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“Better Call Saul” cuenta, en seis temporadas que son casi siete, la caída en el lado oscuro de Jimmy McGill. “Breaking Bad”, en otras cinco temporadas que son casi seis, contaba la caída en el reverso tenebroso de Walter White.
Jimmy, tras su caída, se dio en llamar Saul Goodman, un malvado tan simpático como corrupto. Walter, ya seducido por el mal, se puso el nombre artístico de Hesisenberg para darse importancia ante los narcos. Si Saul Goodman era el juego de palabras de “It’s all good, man”, Heisenberg era el homenaje de Walter White al principio de incertidumbre que enunciara el físico alemán: todo es posible hasta que fijamos la mirada y se produce el colapso de la onda.
Vince Gilligan utilizó el mismo leitmotiv en sus sagas de Albuquerque porque sabe que la vida misma de cualquiera de nosotros -o casi- es una caída en el lado oscuro del cinismo o la desesperanza. Estamos los románticos contrariados, pero también los exvotantes de la izquierda, los cristianos descreídos, los maestros amargados... Nosotros no vivimos en Albuquerque pero también hemos sido derrotados. Por las buenas nos hemos quedado en una nada irrelevante, y por las malas, cuando nos sale la vena, fracasamos con estrépito. Desearíamos ser tan malos y eficientes como Jimmy o como Walter, pero no estamos capacitados. No somos personajes de ficción ni antihéroes americanos.
Mientras veía la cuarta temporada de “Better Call Saul” me dio por pensar que el desierto de Nuevo México se parece mucho al desierto de Tatooine. Allí, en la galaxia lejana, y hace muchos años, vivió otro personaje de ficción que también cayó seducido por el lado oscuro de la Fuerza. Cuando era bueno y estaba enamorado de Amidala, él se llamaba Anakin Skywalker; cuando encontró el atajo del mal y se le puso la cara de vinagre se hizo llamar Darth Vader para acojono general de sus enemigos y de los espectadores en la platea. Vince Gilligan mamó de aquella historia y nos alimenta y nos divierte con la misma leche primordial.

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