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Send Help

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Le debo mi supervivencia a la tecnología. Bendito sea el microondas. Hace miles de años, abandonado a la intemperie de la sabana africana -o ahora mismo, naufragado en la isla desierta- no duraría más allá de un estómago vacío o de un enfrentamiento con las fieras. Mis antepasados sí lo hicieron y yo soy la prueba viviente de sus habilidades. Qué pensarían de mí aquellos titanes del ecosistema, si diez mil años después me vieran tan torpe para todo... O no: tal vez me confundirían, asombrados para bien, con una especie de mago que convoca la comida y la calienta sin el fuego. 

No estoy hablando de mi incapacidad para encender una fogata o matar un mamífero para comer: es que no sabría cultivar un huerto de tomates o construir una casa con ladrillos. Ni siquiera con hojas de palmera. Tampoco sabría confeccionar una vestimenta que soportara la primera brisa del atardecer. Ni distingo las hierbas nutritivas ni adivino la dirección de los vientos. Soy un inútil integral. Nací sin ese módulo en el cerebro o con el módulo cortocircuitado. Aprendí muy tarde a atarme unos míseros cordones, así que ya ves tú el panorama. Soy un disléxico de las manos; el “Homo dishabilis” de mi especie.

“Send Help” me recuerda todo eso y me río como un tonto. Es la sublimación de la penuria. Es una película imperfecta pero recomendable. Una gamberrada que se agradece. En los tiempos del algoritmo, Sam Raimi se ha salido por peteneras: no habrá redención para los naufragados, ni romanticismo bobo, ni lecciones de vida. Tampoco sermones de autoayuda ni ayuda del exterior. Todo será un puro desamparo. 

Pase lo que pase, el jefe machirulo seguirá siendo un imbécil integral y la empleada mañosa una loca desatada. Cuando se trata de la lucha de clases no hay entendimiento que valga. Cuando se trata de la lucha de sexos, tampoco. Lo primero es bueno que así sea; lo segundo no, pero se empeñan en enfrentarnos.






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Un plan sencillo

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Si un día, mientras los lugareños duermen la siesta, me encontrara 4 millones de euros en los bosques de La Pedanía, lo primero que pensaría es que ese dinero sólo puede provenir del narcotráfico gallego -que está ahí al lado- o de una palanca destinada a sufragar el último fichaje alegal del Barcelona. Así que no sufriría ningún conflicto moral para apropiármelo y usufructarlo. Quien roba a otro ladrón, cien años de perdón.

Si además sucediera, como en la película, que los billetes son todos de cien y no parecen tener nada raro en su diseño, la labor de ir gastándolos sería más sencilla que si la fortuna viniera en billetes de 200 o de 500, que ya no te los admiten en ningún sitio, o sólo llamando a un supervisor con cara de malas pulgas y el número de la policía siempre a la mano. 

Yo no podría concebir otra manera de ser rico que ir colando los billetes así, en las compras cotidianas, un día en el Alimerka, y otro en el Gadis, y otro en el Mercadona, alternando las visitas para que ninguna cajera avispada empezara a sospechar. 

Soy un analfabeto económico que siempre ha vivido muy lejos de la realidad de los dineros,  sujeto a una nómina mezquina que nunca ha dado para asesores fiscales ni para ingenierías financieras. No sabría convertir todo ese pastón en números bancarios sin que un inspector de Hacienda empezara a rascarse el cogote en una oficina de Madrid. Así que tendría que ir así, a poquitos, hasta el último día de mi vida, disimulando mi riqueza mientras mi cuenta corriente engorda poco a poco con las nóminas intocadas, o tocadas lo justo para fingir un espíritu ahorrativo como de franciscano laico refugiado en estos lares. 

Quiero decir que cuatro millones de euros no me iban a sacar de pobre, pero sí me iban a dar una vida más desahogada. Podría, por ejemplo, con los excedentes, comprarme ropa más cara, y colonias que anuncian por la tele, y así, por la senda del dandismo, de la traición a mis valores, llamar la atención de  alguna mujer que ahora mismo no se fija o me desdeña.




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