El mundo sigue
La batalla del domingo
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Cuando se estrenó “La batalla del domingo”, en 1963, solo faltaba una temporada para que Alfredo Di Stéfano abandonara las filas del Real Madrid y se despidiera del viejo Bernabéu -ahora el Taylor Swift Arena- como hace al final de la película.
Supongo que la marcha de don Alfredo ya era un runrún que recorría la prensa deportiva, pero también la prensa muy seria del Movimiento, siempre pendiente de "La Saeta". Porque Di Stéfano -jamás sabremos si a su pesar o si encantado de la vida- era una de las cuatro patas que sostenían la credibilidad del régimen junto a las hostias de la Guardia Civil, los milagros de Jesucristo y la construcción compulsiva de pantanos.
Las copas de Europa del Real Madrid no las consiguió Franco satisfaciendo sexualmente a los dirigentes de la UEFA -como aseguran maliciosamente en la prensa catalana- pero sí le vinieron de puta madre para que en el extranjero se nos conociera por algo más que torturar a los toros y a los rojos.
Un año después del estreno, en el verano de 1964, don Alfredo discutió con Bernabéu por una cuestión de dineros y se fue a jugar al RCD Español. Dos años después, ya con cuarenta años de los entonces, que son casi como los sesenta de ahora, con barrigón y varias distrofias musculares, Di Stéfano se retiró de los campos de juego para sentarse en los banquillos y seguir demostrando allí su carácter hosco, atravesado, muy poco dado a la simpatía espontánea, aunque en la película se esfuerce mucho en sonreír por el bien de la taquilla.
La película es -con perdón- una mierda pinchada en un palo. No sirve ni como documento de la época, más allá del repaso muy madridista a las imágenes del NODO. En “La batalla del domingo” se cuenta que el Madrid perdía a veces contra rivales de tronío, pero la verdad es que sólo ves los goles marcados por nuestros muchachos. Es lo mismo que sucede ahora mismo en Real Madrid TV, esa emisora de Corea del Norte donde sólo se ven los triunfos de nuestro ejército. En una derrota por 6-1 sólo veras nuestro gol repetido quinientas veces. Entonces era la propaganda; ahora es la ley del mercado.
Atraco a las 3
Los peores años de nuestra vida
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“Los peores años de nuestra vida” es una película ambigua. Quiere ser una comedia romántica pero se contradice en la moraleja. Las comedias románticas, cuando son de verdad, se extienden como un campo de sueños para los espectadores y las espectadoras. Son un mensaje de esperanza para la humanidad. En ellas se dice que no hace falta ser un pibón para conquistar al hombre o a la mujer de tus sueños. Que a veces basta con mostrar seguridad en uno mismo, con redactar versos conmovedores, con tener eso que a falta de mejor palabra vamos a llamar halo, o magnetismo, o un “no sé qué”. Todos hemos conocido parejas de belleza asimétrica que se explican por un intangible, por una indefinición del atractivo.
“Pretty Woman”, por
cierto, no es una comedia romántica, sino la compra obscena de una voluntad.
Una re-prostitución.
Al final de “Los peores años de nuestra vida” el guapo se va con la guapísima, y eso contradice el discurso
precedente. Un guion fallido, o un guion juguetón. Parece un final feliz, pero
es un final deprimente. Si la ves de muy joven -como la vi yo- puede herirte la
autoestima. Te explica que no basta con ser escritor, con hacerlas reír, con
ser atento y generoso (si uno fuera tal). Que al final, ellas, como ellos,
prefieren la belleza exterior antes que indagar en las profundidades del alma. Que
quizá ni siquiera existen esas profundidades, y todo es un cuento chino redactado
en Mediocristán. Don Friedrich, en tal caso, aplaudiría con el bigote.
Luego, con los años, lo
vas superando y comprendes que no todo es tan asquerosamente superficial. Que
las comedias románticas tenían algo de razón en su mensaje tan optimista. Que
mostraban casos reales: caminos paralelos que se cruzan, y miradas perdidas que
entrechocan.
