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Un plan sencillo

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Si un día, mientras los lugareños duermen la siesta, me encontrara 4 millones de euros en los bosques de La Pedanía, lo primero que pensaría es que ese dinero sólo puede provenir del narcotráfico gallego -que está ahí al lado- o de una palanca destinada a sufragar el último fichaje alegal del Barcelona. Así que no sufriría ningún conflicto moral para apropiármelo y usufructarlo. Quien roba a otro ladrón, cien años de perdón.

Si además sucediera, como en la película, que los billetes son todos de cien y no parecen tener nada raro en su diseño, la labor de ir gastándolos sería más sencilla que si la fortuna viniera en billetes de 200 o de 500, que ya no te los admiten en ningún sitio, o sólo llamando a un supervisor con cara de malas pulgas y el número de la policía siempre a la mano. 

Yo no podría concebir otra manera de ser rico que ir colando los billetes así, en las compras cotidianas, un día en el Alimerka, y otro en el Gadis, y otro en el Mercadona, alternando las visitas para que ninguna cajera avispada empezara a sospechar. 

Soy un analfabeto económico que siempre ha vivido muy lejos de la realidad de los dineros,  sujeto a una nómina mezquina que nunca ha dado para asesores fiscales ni para ingenierías financieras. No sabría convertir todo ese pastón en números bancarios sin que un inspector de Hacienda empezara a rascarse el cogote en una oficina de Madrid. Así que tendría que ir así, a poquitos, hasta el último día de mi vida, disimulando mi riqueza mientras mi cuenta corriente engorda poco a poco con las nóminas intocadas, o tocadas lo justo para fingir un espíritu ahorrativo como de franciscano laico refugiado en estos lares. 

Quiero decir que cuatro millones de euros no me iban a sacar de pobre, pero sí me iban a dar una vida más desahogada. Podría, por ejemplo, con los excedentes, comprarme ropa más cara, y colonias que anuncian por la tele, y así, por la senda del dandismo, de la traición a mis valores, llamar la atención de  alguna mujer que ahora mismo no se fija o me desdeña.




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