Mostrando entradas con la etiqueta Hardy Krüger. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Hardy Krüger. Mostrar todas las entradas

Hatari

🌟🌟🌟


La única palabra en suajili que yo conocía hasta hoy es “oblongo”, que significa “más largo que ancho”. La aprendí de chaval escuchando a Les Luthiers. Yo me reía mucho con sus paridas hasta que se pusieron de moda entre los compañeros más meapilas de los Maristas y empecé a sospechar que había gato encerrado. Seguramente no había gato, pero me alejé de ellos y todavía no he regresado. Uno de aquellos gilipollas ahora es un alto cargo de Vox a las órdenes de Mazón. Se veía venir desde que empezó a cantarle a Jesús con la guitarrita.

Hoy he aprendido otra palabra en suajili: “hatari”, que significa “peligro”. Un poco como el “Achtung!” sempiterno de las películas de nazis. En “Hatari” te juegas el pellejo si no sales a la sabana armado con un fusil. O con John Wayne a tu lado para protegerte de las fieras y los elefantes iracundos. Jon Baine -como le llamaba mi  padre- ya recogía 55 castañas cuando llegó el otoño al África colonial, pero mantenía esa presencia magnética que no te permite apartar la mirada. Preguntarse si John Wayne fue un buen o un mal actor es no haber entendido nada. Él era John Wayne y sólo tenía que aprenderse el texto y colocarse en la marca correspondiente.

Aun así, resulta chocante que Elsa Martinelli se enamore de John Wayne en la película. Les separan 35 años y una belleza femenina escandalosa. Casi de no creerse. Son cosas de las películas de antes. Del patriarcado y eso. De los clásicos de Hollywood. 

“Hatari” cuenta las aventuras de un grupo de cazadores que surten de animales a los zoológicos del primer mundo. Forman una comunidad endogámica al estilo de los Siete Enanitos del cuento, o de aquellos sabios que redactaban una enciclopedia en “Bola de fuego”, otra comedia de Howard Hawks. Los cazadores vivían sin mujeres -bueno, una sola, pero no cuenta- hasta que Elsa Martinelli, como Blancanieves, o como Barbara Stanwyck, vino a alterar la paz de sus hormonas. En contra de lo que habrían apostado los hermanos maristas, los cazadores de “Hatari” seguirán siendo unos profesionales a pesar de caer enamorados como adolescentes pajilleros.






Leer más...

Barry Lyndon

🌟🌟🌟🌟


Una voz interior -la más tocacojones y desalmada que poseo- me iba susurrando todo el rato que “Barry Lyndon” se ha quedado un poco vieja y parsimoniosa Me repetía, la muy víbora y analítica, que un 10% del ADN de Martin Scorsese hubiera venido de perlas -las perlas de la condesa de Lyndon, por ejemplo- para aligerar su excesivo minutaje y no ir perdiendo fuelle con el paso de las décadas. Pero yo, a esta voz interior, cuando se pone a rajar sobre según qué películas del santoral, prefiero no hacerle caso y enmudecerla con el soliloquio que habla de la belleza inmortal de los clásicos. Porque mira qué es bonita, “Barry Lyndon”, como una sucesión de cuadros expuestos para el paseante de su museo... Yo, por supuesto, también tengo mis niños mimados, y mis niñas consentidas, y aunque soy consciente de sus muchos defectos no permito que nadie se meta con ellos en mi presencia, aunque sea una voz propia que nace de mis viejos instintos de cinéfilo.

En cualquier caso, las tres horas de “Barry Lyndon” encajaban como un guante de seda en las tres horas largas de esta siesta casi veraniega. Hay poco que hacer en La Pedanía entre las cuatro y las siete de la tarde, cuando más aprieta el sol y no corre un soplo de aire por las callejuelas. Esto, por supuesto, no es la Irlanda civilizada de Redmon Barry, donde el verano es apenas una molestia pasajera. Esto es el trópico trasplantado a un valle perdido del Noroeste Peninsular, rodeado de montañas que impiden la ventilación y multiplican la sensación de encierro en una prisión. 

Cuando Marisa Berenson apareció en mi televisor aletargada en su bañera, semidesnuda, esperando que la vida se pusiera en marcha más allá de los muros, me he sentido como reflejado en un espejo, yo que también yacía lánguido en mi sofá, desnudo de cintura para arriba, esperando que el sol dejara de filtrarse por las lamelas para anunciar que ya iniciaba su descenso a los infiernos, donde repostará el calor necesario para seguir molestando mañana por la mañana. 





Leer más...