El mundo sigue
El último caballo
🌟🌟🌟🌟
En España, digan lo que digan, está mal visto cuidar de los animales. Lo mismo ahora que en 1950, cuando Fernán Gómez se apiadó de su caballo. Mostrarse sensible con un animal es un comportamiento... muy poco español. Una debilidad de mujeres o de maricones. De hecho, a Fernán Gómez, en la película, sus desvelos por “Bucéfalo” le cuestan el amor de su novia botarate. Bendito sea, después de todo, el caballo que lo sacó de su error justo cuando ya iba a casarse en la España sin divorcios.
(El otro día vi a la camarera más buenorra de La Pedanía darle puntapiés a dos gatos que pedían comida entre los clientes y creo que ya nunca volveré por sus dominios. Nada más poco erótico que dos gatetes rechazados).
Lo recio, lo varonil, lo que el Señor dejó santificado en las Sagradas Escrituras, es torturar a los animales en las plazas o arrinconarlos en las ciudades. Cazarlos, apalearlos, exterminarlos... Hacerles daño. Mantenerlos atados o encerrados en cochiqueras. Es verdad que cada vez hay menos desalmados, menos hijos de la gran puta, pero siguen siendo mayoría porque antes eran casi todos. Parecía que las nuevas generaciones iban a erradicarlos del ecosistema pero ya están reproduciéndose otra vez: los cachorros del fascismo son como conejos descerebrados.
“El último caballo” no va de todo esto. O sí, pero solo un poco. La película de Neville es un canto al aire puro y a la vida en el campo. Utiliza el caballo como símbolo de los tiempos silenciosos que ya nunca volverán, sin coches ni camiones, ni motos en la madrugada. A Edgar Neville le debía de pasar lo mismo que a mí, que aborrecía los motores de combustión: su ruido, su peste, su omnipresencia. Sus gases cancerígenos. Un mal necesario, pero abominable.
También parecía que las nuevas generaciones iban a sustituirlos por los motores eléctricos y ya ves tú: ahí está Trump invadiendo Venezuela, o Groenlandia, para relanzar la producción.
El extraño viaje
🌟🌟🌟
¿Guapo? ¿Muy guapo, incluso? ¿Repeinado? ¿Un poco chulo? ¿Guitarrista en una orquesta de pueblo? ¿Y dice, además, que tiene un hermanito paralítico al que cuida con todo su amor? Vamos: se le ve venir a distancia. Menudo farsante. Hay que ser tola para enamorarse de un tipejo semejante. No me extraña que luego pase lo que pase. Y sin embargo, ella, la chica más guapa del pueblo, la vecina más valiosa de Villaliebres de las Manzanas, se dirige hacia él como una luciérnaga dispuesta a achicharrarse. El amor es ciego, ay, y bobo, y sería mejor no hacerle ni puñetero caso. El amor es ese extraño viaje hacia el desengaño y la penitencia.
Las chicas guapas son eso como nosotros, los machos de la especie: les puede el instinto. Presumen de ser seres sensibles y superiores, pero no es verdad. Las hormonas del sexo siempre están detrás de los pensamientos elevados. En su caso, ay, es la querencia ancestral por el antropoide más sospechoso de la tribu. A Carlos Larrañaga, en la película, sólo le falta la moto y el libro de poesía para ser el perfecto gilipollas. El perfecto vendehumos. Menuda desfachatez...
Querida mía: éste viene de romper decenas de corazones por los otros pueblos de la comarca y tú todavía no te has enterado. ¿No comprendes que eso mismo que te sulibeya- su postureo, su labia, su rollo cantor de Mario Lanza- será lo mismo que atraiga a la siguiente mujer de su vida? ¿No entiendes, alma de cántaro, belleza entre los cardos, que los hombres perfectos son como tiburones que se ahogan si no dejan de nadar? El amor es ese extraño viaje que sólo compramos por el folleto de la agencia.
La belleza... El envoltorio... Casi me da un infarto -un extraño viaje hacia la otra vida- cuando a mitad de película descubrí que la malvada se llama igual que una de mis examantes. Examada, mejor dicho, porque ella nunca me amó. Ella también era una reina de la noche. La mujer más deseada en sus lejanos contornos del Norte. Por eso sé de lo que hablo. Yo también me sentí orgulloso por un día. El amor -cuando es verdadero- es ese extraño viaje hacia la reencontrada soledad.
Ana y los lobos
🌟🌟
Rafael Azcona es mi dios.
O mi semidiós. Un literato griego que nació en Logroño con alas en las manos. En
sus colaboraciones con Berlanga o con Marco Ferreri, Rafael Azcona escribió guiones
llenos de cinismo, irreprochables, con los que se construyeron obras maestras de
nuestro cine. O películas cojonudas, sin más, como aquellas que firmó a última
hora con José Luis García Sánchez. Están todas ahí, en mi videoteca, dándome
una pátina de hombre ilustrado con memorias de carcamal. Lo de Azcona y
Berlanga, en concreto, fue como una conjunción astral. Como el engarce perfecto
de dos estrellas que coindicen en la galaxia y bailan una alrededor de la otra.
