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El buscavidas

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Mi hijo, de pequeño, era conocido en los ambientes familiares como el "Paul Newman” porque era rubio, y guapetón, y tenía unos ojos que iban alternando los colores del mar. Cualquier desconocido hubiera apostado cuatro dólares a que no era mi hijo de verdad. 

En esa época nos agarró el vicio del billar y coincidió que yo estaba gordo en demasía, abandonado, así que para completar el elenco de “El buscavidas” yo hacía de Minnesota Fats, el Gordo de Minnesota, al que Eddie Felson desafiaba con toda la chulería de su juventud. 

Estábamos tan flipados con el billar que un verano, en Madrid, compramos un juego de bolas de snooker y dos tacos medio profesionales fabricados en Inglaterra. Al comenzar el colegio lo trajimos todo a La Pedanía para jugar en un bar donde nos alquilaban una mesa y nos dejaban usar nuestras propias bolas madrileñas. Éramos casi una atracción de feria para los parroquianos: por un lado Retoño, tan pequeño, que  llegaba montado en su bicicleta de Mickey Mouse, y por el otro lado yo, tan osuno, subido en una bici desvencijada que usaba para hacer los recados. 

Entrábamos en aquel garito bromeando, pero en el fondo reconcentrados, dispuestos a despedazarnos, cada uno con su taquera de tela cruzada en bandolera, como si fuéramos mogoles que venían a conquistar la verde pradera del tapete con su arco y su carcaj.

En aquel tiempo yo le pedía al chaval que viera “El buscavidas” para que entendiera por qué le llamaba "Felson, el Rápido” y por qué Minnesota Fats era mi primer avatar en los tiempos de internet. Pero él se rascaba el cogote preadolescente y me decía que no, que mejor otro día, porque la cinefilia, como mi fealdad, nunca arraigó en su ADN. Además, él veía en la carátula del DVD -de este mismo DVD- que la película era en blanco y negro y que duraba más de horas eternizantes. Cada vez que cojo “El buscavidas” de la estantería me acuerdo de todo aquello y me parece que también sucedió en blanco y negro, en un pasado medio feliz pero lejanísimo.





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El político

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La democracia está tan devaluada que la moraleja de “El político” ya no escandaliza a los espectadores. Estamos vacunados de espanto. Casi ochenta años nos contemplan desde que Robert Rossen denunciara los mecanismos de la corrupción, aunque sea la corrupción en los campos de Montana. Al final todas las corruptelas se parecen. El parecido físico de Broderick Crawford con Jesús Gil ayuda mucho a establecer paralelismos.

El ciudadano del siglo XXI ya tiene asumido que la democracia es una farsa necesaria. Un engañabobos. La democracia es el palco del Bernabéu, estúpido, y la cacería en la sierra, y la regata en aguas gallegas. La democracia es eso que nunca trasciende a los medios informativos. La democracia, despojada de palabrerías y oropeles, no es más que la salvaguarda incruenta de los intereses comerciales. Pero ojo, no nos engañemos: en el momento en el que fallan las cuentas, los mandamases organizan golpes de estado más o menos públicos, más o menos espectaculares, y eligen otra democracia más ajustada a las matemáticas.

Es tristísimo, sí, pero siempre será preferible la dictadura numérica de las empresas a la dictadura sangrienta de los militares. Mejor Guatemala que Guatepeor. Si hay que elegir entre un gobernador corrupto de Montana y un general bigotudo con el arma calentita, es preferible taparse la nariz y celebrar la fiesta de las urnas. Eso es, en definitiva, lo que se dirime en un domingo decisivo: la esperanza de encontrar una cara amable y una intención noble, aunque solo sea eso, la intención. Las empresas, al menos, te mantienen vivo, aunque cabreado, para que sigas comprando sus productos, y tienen el buen gusto de no organizar desfiles marciales de tiburones trajeados y de ejecutivas agresivas. No, al menos, en plena calle.




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