La gran broma de esta
película, vista con el tiempo, es que la actriz guapísima y el guionista intelectual
-el trasunto de Gabino Diego- eran
pareja gozosa en la vida real. Lo que a este lado de las pantallas era una afirmación
del milagro, dentro de la película era su negación. Una broma, ya digo.
Tamaño natural
🌟🌟🌟
Iba a buscar información sobre las muñecas hinchables del año
2022 para compararlas con las del año 1974, que es cuando Azcona y Berlanga
rodaron esta astracanada en la Ciudad del Amor. Pero estoy en una cafetería
pública, con gente que ronda mis espaldas, y la situación resultaría harto
embarazosa. Qué pensarían de mí, los probos ciudadanos, y las rectas
ciudadanas, al verme indagar las prestaciones, los materiales, las anatomías
conseguidas... Modos de uso y de limpieza. Todo por documentarme, claro, por
escribir un artículo decente y profesional. Pero cómo explicárselo, ay, a estas
gentes del Noroeste, tan sencillas pero tan desconfiadas. Porque no estoy en La
Pedanía, pero sí rondando las cercanías, y aquí en el valle todo el mundo se
conoce. Es una endogamia genética o vecinal que te rodea por doquier.
Podría documentarme en casa, en la intimidad de mi celda
libertina, porque además allí tengo el cuarto de baño a mano por si se me descontrola la situación. Pero luego quiero leer, desplomarme en el sillón, abstraerme... Liberarme
de este prurito de la escritura diaria, que es otra comezón del instinto tan
pertinaz como la de los bajos, solo que en los altos. ¿Podría decirse que
escribir es una masturbación del alma? ¿Un desfogue del ardor neuronal, que a
veces quema tanto como el otro? No sé: estas cosas las pones en un blog de alta
alcurnia, o en los diarios de un autor consagrado, y te queda bordado.
Subrayable y todo. Pero las pones en estos textos arrabaleros y quedan más bien
como boutades, como salidas de tono. Provocaciones parecidas a las de “Tamaño
natural”, precisamente, que ya no escandalizan a nadie, salvo a los
escandalizados de nacimiento.
De todos modos, por lo que he leído en algún suplemento
dominical, me da que la muñeca hinchable es otro artefacto que se profetizó
como maravilloso para el siglo XXI y que sigue más o menos como estaba. Como el
coche volador, o como el viaje interplanetario. Una tecnología estancada salvo
los detalles de acabado. Mi teoría es que no se vende porque es un producto
difícilmente disimulable: una vergüenza para esconder en el armario ropero, pero
no en el pliegue de unos calzoncillos.
Plácido
🌟🌟🌟🌟🌟
La escena más sangrante de “Plácido” -y mira que hay escenas
sangrantes en “Plácido”- llega cuando un pobre tiene que repartir su cesta con
otro pobre y se niega. Es Nochebuena, sí, y ha nacido el niño Dios, pero da
igual. Que le den morcilla, si acaso, al pedigüeño. Haber estudiado, o ponte a
trabajar, o mira, directamente, que te den por el culo, como diría doña Espe
muchos años después ante el pelotón de los micrófonos. Y digo doña Espe porque esa
mujer, que sigue siendo la musa del darwinismo social, hubiera quedado perfecta
como presidenta del Comité de Caridad, con su sonrisa de falsa y su alma putrefacta.
