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El buscavidas

🌟🌟🌟🌟🌟

Mi hijo, de pequeño, era conocido en los ambientes familiares como el "Paul Newman” porque era rubio, y guapetón, y tenía unos ojos que iban alternando los colores del mar. Cualquier desconocido hubiera apostado cuatro dólares a que no era mi hijo de verdad. 

En esa época nos agarró el vicio del billar y coincidió que yo estaba gordo en demasía, abandonado, así que para completar el elenco de “El buscavidas” yo hacía de Minnesota Fats, el Gordo de Minnesota, al que Eddie Felson desafiaba con toda la chulería de su juventud. 

Estábamos tan flipados con el billar que un verano, en Madrid, compramos un juego de bolas de snooker y dos tacos medio profesionales fabricados en Inglaterra. Al comenzar el colegio lo trajimos todo a La Pedanía para jugar en un bar donde nos alquilaban una mesa y nos dejaban usar nuestras propias bolas madrileñas. Éramos casi una atracción de feria para los parroquianos: por un lado Retoño, tan pequeño, que  llegaba montado en su bicicleta de Mickey Mouse, y por el otro lado yo, tan osuno, subido en una bici desvencijada que usaba para hacer los recados. 

Entrábamos en aquel garito bromeando, pero en el fondo reconcentrados, dispuestos a despedazarnos, cada uno con su taquera de tela cruzada en bandolera, como si fuéramos mogoles que venían a conquistar la verde pradera del tapete con su arco y su carcaj.

En aquel tiempo yo le pedía al chaval que viera “El buscavidas” para que entendiera por qué le llamaba "Felson, el Rápido” y por qué Minnesota Fats era mi primer avatar en los tiempos de internet. Pero él se rascaba el cogote preadolescente y me decía que no, que mejor otro día, porque la cinefilia, como mi fealdad, nunca arraigó en su ADN. Además, él veía en la carátula del DVD -de este mismo DVD- que la película era en blanco y negro y que duraba más de horas eternizantes. Cada vez que cojo “El buscavidas” de la estantería me acuerdo de todo aquello y me parece que también sucedió en blanco y negro, en un pasado medio feliz pero lejanísimo.





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Patton

🌟🌟🌟

Recuerdo haber visto Patton de niño, con diez o doce años, en un reestreno para la pantalla grande que entonces era práctica habitual. Había batallas, tanques, cañonazos, y el general Patton soltaba muchas veces la expresión “hijo de perra”. La fiesta absoluta para un niño de barrio.... Eran una fiesta, sí, las películas de guerra. Nunca nos perdíamos una cuando la daban en la tele, o cuando la ponían en el cine. Sobre todo si era de la II Guerra Mundial, que nos la sabíamos de cabo a rabo, desde las playas de Iwo-Jima hasta las playas de Dunquerque.

       Si caía un soldado alemán nos alegrábamos, porque ellos eran los malos, los jodidos teutones. Caían a decenas, en cada cañonazo, lanzados al aire como guiñapos por la fuerza tremebunda de la onda expansiva, portadora de la verdad y de la democracia. Los alemanes siempre se llamaban Otto, o Hans, o Karl, y merecían la suerte que les había deparado el destino, por estar en el lado equivocado de la trinchera. Sentíamos pena, en cambio, si el que moría era un soldado americano, porque era una muerte siempre injusta, agónica, en la última bala de los diez ametrallamientos que lo persiguieron, con música muy sentida mientras transmitía sus últimos deseos a los compañeros. Al final siempre lo enterraban en una fosa improvisada, con su fusil haciendo de cruz, y en la culata que sobresalía grababan Sam, o Bill, o Jim, el nombre invariablemente monosilábico del muchachote que se había ganado nuestra simpatía porque guardaba bajo el colchón la foto de su novia rubia en bikini.

       De niños teníamos estos sentimientos, sí, pero no íbamos al cine para conmovernos por el drama humano. Sabíamos que esas batallas no eran inventadas, que habían causado muertes reales en escenarios sangrientos del pasado. Pero era un conocimiento sin emoción, neutro, como el que se aprende en un libro de texto. A nosotros nos interasaba ver en acción a los Panzer, a los Stukas, a los Spitfire, a los lanzallamas que casi siempre llevaban los alemanes y que arrasaban con un montón de soldados aliados a la vez, en un churrascazo de mucho cuidado que nos dejaba muertos de envidia. Quién tuviera uno así, en el cole, para freír a unos cuantos capullos en su punto… Éramos unos pequeños psicópatas, unos pequeños cabronazos insensibles. Unos monstruos fascinados por la tecnología de la muerte.

       Hoy he vuelto a ver Patton. Es una película que se ha quedado vieja. Muy vieja. Ya no puede conmover a nadie, excepto a los carcamales que sueñan con pasados heroicos, y con marchas militares sobre Cataluña. Hoy en día, la glorificación de un militar es igual de ridícula que la glorificación de un político. O de un obispo. Ya sabemos quiénes son, los unos y los otros. Sabemos de sobra qué les anima, qué les reconcome, qué les mueve a la acción. Qué mierda esconden detrás de las grandes palabras y de los grandes gestos. No son trigo limpio. Nunca lo fueron. Patton, la película, con su amable retrato del generalote malhablado y campechano, ya es prehistoria del cine.




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