Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Colomo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fernando Colomo. Mostrar todas las entradas

Las delicias del jardín

🌟🌟🌟


La última vez que estuve en el Museo del Prado quise pararme con tiempo ante “El jardín de las delicias”. Siempre empiezo con las Pinturas Negras de Goya y allí me pierdo y me abismo en pensamientos. Pero esa vez me dije: no, vamos a diversificar la mirada. A ampliar el espectro. A estirar la antena de mi boina. 

Pero cuando llegué ante el cuadro me fue imposible meter la cabeza. Los grupos de japoneses -¿o eran chinos?- son el impedimento más moderno que se ha inventado para acceder a la cultura. “El jardín de las delicias” hay que mirarlo de cerca, con detalle, porque todo en él es detalle y no merecía la pena contemplarlo a metros de distancia. Dentro del cuadro hay muchos Wallys desnudos, muchos pecadores de la pradera enredando por las esquinas. 

Había olvidado por completo aquel empeño cultural hasta que esta noche, viendo “Las delicias del jardín”, mencionaron el cuadro como fuente de inspiración para ese pintor ficticio que encarna Fernando Colomo: un fistro que quiere plasmar en un tríptico los pecados modernos asociados al capitalismo -la avaricia, el fascismo, el postureo-,  dejando de lado la lujuria porque la lujuria, en el siglo XXI, ya ni siquiera es pecado para los curas. 

Pero su personaje tiene una mano boba, y una inspiración ya marchitada, y no tendrá más remedio que confiarle la obra a su hijo descarriado: un pintor demasiado fumado que además adora a Javier Milei y cree que el capitalismo ha venido a salvarnos de la barbarie. Así que “Las delicias del jardín” tendrá que ser replanteado una y diez veces en esta nueva ocurrencia de Fernando Colomo como director. 

Hacía diez años que Colomo no rodaba nada decente desde “Isla Bonita”. Y es una pena, la verdad, porque Colomo fue un referente en los tiempos insubordinados. Uno de los nuestros. El otro día, in ir más lejos, me puse a canturrear “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” por el pasillo del colegio. Puro Burning. Puro Colomo. Acababa de cruzarme con una compañera que no pertenece a este jardín errático y errado que el Bosco hubiera retratado como nadie. 







Leer más...

¿Qué fue de Jorge Sanz? III

🌟🌟🌟🌟

Cuando las cosas van bien conviene prepararse para lo peor. La cima de la felicidad es también el kilómetro cero de la desgracia. Lo dice el I Ching y yo firmo debajo con mi número del DNI. 

Un pesimista es un realista que ha vivido lo suficiente para saber que a una buena racha le sigue, más temprano que tarde, un revés de la fortuna. Y no sólo eso: que a una mala racha no tiene por qué seguirle forzosamente una buena. Esto no es un camino de ida y vuelta. Los estados malditos o desgraciados, aún no sabemos cómo, tienden a perpetuarse o a volverse más desgraciados todavía. Es como un axioma gamberro de la vida. Una entropía que es la cuarta ley de la termodinámica.

En la tercera y última entrega de “¿Qué fue de Jorge Sanz?”, el trasunto de Jorge  ha dejado de hacer el panoli y ha vuelto a probar las mieles del éxito. Es por eso que desde el minuto 1 ya sabemos que la desgracia va a cernirse sobre él en el minuto 105... Pero hasta entonces que le quiten lo bailado. El infarto de miocardio, como sucede en muchas resurrecciones, pudo haberle matado pero le ha regalado una segunda oportunidad. Jorge ya no bebe, ya no esnifa, ya no eliges malos proyectos. Ha vuelto a rodar una película gracias a la confianza de los hermanos Trueba. Jorge ha tomado las riendas de su carrera y para ello ha contratado a una representante de verdad tras despedir al amigo gordinflas que antes vendía quesos por las ferias.

Jorge ya no se acuesta con directoras de sucursales bancarias para que le aporten dineros metidos en un sobre. Si en temporadas anteriores sus hijos casi eran una molestia, ahora se los lleva a los rodajes y les da consejos de padrazo que sabe cosas de la vida. Se le ve tan maduro y tan jovial que hasta cree haber encontrado el amor verdadero en Úrsula Corberó. Nos ha jodido. Y quién no... Jorge sigue mariposeando, claro, porque su picha curtida en mil seducciones no conoce el descanso ni el compromiso, pero cuando está con Úrsula se siente por fin un hombre maduro y en la cima de su éxito. 

Ya digo que es tanto el regocijo que la hostia venidera va a ser de campeonato y además de las que provocan mucha risa.






Leer más...