En manos de Azcona y Berlanga la escena del pobre parece un
chiste, y además el que hace de agarrado es Manuel Alexandre, clavando como
siempre al bobalicón. Te ríes mucho con su egoísmo de miserable, con su mala
uva de proletario insolidario. Pero en realidad no te ríes, te escalofrías, como sucede en toda la película. “Plácido” parece un desmadre, una comedia, una
astracanada en la que salen cuatro majaderos y toda su parentela. Pero en
realidad es la lucha de clases a pie de calle, en acción, marxista que te
cagas. Es la caridad frente al deber del Estado. Los corazones usurpando las
funciones de la rectitud. Un capricho y un descalabro. Es Amancio Ortega con
cenas de Navidad, en lugar de con mamógrafos para hospitales. Sentar un pobre a
tu mesa de Nochebuena da para estar diseccionando politologías hasta las tantas de la mañana.
“Plácido” es una obra maestra que no deja títere con cabeza. Nadie
se salva. A lo ricos ya los dábamos por descantados en su sociopatía y en su
cinismo. Por ahí no se aprende nada. De la Nochebuena de “Plácido” a la
Nochebuena de Felipe VI dando la matraca con la decencia de los pudientes no
existe gran diferencia. Ahora los pobres están más recogidos y mejor
disimulados, eso sí. Algo hemos avanzado. Negarlo sería de necios. Pero los
pobres tampoco salen bien parados de la película. Por eso el abuelo Marx gritó
ante todo que nos uniéramos. Que eso era lo primero. No le hicimos ni puto caso
y así nos va.
Todos a la cárcel
🌟🌟🌟
Berlanga, sin Azcona, era como Butragueño sin Hugo Sánchez;
como Cansado sin Faemino; como el Dúo sin Dinámico... Buenos en lo suyo, pero
sin mordiente. Oliver sin Hardy, Oliver sin Benji, Esteso sin Pajares, que me he
quedado sin más Olivers... Cumplidores, pero romos. Profesionales, pero alejados
de la genialidad. Berlanga, al igual que ellos, tuvo que encontrar una pareja
de baile para soltar los pies y echar a volar.
Antes de conocer a Rafael Azcona en los cafés de Madrid,
Berlanga rodaba películas amables, divertidas, precuelas hispánicas y grises de
Modern Family. Después de conocer al diablillo de Logroño -que ya había
sembrado de maldades las películas de Ferreri- Berlanga trascendió su cuerpo mortal
para rodar una obra maestra tras otra: películas cargadas de mala leche, ácidas
como pomelos, incisivas, inteligentes, inmisericordes con la miseria moral de
los humanos. Estos dos tunantes nos desnudaron. Nos enseñaron que la comunicación
humana es posible -de hecho se da a todas horas- pero el entendimiento no. Que
todos hemos venido a hablar de nuestro libro, como decía el otro. Que siempre
hay alguien jodiendo los diálogos, las escenas, las reuniones, los besos... Que
llevamos la chapuza no como un hábito adquirido, sino como un fragmento de ADN
fundamental. Que somos egoístas, cicateros, pesados, plomizos, a veces
absurdos, pero que la civilización nos ha enseñado a disimular cojonudamente. A
veces... Todo eso nos enseñaron Azcona y Berlanga trabajando codo con codo,
meninge con meninge.
Todos a la cárcel, ay, es Berlanga sin Azcona. La fase
última de su filmografía. La película está bien, pero no es lo mismo. Donde no llega
Azcona ponemos una pedorreta, un cagarro, un mecagoendiós y todo solucionado.
Te ríes, pero echas de menos al logroñés. Todos a la cárcel es Marianico
el corto y el señor Barragán. No queda ni rastro de los Monty Python, que eran
otros denunciantes sanguinarios de nuestra estupidez, entre risas y tal, con muchos
gags inolvidables.
Nacional III
🌟🌟🌟🌟🌟
Por La Pedanía pasa la N-VI que ahora llaman N-6, no sé por
qué. Le han quitado el número romano para ponerle uno arábigo que a veces,
imagino, despista a los conductores, y tal vez les pone mirando a Cuenca, o a
La Meca. No sé si es una política cultural o un rediseño del estilismo. A saber...
