. O como a un japonés. 




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Send Help

🌟🌟🌟🌟


Le debo mi supervivencia a la tecnología. Bendito sea el microondas. Hace miles de años, abandonado a la intemperie de la sabana africana -o ahora mismo, naufragado en la isla desierta- no duraría más allá de un estómago vacío o de un enfrentamiento con las fieras. Mis antepasados sí lo hicieron y yo soy la prueba viviente de sus habilidades. Qué pensarían de mí aquellos titanes del ecosistema, si diez mil años después me vieran tan torpe para todo... O no: tal vez me confundirían, asombrados para bien, con una especie de mago que convoca la comida y la calienta sin el fuego. 

No estoy hablando de mi incapacidad para encender una fogata o matar un mamífero para comer: es que no sabría cultivar un huerto de tomates o construir una casa con ladrillos. Ni siquiera con hojas de palmera. Tampoco sabría confeccionar una vestimenta que soportara la primera brisa del atardecer. Ni distingo las hierbas nutritivas ni adivino la dirección de los vientos. Soy un inútil integral. Nací sin ese módulo en el cerebro o con el módulo cortocircuitado. Aprendí muy tarde a atarme unos míseros cordones, así que ya ves tú el panorama. Soy un disléxico de las manos; el “Homo dishabilis” de mi especie.

“Send Help” me recuerda todo eso y me río como un tonto. Es la sublimación de la penuria. Es una película imperfecta pero recomendable. Una gamberrada que se agradece. En los tiempos del algoritmo, Sam Raimi se ha salido por peteneras: no habrá redención para los naufragados, ni romanticismo bobo, ni lecciones de vida. Tampoco sermones de autoayuda ni ayuda del exterior. Todo será un puro desamparo. 

Pase lo que pase, el jefe machirulo seguirá siendo un imbécil integral y la empleada mañosa una loca desatada. Cuando se trata de la lucha de clases no hay entendimiento que valga. Cuando se trata de la lucha de sexos, tampoco. Lo primero es bueno que así sea; lo segundo no, pero se empeñan en enfrentarnos.






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Rondallas

🌟🌟🌟


“Rondallas” es eso que ahora llaman una feel-good movie. Antes las llamábamos comedias amables, o de buen rollo. Es lo mismo, pero traducido. 

En el microuniverso de “Rondallas” todo el mundo es inofensivo y tiene un corazón de mazapán. Sólo a veces, en invierno, porque el clima en Galicia se vuelve desapacible, brota algún malicioso con ganas de joder la bonhomía. Pero al final, cuando llega la primavera, todos los retorcidos se arrepienten y todos los canallas cambian de parecer. 

Tampoco les queda otra: aquí, al malvado, lo hunden en el fondo del océano. Estos pescadores, y estas mariscadoras, están muy curtidos en su batalla contra el mar. Son muy buenos por las buenas, pero se transforman en ángeles justicieros cuando alguien se sale por la tangente. En este pueblo de cuento -porque “Rondallas” es eso, un cuento, una fábula sobre humanos bonachones- no hay cabida para el mal. ¿Dónde están, me pregunto, esos tipejos y esas tipejas que viven en cualquier pueblo de nuestra geografía, por minúsculo que sea? Aquí, en "Rondallas", el mal solo viene de turismo, o vive en los otros pueblos que compiten en rondallar.

En “Rondallas”, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. No sé si lo ponen al final de la película. Al principio, no desde luego, y yo creo que deberían. A mí, por ejemplo, el buen rollo me saca de la película pero al mismo tiempo me introduce en ella, como un respiro, o como un bálsamo. Me quedo a medio decidir, como el gallego en la escalera, en el chiste consabido y facilón. ¿Qué es mejor: huir de la realidad o afrontarla con valentía? Pues depende, claro. Daniel Sánchez Arévalo prefiere lo primero y no tengo nada que objetar. A veces le salen grandes películas y a veces películas estimables. Malas jamás. El tío tiene una fórmula maestra para fabricar su rollo particular. 




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Amarga Navidad

🌟🌟


En las películas de Almodóvar, cuando un burgués se deprime o sufre de desamores, siempre hay otro burgués que le deja un casoplón para curarse de los nervios. La llamada de teléfono no tarda demasiado en resonar: es el amigo, o el familiar, a veces incluso el ex amante, que te presta un paisaje terapéutico a muchos kilómetros del dolor.

