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Valor sentimental

🌟🌟🌟


Desde que tengo recuerdo de mis días, el viernes por la noche es el momento más feliz de la semana. Cuando era niño, como una excepción a la regla monacal, los viernes cenábamos delante de la tele, en el salón, viendo el “Un, dos, tres” de Maira Gómez Kemp con aquellos concursantes pazguatos que preferían un utilitario de valor monetario X a un apartamento en Torrevieja, Alicante, de valor monetario 5X o superior. 

El viernes era el único día de la semana en el que estaba eximido de hacer los deberes. Cenábamos tortilla francesa con jamón york y yo no concebía mayor felicidad que tener dos días por delante sin tener que acudir al presidido del colegio. El “Un, dos, tres” tiene para mí mucho valor sentimental y por eso lo traigo a colación.

Luego, de mayor, porque en realidad nunca me fugué del colegio, cuando no hay mujer a la que cortejar ni amigo al que cultivar reservo ese momento para ver las películas que intuyo magníficas y placenteras. Llevaba tiempo, por ejemplo, oyendo hablar maravillas de “Valor sentimental”, y este viernes desangelado decidí nombrarla dama interina de la corte y princesa nórdica de las holganzas. 

La iba a ver igual porque en ella trabaja Renate Reinsve, y yo, que soy el caballero andante de su gloria, siempre voy por donde pisa Renate, por donde habla Renate, por donde respira Renate... Sin ser ciertamente la mujer más guapa de entre todas las escandinavas, Renate es un ideal de belleza que anida en lo más profundo de mis sueños: un canon fenotípico que me despierta instintos del Precámbrico e incluso de tiempos anteriores.

“Valor sentimental” lo tenía todo para justificar su flamante elección: el drama bergmaniano, y Renate, y los premios, y la vida siempre envidiable de los noruegos. Pero al final ha sido una decepción inesperada. “Valor sentimental” es un drakar vikingo que atraca en demasiados puertos emocionales. Es dispersa y confusa. Nos faltan datos y nos sobran silencios. Yo, al menos, camino por ella más bien perdido y perplejo. Es una película rara, un minimalismo megalómano. No me emociona para nada. Ni siento ni padezco. No tiene valor sentimental para mí.





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Thelma

🌟🌟🌟

Quien más quien menos -incluso los más ateos del pelotón- llevamos dentro las admoniciones del Catecismo, aquel librillo que estudiamos en el colegio y en la parroquia cuando nos embaucaron con el asunto de la Primera Comunión a cambio de los regalos prometidos: el primer reloj, y la bici de montaña, y el balón de baloncesto. Nos compraron el alma inocente por un puñado de juguetes... Y escondido entre ellos, agazapado y traidor, el gusanillo de la conciencia, que aprovechó nuestro primer sueño de comulgados para instalarse en nuestra culpa. 

    En los primeros picores de la adolescencia, los curas nos obligaron a elegir entre el deseo sexual y las lágrimas del niño Jesús, que al parecer lloraba de rabia cuando nos tocábamos las partes, o deseábamos que una chica nos las tocara. El sexo húmedo y el catolicismo reseco eran dos prácticas incompatibles, como la relatividad de Einstein y la mecánica cuántica. A falta de una teoría global, unificadora, que aunara todas las ecuaciones en una solitaria y maravillosa alegría, la mayoría decidimos pasarnos al otro lado de la decencia, aún a riesgo de la chamuscación eterna de las plantas de los pies, y de la punta de la polla.

    Todavía hoy, en el otoño de la edad, cuando ya caen las primeras nieves sobre nuestro cabellos y vamos a cometer un acto impuro -o nos lo cometen- una parte de nosotros, mayoritaria en el parlamento de nuestra razón, siente la alegría del sexo que se anuncia, la felicidad de sentirse uno vivo, corpóreo y deseado. Pero al mismo tiempo, como un ruido de fondo, como una interferencia levísima que ensombrece un poco la fiesta, sentimos al gusanillo de la conciencia desperezarse un poquitín, roer una o dos neuronas con sus dientecillos afilados. Porque ahí sigue, el cabronazo, como un alien diminuto que nunca eclosionó, nunca extirpado del todo, casi siempre dormido o anestesiado, pero siempre presente en cualquier deseo y tentación. Da igual que hayamos renegado tres veces y las tres mil que siguieron. Es ese puto y lejano runrún, el masticar de las hojas de morera...

    Nada grave, por supuesto. Nada que nos impida seguir pecando alegremente. Nada que ver con los terribles sufrimientos de Thelma, la chica de la película, la temible telepática, la adorable chica confusa que diría Ignatius Farray. Esta pobre noruega que cada vez que siente la punzada del deseo nota que el gusanillo la devora por dentro a dentelladas, a desgarrones, como el hijo de puta mal nacido que en realidad es, y que le provoca unos trances como los de Carrie White en la novela de Stephen King. Vuelan las cosas, y mueren los pájaros, y se desgarra el espacio-tiempo, y es mejor que nadie pase por las cercanías...





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