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El que tiene una casa en Menorca, o un casoplón, ya tiene la vida resuelta y no comparte nuestras cuitas. O es un extranjero del pasaporte o un extranjero del interior. En el 90% de los casos, un enemigo de nuestra clase. Su única preocupación es contemplar el atardecer para que se desplieguen los colores, mientras el mundo de los parias, el de los desheredados inmobiliarios, se deshace a su alrededor con un eco quejumbroso. Esto era cierto en 2015 y es mucho más cierto once años después.
“Isla bonita” es como un homenaje de Fernando Colomo a las películas de Rohmer. Aquí todo el mundo es burgués, o burguesón, y las conversaciones nunca van de cinturones apretados ni de rebajas en el súper. Aquí se habla de elegir la mejor berenjena para comer, la mejor gamba para cenar, la mejor compañía para echar un polvo por la noche. Ofertas nunca te faltan en una casa junto al mar. El mero hecho de poseerla ya te hace más guapa, o más interesante, o más gracioso en las tertulias. Es... pura magia.
En “Isla bonita” no hay prisas ni depresiones, ni nubarrones en lontananza. Hay muchas discusiones conyugales, sí, pero despojadas de tragedia. Al final todo el mundo salta con red y encuentra su acomodo.
Menorca tiene que ser la hostia, tío, pero también es verdad que la versión de Fernando Colomo parece idílica y falseada. ¿Dónde están los guiris, las motos, los españoles que dan voces por la calle? Esta Menorca de Colomo es como de temporada baja, o como de anuncio publicitario. Un paraíso tentador, sí, pero con algo de ficticio. Una cosa es que Menorca no esté tan masificada como Mallorca y otra que los turoperadores aún no se hayan enterado de su existencia, como si allí todavía vivieran los talayóticos, o los honderos.
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