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Me siento rejuvenecer

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Cuatro siglos después de que Ponce de León buscara la fuente de la juventud en la Florida, el Dr. Barnaby, en California, se puso a mezclar sustancias para encontrar la fórmula mágica que detuviera la vejez. 

El Dr. Barnaby lleva gafas de culo de vaso y tiene despistes propios de un genio de las películas. Su esposa, Ginger Rogers, es una mujer chapada a la antigua que vive entregada al bienestar de su marido. Aunque siempre anda por casa vestida para una fiesta -porque en el cine de antes pasaban esas cosas tan fascinantes como ridículas- lo suyo es preparar sopas y planchar camisas para que el doctor no pierda un segundo de su tiempo valiosísimo. Ella, en cierto modo, aunque esté tan poco empoderada, también trabaja para la ciencia.

El título original de la película es “Monkey Business” porque al final es un chimpancé -y no el doctor Barnaby- quien da con la síntesis exacta de la poción, mezclando al azar varias sustanciasen los tubos de ensayo. Las probabilidades son aritméticamente inconcebibles, pero estamos en una screwball de aquellas que bordaba Howard Hawks y los espectadores entramos en el juego como eso: como adultos rejuvenecidos. Como niños creciditos.

Lo que al final no queda muy claro es el efecto real de la fórmula. Porque rejuvenecer, lo que se dice rejuvenecer, no lo hace nadie en la película. La fórmula mejora la vista, cura la artritis y devuelve la erección a los hombres alicaídos. Y la líbido, a las esposas aburridas. Pero los personajes siguen tal cual estaban, alopécicos, o barrigudos, o con el culo erosionado. La pócima, al final, era un medicamento universal para los males menores, y no parece detener el reloj biológico de los genes. 

Lo que sí detiene, y hasta retrasa, es la edad mental de sus consumidores, que según la cantidad ingerida regresan a las tontunas de la juventud o a las gilipolleces de la adolescencia. La fuente de la eterna juventud, al parecer, sólo despierta lo peor de las sinapsis cerebrales.






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Los caballeros las prefieren rubias

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Yo, la verdad, las prefiero pelirrojas. Así que deduzco, por el título, que no soy un caballero. Me lo esperaba. No es ninguna sorpresa. Nunca lo fui por dinero y tampoco lo soy por galanura. Dos apellidos del montón y a correr. A sobrevivir. Soy un gañán que llegó a funcionario del escalafón B y luego se quedó tirado en la pradera. Quizá por eso prefiero a las pelirrojas: porque no acabo de entender el peligro mayúsculo que conllevan. La mía es la estulticia de los poco cultivados. De la gente sin mundo. De los poco caballeros... El hombre bobo es el único animal que tropieza dos veces con la misma -subrayo, la misma- pelirroja. 

Aún así, yo sigo en mis trece. Por preferir que no quede, desde luego. Estamos hablando de gustos platónicos. La vida ya se encarga luego de ofrecerte todo tipo de mujeres hermosas (o no), con colores distintos de cabello y fenotipos variados de la piel. El amor, a la hora de la verdad, no entiende de daltonismos. Las preferencias no son más que una charla de café, entretenida y tal. Sobre todo si no eres un galán de Hollywood -o de La Pedanía- que pueda ir eligiendo compañía simplemente con sonreír. En los estratos más bajos de la sociedad hay que mirarse mucho al espejo para no llevarse unas hostias de campeonato.

Nueve de cada diez damas encuestadas también prefieren a los hombres rubios con ojos azules y luego ya ves: se emparejan con hombres mediterráneos alejados del ideal. Algunas soñaban con acostarse con Brad Pitt y también tuvieron que conformarse conmigo. Al menos mientras se rehacían... La vida es una caja de bombones y nunca sabes cuál te va a tocar. El envoltorio más llamativo a veces contiene el bombón menos satisfactorio. Y viceversa.



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