En tiempos del marqués de Leguineche aún no habían construido
la autopista que sortea la orografía con viales de mucho vértigo. Así que ese
tunante, y la tunanta de su familia, habrían tardado muchas horas en llegar a La
Coruña, cargados con su maletín. Y además para nada, porque ellos querían
evadir los capitales por la vía francesa, y para eso solo les valía la N-I o la
N-II, que son las que acercaban -y siguen acercando- al delito financiero. Ni
siquiera les hubiera servido la N-III, que da título a la película, pero que
termina en Valencia y luego en el mar Mediterráneo. Y así hasta Estambul.
La película se titula “Nacional III” porque es la tercera
parte de la trilogía de los Leguineche, y cuando en la radio, y en los podcasts,
y en las revistas culturales o culturetas, se ponen a discutir por la mejor
trilogía de la historia -que si la primera de Star Wars, que si los Padrinos,
que si la Trilogía del Anillo, que si aquella tristeza infinita de Kieślowski...-,
yo, con mi humildad de cinéfilo provinciano y provincial, siempre protesto por
la no inclusión de esta cachondada tan celtibérica y poco exportable. Las
películas de Azcona y Berlanga nunca rompieron la taquilla mundial, pero que ni
falta que les hacía.
Lo normal, para estas cuatro líneas que me quedan, sería
hablar de la evasión de capitales, que cuarenta años después sigue siendo un deporte
exclusivo de clase alta, como el polo, o la caza del rojo. Pero prefiero aprovechar
el espacio para pedirle a ese internauta que tiene por nick “Marqués de
Leguineche”, que si algún día se aburre, y lo deja por otro, me lo preste.
Estoy muy contento con este de Augusto Faroni, tan literario y tan personal,
pero las canas que crecen, y la rijosidad que no decrece, me están dando un
aire a Luis Escobar que quedaría cojonudo en Second Life.
Patrimonio Nacional
Como vivo en provincias, la primera vez que oí hablar del
Palacio de Linares fue cuando el asunto aquel de las psicofonías, que la verdad
es que acojonaban. Todos los ateos sabíamos que era un fraude colosal -como
luego se demostró-, pero nos reímos mucho con la movida, y recordamos nuestras propias psicofonías de la adolescencia,
cuando íbamos con el radiocasete al parque que antes fue fosa común y cementerio
de represaliados, a las doce de la noche, en el verano sin deberes ni obligaciones, a ver si captábamos el susurro de un alma en pena que nos hiciera cagar en los pantalones, pero nos catapultara a la fama, y nos
convirtiera en héroes de acción ante las chicas del barrio, que siempre fue el
objeto primordial de todo lo que hacíamos (casi como ahora).
Yo no sabía entonces que Berlanga había rodado “Patrimonio Nacional” justo en el palacio maldito, donde al parecer vagaba el espíritu de una niña concebida en incesto y luego asesinada. Donde además dicen que se fusiló a mansalva en tiempos de Napoleón o de la Guerra Civil. Un palacio que cambiaba de dueño cada vez que se oía el chirriar de una puerta o el crujir de una madera. Azcona y Berlanga, en 1981, aprovecharon un interregno del palacio cerrado, a la espera de una venta, para meter allí a toda la troupe del marqués de Leguineche, que venía del exilio rural para instalarse en la Villa y Corte a hacerle zalamerías a Juan Carlos I de Borbón, el rey pre-emérito.
La familia del marqués de Leguineche produce rechazo moral en el espectador, angustia de bolchevique, pero no puedes evitar la carcajada porque en el fondo son listos, atravesados, pesados, rijosos, tunantes, vividores, sólo imbéciles a medias. Yo, al menos, me descojono con sus trapisondas. Pero luego, al terminar la película, me dio por pensar que todos ellos – José Luis López Vázquez, Mary Santpere, Luis Escobar, Agustín González, Luis Ciges, Berlanga, Azcona...- ya son fantasmas que habitan otra planta del palacio. Que ya están todos muertos, y nunca volverán. No sé si sus apariciones en mi televisor podrían llamarse “videofonías”, o “psicovidencias”.