Existe una red solidaria en esa clase social que nosotros, los pobres, no podemos permitirnos. Aquí abajo, cuando te jodes, te jodes en tu piso ruidoso, en tu cochambre de paisaje. No va llamarte nadie para invitarte a su chalet en Lanzarote, a su masía en el Ampurdán, a su piso céntrico en Madrid donde ningún vecino da po`l culo y los techos son altos como la Luna, como la Luna... Nuestras miserias sentimentales no tienen cabida en  “Amarga Navidad”. 

Los ricos también lloran, sí, pero se recuperan mucho antes. Es una especie de terapia inmobiliaria que manejan entre ellos. Un tejemaneje que es en realidad muy marxista, porque el que da, da lo que puede, y el que recibe, recibe lo que necesita. Es una utopía comunista que ellos, por supuesto, negarían practicar. Los ricos, tan cínicos y tan prácticos, tienen mejores psiquiatras y mejores compañías, pero también mejores paisajes en los que distraer la mirada y el sentimiento.

Es por eso que en “Amarga Navidad” mis neuronas espejo no terminan de encenderse. Asisten a estos dramones sin que yo sienta ni padezca. Simplemente observo, tomo nota, se me ocurren gilipolleces... Pensaba, por ejemplo, en que Bárbara Lennie es sin duda el álter ego de Almodóvar más hermoso de su cine. Esta mujer -que no su personaje- sí logra encenderme otras neuronas relacionadas con el deseo, con la supervivencia necesaria de la especie. Cada vez que yo sonrío en una fotografía, se muere un gatito en algún lugar de la ciudad; la suerte es que Bárbara Lennie, cada vez que sonríe en una película, lo resucita por ensalmo. 




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The Audacity. Temporada 1

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“The Audacity” es un episodio muy largo de “Black Mirror”. Uno siniestro y perturbador, aunque a veces parezca una comedia de tecnobrós. Lo que se dirime aquí puede que no esté a la vuelta de la esquina, sino que ya exista de verdad y vivamos tan felices. “The Audacity” habla del fin de la intimidad. De su fin absoluto, se sobreentiende. De la desnudez integral ante un ingeniero de Silicon Valley. Ha llegado a los kioscos el porno duro de nuestras entrañas.

Primero fueron las cámaras de vigilancia, luego la omnipresencia de los móviles, más tarde las cookies y los consentimientos... Nos fueron cociendo a fuego lento, grado a grado, como a ranas en la marmita. En parte cedimos y en parte nos obligaron. Los teléfonos móviles son tan divertidos como necesarios. Necesitaríamos un buen abogado -¡Better call Saul!- para no ser condenados por gilipollas. 

“Hypergnosis” es una empresa maligna -como de malvados de James Bond- que utiliza un software apocalíptico para saberlo todo de nosotros: historiales, genes, ruinas, deseos, deslices, comentarios... Intenciones fallidas y escondites secretos; ubicaciones y toses; teléfonos y sueños; hijos secretos y miradas al canalillo. Todo. Un ingeniero de “Hypergnosis” posee sobre nosotros la omnisciencia de los dioses. Por un puñado de dólares fingirá que no nos conoce; pero si no nos suscribimos a su plan Premium o Total, venderá todo eso a los comerciales. Nos relajarán al brazo secular para que nos llamen a todas horas y nos nieguen las coberturas. Será el gran orgasmo del capitalismo. La sonrisa triunfal de Isabel y su maromo.

Viendo la serie me acordaba de aquellos indios americanos que nunca se dejaron fotografiar. Ellos veían el futuro mientras nosotros posábamos y decíamos “¡patata!”. Vivíamos en la inopia. Somos productos andantes; datos implumes. En el fondo todo es información: lo dicen los CEOs de Sillicon Valley pero también los físicos teóricos. La materia y la energía no existen. Bajo la realidad no hay bolitas ni rayitos: sólo información, código, algoritmo. Matemática pura. Números. Y los números son, en último término, dinero. 




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La peor persona del mundo

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Julie no es la peor persona del mundo. Lo que pasa es que nos ponen ese título para que piquemos con el mando. Para retenernos en el sofá con una dosis de misterio.

“¿Quién será esa persona tan malvada y qué atrocidades estará cometiendo?”, nos preguntamos con alarma. Cualquiera menos esa noruega tan guapa que corre por la calle, nos decimos. El efecto halo se impone sobre la lógica. Las noruegas hermosas, como aquella modelo que pudo ser la reina de España, son las criaturas preferidas del Señor y es imposible que en sus almas anide la maldad. Tiene que ser, por fuerza, un título con doble sentido, metafórico, una cosa que se dice, porque la peor persona del mundo ahora es presidenta de comunidad autónoma y reside en nuestro país.

