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La peor persona del mundo

🌟🌟🌟🌟


Julie no es la peor persona del mundo. Lo que pasa es que nos ponen ese título para que piquemos con el mando. Para retenernos en el sofá con una dosis de misterio.

“¿Quién será esa persona tan malvada y qué atrocidades estará cometiendo?”, nos preguntamos con alarma. Cualquiera menos esa noruega tan guapa que corre por la calle, nos decimos. El efecto halo se impone sobre la lógica. Las noruegas hermosas, como aquella modelo que pudo ser la reina de España, son las criaturas preferidas del Señor y es imposible que en sus almas anide la maldad. Tiene que ser, por fuerza, un título con doble sentido, metafórico, una cosa que se dice, porque la peor persona del mundo ahora es presidenta de comunidad autónoma y reside en nuestro país.

Julie, la chica del cartel, ni siquiera es mala. Simplemente es... Julie. Y Julie es como todos. Busca su sitio, como Raquel. A punto de cumplir 30 años está persiguiendo el hombre ideal, el trabajo adecuado, la maternidad asumible..., pero no termina de ubicarse. Julie parece un poco inmadura, un poco perdida, pero yo creo que en el fondo disimula. Julie no necesita esforzarse demasiado: es muy guapa, lanzada, una chica de hoy en día. La vida vendrá a buscarla a la puerta de su casa cuando menos se lo espere, y mientras tanto, mientras pasan los días y los hombres, disfruta de la vida.

Julie, a nuestras madres, puede parecerles una vaca sin cencerro. Incluso un pendón verbenero, con los raseros anticuados. Una estudiante sin recorrido y una fiestera de la noche. De la noche boreal, o del sol de medianoche. Pero Julie, simplemente, no se ata. No se conforma. Piensa que siempre hay algo mejor, o alguien mejor, a la vuelta de la esquina. Julie es una escandinava del siglo XXI y eso es como ir al frente en la carrera evolutiva. Ella piensa de otro modo, práctico y jovial. Las mujeres del norte son las zapadoras que van por delante de nuestros ejércitos. Ellas construyen puentes y desbrozan caminos. Quitan las minas. Tapan las bocas. Corren alegres.



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Valor sentimental

🌟🌟🌟


Desde que tengo recuerdo de mis días, el viernes por la noche es el momento más feliz de la semana. Cuando era niño, como una excepción a la regla monacal, los viernes cenábamos delante de la tele, en el salón, viendo el “Un, dos, tres” de Maira Gómez Kemp con aquellos concursantes pazguatos que preferían un utilitario de valor monetario X a un apartamento en Torrevieja, Alicante, de valor monetario 5X o superior. 

El viernes era el único día de la semana en el que estaba eximido de hacer los deberes. Cenábamos tortilla francesa con jamón york y yo no concebía mayor felicidad que tener dos días por delante sin tener que acudir al presidido del colegio. El “Un, dos, tres” tiene para mí mucho valor sentimental y por eso lo traigo a colación.

Luego, de mayor, porque en realidad nunca me fugué del colegio, cuando no hay mujer a la que cortejar ni amigo al que cultivar reservo ese momento para ver las películas que intuyo magníficas y placenteras. Llevaba tiempo, por ejemplo, oyendo hablar maravillas de “Valor sentimental”, y este viernes desangelado decidí nombrarla dama interina de la corte y princesa nórdica de las holganzas. 

La iba a ver igual porque en ella trabaja Renate Reinsve, y yo, que soy el caballero andante de su gloria, siempre voy por donde pisa Renate, por donde habla Renate, por donde respira Renate... Sin ser ciertamente la mujer más guapa de entre todas las escandinavas, Renate es un ideal de belleza que anida en lo más profundo de mis sueños: un canon fenotípico que me despierta instintos del Precámbrico e incluso de tiempos anteriores.

“Valor sentimental” lo tenía todo para justificar su flamante elección: el drama bergmaniano, y Renate, y los premios, y la vida siempre envidiable de los noruegos. Pero al final ha sido una decepción inesperada. “Valor sentimental” es un drakar vikingo que atraca en demasiados puertos emocionales. Es dispersa y confusa. Nos faltan datos y nos sobran silencios. Yo, al menos, camino por ella más bien perdido y perplejo. Es una película rara, un minimalismo megalómano. No me emociona para nada. Ni siento ni padezco. No tiene valor sentimental para mí.





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A different man

🌟🌟🌟


A Renate Reinsve la conocimos en provincias cuando pasaron por Movistar “La peor persona del mundo”, aquella película noruega que presumía de varios premios y alabanzas en su cartel promocional. 

Se suponía que Renate interpretaba a una persona ruin y despreciable, pero luego, al final, la cosa no era para tanto: su personaje solo era una mujer frívola, algo perdida e inmadura: la hija irremediable de estos tiempos modernos donde el amor ya no soporta la menor de las contrariedades. Yo esperaba, no sé, una asesina profesional, o una cabeza coronada, o una presidenta de comunidad autónoma que anima a sus votantes a beber cervezas sin parar. 

Recuerdo que quedé completamente prendado de esta actriz que vino del frío y de los fiordos. Son cosas que todavía nos pasan a los hombres sin reciclar. Lo digo porque a enamorarse platónicamente de una actriz -un acto reflejo tan inocente y tan viejo como el propio cine- ahora, las feministas, en su Diccionario de Neolengua, lo llaman “cosificar”. Pero se pongan como se pongan, los amores como éste mío por Renate no son más que bobadas ideales, inocuas, de tertulia de cinéfilos. Ensoñaciones diurnas mientras uno nada en la piscina o friega los platos en la cocina. Una sublimación pixelada de los instintos. 

De hecho, si Renate Reinsve fuera mi vecina, yo jamás soñaría con que ella me concediera sus favores. En mi caso por viejo, y por feo, y por pobre, y en el caso del prota de la película por tener el rostro devastado por la misma neurofibromatosis que padecía el hombre elefante. 

Las mujeres como Renate, en el mundo real -porque es ley de vida y axioma de la selección natural- siempre salen con hombres muy guapos o forrados de dinero. Es por eso que “A different man” yo la colocaría en el género de la ciencia-ficción más desopilante. Su trama transcurre en un universo paralelo donde las noruegas implacables salen con pescaderos poetas o con funcionarios del grupo B. O con pobres desgraciados que sin un duro en el bolsillo tratan de disimular la monstruosidad de su rostro con la simpatía de su carácter. 




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