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Los pecadores

🌟🌟🌟🌟


En los Oscar, desde que hay diez candidatas a mejor película, siempre hay una cojonuda hecha por afroamericanos. O una infumable, también hecha por afroamericanos, pero que evita protestas en el pabellón.

A veces son películas que dan la sorpresa y se alzan con el premio gordo de la noche, como “Moonlight” o “12 años de esclavitud”, aunque luego nos venza la pereza cuando pensamos en retomarlas. Algunas son buenas de verdad, como “American fiction” hace un par de años, y  otras, en cambio, son simplemente aceptables, o ya directamente malas, indignas de una nominación. Tan sospechosas como las películas rodadas por blancos o por orientales. O por persas especializados en el bostezo. El porcentaje de buenos cineastas sigue siendo muy bajo en cualquier raza que se presente.

La película obligada de este año es “Los pecadores”. Antes de batir el récord de nominaciones llevaba meses rebotando por las agendas, pero yo no terminaba de animarme. Unos decían que sí y otros decían que no, como en “La Parrala” de Concha Piquer. Leía la sinopsis y me parecía -de hecho lo es- una especie de remake de “Abierto hasta el amanecer”, pero sin Salma Hayek y su serpiente. Sin el ambiente nocturno de “La Teta Enroscada”. Sin Quentin Tarantino haciendo el panoli. Un bajón.

Me hice el longuis durante meses hasta que el otro día conocí las nominaciones y se me cayó la indiferencia a los pies, haciendo catacrock. Había que verla, nos ha jodido, aunque solo fuera por curiosidad. Y la vi, el sábado por la tarde, aprovechando que la Liga era una mierda y que la Premier estaba de vacaciones. Me sorprendió para bien. 18 nominaciones son una cosa exageradísima, pero ¡sapristi!: hay momentazos, hallazgos, tres o cuatro músicas notables. Vampirismos socarrones. Y una escena poscréditos que ilumina la función. Cuando aparezcan las letricas no apaguen su aparato. No se vayan todavía, aún hay más.




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Convicto

🌟🌟

La cárcel, como hostal de dos estrellas pagado por el Estado, no es en principio un mal lugar para vivir. Hay gente que a este lado del muro lo pasa mucho peor. En la cárcel tienes horarios regulares, calor en invierno, refresco en verano. Dispones de biblioteca, de cancha deportiva, de sala de juego. Te dan de comer, te enseñan un oficio y te disciplinan en los hábitos. Y si encima tu pareja no te ha abandonado, el reglamento te concede un vis a vis cada quince días, que es mucho más de lo que follan la mayoría de los ciudadanos. 

    El problema no es la cárcel en sí -llegados a esa trágica tesitura- sino los carcelarios que viven en ella. La gente que allí se reúne para hacerte la vida imposible si les entras por el ojo izquierdo. O por el ojo del culo. Los presos, por lo común, no son peores personas que las que se quedan aquí fuera. Por cada delincuente que traspasa la reja, hay otros diez que se descojonan de risa mientras juegan al golf o navegan en el yate. Lo jodido de estar en la cárcel es que no tienes escapatoria si las relaciones se te tuercen. Si un psicópata te coge ojeriza o si un empalmado te acorrala en las duchas. 

    Ése es, al menos, el folklore que siempre nos han contado en las películas, y sobre todo en las anglosajonas, que siempre son tan cañeras y exageradas. Y esta película de hoy, Convicto, no iba a ser una excepción. En ella, Eric Love es un mozalbete de armas tomar que lo mismo aporrea a los vigilantes que les muerde los huevos o les clava punzones en el cuello. Un salvaje sin parangón que se convierte en la vedette del centro penitenciario. A un tipo así, si los reclusos fueran juiciosos, habría que dejarlo en paz desde el primer día; nada de tanteos, ni de provocaciones, ni de caricias en los baños. Pero los presos de Convicto, que son de una calaña muy retorcida, se sienten desafiados por el chaval. Les va el rollo del macho dominante, y no van a parar hasta poner en su sitio a la estrellita. 

    Y como ellos, menos juiciosos todavía, están los terapeutas y los psicólogos de la prisión, que embebidos de teorías ambientalistas se toman el caso como una cuestión de prestigio profesional. Si somos capaces de encauzar a semejante bestia parda, ya tenemos el cielo ganado. Con estos mimbres de tontería y presunción, los rifirrafes de Convicto terminarán, como no podía ser de otro modo, como el rosario de la aurora. 




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