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Upon Entry

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Yo creo que rodaron “Upon Entry” para quitarme las ganas de viajar a Estados Unidos. Para que me lo piense dos veces antes de iniciar allí una nueva vida, o de tomarte una simple foto con la Estatura de la Libertad. Sospecho que la película -casi un cuento de terror- formaba parte de una campaña subvencionada por el gobierno para descongestionar los aeropuertos y evitar que se les colara algún comunista indetectable.

Todos conocemos a alguien que ha pasado por esta experiencia humillante: algún famoso de la tele, o algún primo del pueblo. Uno que aterrizó en Estados Unidos tan campante y fue conducido a unas mazmorras donde le miraron hasta el ombligo simplemente por tener la tez oscura o por tartamudear en el interrogatorio. O por haber leído las obras completas de Lenin, que ya todo lo canta el ordenador. Yo mismo lo tendría crudo para entrar en los "States", si se pusieran a inspeccionar. Y es una pena, la verdad, porque me gustaría conocer Nueva York, y California, y Albuquerque, que son mis segundas patrias de las películas. 

Pero “Upon entry” no es solo una pesadilla fronteriza. Superado el parecido inicial con “El Proceso” también nos habla del amor globalizado. De la estafa que nos acecha. De la crisis de la pareja en el siglo XXI. Del límite difuso que a veces separa el amor conveniente del amor de conveniencia. "Upon entry" nos recuerda que en realidad nadie conoce a nadie, ni siquiera en los amores más puros y sinceros, hasta que un día traspasas la frontera decisiva.



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La estrella azul

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Para ser guitarrero y no guitarrista, Mauricio Aznar cruzó el oceáno Atlántico para beber en las fuentes de Atahualpa Yupanqui. Mauricio se ganaba la vida como rockabilly pero tenía alma de poeta. Con el tupé ligaba la hostia y se metía droga a mogollón: la noche loca de Zaragoza. Pero la voz de su interior no le dejaba dormir por las noches. La voz interior es como un vecino con las ventanas abiertas en el verano: te grita, te pone de los nervios y al final no siempre dice lo más sensato del repertorio.

A Mauricio, por ejemplo, su voz interior le decía que el arte tenía que ser lo primero y que lo otro -las titis y la fama- tendrían que venir por añadidura o ser sacrificadas en el empeño. Mauricio, por supuesto, era un inocente, otro engañado por la publicidad, pero nos conmueve en su búsqueda y nos gana los corazones.

Allá en la Argentina Profunda, Mauricio encontró finalmente el secreto para acariciar la guitarra: el ritmo y el duende. Comulgó con el espíritu de Atahualpa Yupanqui gracias a un guitarrero que ejerció sobre él una bendita influencia, un poco a lo profesor Keating y otro poco a lo maestro Miyagi. A Mauricio también le ayudó mucho que durante esas semanas no tocara la droga que finalmente le mató a su regreso a Zaragoza.

Allá donde Jesús perdió el mechero en sus predicaciones por Argentina, Mauricio mató dos pájaros de un tiro y a punto estuvo de cargarse a tres. Porque si me hubiera hecho caso, si hubiera escuchado los gritos que yo le daba treinta años después al actor que le encarnaba, se hubiera traído a la Península a esa india que vive fascinada por su presencia. La chica es guapa, pero sin demasiadas pretensiones, musiquera, y le tira los tejos con un descaro que ya no sé si es actitud personal de la chavala o una cosa cultural del Quinto Pino.

Una pena que Mauricio no quisiera o no pudiera reconocerla. Igual que hay mujeres que te condenan, otras pueden salvarte del batacazo. Las hay que chocan de frente contra el meteorito que iba a aplastarte y salen indemnes de su heroísmo. La india hubiera sido una buena candidata para evitar el armageddon.



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