Julie, la chica del cartel, ni siquiera es mala. Simplemente es... Julie. Y Julie es como todos. Busca su sitio, como Raquel. A punto de cumplir 30 años está persiguiendo el hombre ideal, el trabajo adecuado, la maternidad asumible..., pero no termina de ubicarse. Julie parece un poco inmadura, un poco perdida, pero yo creo que en el fondo disimula. Julie no necesita esforzarse demasiado: es muy guapa, lanzada, una chica de hoy en día. La vida vendrá a buscarla a la puerta de su casa cuando menos se lo espere, y mientras tanto, mientras pasan los días y los hombres, disfruta de la vida.

Julie, a nuestras madres, puede parecerles una vaca sin cencerro. Incluso un pendón verbenero, con los raseros anticuados. Una estudiante sin recorrido y una fiestera de la noche. De la noche boreal, o del sol de medianoche. Pero Julie, simplemente, no se ata. No se conforma. Piensa que siempre hay algo mejor, o alguien mejor, a la vuelta de la esquina. Julie es una escandinava del siglo XXI y eso es como ir al frente en la carrera evolutiva. Ella piensa de otro modo, práctico y jovial. Las mujeres del norte son las zapadoras que van por delante de nuestros ejércitos. Ellas construyen puentes y desbrozan caminos. Quitan las minas. Tapan las bocas. Corren alegres.



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A-ha: La película

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El noruego más famoso de la historia no es Erling Haaland, el futbolista, ni tampoco Edward Munch, el pintor de “El grito”, sino Morten Harket, el vocalista de “A-ha”. Morten Harket, en 2026, ya es un señor mayor que viaja con el IMSERSØ a los fiordos de Noruega, pero sonríe como entonces y se conserva como un pincel. Más allá de sus méritos nutricionales o deportivos, ser noruego también facilita mucho la labor y sería justo que él, en vez de darse tanto pisto, así lo reconociera. 

En los años 80, Morten fue el gran ídolo internacional de las nenas. Y de los nenes reprimidos. El artista de rasgos esquimales que forraba sus carpetas con los apuntes de Sociales. “Take on me”, el gran éxito de “A-ha”, sonaba en todas las radiofórmulas y molaba cantidad. Era -como decían los locutores de entonces- un tema fresco y rompedor. Y luego estaba el videoclip, único en su especie, que era una mezcla de realidad y animación muy audaz para la época. Pero luego, exprimida hasta el último dolor, “Take on me” se convirtió en una turra insoportable. En un clásico a evitar. Aún suena en “Kiss FM” cuando el burro termina de dar una vuelta completa y al agotarse el riff introductorio ya te distraes con otra cosa.

Todo esto, por supuesto, no es culpa de “A-ha”. Si de algo sirve este documental es para recordarnos que ellos no fueron un "one hit wonder" como aseguran los mendaces. Estos noruegos compusieron un buen puñado de canciones que todavía resuenan en las frecuencias. Pero más allá de saber cómo se conocieron, y de cómo alcanzaron el estrellato, el documental es pura filfa consabida. El itinerario básico que viene en el manual: dinero a espuertas, mujeres, rencillas, el disco solitario de la estrella... El reencuentro posterior y el “trabajo más maduro” de la banda, que de Oslo para abajo ya nunca nos llegó. Los conciertos por África y las giras alimenticias. Y como colofón, un renacimiento vintage cuando ya todos pasaban de los 60. Y es que no hay nada nuevo bajo el sol. Ni siquiera bajo el sol de medianoche.





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Los héroes de Telemark

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“Los héroes de Telemark” es una película de 1965, pero recuerdo que la vi siendo muy niño, en el cine Pasaje, puede que hacia 1980. Mientras la recobraba, casi medio siglo después, me dio por pensar que tal vez 1980 fuera la fecha de estreno en nuestro país, ya que los fascistas alemanes, como es menester, perdían la batalla contra los liberales y los socialistas. IMDB, sin embargo, me indica que la película sí se estrenó en España en 1966, precisamente cuando las noruegas, y también las alemanas, desembarcaban en nuestras playas soleadas. En el combate sin cuartel entre la censura y el turismo salió vencedor el chiringuito de la playa.

Con todo lo que ha llovido y nevado desde entonces, aún recordaba a Kirk Douglas metralleta en ristre y disfrazado de esquiador. Mi recuerdo era incompleto, pero seguro, y gramaticalmente equivocado: ahora sé, porque lo he consultado en la Wikipedia, que Kirk Douglas y Richard Harris no eran los héroes “del” Telemark -como si se tratara de un fiordo o de una montaña-, sino “de” Telemark, que es una provincia noruega muy visitada por los turistas.

