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Isla bonita

🌟🌟🌟🌟

El que tiene una casa en Menorca, o un casoplón, ya tiene la vida resuelta y no comparte nuestras cuitas. O es un extranjero del pasaporte o un extranjero del interior. En el 90% de los casos, un enemigo de nuestra clase. Su única preocupación es contemplar el atardecer para que se desplieguen los colores, mientras el mundo de los parias, el de los desheredados inmobiliarios, se deshace a su alrededor con un eco quejumbroso. Esto era cierto en 2015 y es mucho más cierto once años después.  

“Isla bonita” es como un homenaje de Fernando Colomo a las películas de Rohmer. Aquí todo el mundo es burgués, o burguesón, y las conversaciones nunca van de cinturones apretados ni de rebajas en el súper. Aquí se habla de elegir la mejor berenjena para comer, la mejor gamba para cenar, la mejor compañía para echar un polvo por la noche. Ofertas nunca te faltan en una casa junto al mar. El mero hecho de poseerla ya te hace más guapa, o más interesante, o más gracioso en las tertulias. Es... pura magia. 

En “Isla bonita” no hay prisas ni depresiones, ni nubarrones en lontananza. Hay muchas discusiones conyugales, sí, pero despojadas de tragedia. Al final todo el mundo salta con red y encuentra su acomodo. 

Menorca tiene que ser la hostia, tío, pero también es verdad que la versión de Fernando Colomo parece idílica y falseada. ¿Dónde están los guiris, las motos, los españoles que dan voces por la calle? Esta Menorca de Colomo es como de temporada baja, o como de anuncio publicitario. Un paraíso tentador, sí, pero con algo de ficticio. Una cosa es que Menorca no esté tan masificada como Mallorca y otra que los turoperadores aún no se hayan enterado de su existencia, como si allí todavía vivieran los talayóticos, o los honderos. 



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Doctor Portuondo

 🌟🌟🌟🌟


Mi ejemplar de “Doctor Portuondo” lleva más de dos años secuestrado en la biblioteca de una ex amante. A veces, en las horas más tristes del día, me pregunto qué será de él, junto a los otros rehenes infortunados, en esas estanterías que seguramente ahora recorre otro dedo masculino mientras musita: “Qué interesante es todo esto...”. Hay que joderse. 

Qué tiene que sentir -o mejor dicho, no sentir- una mujer que se apropia de mis libros y luego se queda tan oreada, o tan pancha, como ella decía. Qué le pasa por la cabeza -o qué no le pasa- cuando los descubre allí quitando el polvo o buscando otros libros para leer. ¿Se encoge de hombros? ¿Se ríe como una malvada? ¿Le importa todo tres cojones y medio? Da igual... Como nunca les puse ex libris creo que no los puedo reclamar en la comisaría. La verdad es que nunca he sabido cómo va este asunto de los libros robados a las ex parejas: qué coño libros retenidos, o secuestrados. 

Aquel libro fue mi primer acercamiento a este neurótico tan peculiar llamado Carlo Padial. “Doctor Portuondo” tenía grandes hallazgos y varias pajas mentales carentes de interés, pero mi ex lo descubrió un día en mi biblioteca y se lo echó al morral porque, según me dijo en ese momento, le interesaban mucho las cosas relacionadas con la psiquiatría. Hay que ser un imbécil como yo para no comprenderlo todo de sopetón.

Tras el robo, Carlo Padial quedó reprimido en mi subconsciente hasta que hace poco, en la radio, Berto Romero recomendó su podcast emitido desde Marte. De pronto me acordé de mi libro y me pudo la curiosidad de saber qué había sido de Carlo Padial tras aquellas sesiones de psicoanálisis con el doctor Portuondo. Fue así como llegué, con mucho retraso, a esta serie que versiona alegremente lo que en aquel libro se contaba. 

Porque a mí, como a mi ex, también me interesan mucho las cosas de los psiquiatras, pero por motivos ajenos a los suyos. Yo voy tras la exégesis perpetua del psicoanálisis, que es esa sabiduría que mi abuelo Sigmund enseñaba a los gentiles para aportar luz sobre nuestro eterno conflicto con el antropoide interior. El deseo sexual enfrentado a la razón.





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