Pero Azcona, ay, es un
dios imperfecto. Por eso digo que es un semidiós, quitándole la mitad de su trascendencia.
A Azcona, como a Aquiles, tambièn le huele el pinrel por el talón. Incluso Yahvé,
el Dios Supremo, con todo lo monoteísta y poderoso que es, hizo cagadas que sería
mejor esconder bajo la alfombra. Por cada belleza que puso en la Creación se le
ocurrió un crimen o una basura. Azcona no tanto. En él pesa mucho más lo bueno
que lo malo. Pero a veces, cuando se le iba la olla, y le daba por jugar con lo
simbólico -y en eso Carlos Saura es una compañía muy poco recomendable- dejaba unos
truños en el pinar que todavía huelen desde aquí.
“Ana y los lobos” es una
película sobre el tardofranquismo. ¿Y qué era el tardofranquismo?: pues
básicamente un puro deseo sexual. Un ansia nacional por despojarse del
catolicismo y lanzarse abiertamente a fornicar. Tengo un amigo que sostiene que
al franquismo no lo derrotó el afán democrático, ni por supuesto el rey comisionista,
sino el ejército de suecas en bikini que desembarcó en nuestras playas para
ponerlo todo patas arriba. En “Ana y los lobos” no hay una sueca, sino una
norteamericana muy guapa que todavía no sabe en qué berenjenal -y perdón por la
metáfora -se está metiendo.
Moros y cristianos
🌟🌟🌟🌟🌟
Todas las películas de Azcona y Berlanga son esencialmente la
misma: el personaje principal desea conseguir algo y a su alrededor se
confabulan los estúpidos para ponerle una zancadilla. A veces, demasiadas, el estúpido es el personaje principal, pero él no se da cuenta.
Algunos desgraciados, como Plácido con su motocarro, o
Canivell con sus porteros, salvan la jornada a costa de volverse casi locos. Otros,
como el verdugo que no deseaba ejercer, o el bancario que no quería casarse,
fracasarán en su lucha liberadora, y vivirán existencias muy tristes más allá
del “Fin” anunciado por el rótulo. Pero aquí, la verdad, en Moros y cristianos,
los turroneros se quedan en un limbo difícil de definir. Al final logran
promocionar sus productos, pero por el camino se dejan un muerto, muchos
dineros y la dignidad pisoteada de los apellidos: Planchadell, el de los
listos, y Calabuig, el del tonto, que son sustituidos en los cartelones por una
familia anglosajona muy alejada de Jijona.
Alrededor de los
personajes azcona-berlanguianos pulula una nube de moscas cojoneras que jamás
aportan nada y siempre andan molestando. Son los amigos, los familiares, los
extraños..., gentes que jamás escuchan a nadie y sólo están esperando su turno
para colocar su rollo más o menos pertinente. Las películas de Azcona y
Berlanga son, básicamente, el grito de Francisco Umbral en aquel programa de la
Milá, donde exigió hablar de su libro tras tanto escuchar a los demás.
Toda esta filmografía -quiero decir- es un estudio sobre la
incomunicación humana. Cuando me sumerjo en las tramas, no noto fractura entre
la realidad y la ficción. Cambia el contexto, pero la fauna es exactamente la
misma que me encuentro por la vida. La vida, más allá de la tele, también está
poblada por un ejército de incapaces, de pesados, de neuróticos, de egoístas,
de pendencieros, de tarados, que salen cada mañana de sus trincheras para tomar
posiciones en las colinas. Yo me creo Moros y cristianos a pies
juntillas, con sus peseteros y sus liantes, sus imbéciles y sus salidos, sus
mendrugos y sus aprovechados. Y me meo de la risa. Quizá porque yo también tengo
lo mío...
El anacoreta
Fernando Tobajas, en El anacoreta, lleva 11 años encerrado en su cuarto de baño, en régimen de confinamiento voluntario. Corre el año 1976 e intuimos que don Fernando estaba hasta los huevos de Franco, de los curas, de no poder divorciarse de su señora, y decidió, un buen día de 1965, decir basta y montar su vida entera donde antes sólo se quitaba las inmundicias. Como metáfora, quizá, de la limpieza de su alma. La película no explica gran cosa sobre sus razones, y todo esto tiene que deducirlo más o menos el espectador. Y tampoco te dan mucho tiempo, además, Azcona y Estelrich: presentado el personaje, y descrita la situación, a los diez minutos de metraje se presenta en el cuarto de baño Martine Audó, se desnuda ante Fernán Gómez que da gusto verla, y la película -aunque quiere hacer filosofía sobre el amor y la vida alejada de los hombres- se convierte en un homenaje al pelote y al despelote de su anatomía esplendorosa.
Las ibéricas F.C.
El otro día, en la terraza del bar, a la altura de la cuarta o quinta cerveza, mi amigo y yo concluimos que cualquier película española de los tiempos pretéritos, por mala que fuese, ya tenía el valor incuestionable de lo documental. Las mayores mierdas del franquismo, o del destape, ya habían adquirido la dignidad de lo antiguo, la respetabilidad de las viejas señoras. Concluimos que si poníamos el canal de cine español a cualquier hora nos quedaríamos pegados a la pantalla con cualquier película que pasaran.







