“Diré, pues, que no estoy, ni nunca he estado, a favor de equiparar social y políticamente a las razas blanca y negra (aplausos); que no estoy, ni nunca he estado, a favor de dejar votar ni formar parte de los jurados negros, ni de permitirles ocupar puestos en la administración, ni de casarse con blancos... Y hasta que no puedan vivir así, mientras permanezcan juntos debe haber la posición superior e inferior, y yo, tanto como cualquier otro, deseo que la posición superior la ocupe la raza blanca.”
Lincoln
“Diré, pues, que no estoy, ni nunca he estado, a favor de equiparar social y políticamente a las razas blanca y negra (aplausos); que no estoy, ni nunca he estado, a favor de dejar votar ni formar parte de los jurados negros, ni de permitirles ocupar puestos en la administración, ni de casarse con blancos... Y hasta que no puedan vivir así, mientras permanezcan juntos debe haber la posición superior e inferior, y yo, tanto como cualquier otro, deseo que la posición superior la ocupe la raza blanca.”
Ali
Ali no es la primera película que veo sólo porque ando enamoriscado de su actriz protagonista. Ni será la última. Ninguna referencia negativa es capaz de detenerme cuando corro en pos de la mujer amada. Ni los abucheos de la crítica ni las maldades de los cinéfilos me hacen desistir del empeño. No me detuvieron cuando me enfrenté a Los crímenes de Oxford persiguiendo la anatomía de Leonor Watling; no me salvaron del martillazo de Thor cuando me sorprendió robándole el amor de Natalie Portman. Cuando voy embobado y medio imbécil, salto al vacío y me precipito sobre películas que sé, de antemano, que no van a dejarme huella ni sustancia.
Las flores de la guerra
Hace un par de años, en Ciudad de vida y muerte, conocimos la toma de Nanking por los japoneses, y la herida que aquello abrió en el orgullo del pueblo chino. Aunque la memoria flaquea, y todos los salvajismos guerreros terminan por parecerse, uno guarda el recuerdo de una gran película, aunque el relato de las atrocidades fuera, como no podía ser de otro modo, maniqueo y parcial.
Shaolin Soccer
Shaolin Soccer es probablemente la peor película que he visto en mi vida. Una pandilla de ex-monjes del kung-fu montan un equipo de fútbol para hacer frente a los Evils de Shanghai, un plantel de chinos hormonados que preside un millonario que parece sacado de Puerto Banús. Es una mierda de película. El fútbol es el cebo que nos ponen a los tontos para que piquemos como truchas. El terreno de juego es un enorme tatami donde se exhiben las patadas voladoras, los brincos imposibles, los malabarismos de chiste. Los diálogos parecen sacados de un curso para gilipollas, y la historia de amor, de un culebrón programado por Antena 3. Es tan horrible, Shaolin Soccer, que a partir de la media hora, superado ya el shock del balompedista, empiezas a sospechar que todo esto responde a una estrategia calculada, y que este tipo, Stephen Chow, responsable del invento, y delantero centro de la tropa, es un cachondo mental que en el fondo nos está haciendo un favor.
Uno recuerda, de pronto, la Teoría de la Fascinación por lo Cutre que nos enseñara el maestro Pepe Colubi, y comprende que Shaolin Soccer es exactamente lo que parece: una memez supina, una majadería considerabel, y no una película que esconda una pretensión de seriedad o de trascendencia. Es entonces cuando quien esto escribe, acompañado del Retoño, que se descojona a mi lado, se libera del corsé absurdo del crítico de cine y termina agradeciendo este despelote de primera categoría. Siete días después, vuelve a ser viernes. Vuelve a ser fiesta de guardar. Mi retoño bienamado; mi cine bienquerido.
La ventana
Yo juraría que los actores de La ventana no son argentinos, sino suecos, y que ésta no es una película de Carlos Sorin, sino de Ingmar Bergman. Me han dado gato nórdico por liebre argentina. Rodada en interiores, el único campo abierto que transita nuestro protagonista lo mismo podría pertenecer a la Pampa que a los alrededores de Malmö. De hecho, a mí este prado sin segar, con las vacas y las florecillas, el anciano y sus recuerdos, me suena mucho al de Fresas Salvajes, a crepúsculos al raso donde los personajes filosofan sobre la muerte o recuerdan melancólicos la primera teta que palparon.
El camino de San Diego
La tercera película de este ciclo dedicado a Carlos Sorin ya no transcurre en el remoto sur de la Patagonia, gélido y desolado, sino en la otra punta de Argentina, en la provincia de Misiones, comarca lluviosa y selvática fronteriza con Brasil. Se parece mucho, la provincia de Misiones, a este noroeste hispánico donde yo resido, verde por todos los sitios, cálido hasta en invierno, plagado de mosquitos y de frutos tropicales. Me siento como en casa mientras veo El camino de San Diego, y ello, lejos de confortarme, me predispone en contra de la película, pues echo de menos los fríos australes, las estepas patagónicas tan parecidas al páramo leonés donde nací y me crié. Vivo exiliado en este microclima insospechado, prisionero de un trópico atrapado entre montañas que me roba el aire y me priva del frío.