La escopeta nacional
En 1978, Azcona y Berlanga decidieron que ya podían reírse
del franquismo sin peligro. Llevaban veinte años riéndose de un modo simbólico,
subrepticio, metiendo escenas de petting para que los censores se escandalizaran
y las cortaran, y no se fijaran en lo demás. Sus películas anteriores fueron
radiografías del enfermo, chequeos del paciente, pero ahora, con el régimen de
cuerpo presente, tocaba hacer un examen exhaustivo de sus vísceras. De sus
entresijos intestinales.
Y lo que salió a la luz fue una inmundicia muy nutritiva, de
alto valor humorístico. “La escopeta nacional” es una película sobre Franco
pero sin Franco, porque el Caudillo era un personaje tan tétrico que no cabía
ni de secundario en esta cuchipanda. Sí eran muy risibles, en cambio, sus
ministros, sus lameculos, sus tecnócratas de las gafas y sus opusdeístas del
librito. La flora y fauna del régimen que se reunía en las cacerías para
asestarse puñaladas, coger sitio en las fotos y dejar muy claro qué comisión se
llevaba cada uno.
Jaume Canivell, el empresario que llega a la
finca de los Leguineche para vender sus porteros automáticos, aprenderá a
fuerza de vejaciones que en estas cacerías no se dirime el bien común de la
patria, ni el justo margen del comerciante. Envueltos en la Bandera, protegidos
por el Ejército y bendecidos por la Iglesia, a los prebostes del régimen les
importa un bledo que el portero automático traiga el bienestar a los hogares o
cree nuevos puestos de trabajo. A ellos sólo les importa su parte, y la parte
del amiguete, y joderle la parte al rival que ahora mismo está mejor visto en
El Pardo.
Azcona y Berlanga eran muy largos, y muy cínicos, y sabían
que la historia tiende a repetirse. Por eso despiden la película sin
despedirla, porque Franco estaba muy muerto, pero el franquismo no. Años
después supimos que esta recidiva bacteriana se llamaba “franquismo sociológico”.
Estos sociópatas se hicieron resistentes
a los antibióticos y ahora están aquí de nuevo, de cacería, conspirando,
amañando, señalando objetivos con la escopeta. Que Dios -que es de derechas-
nos pille confesados.
Moros y cristianos
🌟🌟🌟🌟🌟
Todas las películas de Azcona y Berlanga son esencialmente la
misma: el personaje principal desea conseguir algo y a su alrededor se
confabulan los estúpidos para ponerle una zancadilla. A veces, demasiadas, el estúpido es el personaje principal, pero él no se da cuenta.
Algunos desgraciados, como Plácido con su motocarro, o
Canivell con sus porteros, salvan la jornada a costa de volverse casi locos. Otros,
como el verdugo que no deseaba ejercer, o el bancario que no quería casarse,
fracasarán en su lucha liberadora, y vivirán existencias muy tristes más allá
del “Fin” anunciado por el rótulo. Pero aquí, la verdad, en Moros y cristianos,
los turroneros se quedan en un limbo difícil de definir. Al final logran
promocionar sus productos, pero por el camino se dejan un muerto, muchos
dineros y la dignidad pisoteada de los apellidos: Planchadell, el de los
listos, y Calabuig, el del tonto, que son sustituidos en los cartelones por una
familia anglosajona muy alejada de Jijona.
Alrededor de los
personajes azcona-berlanguianos pulula una nube de moscas cojoneras que jamás
aportan nada y siempre andan molestando. Son los amigos, los familiares, los
extraños..., gentes que jamás escuchan a nadie y sólo están esperando su turno
para colocar su rollo más o menos pertinente. Las películas de Azcona y
Berlanga son, básicamente, el grito de Francisco Umbral en aquel programa de la
Milá, donde exigió hablar de su libro tras tanto escuchar a los demás.
