Isla bonita
Rivales
🌟🌟
En la otra “Rivales”, la de Luca Guadagnino, se respiraba amor por el tenis y salía Zendaya con su hermosura de colibrí. En la “Rivales” de Fernando Colomo, en cambio, se respira odio por el fútbol y sale Kira Miró proponiendo otra versión de la belleza. Las dos películas coinciden en el título pero difieren en su filosofía. Y no solo eso: la de Guadagnino era una película digna y entretenida; la de Colomo -y me sabe mal decirlo- es una tontería muy chusca al servicio de la moda.
La tesis de “Rivales” es que todos los aficionados al fútbol son gilipollas. Y de ahí para arriba: machistas, tocones, marrulleros, salidorros, horteras, incultos... El catálogo completo de los Torrentes en Iberia. Y más aún: sus mujeres, que son las mamás de los jugadores, o son unas pedorras de campeonato o unas consentidoras de la barbarie.
El fútbol, según la progresía de Colomo y Oristrell, es ese deporte competitivo que ensucia las mentes de los chavales. Una excusa para que el macaco de la grada se comporte como tal. El pan y circo de la chusma. ¿Y, nosotros, entonces, los futboleros que leemos a Proust y a Delibes? ¿O que, al menos, tratamos de leerlos cuando no dan Champions por la tele? ¿Qué somos? ¿Rarezas de zoológico? ¿Almas descarriadas? El fútbol, en “Rivales”, es esa costumbre prefascista que algún día habrá que prohibir para que reine la paz y la concordia.
En mis tiempos de entrenador conocí a varios padres como estos de la película: gente atravesada, maleducada, muy básica de planteamientos. Con ellos mantuve un trato correcto pero distante. Muy distante. Pero también conocí -y eran muchos más- a gente maja, predispuesta para bien, ejemplar en nuestro campo y en el campo del rival. Padres que si vieran “Rivales” se verían acusados de un crimen sociológico que ellos jamás cometerían.
Bajarse al moro
A lo mejor soy yo, que me dejo llevar por la
nostalgia, pero tengo la impresión de que este país era más feliz hace cuarenta
años, cuando Fernando Colomo rodaba comedias como “Bajarse al moro”: películas
imperfectas, poco oscarizables, pero que traslucían una España jovial y
esperanzada. Cine descocado, sin grandes pretensiones, que te contagiaba el
buen rollo para toda la tarde, como si el humo de los trujos traspasara la
pantalla e inundara las habitaciones de los que no fumábamos ni en pipa.
En los tiempos de “Bajarse al moro” -que hoy en día sería
cancelada por el Santo Oficio de las Moradas- apenas llevábamos tres años
siendo europeos y ya nos llovía el maná que arreglaba las carreteras y
construía polideportivos. En el fondo seguíamos siendo africanos del Norte,
y bajarse al moro no era más que aprovisionarse de mandanga en África del Sur.
Éramos un crisol de culturas algo retrasado en lo social, y en lo económico, pero un reino intermedio de
optimismo y de jolgorio.
Los curas se batían en retirada y los fachas parecían a punto de extinguirse. Eran unos tiempos mejorables, pero cargados de utopía. Nos gobernaba una socialdemocracia que no se parecía en nada a la escandinava -es más, que renegaba de ella- pero nosotros, tan bobos, nos creíamos protegidos por su escudo. Para no mirar donde no debíamos- que siempre es la caja del dinero- los que ya eran exsocialistas en la intimidad nos trajeron el avance social y el progreso en las costumbres. España se llenó de rock and roll y de cine transgresor. De tendencias sexuales y de prácticas libertarias. La jodienda pasó a ser una celebración de los sentidos y la Iglesia Católica una banda terrorista contraria a la alegría. Aparecieron los condones, y los tangas, y los cigarros de la risa, que en “Bajarse al moro” son el mcguffin que anima el cotarro de Madrid.
Sólo los más descerebrados, y los más marginales, cayeron en los excesos que otros usaron como propaganda contra Epicuro.
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-¡Yanqui, que eres un yanqui!
- Se dice yonqui, mamá.