Los años bárbaros

🌟🌟🌟


Hace un mes afirmé en estos escritos que Marie-Josée Croze era la actriz más guapa que había visto jamás. Creo que hasta hice un juramento y todo... Sus escasos minutos en Múnich convalidaban la visión de diez ángeles enviados por el Cielo. Si hay que morirse para contemplar la idea de la Belleza, así, en abstracto, como predicaba Platón a sus conciudadanos, Marie-Josée es como un anticipo carnal del Más Allá. La sombra mejor perfilada en la caverna del filósofo...  

Pero hoy, porque soy así de veleidoso y de enamoradizo, he de romper mi juramento para rejurar sobre la re-Biblia, o sobre Los ensayos de Montaigne, que son mi libro de cabecera, que Allison Smith es la mujer que yo sin duda me pediría para pasar el resto de mi vida, si yo fuera el primero a la hora de elegir, claro, y ella, por supuesto, aquiesciera o aquiesciese con mis múltiples defectos.  Es como si sus padres me hubieran leído el pensamiento a la hora de forjarla. Y eso que yo, por entonces, aún no había nacido... Pero así son, recordémoslo, los milagros.

Allison, en la película de Fernando Colomo, es una mujer bárbara en tiempos bárbaros. Bárbara de belleza, y bárbara de intrepidez. La película transcurre en los primeros “años de la Paz”, cuando todavía se fusilaba a mansalva, o se encarcelaba por hacer una pintada en la universidad. Los tiempos que Santi y Rocío sueñan cada vez que dan su cabezadita de la siesta... Pero ojo, porque los tiempos bárbaros pueden volverse corpóreos en cualquier momento. De momento,  las pintadas ya no se hacen en los muros, sino en las letras de los raps, y te cuestan igualmente la cárcel o el exilio. Fusilar, en democracia, no se fusila, pero al que afirma que le gustaría fusilar a 26 millones de rojos para limpiar España (sic) se le respeta, se le mantiene la pensión y se le deja seguir rebuznando. Por si cuela...

Mientras tanto, en un campo de tiro, un defensor de la patria, con asiento en el Parlamento, practica tiro con un fusil del ejército. Le han dicho que no baje la guardia, que puede amanecer en cualquier momento.





Leer más...

Estoy en crisis

🌟🌟🌟


Estoy en crisis, sí, como el personaje de José Sacristán. Estoy pre-cincuentón, pre-colonoscópico, incomprendido y ojeroso. Sufro la oxidación del escritor fracasado, del madridista irredento, del bolchevique retirado. Del funcionario que ya calcula su jubilación. Los jóvenes, y las jóvenas, ya me tratan todos -y todas, ay Jesús- de señor. Mis pedos huelen cada vez peor y no sé por qué. Será la otra oxidación, la celular, las cetonas, todo eso que estudiábamos en el BUP. Cuanta más verdura como, peor me huele la química. Ahí está el ejemplo de las vacas. Supongo que eso es bueno: que son las toxinas, que se evaporan...

Estoy que no hay quien me aguante, en definitiva. Estoy en crisis, sí, desencantado en general. A mi alrededor hay coetáneos que están mejor y coetáneos que están peor... Pues eso: una crisis de manual, de las de toda la vida. Tampoco he dicho que esté inmerso en una desgracia, o en un conato de suicidio. Sólo en crisis.

 ¿Y cuándo no está uno en crisis?, me pregunto yo. Hay una crisis para cada edad, como hay también una vestimenta, o un alimento preferido, o un mito erótico. Está la crisis del nacimiento, que es el primer golpetazo con la realidad, y la crisis del primer día de colegio, en la que descubres que hay mucho hijoputa suelto por ahí. La crisis de la adolescencia, claro, la peor de todas, de la que algunos no logran salir jamás, ya gilipollas perdidos en su laberinto. La crisis de los veinte, por supuesto, con la primera explotación laboral, y la primera pérdida de fe en el Madrid, siempre fichando a pufos y a lesionados. Luego viene la crisis de los treinta, con la primera cana en el espejo, y la primera pesadilla de mortalidad; y más tarde, diez años después, puntual como un calendario, la crisis de los cuarenta, que ya es la mitad del camino si tienes suerte, ya medio perdido el vigor, y el buen dormir, y la paciencia con los mamones.

Estoy en crisis, sí, y me gustaría curarla como hace José Sacristán en la película, tentando la suerte con jovencitas de buen ver, a ver si pica alguna con el rollo de mis sienes plateadas, de mi cultura acumulada, de mi visión experimentada. Pero todo eso es chufla, y ellas lo saben. Lo huelen a distancia.





Leer más...