Toda esta filmografía -quiero decir- es un estudio sobre la
incomunicación humana. Cuando me sumerjo en las tramas, no noto fractura entre
la realidad y la ficción. Cambia el contexto, pero la fauna es exactamente la
misma que me encuentro por la vida. La vida, más allá de la tele, también está
poblada por un ejército de incapaces, de pesados, de neuróticos, de egoístas,
de pendencieros, de tarados, que salen cada mañana de sus trincheras para tomar
posiciones en las colinas. Yo me creo Moros y cristianos a pies
juntillas, con sus peseteros y sus liantes, sus imbéciles y sus salidos, sus
mendrugos y sus aprovechados. Y me meo de la risa. Quizá porque yo también tengo
lo mío...
La vaquilla
🌟🌟🌟🌟🌟
La primera vez que vi “La vaquilla” fue con catorce años,
en casa del amigo más querido del grupo. Y era el más querido porque era el
único que tenía un VHS: un cacharro Philips de la hostia, negro como el
monolito de Kubrick, y con poderes tan mágicos como aquél. El último grito en
tecnología, como se decía en los anuncios de entonces. Un invento de los americanos que su
padre había comprado en Madrid en un arranque de “estos son mis cojones”, y a
precio, precisamente, de huevas de esturión.
Corría el año 86 u 87, y aquel VHS se convirtió en el tótem
de nuestra cinefilia. En el salón del amigo fundamos una iglesia a la que
íbamos siempre que podíamos, cuando la esclavitud de los Maristas nos dejaba
algo de tiempo libre. Su padre siempre estaba en viaje de negocios, como aquel yugoslavo
de la película, y su madre, como todas nuestras madres, vivía la otra esclavitud
de las labores del hogar, así que casi nunca pisaba por aquel terrirorio sagrado, que
era nuestro Reino de los Cielos, o nuestro Paraíso Terrenal.
Por aquel VHS pasaron todas nuestras neuras adolescentes: las
películas de Rambo, las cafradas de Chuck Norris, las comedias de los hermanos
Marx... Las películas porno -si no había moros en la costa- que el tipo del
videoclub nos detectaba en el mostrador pero dejaba pasar con una
sonrisa de comerciante comprensivo. Veíamos cine clásico y cine palomitero,
cine maravilloso y cine execrable. Europeo y americano, español y de la Cochinchina.
Éramos infatigables y pantagruélicos. Cien años de historia del cine se acumulaban
en las estanterías del videoclub, gritando “¡Descúbreme!”....
Y en uno de aquellos lotes metimos un día “La vaquilla”,
porque decían en la publicidad que te partías de risa con ella. En el salón del
amigo estaba representado todo el arco parlamentario de la Transición: estaba
yo, que era más rojo que los tomates, y un chaval facha, que era hijo de
falangista, y un rarito que ya entonces se declaraba “ácrata de las
costumbres”. Y el dueño de la casa, claro, que siempre fue un ultracentrista
del baricentro. Ver “La vaquilla” y reírnos con la mitad de sus chistes -porque
la otra mitad se nos escaparon, de lo torolos que éramos- fue nuestro Pacto de
la Moncloa. En aquellos sofás, alrededor del VHS totémico, se juntaron qué sé yo, cuatro Españas, para
tratar de entender aquellas dos de la guerra.
El diputado
🌟🌟🌟
Nada ha cambiado desde los tiempos de la Transición. Aquí seguimos, leña al rojo, caza y captura. Que el cabronazo, o la cabronaza, se entere de lo que vale un peine. Que no soliviante a las masas, y que no predique con el ejemplo. A ver qué se han creído... Estos con Franco no se movían, y aquí hay mucho privilegio en juego, mucho mamoneo, mucho hijo tonto al que colocar en la empresa o en la Administración.
No hemos salido de la Transición. Todo quedó atado y bien
atado. Mira que nos hemos reído con la tontería, ja, ja, imitando la voz de
Franco, decadente y gangosa, pero la tontería sigue ahí, maniatando la democracia.
