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Upon Entry

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Yo creo que rodaron “Upon Entry” para quitarme las ganas de viajar a Estados Unidos. Para que me lo piense dos veces antes de iniciar allí una nueva vida, o de tomarte una simple foto con la Estatura de la Libertad. Sospecho que la película -casi un cuento de terror- formaba parte de una campaña subvencionada por el gobierno para descongestionar los aeropuertos y evitar que se les colara algún comunista indetectable.

Todos conocemos a alguien que ha pasado por esta experiencia humillante: algún famoso de la tele, o algún primo del pueblo. Uno que aterrizó en Estados Unidos tan campante y fue conducido a unas mazmorras donde le miraron hasta el ombligo simplemente por tener la tez oscura o por tartamudear en el interrogatorio. O por haber leído las obras completas de Lenin, que ya todo lo canta el ordenador. Yo mismo lo tendría crudo para entrar en los "States", si se pusieran a inspeccionar. Y es una pena, la verdad, porque me gustaría conocer Nueva York, y California, y Albuquerque, que son mis segundas patrias de las películas. 

Pero “Upon entry” no es solo una pesadilla fronteriza. Superado el parecido inicial con “El Proceso” también nos habla del amor globalizado. De la estafa que nos acecha. De la crisis de la pareja en el siglo XXI. Del límite difuso que a veces separa el amor conveniente del amor de conveniencia. "Upon entry" nos recuerda que en realidad nadie conoce a nadie, ni siquiera en los amores más puros y sinceros, hasta que un día traspasas la frontera decisiva.



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Relatos con-fin-a-dos

🌟🌟🌟

Los Relatos con-fin-a-dos son como los relatos desconfinados de toda la vida: de cinco que te cuentan, uno te interesa, otro es bonito y tal, dos son un puro chascarrillo, y siempre hay uno que es una verdadera tontería. La vida misma...

    Por eso, aunque Relatos con-fin-a-dos sea un experimento sin sal, tiene el mérito de parecerse mucho a la vida real, que suele ser un rollo cuando te la cuentan. Porque al final, el confinamiento, que iba a ser el período más incierto de nuestras vidas, pero al mismo tiempo el más rico en anécdotas, para contar a nuestros nietos cuando llegara el momento y tal y cual, al final resultó ser un rollo pistonudo, de horas y horas amorrados a la tele y a la prensa digital, y lo más que nos pasó a todos es que una vez la policía estuvo a punto de multarnos porque nos pillaron con el perrete a un kilómetro de casa, o porque un día bajamos la basura a las tantas y nos fumamos un piti en la farola, o porque nos dimos un garbeo hasta el supermercado que estaba en el otro barrio para estirar las piernas. Cosas así, pequeñas gamberradas, que se repiten una y otra vez en las confesiones de aquella época, y que en realidad -como sucede con los Relatos Con-fin-a-dos – ya nadie quiere escuchar, porque aquello fue como un mal sueño, un tiempo irreal, idiota, tiempo de vida perdido.



    En uno de los relatos de la miniserie sale Isco, Isco Alarcón, “Pinchisco”, el del Arroyo de la Miel, el futbolista medio marginado por ese tozudo calvorota con una flor en el culo, y ya sólo por eso, si me dejara llevar por la pasión, tendría que haber puesto cinco estrellas ahí arriba, a modo de homenaje. Qué más da que Isco no haga de Isco, sino de un programador informático, que no hay quien se crea que con esas míseras credenciales, siendo él de físico normal y tal,  pueda convivir con semejante pibón, que encima le trata de idiota y de mal padre durante todo el episodio. Qué más da que Isco no sea un actor profesional, y que no haya quien se lo traque en su papel. Joder, ¡es Isco!, aunque no toque una pelota, y le he visto más tiempo aquí que últimamente por los campos. Sólo por eso ya doy por amortizado el tiempo en el sofá.





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