Bombón, el perro.
El secreto mejor guardado de los profetas es que a
Dios, digan lo que digan las Sagradas Escrituras, no le gustan los pobres. Su
Hijo vino a la Tierra para predicar a su favor y rápidamente tuvo que
destituirlo del cargo por incendiario. Nada más morir en la cruz, los ángeles
le trajeron de vuelta para someterle a una estricta reeducación en el colegio
de monjas, que ya existían por entonces en el Cielo.
Dios tolera a los pobres, y poco más. Los necesita
para hacer más ricos a los ricos, que son sus verdaderos hijos amados. Los
pobres, que nacieron con lo puesto, sin gracia ni belleza, piden demasiadas
cuentas, señalan demasiados fallos, reclaman demasiadas mejoras... Son unos
pesados que colapsan la centralita de peticiones y atiborran los buzones de
sugerencias.
“Bombón, el perro”, es el reencuentro de Carlos Sorín
con los paisajes y paisanajes de la Patagonia. El protagonista es un cincuentón
al que han despedido de su trabajo como gasolinero y vive en casa de su hija,
sin oficio ni beneficio. Mientras busca trabajo por los villorrios, un azar de
la vida le convierte en dueño legal de un dogo argentino, un ejemplar de pura
raza que será reclamado para participar en las ferias caninas de alta prosapia.
La suerte, de repente, le sonríe a nuestro amigo Villegas. Pero la suya es, no
nos olvidemos, la suerte de los pobres: resbaladiza y pasajera, agridulce y
fastidiosa. La suerte de los perdedores nunca es una suerte completa: siempre
le falta algo, o exige algo a cambio, o se esfuma en el momento más decisivo.
En los títulos de crédito consta como
"mochilera". En IMDB como "female hitchhiker". El suyo es
un personaje sin nombre, de apenas cuatro frases, que aparece al final de la
película para darle palique al bueno de Villegas mientras conduce por la inmensidad.
La actriz se llama Andrea Suárez. Su belleza me deja mudo y tonto en el sofá.
Ella es una estrella errante en el páramo desolado. Pasado el trance, y los
títulos de crédito, la busco en internet, pero Andrea, como si la hubiera
soñado, no consta en ningún registro conocido. Una sola película; un solo
papel; una sola sonrisa.
Historias mínimas
De pequeño yo escuchaba la expresión "allá en la Patagonia" y me imaginaba, no sé por qué, una isla remota en el Pacífico, con su cocotero y su náufrago, y su bella aborigen meneando las caderas y saludando con un aloha!. Luego, en la Geografía del colegio, aprendimos que la Patagonia estaba efectivamente a tomar por el culo, pero en el otro lado del pompis, al sur de Argentina y de Chile, donde el clima se vuelve extremo, y el paisaje majestuoso.
Magic Mike
Hace cuatro años que Steven Soderbergh retrató la vida cotidiana de una prostituta de lujo en The girlfriend experience: película modesta, cortísima, sin apenas recorrido, que en este blog perdido en la galaxia sí recibió sonoros aplausos. Sasha Grey, ahora reconvertida en actriz seria, bordaba su papel de mujer vestida, y sin una polla clavada en la boca y otra en el ojete, Sasha salía en pantalla de lo más natural y convincente. Una gran actriz, después de todo.
Quiero ser como Beckham
Para celebrar el día de la raza española, Pitufo y yo, que somos españoles porque aquí nos tocó nacer, y no porque Dios nos concediera el orgullo patrio, ni la gracia rojigualda, nos damos un garbeo por la Pérfida Albión para ver una película sobre chicas que juegan al fútbol. Él con catorce años y yo con cuarenta y uno, la combinación en una misma película de chicas y fútbol suena a gloria bendita para celebrar este viernes por la noche, este reencuentro de padre e hijo ante la presencia sagrada del Espíritu Santo, que ha dejado de ser paloma por un día y se ha transustanciado en televisor y moderna tecnología.
The chaser
Si buscas su nombre en una web se llama Na Hong-jin; si lo buscas en otra, Hong-jin Na. Da igual. No quiero volverme loco con esta patronímica indescifrable de los coreanos. Bastante tuve con su compatriota Park Chan-wook, el autor de la Trilogía de la Venganza. ¿O era de la Venganza de-la-Trilogía?
Un asunto real
En un momento de la película, la reina Carolina de Dinamarca, lectora clandestina de las obras que publican los ilustrados franceses, y que en su país están prohibidas por el clero, le pregunta a su amante y consejero, el doctor Johann Struensee:
El ala oeste de la casa blanca. Temporada 2
Behind the Candelabra
La época actual de la televisión es tan dorada, tan fructífera, tan inagotable en su talento, que ahora recalan allí los grandes genios del largometraje cuando no encuentran financiación.