¿Democracy? ¿What democracy? Estamos confundiendo la democracia con la ausencia de
golpes de estado... Los que se hacen con tanques, me refiero, disfrazados de torero, porque los otros,
los periodísticos y los económicos, se producen cada vez que un rojo asoma la jeta.
Ningún heredero de Alejandro ha podido deshacer todavía el nudo gordiano. El
Coletas venía espada en mano, decidido a cortarlo, pero le han parado los pies.
Vaya que si le han parado los pies... En El diputado, se encargaban unos
matones de acojonar al diputado: te enseñaban la Luger, o te disparaban con la
Luger, o te aporreaban la cara con la Luger. Ahora, recién iniciada la Transición
3.0, te envían por correo las balas de una Luger.
No me extraña que Yolanda Díaz, nuestra esperanza roja, nuestra
esperanza mujer, esté deshojando la margarita. Ella sabe que nada más
aceptar sufrirá el acoso de los chacales. El franquismo sociológico
nunca se fue, y ahora empieza a reconquistar los parlamentos. Y cuentan, además,
con una legión de camisas pardas, armados de ordenadores. Está la cosa muy jodida.
La acosarán, la difamarán, hurgarán en su basura, ¿Quién no tiene un trapo
sucio ? ¿Quién no se ha cagado alguna vez en esto o en lo otro? ¿Quién no se ha pasado de frenada? ¿Quién no ha de dejado dicho, o escrito o firmado? ¿Quién
no tiene un conocido corruptible, o un ex conocido miserable? La diputada...
Los santos inocentes
🌟🌟🌟🌟
Me encuentro incómodo cuando veo una película fuera de mi
cueva. Entre que el culo no encuentra su acomodo, que los ruidos son
diferentes, que la tele no tiene las mismas dimensiones, me entra como una
pequeña desazón hasta que la trama me atrapa o me da por bostezar, y ya noto la
relajación en los músculos de la espalda. Son manías que ya no conocerán el
remedio de la edad...
Pero es raro, esta vez, porque la cueva donde he visto Los
santos inocentes es la cueva de mi madre, que también fue la mía siendo yo un
osezno, y luego lo otro, lo que viene antes de ser un oso completo, con los
pelos y las uñacas. Hemos visto Los santos inocentes porque es una
película que nos gusta mucho a los dos, y da para comentar cosas, y soltar
exclamaciones, y soltar cuatro hijos de puta a algunos personajes que se lo tienen
muy bien merecido. En mi casa siempre se creyó mucho en la lucha de clases, porque
las clases existen, vaya que si existen, y Los santos inocentes es como
la división de clases elevada al cuadrado, o al cubo. En su trama no sólo hay
ricos y pobres, limpios y sucios, sino seres
humanos que casi parecen especies distintas, la una altanera y holgazana, la
otra afanosa y arrastrada por los suelos.
Al terminar la película, cuando ya encendíamos las luces del
salón, mi madre ha exclamado lo que exclama casi siempre con estas cosas: “¡Qué
poco hemos cambiado!”, y yo le he dicho que hombre, mujer, no jodas, que estas
humillaciones ya no se ven ni en las dehesas de Extremadura. Porque analfabetos
ya casi no quedan, y a los Azarías de la vida ya los envían a colegios como el
mío. Lo que sí es cierto -le dije a mi madre- es que la estirpe del señorito Iván
no se ha extinguido, ni va a extinguirse en los próximas centurias, me temo. Los
de su ralea siguen por ahí, con la misma chulería, con la misma hijaputez, solo
que ahora disimulan mejor. Ahora, los findes, se les ve mucho por la tele,
porque se manifiestan en Núñez de Balboa
cuando el gobierno social-comunista no les deja ir a sus fincas a pegar
perdigonazos, y a matar a las milanas.