La línea del cielo

🌟🌟🌟🌟🌟 


Muchos años antes de que Scarlett Johansson y Bill Murray se perdieran en la traducción del japonés, Gustavo Resines ya se perdió sin remedio en la traducción del inglés. Él, como ellos, también se quedó extraviado en la traducción de sus propios sentimientos, y desamparado en tierra extraña. Y perplejo, muy perplejo, ante su propia estupidez. Quizá por eso siempre me ha gustado tanto esta película, porque yo me identifico mucho con el personaje, con su cara de panoli, también incapaz para los idiomas, y torpe para el amor, y merluzo para el arte, y gilipollas para la vida en general.

Gustavo, en la película, es un fotógrafo de éxito que trata de conquistar la línea del cielo al otro lado del Atlántico, vendiendo su trabajo para la revista Life. El primer día que aterriza en Nueva York, la visión del skyline le llena de optimismo y le dibuja una sonrisa: allí arriba, en la terraza, sólo tiene que estirar el brazo para tocar las nubes algodonadas y sonrosadas que se enredan, juguetonas, justo por encima de las Torres Gemelas. Gustavo, además, ha venido a Nueva York a ligar, porque le han dicho -o lo ha deducido por las películas- que las americanas son más liberales, y están más predispuestas a meterse en la cama con un veinteañero que ya sufre la emigración del cabello hacia su bigote. Pero su entusiasmo se diluirá en apenas unas semanas: sus fotografías no despiertan gran entusiasmo en el mundo anglosajón; la única mujer que le hace caso es otra española exiliada, también perdida en sus propias avenidas; y lo de aprender inglés se convierte en una tortura diaria, y absurda, en la que cada vez entiende menos diálogos, y no más.

Quizá por eso, también, me siento muy identificado con su personaje, porque su generación, como la mía, aprendió un inglés de chichinabo, torrefacto, tan sucedáneo y bajo en calorías, que cuarenta años después de versiones subtituladas todavía no hay manera de entender un carajo, cuando los actores aceleran el verbo. Más que una tara, ya es un complejo, una autosugestión. Quizá una psicosomatización de aquellas clases de inglés en el colegio.  Y sin el inglés, hoy en día, como sucedía en 1983, es imposible tocar el cielo: ligar en la playa con una mujer extranjera queda descartado; emigrar a los países civilizados, también; y disfrutar del buen cine sin tener que leer los rotulicos, una tarea imposible.




Leer más...

Relatos con-fin-a-dos

🌟🌟🌟

Los Relatos con-fin-a-dos son como los relatos desconfinados de toda la vida: de cinco que te cuentan, uno te interesa, otro es bonito y tal, dos son un puro chascarrillo, y siempre hay uno que es una verdadera tontería. La vida misma...

    Por eso, aunque Relatos con-fin-a-dos sea un experimento sin sal, tiene el mérito de parecerse mucho a la vida real, que suele ser un rollo cuando te la cuentan. Porque al final, el confinamiento, que iba a ser el período más incierto de nuestras vidas, pero al mismo tiempo el más rico en anécdotas, para contar a nuestros nietos cuando llegara el momento y tal y cual, al final resultó ser un rollo pistonudo, de horas y horas amorrados a la tele y a la prensa digital, y lo más que nos pasó a todos es que una vez la policía estuvo a punto de multarnos porque nos pillaron con el perrete a un kilómetro de casa, o porque un día bajamos la basura a las tantas y nos fumamos un piti en la farola, o porque nos dimos un garbeo hasta el supermercado que estaba en el otro barrio para estirar las piernas. Cosas así, pequeñas gamberradas, que se repiten una y otra vez en las confesiones de aquella época, y que en realidad -como sucede con los Relatos Con-fin-a-dos – ya nadie quiere escuchar, porque aquello fue como un mal sueño, un tiempo irreal, idiota, tiempo de vida perdido.



    En uno de los relatos de la miniserie sale Isco, Isco Alarcón, “Pinchisco”, el del Arroyo de la Miel, el futbolista medio marginado por ese tozudo calvorota con una flor en el culo, y ya sólo por eso, si me dejara llevar por la pasión, tendría que haber puesto cinco estrellas ahí arriba, a modo de homenaje. Qué más da que Isco no haga de Isco, sino de un programador informático, que no hay quien se crea que con esas míseras credenciales, siendo él de físico normal y tal,  pueda convivir con semejante pibón, que encima le trata de idiota y de mal padre durante todo el episodio. Qué más da que Isco no sea un actor profesional, y que no haya quien se lo traque en su papel. Joder, ¡es Isco!, aunque no toque una pelota, y le he visto más tiempo aquí que últimamente por los campos. Sólo por eso ya doy por amortizado el tiempo en el sofá.





Leer más...

