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La chica más guapa del barrio se acabó casando con el crápula más insensible del vecindario. Lo hemos visto decenas de veces en la vida real, y también en la vida de las películas. Fernando Fernán Gómez repite, de hecho, el argumento básico de "El extraño viaje".
Mira que se lo advirtieron a Eloísa los familiares y los conocidos, pero ella, nada, a lo suyo, empecinada en lo peor. Es una ley universal, un magnetismo biológico que tiene muy poco remedio: el que une a la hermosa con el capullo. El otro magnetismo implacable es el que empareja al gilipollas con la chalada y yo de eso podría dar clases en la universidad.
Ahora, en los tiempos modernos, si te equivocas en el casamiento puedes rectificar gracias a la ley. Gracias a los rojos ya nadie te llama puta si te toca un marido como éste y decides tomar las de Villadiego. Porque en “El mundo sigue” todo el mundo habla así, a lo viejuno, a lo Villadiego, como si hubieran brotado de una obra de teatro polvorienta. Dicen “¡Repórtate, Macario!”, y “Ay, Bernardino, que te pierdes”, y se saludan diciendo “a la paz de Dios”, y “buenas noches tenga su merced”, y a las mujeres que han decidido no casarse con su primer pretendiente las llaman “pelanduscas”, y “mujeres de mala vida”, y dicen que han “deshonrado a la familia”. Y así, literarios y excesivos, los personajes de “El mundo sigue” ya no son una pandilla de desgraciados, sino actores que declaman un texto que huele a rancio y suena a sobaquillo. Muy ridículo todo.
En el nacional-catolicismo de 1962, lo que Dios había unido ya no lo podía separar el hombre. El amor era un arma cargada con una sola bala. Las mujeres, y los pusilánimes, lo tenían crudo si se equivocaban. Si tardaban mucho en escoger, se les pasaba el arroz y elegían ya un poco al tuntún. Y si se apresuraban, luego se pasaban la vida apesadumbrados por la impaciencia. Sólo los más afortunados acertaban de pleno con su bala única y hecha de plata. “El gorrino y la mujer -o el hombre-, acertar y no escoger”, que decía Marcial Ruiz Escribano.

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