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Vente a Alemania, Pepe

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Los sábados por la mañana, en la tertulia de la radio, participa un periodista alemán afincado en España que nos cuenta cómo nos ven sus compatriotas desde allí. Los domingos, en el mismo programa, un poco en el espejo del exilio, interviene el corresponsal de la SER en Berlín para describirnos cómo es la vida en el viejo reino de los prusianos.

Los dos periodistas -es curioso, e inverosímil, y yo siempre me rasco bajo la boina cuando les escucho- aseguran que los españoles ya somos más civilizados que los alemanes. Dicen, tan oreados, que ya no es solamente el atractivo del sol o de la sangría lo que seduce a los alemanes, sino también el funcionamiento de los servicios y la agilidad de las burocracias. Si sale el tema de los trenes, cuentan que en Alemania los trenes siempre llegan impuntuales; si se habla de la extensión de la fibra óptica, te dicen que Alemania va muy por detrás de nuestros planes digitales; si un invitado comenta que apenas tardó media hora en renovar el DNI, ellos aseguran que en Alemania hay que pedir audiencia al Káiser con seis meses de antelación.

Cuentan, maravillados -y yo creo que también pagados por alguno de nuestros ministros- que nos hemos vuelto tan europeos que ya hemos adelantado a los alemanes por esas autopistas suyas sin limitaciones. Nuestra realidad cotidiana, y el hecho de que los alemanes regresen tan felices a su país cuando llega el otoño, les desmiente a gritos y a colores chillones, pero ellos, erre que erre, insisten en  proponerle a Netflix un remake de “Vente a Alemania, Pepe” que se titule “Vente a España, Hans”: la historia de un agricultor de Aquisgrán que sueña con venirse aquí para ganar más dinero y conocer el lado industrial y eficiente de la vida. Una majadería supina, por supuesto, que sería más causa de risa que de análisis sociológico. 

La película original, por cierto, podría servir para reflexionar sobre la emigración y el desarraigo en aquel tiempo de españoles pobretones, pero es tan chusca, y tan boba, y tan estúpidamente patriotera, que no merece más de dos estrellas en el panel de nuestra crítica germanófila.





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El mundo sigue

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La chica más guapa del barrio se acabó casando con el crápula más insensible del vecindario. Lo hemos visto decenas de veces en la vida real, y también en la vida de las películas. Fernando Fernán Gómez repite, de hecho, el argumento básico de "El extraño viaje". 

Mira que se lo advirtieron a Eloísa los familiares y los conocidos, pero ella, nada, a lo suyo, empecinada en lo peor. Es una ley universal, un magnetismo biológico que tiene muy poco remedio: el que une a la hermosa con el capullo. El otro magnetismo implacable es el que empareja al gilipollas con la chalada y yo de eso podría dar clases en la universidad.

Ahora, en los tiempos modernos, si te equivocas en el casamiento puedes rectificar gracias a la ley. Gracias a los rojos ya nadie te llama puta si te toca un marido como éste y decides tomar las de Villadiego. Porque en “El mundo sigue” todo el mundo habla así, a lo viejuno, a lo Villadiego, como si hubieran brotado de una obra de teatro polvorienta. Dicen “¡Repórtate, Macario!”, y “Ay, Bernardino, que te pierdes”, y se saludan diciendo “a la paz de Dios”, y “buenas noches tenga su merced”, y a las mujeres que han decidido no casarse con su primer pretendiente las llaman “pelanduscas”, y “mujeres de mala vida”, y dicen que han “deshonrado a la familia”. Y así, literarios y excesivos, los personajes de “El mundo sigue” ya no son una pandilla de desgraciados, sino actores que declaman un texto que huele a rancio y suena a sobaquillo. Muy ridículo todo. 

En el nacional-catolicismo de 1962, lo que Dios había unido ya no lo podía separar el hombre. El amor era un arma cargada con una sola bala. Las mujeres, y los pusilánimes, lo tenían crudo si se equivocaban. Si tardaban mucho en escoger, se les pasaba el arroz y elegían ya un poco al tuntún. Y si se apresuraban, luego se pasaban la vida apesadumbrados por la impaciencia. Sólo los más afortunados acertaban de pleno con su bala única y hecha de plata. “El gorrino y la mujer -o el hombre-, acertar y no escoger”, que decía Marcial Ruiz Escribano.




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