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El balneario de Battle Creek

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Hace tiempo que abandoné las redes del amor, pero tengo un amigo irreductible que me cuenta que no ha cambiado nada el panorama. Que las mujeres más exigentes de ahora, como las de entonces, tienen pinta de haber pasado más de una temporada en el balneario de Battle Creek. En una vida anterior, quiero decir, allá por los inicios del siglo XX, cuando el doctor Kellogg era el amo y señor de sus dominios saludables.

Dice mi amigo, y yo le apoyo en su deducción, que algo de aquella visita quedó preservado en el espíritu reencarnado de estas mujeres. Algo así como una epigenética de la voluntad; un lamarckismo saludable que traspasó las muertes y las resurrecciones. Una conciencia de vida sana y disciplinada que en sus perfiles de internet ellas anteponen a cualquier otra tentación. 

En sus fotos, al parecer, ellas siguen haciendo flexiones y desayunando cereales Kellogg’s en homenaje. Verdurita para cenar y tablas de gimnasia antes de dormir. La que no desciende rápidos con la piragua sigue apareciendo con su bicicleta en lo más alto de una montaña. A mí me intimidaban mucho, la verdad. Si se molestaban en chatear contigo un ratito, apenas tres comentarios aburridos mientras llegaba el Moby Dick de la comarca, terminaban afeándote la mala costumbre de ver películas en el sofá. Algunas, de hecho, declaraban no tener ni sofá, para que el culo musculado y altivo no se aplanara y cogiera vicios de señora. 

No bebían, no fumaban, no comían nada azucarado o procesado. En aquella visita de hace cien años al balneario de Battle Creek, ellas tuvieron que ser las alumnas predilectas del doctor Kellogg. De hecho, y eso es lo más triste, también comulgaban con su puritanismo de enfermo psicopático. “No quiero sexo”, subrayaban siempre en sus perfiles, y yo no terminaba de entenderlo. Hasta que un día lo comprendí: no quiero sexo “contigo”, idiota.




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Un plan sencillo

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Si un día, mientras los lugareños duermen la siesta, me encontrara 4 millones de euros en los bosques de La Pedanía, lo primero que pensaría es que ese dinero sólo puede provenir del narcotráfico gallego -que está ahí al lado- o de una palanca destinada a sufragar el último fichaje alegal del Barcelona. Así que no sufriría ningún conflicto moral para apropiármelo y usufructarlo. Quien roba a otro ladrón, cien años de perdón.

Si además sucediera, como en la película, que los billetes son todos de cien y no parecen tener nada raro en su diseño, la labor de ir gastándolos sería más sencilla que si la fortuna viniera en billetes de 200 o de 500, que ya no te los admiten en ningún sitio, o sólo llamando a un supervisor con cara de malas pulgas y el número de la policía siempre a la mano. 

Yo no podría concebir otra manera de ser rico que ir colando los billetes así, en las compras cotidianas, un día en el Alimerka, y otro en el Gadis, y otro en el Mercadona, alternando las visitas para que ninguna cajera avispada empezara a sospechar. 

Soy un analfabeto económico que siempre ha vivido muy lejos de la realidad de los dineros,  sujeto a una nómina mezquina que nunca ha dado para asesores fiscales ni para ingenierías financieras. No sabría convertir todo ese pastón en números bancarios sin que un inspector de Hacienda empezara a rascarse el cogote en una oficina de Madrid. Así que tendría que ir así, a poquitos, hasta el último día de mi vida, disimulando mi riqueza mientras mi cuenta corriente engorda poco a poco con las nóminas intocadas, o tocadas lo justo para fingir un espíritu ahorrativo como de franciscano laico refugiado en estos lares. 

Quiero decir que cuatro millones de euros no me iban a sacar de pobre, pero sí me iban a dar una vida más desahogada. Podría, por ejemplo, con los excedentes, comprarme ropa más cara, y colonias que anuncian por la tele, y así, por la senda del dandismo, de la traición a mis valores, llamar la atención de  alguna mujer que ahora mismo no se fija o me desdeña.




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El Padrino III

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En “Polvo de estrellas”, el programa de radio de Carlos Pumares, estaba muy mal visto que el oyente llamara para decir que le había gustado “El Padrino III”. Pumares callaba, o soltaba un “pues bueno”, o un “qué le vamos a hacer”, que dejaban al oyente descolocado, y empequeñecido, porque Pumares era nuestro oráculo, nuestro monolito de la sabiduría, y contradecirle era como pecar, como estar fuera de la grey de los cinéfilos.

Algunos oyentes aceptaban la contradicción con serenidad, sin rebatir al maestro, y pasaban rápidamente a la siguiente película. Pero otros, incrédulos con la postura de Pumares,  aferrados al dogma de la Santísima Trinidad de Francis Ford, insistían:

-          Pero Carlos... ¿Por qué no te gusta El Padrino III...?

Y ahí, justo a las dos de la madrugada, cuando yo ya estaba a punto de dormirme, un chute de adrenalina me tensaba los músculos, y me abría la sonrisa, y me dejaba un cuarto de hora más con los ojos abiertos. Porque Pumares, si no le insistías, sólo era un tipo borde, poco complaciente con los oyentes, pero si le rascabas la moral, si le pedías que explicara las razones de sus gustos, ya era directamente un tipo hiriente y gritón, que escupía sapos y culebras sobre la espumilla del micrófono. Por cada oyente que perdía en el exceso, mantenía la fidelidad de otros cuatro, y ganaba otros tres en el boca a boca del día siguiente. “Jo, hay un crítico de cine en la madrugada, en Antena 3, que te partes el culo...”.

Pumares, siglos antes del Me Too, gritaba de “El Padrino III” que Sofía Coppola era una enchufada, y que no era una actriz, y que además era muy fea, con la nariz no sé cómo. También decía que Al Pacino estaba histriónico perdido, y que Andy García estaba “para matarlo”, y que la historia no se sostenía por ningún lado. Y que ningún arzobispo -y ahí ya empezaban los gritos mezclados con las carcajadas -iba vestido de arzobispo por su casa, a las tantas de la mañana. Decía muchas más cosas que ahora no recuerdo: disparates y agudezas que no han conseguido remontar la corriente mientras yo veía "El Padrino III" casi treinta años después. Tardé años en hacerme luterano de Carlos Pumares, pero siempre que veo una película de aquellos tiempos me viene una emoción incontenible, y le pongo a la película una estrellita de más, de regalo, por los viejos tiempos.



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