El buscavidas
El político
🌟🌟🌟
La democracia está tan devaluada que la moraleja de
“El político” ya no escandaliza a los espectadores. Estamos vacunados de
espanto. Casi ochenta años nos contemplan desde que Robert Rossen denunciara
los mecanismos de la corrupción, aunque sea la corrupción en los campos de
Montana. Al final todas las corruptelas se parecen. El parecido físico de
Broderick Crawford con Jesús Gil ayuda mucho a establecer paralelismos.
El ciudadano del siglo XXI ya tiene asumido que la
democracia es una farsa necesaria. Un engañabobos. La democracia es el palco
del Bernabéu, estúpido, y la cacería en la sierra, y la regata en aguas
gallegas. La democracia es eso que nunca trasciende a los medios informativos. La
democracia, despojada de palabrerías y oropeles, no es más que la salvaguarda incruenta
de los intereses comerciales. Pero ojo, no nos engañemos: en el momento en el
que fallan las cuentas, los mandamases organizan golpes de estado más o menos
públicos, más o menos espectaculares, y eligen otra democracia más ajustada a
las matemáticas.
Es tristísimo, sí, pero siempre será preferible la dictadura
numérica de las empresas a la dictadura sangrienta de los militares. Mejor
Guatemala que Guatepeor. Si hay que elegir entre un gobernador corrupto de
Montana y un general bigotudo con el arma calentita, es preferible taparse la
nariz y celebrar la fiesta de las urnas. Eso es, en definitiva, lo que se
dirime en un domingo decisivo: la esperanza de encontrar una cara amable y una
intención noble, aunque solo sea eso, la intención. Las empresas, al menos, te mantienen
vivo, aunque cabreado, para que sigas comprando sus productos, y tienen el buen
gusto de no organizar desfiles marciales de tiburones trajeados y de ejecutivas
agresivas. No, al menos, en plena calle.

