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Para los hombres sin mundo y no demasiado inteligentes, la relación de las mujeres con el sexo es un misterio como de marcianas encamadas. Nos harían falta -porque me incluyo- más datos, más experiencias de primera mano para elaborar una certeza científica. Muchos más fracasos, si eso fuera posible, pero también más éxitos, gozosos y estimulantes, que equilibrasen las deducciones y fundamentaran una ecuación. Algo así como P=(C²+V)K/V’, siendo P el placer, C el número de caricias, V la virilidad positiva, V’ la virilidad negativa y K la constante cosmológica, femenina y escurridiza, que es precisamente el quid de la cuestión.
Habría que preguntarles, pues, a los machos alfa de mi ecosistema. Ellos han cortado mucho bacalao sobre las sábanas y manejan datos experimentales que los actores secundarios compraríamos a precio de oro. Pero me temo, ay, que los machos alfa -porque yo conozco alguno y tela marinera- están más pendientes de sus propios orgasmos que de los placeres de su compañera. Así que al final, me temo, el misterio va a quedar irresuelto y la ecuación muy falta de valores.
Impelido por el espíritu científico y por el afán de curiosidad, me enfrenté a “Dying for sex” siendo consciente de que es una serie escrita por mujeres para mujeres en su sofá. Es decir: una serie escrita en código morse, o en idioma alienígena. La sinopsis, al menos, hablaba de una mujer activa, desprejuiciada, para nada el prototipo de mujer que ahora se estila en las producciones españolas, donde el sexo con un hombre -por mucho amor que lo rodee- se ha convertido en una concesión servil al heteropatriarcado agresivo del deseo.
El problema de “Dying for sex” es que no hay cristiano apostatado que se crea su argumento. Su punto de partida es tan seductor al leerlo como fallido al desarrollarse. Convertir una sentencia de muerte en un sainete de polvos y vibradores no nos ayuda nada a los detectives del misterio.