Por lo demás, “Los héroes de Telemark” es tan aburrida como previsible. Pertenece a ese subgénero bélico titulado “Si eran tan idiotas, ¿cómo es posible que los nazis casi ganaran la II Guerra Mundial?”. Es un misterio. Lo que me gusta de la película- y lo que me irrita al mismo tiempo- es que salen todos esos topicazos: los disparos que no matan, los perros que no huelen, los focos que no iluminan... Las SS atolondradas de Mortadelo y Filemón.

“Los héroes de Telemark” es una película que transcurre en paralelo a las andanzas de “Oppenheimer”. Mientras Oppie trabajaba en Los Álamos, Heisenberg, en Berlín, hacía sus propios cálculos con el uranio y el deuterio. La trama de la película gira en torno a una fábrica de deuterio, pero los guionistas, por lo que deduzco, no tienen ni idea de lo que es. El doctor Douglas, al ser preguntado por la naturaleza del D2O, responderá a los gentiles: es hidrógeno, pero “con un protón de más”. Pero eso, querido mío, es otro elemento de la tabla periódica llamado helio.




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Headhunters

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Este verano, Odín mediante, volaré hasta Noruega, la tierra sin veranos. Accederé a los fiordos por tierra, y no por mar, porque en las olas me mareo. 

Los fiordos, en realidad, por muy bellos que sean, son asunto secundario: un alimento para engordar el Instagram. Yo quería, simplemente, conocer un país nórdico, silencioso y civilizado, y aproveché una promoción pintiparada. Pintiparada pero carísima, porque Noruega, además de ser la tierra de las noruegas -de Renate Reinsve en particular- también es la tierra mítica donde atan los perros con longaniza. 

Preparándome para el viaje he descubierto, gracias a mi suscripción a Filmaffinity, que sólo he visto diez películas noruegas a lo largo de mi cinefilia. Y cuatro, casi la mitad, pertenecen a Joachim Trier, que es como Ingmar Bergman para Suecia, o como Kaurismäki para Finlandia. O como el otro Trier, von Trier, para Dinamarca, aunque allí existan más directores conocidos en las provincias españolas.

Diez películas noruegas tal vez sean muchas para una vida en La Pedanía, pero apenas son nada, diez ratos en el sofá, para las cinefilias de prosapia que viven más allá de mis montañas. Ver películas noruegas puede ser motivo de jactancia o de vergüenza según el ecosistema. 

He empezado este ciclo por “Headhunters” porque por algún lado había que empezar. La había visto hace años, pero no recordaba nada de nada. Ni siquiera a Synnøve Macody Lund, lo que me ha dejado preocupado. El idioma noruego tiene cien adjetivos para describir su hermosura, su planta, su saber hacer ante la cámara, como también tiene cien adjetivos para describir la belleza de la nieve. El castellano, desde luego, se queda muy corto en estas poesías para vikingas.  

Cuando Synnøve no está, todo en “Headhunters” se vuelve relativo o secundario. Entretenido sin más. Un neo-noir de ladrones de arte y de ejecutivos desalmados. La trama transcurre en el interior de sofisticados hogares, y de modernísimas oficinas, y se ve muy poco del Oslo pensado para turistas con boina y un inglés indecoroso.




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Ravalear

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“Ravalear” parte de una premisa dramática que en mi caso ya nace cercenada. A mí me da igual lo que le pase a ese restaurante del Raval llamado “Can Mosques” que centra el interés. No me conmueve que lo cierren, que lo derriben, que lo reconviertan en un gastrobar con ínfulas pijoteras. 

Mi padre, de pequeños, cuando nos llevaba a comer a sitios parecidos en Asturias, siempre nos decía que el dueño del restaurante no trabajaba para satisfacer nuestros deseos, para hacernos más gratas las vacaciones con la fabada y los calamares, sino para sablearnos la cartera. Para cobrarnos un margen de beneficio excesivo, a veces incluso delictivo. Mi padre, con eso, conseguía amargarnos cada cucharada de potaje, pero al mismo tiempo nos enseñaba una lección muy válida sobre la vida: todo pequeño negocio, a pesar de su aura romántica y venerable, no es más que el sueño avaricioso de un burgués: un sujeto económico que se aprovecha de los incautos para comprarse un chalet en la playa, y un Mercedes, y enviar a sus dos hijos a estudiar a California.

(Mis prejuicios con "Ravalear" se verán reforzados cuando en el episodio 5 descubrimos que el muy honorable papá, el dueño de “Can Mosques”, es un listillo que paga en B a sus esclavos y perpetra ingeniería fiscal para no declarar los impuestos correspondientes. El empresari català, en eso, como el empresario español).

