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Subsuelo

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Según la Inteligencia Artificial que vive en mi teléfono -una inteligencia de corto alcance, diseñada a la medida de su dueño- el porcentaje de personas con rasgos psicopáticos oscila entre el 1% y el 4% de la población. Es decir, que entre psicópatas, autistas y superdotados (y sociópatas, que son por sí solos la mitad de la población y votan a la derecha en cada fiesta de la democracia) ya casi nadie nace normal en el siglo XXI. ¿Qué es ser normal, después de todo?

La cifra sobre la psicopatía es poco exacta, errática, como sacada de una encuesta del CIS, y no contribuye para nada a nuestro sosiego. No es lo mismo saber que una de cada 100 personas que nos rodea es psicópata que una entre 25. Una entre 100 la tenemos todos más o menos localizada y podemos esquivarla. Pero una entre 25... Eso significaría que tenemos un psicópata en el trabajo, otro en el vecindario y otro dentro de la familia. Puede que incluso en la familia más cercana, como en “Subsuelo”. Y unos cuantos más, la hostia de ellos, en el hotel abarrotado de las vacaciones. 

La IA de mi teléfono, tan corta de alcance, no explica si esa variación depende de los contextos geográficos o de las pruebas aplicadas. Uno, por ejemplo, al hilo de las películas, tiene por seguro que en Estados Unidos los psicópatas son mayoría en la población y que cada vez son más porque ya se van quedando sin gente pacífica a la que asesinar. 

La cinematografía española, en cambio, parece respaldar la idea de que aquí los psicópatas son mucho menos o lo disimulan mucho mejor gracias a la dieta mediterránea. Estaba Justino con su puntilla, Bosco en su garaje, Tosar mientras dormías, Brendemühl en las horas del día... y ahora éste chaval de “Subsuelo” que atormenta sexualmente a su hermana. Un hijoputa de manual. Uno de esos liantes tan encantadores que le dan el pego casi a cualquiera menos a su víctima aterrorizada.






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Marco

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“¿Y quién no ha mentido alguna vez?”, dice Enrique Marco con la voz muy baja y la mirada perdida, cuando por fin reconoce que ni estuvo en el campo de concentración de Flossenbürg ni se le esperaba por allí. “Todos mentimos”, insiste, cuando al fin confiesa que todo su rollo de abuelo cebolleta contando que él también sufrió trabajos forzados y que vio las chimeneas terribles que funcionaban 24 horas al día, no era más que un producto de su ego necesitado de atención o de cariño. 

Toda la película pivota sobre esa escena decisiva. Los espectadores ya sabemos que Enrique Marco era un impostor porque su caso salió mucho en los telediarios y fue un escándalo del copón. Lo que esperamos es ese momento de derrota para saber si hay que apiadarse del pobre diablo o llamarle hijo de puta haciendo coro con los verdaderos supervivientes. En esa escena decisiva, la película lo apuesta todo a la actuación de Eduard Fernández: de la inflexión de su voz o de su mirada de cordero degollado depende que entremos en el maniqueísmo del insulto o en el reino de los grises.

Yo, por mi parte, reconozco que en ese momento siento algo de pena por el personaje. Porque todo el mundo miente, como sostenía el doctor House, y Enrique Marco simplemente fue un campeón de la mentira. Mintió en algo muy sagrado y por eso se merece nuestro repudio. Lo que nos espanta es la gravedad de su pecado, no el pecado en sí mismo, puesto que todos somos pecadores y quebrantamos continuamente el octavo mandamiento. Que tire la primera piedra el que no viva dentro de una mentira sostenida en el tiempo. Enrique Marco fingió su victimismo como otros fingen su heroísmo cotidiano, su estirpe inventada, su rendimiento sexual, su nivel de inglés, su trabajo ímprobo, su entrega a la causa, su cultura inabarcable...  No conozco a nadie que no se tire el rollo. Yo también lo hago. Son mecanismos evolutivos. Lo que pasa es que casi siempre nos quedamos en ínfulas veniales, en soberbias de barra de bar. Nada muy dañino o muy ofensivo en realidad. Mentirijillas de andar por casa. Lo de Enrique Marco mancilló a muchos héroes de verdad y además lo vimos todo por televisión. 





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