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El último suspiro

🌟🌟🌟


Costa-Gavras es uno de los santos que se veneran en mi iglesia. “Missing” y “La caja de música” son dos películas milagrosas que esperan una cuarta o quinta oración en el altar dedicado a los franceses. Costa-Gavras, además, es un tocacojones de los poderes económicos. Uno de los últimos valientes que se atreven a denunciar que los emperadores caminan desnudos y nos dan por el culo casi todas las mañanas. Sus últimas películas anticapitalistas eran un poco muermo, medio fallidas y olvidables, pero yo las veía con el puño izquierdo levantado al menos durante cinco minutos, hasta que me cansaba de la postura.

Digo esto porque “El último suspiro” es otra película muy fallida y no me gustaría venir aquí, como otras veces, a perpetrar un escarnio de cinéfilo desagradecido. Los críticos profesionales han dicho que bueno, que no está mal, que “El último suspiro” es el último regalo del maestro y esas cosas que se dicen cuando el respetado tiene más de noventa años y quedaría muy mal atacar su desvarío. Retórica. 

“El último suspiro” no tiene planteamiento, nudo ni desenlace. Argumentalmente es tan plana como las llanuras de Castilla. Es un documental, más que una película. En ella, el doctor  Masset va presentando al filósofo Toussaint a todos los pacientes ingresados en su unidad de paliativos, cada uno con su modo particular de deslizarse hacia la muerte. Hay pacientes resignados, pacientes aterrorizados, pacientes que ya están medio drogados y no pueden filosofar... 

Viendo la película es imposible no pensar que uno, algún día, si no media un accidente o un infarto fulminante, estará ahí mismo, en esa cama del hospital, jugando sin apenas moverse el tiempo de descuento. Un día de estos, quizá mañana mismo, o quizá dentro de veinte años, entraré vivo en la consulta de un médico y saldré de ella medio cadáver pero andando. Saldrá algo en el análisis o en la imagen que me separará ya para siempre de los vivos. Me presumo un cobarde, pero quizá me azuce la valentía. Nadie se conoce de verdad.






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Missing

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Este hombre con sombrero que aterriza en Santiago de Chile es un republicano como Dios manda al que Henry Kissinger y su colega acaban de dejar sin hijo, torturado y tiroteado por ahí. Pero él, claro, todavía no lo sabe... Jack Lemmon es un yanqui proverbial que solo en la desgracia personal descubrirá -oh, sorpresa- que en su gobierno también caben las manzanas podridas y los sepulcros blanqueados. Los pecadores de la pampa, y también los pecadores de la pradera. 

Uno se pasa toda la película llamándole gilipollas por no darse cuenta de que le están engañando como a un chino de Taiwán. En la embajada de Estados Unidos saben de sobra que su hijo ha sido asesinado por el ejército amigo, pero prefieren dejarlo correr a ver si el padre se cansa de preguntar, regresa a Nueva York y deja de dar tanto por el culo. Tampoco van a decirle, claro, que su hijo era un periodista demasiado curioso y preguntón que se merecía de sobra el escarmiento. Un grano en el culo que había que extirpar aunque fuese un grano compatriota.

Pero es que ni siquiera al final de la película, cuando Jack Lemmon conoce la verdad y rompe a llorar, este hombre empecinado aprende la lección. Es un caso perdido, la verdad. No es cierto eso que ponen por ahí en algunas reseñas: que el personaje se cae el caballo camino de Damasco y asume que el gobierno americano es un imperio colonial y militarista; un grupo de cowboys trajeados que defienden el "american way of life" deponiendo gobiernos, ensalzando a psicópatas y asesinando a sus propios compatriotas si estos huelen a socialistas. 

Antes de tomar el avión de regreso a Estados Unidos, Jack Lemmon amenazará con recurrir a los tribunales sin entender que los tribunales sirven a la ley, y que la ley la quitan y la ponen esos mismos hijos de puta que le despiden en el aeropuerto con una sonrisa en la cara y una bala en el bolsillo.





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El capital

🌟🌟🌟

Faltaba Costa-Gavras, el viejo guerrero de la izquierda europea, por darnos su versión particular de esta crisis financiera que nos está dejando con el culo al aire. Costa-Gavras lleva décadas denunciando a los poderosos en sus películas, y se ha ganado el derecho de gritarnos que él ya advirtió de esta catástrofe antes que nadie. Antes ya le había zurrado a los militares y a los curas en películas como Missing o Amen; ahora, en El Capital, saca el cinturón de púas para zurrar a los banqueros, y completar así su trilogía personal sobre los explotadores de los pobres. Es la misma chusma que una vez inmortalizó Ivá en su álbum de Makinavaja: Curas, guardias, chorizos y otras gentes de mal vivir.



            Si otras películas del subgénero bursátil optaron por retratar a esta gentuza de los trajes carísimos sin entrar en el intríngulis económico de los números, Costa-Gavras ha preferido hacer un poco de pedagogía con el espectador. Aunque no es un documental, los personajes de El Capital explicotean sus asuntos como si fueran radiándose a sí mismos. Te compro por esta razón y te vendo por esta otra. A muchos, por lo que leo en internet, les ha molestado el experimento. Lo consideran redundante y ofensivo, pues ellos, al parecer, ya vivían muy enterados de estos asuntos monetarios y fiscales. Lo de los fondos tóxicos es un tema que manejan con la misma soltura que las reglas del fútbol. Uno, sin embargo, como el niño más tonto de la clase, agradece este esfuerzo de Costa-Gavras por hacernos entender la materia, aunque luego la película no sea gran cosa y uno empiece a olvidarla nada más verla. 

Mi incapacidad para entender la economía ya es legendaria por estos pagos. En estas películas de ejecutivos siempre hay uno que vende y uno que compra, uno que pica y uno que estafa, pero nunca acierto a distinguier quien es quien. Me fijo en los jetos para identificar al tiburón de mirada más fría y dentadura más afilada, pero aquí, en El capital, los actores han sido sabiamente elegidos, y todos nadan con el mismo rostro inexpresivo y asesino. El que no es más hijoputa es porque no puede, no porque sea más humano, o tenga más escrúpulos. Es la vida misma, en las altas esferas, y en los fondos abisales.






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