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Según la Inteligencia Artificial que vive en mi teléfono -una inteligencia de corto alcance, diseñada a la medida de su dueño- el porcentaje de personas con rasgos psicopáticos oscila entre el 1% y el 4% de la población. Es decir, que entre psicópatas, autistas y superdotados (y sociópatas, que son por sí solos la mitad de la población y votan a la derecha en cada fiesta de la democracia) ya casi nadie nace normal en el siglo XXI. ¿Qué es ser normal, después de todo?
La cifra sobre la psicopatía es poco exacta, errática, como sacada de una encuesta del CIS, y no contribuye para nada a nuestro sosiego. No es lo mismo saber que una de cada 100 personas que nos rodea es psicópata que una entre 25. Una entre 100 la tenemos todos más o menos localizada y podemos esquivarla. Pero una entre 25... Eso significaría que tenemos un psicópata en el trabajo, otro en el vecindario y otro dentro de la familia. Puede que incluso en la familia más cercana, como en “Subsuelo”. Y unos cuantos más, la hostia de ellos, en el hotel abarrotado de las vacaciones.
La IA de mi teléfono, tan corta de alcance, no explica si esa variación depende de los contextos geográficos o de las pruebas aplicadas. Uno, por ejemplo, al hilo de las películas, tiene por seguro que en Estados Unidos los psicópatas son mayoría en la población y que cada vez son más porque ya se van quedando sin gente pacífica a la que asesinar.
La cinematografía española, en cambio, parece respaldar la idea de que aquí los psicópatas son mucho menos o lo disimulan mucho mejor gracias a la dieta mediterránea. Estaba Justino con su puntilla, Bosco en su garaje, Tosar mientras dormías, Brendemühl en las horas del día... y ahora éste chaval de “Subsuelo” que atormenta sexualmente a su hermana. Un hijoputa de manual. Uno de esos liantes tan encantadores que le dan el pego casi a cualquiera menos a su víctima aterrorizada.

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