La otra premisa falsa de “Ravalear” -falsa en mi caso, insisto- es que esa ejecutiva agresiva al frente del fondo buitre tiene que caernos mal por definición. Ella es una hija de puta con todas las letras y no seré yo quien afirme lo contrario. Pero siendo como soy un viejo bolchevique, cada vez que la miro cambiaría mi roja bandera por una cita frente al mar. Por una sola mirada estrábica de sus ojos codiciosos. Casi cincuenta años de ideales comunistas creo que ya merecen un reconocimiento, un retiro espiritual: hoteles de cinco estrellas y botellas de champán. Y mujeres a la altura. Ninotchka, cuando desertó, aún no había acreditado los años necesarios, pero yo sí.





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Orwell: 2+2=5

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George Orwell murió dos veces. La primera de tuberculosis, en 1950, y la segunda de pena, en el 2000, el mismo día que Mercedes Milá presentó “Gran Hermano” en la tele como un “experimento sociológico”. Los desinformados que nunca vemos televisión llegamos a pensar que Tele 5, en un extraño cortocircuito, había apostado por un programa de pedagogía política inspirado en “1984”. Pero al final, oh sorpresa, se trataba de espiar a una pandilla de chonis que se magreaban bajo las sábanas. 

El “Gran Hermano” de doña Mercedes no era una metáfora de Stalin, o de cualquier sátrapa vigilante, sino una parodia del crucifijo que presidía las camas matrimoniales y vigilaba con ojo atento las prácticas y los placeres. Y entre medias, cada quince minutos, interrumpiendo a los arrabaleros, mil anuncios de propaganda capitalista: “Sea feliz consumiendo, contaminando, aparentando...”.  “1984” pasó de ser una lectura fundamental, casi de obligada lectura en los institutos, a ser ridiculizada por la maquinaria de vender productos inútiles o prescindibles.  

Desde entonces -y ha pasado ya un cuarto de siglo- las profecías de George Orwell se han seguido cumpliendo como aldabonazos del destino. Porque en realidad no eran profecías, sino constataciones de lo humano. El concepto de dominación siempre es el mismo y solo van cambiando los rostros y los instrumentos: la legión romana, la excomunión papal, la cámara de gas, la Inteligencia Artificial... O la puta televisión. La sofisticación del engaño ya es indistinguible de la magia. Las dictaduras campan a sus anchas y las democracias han sido desactivadas. La gente ya no vota, o tira piedras contra su propio tejado. La ignorancia es la fuerza. La libertad es la esclavitud. 

Y si la propaganda no funciona, para eso están los portaaviones y los marines. La guerra es la paz. 





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Saipan

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En el bachillerato, en la hora de gimnasia, el padre Anselmo siempre pedía 14 voluntarios para jugar al balonmano. Nadie, salvo tres lameculos que jugaban en los cadetes del Ademar, quería mancharse las manos con aquel balón inaprensible. El balonmano no nos gustaba por su naturaleza, y porque era el deporte de los opresores. Nueve de cada diez pajilleros encuestados prefería jugar al futbito en el cemento descarnado. Pero si no salían primero aquellos 14 novios de la muerte -y luego otros 10 para jugar al baloncesto, que era el deporte de los estudiosos- la sesión se suspendía y nos ponían a correr hasta que nos saliera la rebeldía por la garganta. 

Eso sucedió un par de veces antes de que nos organizáramos para ir por turnos al sacrificio. Cuando por fin nos tocaba jugar al futbito -una vez de cada tres, pero henchidos de alegría- emulábamos a los prisioneros británicos que se divertían en el campo de concentración de “Evasión o victoria”.

Viendo “Saipan” me dio por pensar que al mismo tiempo, en los Maristas de Dublin, cuando las aulas casi tenían 50 boomers hacinados, existió un padre O´Flaherty que en las horas de gimnasia pedía 30 voluntarios para jugar al fútbol gaélico y luego otros 14 para echar al menos un rugby a 7 sobre la hierba. El resto, si los había, eran enviados a un rincón lejanísimo para que le dieran patadas a un balón de fútbol desinflado. O quizá no, porque el fútbol, en Irlanda, es un deporte tan marginal que quizá nadie se molestaba en practicarlo. De ahí la rareza casi antropológica de que brotara entre los tréboles un jugador tan bueno -y tan polémico- como Roy Keane: un tipo que se partía las piernas por defender la camiseta del Manchester United y luego la de la República de Irlanda. El mismo tipo, bocazas e inconformista, que la lio parda en la concentración de Irlanda en Saipan, en mitad del Océano Pacífico, solo una semana antes de que se iniciara el Mundial de Corea y Japón...






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