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Yo también fui preadolescente en un colegio católico, allá por las estepas. También salí a la pizarra cagado de miedo en aquel tiempo pendular en el que los profesores -y más si llevaban hábitos o crucifijos- podían insultarte y humillarte sin rubor. Cuando llegaba la ofrenda floral del 1 de mayo, yo también cantaba alabanzas a la Virgen fingiendo que cantaba. “...que Madre nuestra es...”. Yo también vi “Marcelino, pan y vino” en un salón de actos, en clase de religión, sintiendo que la fe se corroía poco a poco en el ácido de mis hormonas.
Yo también estuve en la cuerda de presos que era obligada a confesarse cada cierto tiempo en la capilla del colegio, para contarle a un sacerdote seguramente pederasta, y sin celosía, a puro huevo, face to face, que te peleabas con tu hermana y que mentías a tus padres; y que te tocabas eso, o empezabas a tocártelo, y que un día habías visto con tus amigos la primera revista porno de tu vida. Yo también me ponía rojo como un tomate mientras el tipo te apretaba el brazo con fuerza -como si fuera el brazo ofendido del Señor, o su brazo ejecutor- y luego te ordenaba rezar una retahíla de oraciones que en vez de limpiar la mente te la encochinaban todavía más. Porque aquellas jaculatorias, que de niño aún tenían una lógica fantástica de cuento infantil, de pronto, en la adolescencia, en la edad de la razón, ya sólo eran el ruido de fondo que acompañaba los pensamientos más impuros; el hilo musical de esa matraca que años después sacaron a las ondas, Radio María, la única emisora -por algo es divina- que está en todas partes, en el pico de las montañas y en el fondo de los valles, cuando todas las demás fallan y se desvanecen.
Las oraciones ya eran entonces una sarta de tonterías que pasaban como las nubes sin lluvia, inocuas e inútiles, muy por encima de tu cabeza, mientras tú no parabas de pensar en el beso, en la imagen fugaz, en los secretos de la vida que te contaban tus amigos más mayores o más avezados, allí en un rincón del patio, en el corrillo, para que ningún cura pudiera sorprendernos. La cédula revolucionaria de los abrasados.
