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Pluribus. Temporada 1

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Apenas he experimentado la fusión con mis semejantes cuatro o cinco veces en mi vida. Y siempre ha sido, curiosamente, viendo un partido del Madrid en el Santiago Bernabéu. Sólo allí me he sentido uno con el resto de la gente, diluido y comunitario. Sintonizado. Una hormiga insignificante en el Gran Plan del hormiguero. Ya no yo, sino nosotros. 

"Me llamo Augusto Faroni y -por un rato- voy a ser uno de ellos".

En cada gol de nuestro equipo yo sentía que daba igual la edad, el sexo, la posición social o la tendencia política: las ochenta mil personas allí presentes éramos un único ser de pensamiento armónico, y de amor incalculable. La verdadera fraternidad que se predicaba en los Evangelios, y que al parecer dependía de una transmisión de código genético a través del radiotelescopio. Las visitas al Bernabéu han sido las únicas experiencias místicas que he tenido en esta vida de ateo practicante y de misántropo esforzado.

Nunca más he sentido nada parecido. Ni siquiera en las iglesias, en las misas obligadas de mi infancia, donde yo era un apóstata en ciernes que sólo quería escapar cuanto antes de la comunidad de los creyentes. Y tampoco en los templos de verdad, en los cines de León o de Madrid, donde yo, de joven, debería haber vivido “una experiencia compartida” con el prójimo: esa majadería extática a la que aluden los realizadores con el único fin de estimular los beneficios en taquilla. En el cine la gente molesta, habla, come, incordia... Es maleducada e irrespetuosa con los demás. Nada que ver con el amor universal que practican los extraterrestres de “Pluribus”. 

En el trabajo soy la oveja negra que todo lo rumia y en las reuniones familiares no dejo de pensar, como Leolo Lozone, que ésta no es mi familia verdadera y a que a mí me adoptaron en un orfanato de Estocolmo. En La Pedanía soy un exiliado cultural y en el centro comercial me compro la ropa en el Carrefour. Voy siempre al revés, o al través, jamás dentro del rebaño. Pero no por joder, sino porque soy así: un raro sin comillas. Me reconozco mucho en el personaje de Rhea Seehorn. Los dos somos, además, cosecha del 72.





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