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El último caballo

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En España, digan lo que digan, está mal visto cuidar de los animales. Lo mismo ahora que en 1950, cuando Fernán Gómez se apiadó de su caballo. Mostrarse sensible con un animal es un comportamiento... muy poco español. Una debilidad de mujeres o de maricones. De hecho, a Fernán Gómez, en la película, sus desvelos por “Bucéfalo” le cuestan el amor de su novia botarate. Bendito sea, después de todo, el caballo que lo sacó de su error justo cuando ya iba a casarse en la España sin divorcios. 

(El otro día vi a la camarera más buenorra de La Pedanía darle puntapiés a dos gatos que pedían comida entre los clientes y creo que ya nunca volveré por sus dominios. Nada más poco erótico que dos gatetes rechazados). 

Lo recio, lo varonil, lo que el Señor dejó santificado en las Sagradas Escrituras, es torturar a los animales en las plazas o arrinconarlos en las ciudades. Cazarlos, apalearlos, exterminarlos... Hacerles daño. Mantenerlos atados o encerrados en cochiqueras. Es verdad que cada vez hay menos desalmados, menos hijos de la gran puta, pero siguen siendo mayoría porque antes eran casi todos. Parecía que las nuevas generaciones iban a erradicarlos del ecosistema pero ya están reproduciéndose otra vez: los cachorros del fascismo son como conejos descerebrados. 

“El último caballo” no va de todo esto. O sí, pero solo un poco. La película de Neville es un canto al aire puro y a la vida en el campo. Utiliza el caballo como símbolo de los tiempos silenciosos que ya nunca volverán, sin coches ni camiones, ni motos en la madrugada. A Edgar Neville le debía de pasar lo mismo que a mí, que aborrecía los motores de combustión: su ruido, su peste, su omnipresencia. Sus gases cancerígenos. Un mal necesario, pero abominable. 

También parecía que las nuevas generaciones iban a sustituirlos por los motores eléctricos y ya ves tú: ahí está Trump invadiendo Venezuela, o Groenlandia, para relanzar la producción.





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