Bajarse al moro

🌟🌟🌟🌟

A lo mejor soy yo, que con las canas me dejo llevar por la nostalgia, pero tengo la impresión de que este país era más feliz hace treinta años, cuando Fernando Colomo rodaba comedias como La vida alegre, o Bajarse al moro, películas imperfectas, y muy poco oscarizables, pero que traslucen una España jovial y esperanzada. Es un cine simpático, entrañable, que te contagia el buen rollo para toda la tarde, como si el humo de los porretes traspasara la pantalla e inundara esta habitación donde siempre han regido las buenas costumbres. A mi pesar...

    En los tiempos de Bajarse al moro no llevábamos ni dos años siendo europeos, y nos llovía el maná que arreglaba las carreteras y construía los polideportivos. El Mercado Común -que decíamos entonces- era la madrina que nos regalaba cinco mil pelas cada vez que le dábamos un beso, y la fuente no parecía tener fin. Ahora la fuente fluye en sentido contrario, y somos nosotros los que metemos dinero por el caño para no ser devueltos al cutre mundo de la peseta. En los años ochenta, además, para tenernos entretenidos y no mirar donde no debíamos, los exsocialistas nos trajeron el avance social, y el progreso de las costumbres, y España se llenó de arte, de rock, de cine guarrindongo. El sexo pasó a ser una celebración de los sentidos, y los curas una banda terrorista contraria a la alegría. Aparecieron los condones, y los tangas, y los trujos, que en Bajarse al moro son el mcguffin que anima el cotarro, y sólo los más descerebrados, y los más marginales, cayeron en los excesos que otros usaron como propaganda contra Epicuro. 

El resto de españolitos -mientras los políticos nos engañaban para construir un mundo peor- vivía un sueño de fiesta perpetua que casi llegamos a creernos. Incluso yo lo soñaba, con mis dieciséis años provincianos.  Yo veía las películas de Fernando Colomo y de otros pecadores de la pradera, en León, tan lejos del Moro, y era como mirar la fiesta por el ojo de la cerradura, anticipando los placeres que aquellos tipos habían conquistado. Luego la fiesta se dio como se dio, porque una mala tarde la tiene cualquiera, pero eso ya es material para otra confesión, y para otra película.




Leer más...

Isla bonita

🌟🌟🌟🌟

El primer impulso que uno siente al terminar de ver Isla bonita es coger los bártulos y viajar cuanto antes a Menorca, que es la isla piropeada en el título. Y al parecer no sólo bonita, sino también acogedora, poco masificada, de ritmo lento y peculiar. De gentes abiertas y costumbres liberales. Un paraíso de convivencia en el que caben los jóvenes marchosos de la ruta del bacalao, y también los ancianos que buscan un club Diógenes a orillas del Mediterráneo. Un remanso de silencio donde enfrascarse tranquilamente en la lectura, en la reflexión, en el olvido, sin que ningún plasta peninsular venga a joder la marrana. 

    Esa es, al menos, la versión idílica de Menorca que nos cuenta Fernando Colomo. Porque él es, a fin de cuentas, un tío con pedigrí que conoce a gentes ilustres de chalet con piscina, y habría que ver cómo es la Menorca de la clase turista, con la pensión Manoli, el chiringuito Pepe, los borrachuzos a las tres de la mañana tocando los collons bajo la ventana.

    Sea como sea, visitándola en clase business o en clase morralla, Menorca le vendría a uno de perlas para olvidar su ecosistema mesetario, y su tribulación anubarrada. Menorca es un territorio coqueto, manejable, como una ínsula Barataria de Sancho Panza, recorrible a pie o en bicicleta para ir de cala en cala, y de sueca en sueca, desde la distancia admirativa. Una tentación cálida y salada que está ahí, a sólo unos clics en el ordenador, a sólo unas pocas consultas en la agencia de viaje. Y sin embargo, en el momento en que apago la tele y preparo el café, me puede una pereza infinita, un nihilismo enraizado. Un hartazgo de mi mismo. El heterónimo de Fernando Pessoa que vive en mi interior recuerda aquellas lecturas del Libro del Desasosiego, y de pronto se desanima, y se dice a sí mismo que para qué, que ya habrá ocasiones mejores, y compañías mejores, tal vez en otro verano que nunca llegará.

-----------

    "¿Qué es viajar, y para qué sirve viajar? Cualquier ocaso es el ocaso; no es menester ir a verlo a Constantinopla. ¿La sensación de liberación que nace de los viajes? Puedo sentirla saliendo de Lisboa hacia Benfica, y sentirla más intensamente que quien va de Lisboa a la China, porque si la liberación no está en mí, no está, para mí, en ninguna parte. «Cualquier carretera -ha dicho Carlyle-, hasta esta carretera de Entepfuhl, te lleva hasta el fin del mundo.» Pero la carretera de Entepfuhl, si se la sigue toda, hasta el final, vuelve a Entepfuhl; de modo que el Entepfuhl, donde ya estábamos, es ese mismo fin del mundo que íbamos a buscar". 


Leer más...