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Pizza Movies

🌟🌟🌟


“Pizza Movies” es un canto de amor al cine y con eso me siento satisfecho. La intención es lo que cuenta. Frente a la película de Padial soy un espectador cautivo porque amo el cine más que a Dios, y que al prójimo, y que a mí mismo si me apuraran. Una conculcación absoluta del no sé cuántos mandamiento. 

Si me quitaran el cine se abriría un agujero negro en el centro de mi galaxia. Todo sería engullido y aniquilado. A mi lado, en el sofá, cuando toca compañía, sólo puede sentarse una persona tan adicta como yo. Nunca me importó que ellas no me amaran de verdad mientras compartían las películas y luego las comentaban animadas.

Que la película de Carlo Padial vaya de más a menos es una crítica irrelevante. Una crítica no-crítica. Dentro de unos años, cuando hagan una retrospectiva de chalados por el cine, recordaremos “Pizza Movies” con cariño, casi con nostalgia, como recordaremos “Clerks”, o “El cineclub”, o “Rebobine, por favor”, que también eran historias de gente corriente que encontraba en las películas una cueva de Platón donde guarecerse de la realidad.

El universo de Carlo Padial me resulta acogedor y familiar gracias a su podcast inimitable. Padial, subido en su púlpito de sacos de café, es como un cura que se pasa por la parroquia una vez al mes para soltar verdades como puños, y como puñetazos, la mar de entretenidas. Yo le sigo con devoción de feligrés y no puedo hablar mal a sus espaldas. Soy un habitante pasivo de su mundo particular, casi su compatriota, y me sabe mal ponerle solo tres estrellas a su película soñadora. El comienzo es prometedor, casi brillante, pero luego se deja llevar por el amiguismo bobo, por la astracanada nogueresca, y la pizza, con tales ingredientes, se le queda chamuscada. Menos mal que a mí, como a otros tantos, nos gusta el borde crujiente, casi renegrido.





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Upon Entry

🌟🌟🌟🌟🌟


Yo creo que rodaron “Upon Entry” para quitarme las ganas de viajar a Estados Unidos. Para que me lo piense dos veces antes de iniciar allí una nueva vida, o de tomarte una simple foto con la Estatura de la Libertad. Sospecho que la película -casi un cuento de terror- formaba parte de una campaña subvencionada por el gobierno para descongestionar los aeropuertos y evitar que se les colara algún comunista indetectable.

Todos conocemos a alguien que ha pasado por esta experiencia humillante: algún famoso de la tele, o algún primo del pueblo. Uno que aterrizó en Estados Unidos tan campante y fue conducido a unas mazmorras donde le miraron hasta el ombligo simplemente por tener la tez oscura o por tartamudear en el interrogatorio. O por haber leído las obras completas de Lenin, que ya todo lo canta el ordenador. Yo mismo lo tendría crudo para entrar en los "States", si se pusieran a inspeccionar. Y es una pena, la verdad, porque me gustaría conocer Nueva York, y California, y Albuquerque, que son mis segundas patrias de las películas. 

Pero “Upon entry” no es solo una pesadilla fronteriza. Superado el parecido inicial con “El Proceso” también nos habla del amor globalizado. De la estafa que nos acecha. De la crisis de la pareja en el siglo XXI. Del límite difuso que a veces separa el amor conveniente del amor de conveniencia. "Upon entry" nos recuerda que en realidad nadie conoce a nadie, ni siquiera en los amores más puros y sinceros, hasta que un día traspasas la frontera decisiva.



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La estrella azul

🌟🌟🌟🌟

Para ser guitarrero y no guitarrista, Mauricio Aznar cruzó el oceáno Atlántico para beber en las fuentes de Atahualpa Yupanqui. Mauricio se ganaba la vida como rockabilly pero tenía alma de poeta. Con el tupé ligaba la hostia y se metía droga a mogollón: la noche loca de Zaragoza. Pero la voz de su interior no le dejaba dormir por las noches. La voz interior es como un vecino con las ventanas abiertas en el verano: te grita, te pone de los nervios y al final no siempre dice lo más sensato del repertorio.

A Mauricio, por ejemplo, su voz interior le decía que el arte tenía que ser lo primero y que lo otro -las titis y la fama- tendrían que venir por añadidura o ser sacrificadas en el empeño. Mauricio, por supuesto, era un inocente, otro engañado por la publicidad, pero nos conmueve en su búsqueda y nos gana los corazones.

Allá en la Argentina Profunda, Mauricio encontró finalmente el secreto para acariciar la guitarra: el ritmo y el duende. Comulgó con el espíritu de Atahualpa Yupanqui gracias a un guitarrero que ejerció sobre él una bendita influencia, un poco a lo profesor Keating y otro poco a lo maestro Miyagi. A Mauricio también le ayudó mucho que durante esas semanas no tocara la droga que finalmente le mató a su regreso a Zaragoza.

Allá donde Jesús perdió el mechero en sus predicaciones por Argentina, Mauricio mató dos pájaros de un tiro y a punto estuvo de cargarse a tres. Porque si me hubiera hecho caso, si hubiera escuchado los gritos que yo le daba treinta años después al actor que le encarnaba, se hubiera traído a la Península a esa india que vive fascinada por su presencia. La chica es guapa, pero sin demasiadas pretensiones, musiquera, y le tira los tejos con un descaro que ya no sé si es actitud personal de la chavala o una cosa cultural del Quinto Pino.

Una pena que Mauricio no quisiera o no pudiera reconocerla. Igual que hay mujeres que te condenan, otras pueden salvarte del batacazo. Las hay que chocan de frente contra el meteorito que iba a aplastarte y salen indemnes de su heroísmo. La india hubiera sido una buena candidata para evitar el armageddon.



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