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Costa-Gavras es uno de los santos que se veneran en mi iglesia. “Missing” y “La caja de música” son dos películas milagrosas que esperan una cuarta o quinta oración en el altar dedicado a los franceses. Costa-Gavras, además, es un tocacojones de los poderes económicos. Uno de los últimos valientes que se atreven a denunciar que los emperadores caminan desnudos y nos dan por el culo casi todas las mañanas. Sus últimas películas anticapitalistas eran un poco muermo, medio fallidas y olvidables, pero yo las veía con el puño izquierdo levantado al menos durante cinco minutos, hasta que me cansaba de la postura.
Digo esto porque “El último suspiro” es otra película muy fallida y no me gustaría venir aquí, como otras veces, a perpetrar un escarnio de cinéfilo desagradecido. Los críticos profesionales han dicho que bueno, que no está mal, que “El último suspiro” es el último regalo del maestro y esas cosas que se dicen cuando el respetado tiene más de noventa años y quedaría muy mal atacar su desvarío. Retórica.
“El último suspiro” no tiene planteamiento, nudo ni desenlace. Argumentalmente es tan plana como las llanuras de Castilla. Es un documental, más que una película. En ella, el doctor Masset va presentando al filósofo Toussaint a todos los pacientes ingresados en su unidad de paliativos, cada uno con su modo particular de deslizarse hacia la muerte. Hay pacientes resignados, pacientes aterrorizados, pacientes que ya están medio drogados y no pueden filosofar...
Viendo la película es imposible no pensar que uno, algún día, si no media un accidente o un infarto fulminante, estará ahí mismo, en esa cama del hospital, jugando sin apenas moverse el tiempo de descuento. Un día de estos, quizá mañana mismo, o quizá dentro de veinte años, entraré vivo en la consulta de un médico y saldré de ella medio cadáver pero andando. Saldrá algo en el análisis o en la imagen que me separará ya para siempre de los vivos. Me presumo un cobarde, pero quizá me azuce la valentía. Nadie se conoce de verdad.

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