La línea del cielo
🌟🌟🌟🌟🌟
Mucho antes de que Bill Murray y Scarlett Johansson se perdieran en la traducción del japonés, Gustavo Resines se perdió sin remedio en la traducción del inglés americano. Gustavo, como ellos, no pudo comunicar sus sentimientos contrariados. Y se quedó perplejo, muy perplejo, ante su propia estupidez. Siempre me ha gustado "La línea del cielo" porque Gustavo y yo compartimos la misma cara de panolis, la misma incapacidad para los idiomas. La misma torpeza para el amor, y el naufragio de merluzos en aguas internacionales.
Gustavo, en la película, es un fotógrafo de éxito que quiere conquistar la línea del cielo en Nueva York. Subido en la azotea de su amigo, la visión del skyline le llena de optimismo y le arranca un ¡oh! de admiración. Sólo tiene que estirar el brazo para tocar las nubes promisorias. Gustavo se siente a punto de tocar la gloria, de convertirse muy pronto en un hombre triunfador, irresistible para las mujeres, porque él también ha venido a Nueva York para ligar con extranjeras. En España le han dicho -o lo ha deducido por las películas- que las americanas son más liberales y están más predispuestas a meterse en la cama con un hombre que ha cambiado el pelo de la cabeza por el pelo del bigote.
Pero su entusiasmo, ay, se diluirá en apenas unas semanas. Sus fotografías no despiertan gran entusiasmo y la única mujer que le hace caso es otra española exiliada, también perdida en sus traducciones. Lo de aprender inglés, por si fuera poco, se convierte en una tortura diaria, en la que Gustavo cada vez entiende menos diálogos, y no más, como sería de razón. Su generación, como la mía, aprendió un inglés de chichinabo que las versiones subtituladas no han logrado remediar. Más que una tara, ya es un complejo, una autosugestión de incompetentes.
Y sin el inglés, claro, lo mismo en 2026 que en 1983, es imposible tocar la línea del cielo: ligar con una anglosajona queda descartado; emigrar a los países civilizados, ídem de lienzo; y disfrutar del buen cine sin tener que leer los subtítulos, una tarea de gigantes.
La vida alegre
Estoy en crisis
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Yo estoy con Fernando Colomo: el mejor remedio que se ha inventado para curar una crisis existencial es irse a vivir al campo con Cristina Marsillach, lejos del ruido y de los hombres. Y de las mujeres. Nada como montar una comuna sencilla, de dos ascetas pervertidos, para sanar el cuerpo y reconfortar el espíritu. Folla et labora, reza la regla de fray Colomo.
He ahí el camino y la redención: irse lejos con la mujer amada, pero tampoco muy lejos, por si hay que llamar al médico o bajar a la ciudad. Cultivar un huerto para alimentarse, y recibir por las mañanas al panadero y al pescadero. Y de vez en cuando, cada quince días, al furgón del supermercado. Admitir sólo eso, furgonetas con víveres, y coches con amigos. Pero coches muy escogidos, ojo, los justos para no enloquecer del todo en ese monasterio peñascoso. Enloquecer de amor, decía, en la paz de los instintos.
La casualidad ha querido que yo, ahora mismo, también tenga una crisis como ésta de Sacristán. Ahora que se vive más, la crisis de los cuarenta y pico se tiene a los cincuenta y pico. Es como adelantar la hora en el horario de verano. Lo que pasa es que yo no tengo casoplón ni amigo que me lo deje. Ni a Cristina Marsillach en el horizonte... La búsqueda de una monja lasciva se alarga demasiado.
De todos modos, mi crisis, atendiendo a la primera acepción de la RAE, no es trágica ni preocupante. Es un “cambio profundo y de consecuencias importantes”, como dice el diccionario. Por fuera todo parece igual, pero por dentro, en la propiocepción, noto que estoy cambiando y que adquiero nuevas disposiciones. ¿Será la madurez tan largamente soñada? Ojalá, pero no creo. La madurez viene de serie con el nacimiento y yo nací sin bendiciçon. La madurez no se adquiere viviendo, ni viajando, ni recibiendo negativas. Hay gente madura como hay gente que nace rubia o que tiene más largo el hueso peroné.
¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?
🌟🌟🌟
Tigres de papel
¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?
🌟🌟🌟
El amor es sexo, y para todo lo demás, ahí está el diccionario de la RAE. Dicho de otra manera: cuando el erotismo sale por la puerta, el amor salta por la ventana. Es de cajón, de 1º curso de la Vida. No sé por qué existe tanta confusión terminológica.
En 1993, cuando se rodó esta película, parecíamos más cerca de la verdad. No es que te rías mucho con la comedia de Pereira, pero entiendes bien a los personajes: hay oxitocinas, endorfinas, reacciones químicas muy interesantes... Ahora, con el regreso de las puritanas, la oscuridad vuelve a cegar nuestra mirada. Y a enturbiar el pensamiento.
Cuando se apaga la llama pueden pasar dos cosas: o viene el frío de la noche o queda un rescoldo acogedor. Que el sexo se acabe no quiere decir que haya que levantar el campamento. Es opcional. Pero el rescoldo, digan lo que digan, ya no es amor. Los griegos lo sabían y lo plasmaron en sus pergaminos. Nosotros, en cambio, que ya escribimos sobre las nubes, vivimos extraviados.
Hay cien palabras hermosas para describir lo que ahora es calor de brasero y antes era fuego que quemaba. Se puede estar enamorado, sí, pero también encariñado, agradecido, relajado en compañía. A gustito. No pasa nada. Hay una edad para todo; un estado del alma para cada circunstancia. “Llevo enamorado de mi mujer treinta años, pero ya nunca follamos”. Ese tío es un mentiroso, o como poco, un engañado de la semántica. Cualquier apego tiene su palabra justa y correspondiente. Que la busque y que deje de engañarnos. Y de autoengañarse.
El amor sólo es una variante más de los afectos, aunque eso sí, la más citada y afamada. Las más evocada por los juglares. La más eléctrica y juguetona. La más presente en los títulos de las películas. Y es que el amor, al ser fuego, siempre deja cicatrices en la piel, y se hace difícil de olvidar. El amor es una amistad encamada. No sé me ocurre mejor definición que ésa. Se la escuché una vez a Antonio Gala, que era un sabio cursilón.
Las delicias del jardín
🌟🌟🌟
La última vez que estuve en el Museo del Prado quise pararme con tiempo ante “El jardín de las delicias”. Siempre empiezo con las Pinturas Negras de Goya y allí me pierdo y me abismo en pensamientos. Pero esa vez me dije: no, vamos a diversificar la mirada. A ampliar el espectro. A estirar la antena de mi boina.
Pero cuando llegué ante el cuadro me fue imposible meter la cabeza. Los grupos de japoneses -¿o eran chinos?- son el impedimento más moderno que se ha inventado para acceder a la cultura. “El jardín de las delicias” hay que mirarlo de cerca, con detalle, porque todo en él es detalle y no merecía la pena contemplarlo a metros de distancia. Dentro del cuadro hay muchos Wallys desnudos, muchos pecadores de la pradera enredando por las esquinas.
Había olvidado por completo aquel empeño cultural hasta que esta noche, viendo “Las delicias del jardín”, mencionaron el cuadro como fuente de inspiración para ese pintor ficticio que encarna Fernando Colomo: un fistro que quiere plasmar en un tríptico los pecados modernos asociados al capitalismo -la avaricia, el fascismo, el postureo-, dejando de lado la lujuria porque la lujuria, en el siglo XXI, ya ni siquiera es pecado para los curas.
Pero su personaje tiene una mano boba, y una inspiración ya marchitada, y no tendrá más remedio que confiarle la obra a su hijo descarriado: un pintor demasiado fumado que además adora a Javier Milei y cree que el capitalismo ha venido a salvarnos de la barbarie. Así que “Las delicias del jardín” tendrá que ser replanteado una y diez veces en esta nueva ocurrencia de Fernando Colomo como director.
Hacía diez años que Colomo no rodaba nada decente desde “Isla Bonita”. Y es una pena, la verdad, porque Colomo fue un referente en los tiempos insubordinados. Uno de los nuestros. El otro día, in ir más lejos, me puse a canturrear “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como éste?” por el pasillo del colegio. Puro Burning. Puro Colomo. Acababa de cruzarme con una compañera que no pertenece a este jardín errático y errado que el Bosco hubiera retratado como nadie.
¿Qué fue de Jorge Sanz? III
Los años bárbaros
🌟🌟🌟
Hace un mes afirmé en estos escritos que Marie-Josée Croze
era la actriz más guapa que había visto jamás. Creo que hasta hice un juramento
y todo... Sus escasos minutos en Múnich convalidaban la visión de diez
ángeles enviados por el Cielo. Si hay que morirse para contemplar la idea de la
Belleza, así, en abstracto, como predicaba Platón a sus conciudadanos, Marie-Josée
es como un anticipo carnal del Más Allá. La sombra mejor perfilada en la caverna
del filósofo...
Pero hoy, porque soy así de veleidoso y de enamoradizo, he de
romper mi juramento para rejurar sobre la re-Biblia, o sobre Los ensayos
de Montaigne, que son mi libro de cabecera, que Allison Smith es la mujer que yo
sin duda me pediría para pasar el resto de mi vida, si yo fuera el primero a la
hora de elegir, claro, y ella, por supuesto, aquiesciera o aquiesciese con mis
múltiples defectos. Es como si sus
padres me hubieran leído el pensamiento a la hora de forjarla. Y eso que yo,
por entonces, aún no había nacido... Pero así son, recordémoslo, los milagros.
Allison, en la película de Fernando Colomo, es una mujer
bárbara en tiempos bárbaros. Bárbara de belleza, y bárbara de intrepidez. La
película transcurre en los primeros “años de la Paz”, cuando todavía se
fusilaba a mansalva, o se encarcelaba por hacer una pintada en la universidad. Los
tiempos que Santi y Rocío sueñan cada vez que dan su cabezadita de la siesta...
Pero ojo, porque los tiempos bárbaros pueden volverse corpóreos en cualquier
momento. De momento, las pintadas ya no
se hacen en los muros, sino en las letras de los raps, y te cuestan igualmente
la cárcel o el exilio. Fusilar, en democracia, no se fusila, pero al que afirma
que le gustaría fusilar a 26 millones de rojos para limpiar España (sic) se le
respeta, se le mantiene la pensión y se le deja seguir rebuznando. Por si
cuela...
Mientras tanto, en un campo de tiro, un defensor de la patria,
con asiento en el Parlamento, practica tiro con un fusil del ejército. Le han
dicho que no baje la guardia, que puede amanecer en cualquier momento.
Relatos con-fin-a-dos
Los Relatos con-fin-a-dos son como los relatos desconfinados de toda la vida: de cinco que te cuentan, uno te interesa, otro es bonito y tal, dos son un puro chascarrillo, y siempre hay uno que es una verdadera tontería. La vida misma...
Por eso, aunque Relatos con-fin-a-dos sea un experimento sin sal, tiene el mérito de parecerse mucho a la vida real, que suele ser un rollo cuando te la cuentan. Porque al final, el confinamiento, que iba a ser el período más incierto de nuestras vidas, pero al mismo tiempo el más rico en anécdotas, para contar a nuestros nietos cuando llegara el momento y tal y cual, al final resultó ser un rollo pistonudo, de horas y horas amorrados a la tele y a la prensa digital, y lo más que nos pasó a todos es que una vez la policía estuvo a punto de multarnos porque nos pillaron con el perrete a un kilómetro de casa, o porque un día bajamos la basura a las tantas y nos fumamos un piti en la farola, o porque nos dimos un garbeo hasta el supermercado que estaba en el otro barrio para estirar las piernas. Cosas así, pequeñas gamberradas, que se repiten una y otra vez en las confesiones de aquella época, y que en realidad -como sucede con los Relatos Con-fin-a-dos – ya nadie quiere escuchar, porque aquello fue como un mal sueño, un tiempo irreal, idiota, tiempo de vida perdido.











