El fin de la comedia. Temporada 2
Superestar
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Creo que nunca vi dos minutos seguidos de “Crónicas marcianas”. Era un mundo incomprensible para mí, ajeno y endogámico. Aquello del Mississippi sí que lo veía un poco más, en la cadena rival, pero sólo porque salía Lucas Grijander haciendo homenajes a Chiquito de la Calzada, que es el santo fundador de nuestra cofradía de payasos.
La verdad es que la noche del mainstream nunca ha sido mi varadero. En aquella época, por ejemplo, los marcianos de la tele siempre me pillaban viendo la copa de Europa o la película de las diez que daban en Canal +; y luego, a las doce, mientras me tomaba el Cola-Cao, sintonizando el informativo de CNN + para ver a Leticia Ortiz dando las noticias del día. Qué guapa era, jolín. Y qué guapa sigue siendo... Yo estuve enamorado de ella mucho antes que el puñetero príncipe de Beukelaer.
No vengo aquí a presumir de haber sido un no-televidente de “Crónicas marcianas”. Cada uno pierde el tiempo como quiere y el mío siempre lo pierdo persiguiendo un balón con la mirada. No había altura intelectual en el programa de Sardá, pero tampoco la había en un Inter de Milán-CSKA de Moscú o en Ferencvaros-Rapid de Viena. O sí, pero sólo un poquito más: lo que tiene el fútbol de metáfora o de esfuerzo colectivo. Yo vengo de la purrela y en la purrela me solazo. Nunca se produjo el salto de calidad ni el refinamiento de los gustos.
Y así, con tan escaso bagaje -apenas aquello de Boris Izaguirre enseñando el cilindrín y una noción muy básica de quiénes eran Tamara Seisdedos y toda su cohorte de Friquilandia- me embarqué en esta serie creada y perpetrada por Nacho Vigalondo al regazo de los Javis.
Yo venía a recuperar un poquito de nuestra historia televisiva pero he acabado perdido entre gentes desconocidas o irrelevantes. Sólo he visto completo el episodio dedicado a Leonardo Dantés porque él sí es un viejo conocido en los entornos futbolísticos: un compositor como la copa de un pino de himnos ridículos y cánticos sandungueros. Un ídolo, y un referente. Lo que hace Secun de la Rosa con su personaje es un milagro del suplantamiento.
Vivir es fácil con los ojos cerrados.
Kiki, el amor se hace
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El amor se hace cuando se puede. Y si no se puede, pues se piensa,
o se escribe, o se expresa verbalmente. O se echa de menos. También se puede
reprimir, claro, pero esa actitud crea neurosis en el alma, como explicaba el
abuelo de Viena.
La Iglesia condena el sexo en sus cuatro vertientes: pensamiento,
palabra, obra y omisión. Omisión, sí, porque denegar el sexo a quien quiere
concebir otro cristiano sin afanes recreativos también comete pecado. Y uno
morrocotudo, además. O sea, que el sexo es pecado lo mires por donde lo mires.
Lo cojas por donde lo cojas.
En la carrera de Magisterio -lo de carrera es un decir-
teníamos un cura que nos daba la asignatura de religión. No había ni un solo
católico practicante entre nosotros, pero necesitábamos los créditos para
ganarnos la vida en un colegio privado si fuera menester. De todos modos, nos
llevábamos bien. Él sabía a lo que venía y nosotros también. Un día nos dijo
que no entendía la expresión “hacer el amor”: que le parecía fría y mal
construida. Que el amor no se hacía, sino que florecía, o algo así. Y que, por
supuesto, florecía fuera de la cama, y no dentro, donde solo era concupiscencia
y trampa mortal. Una compañera mía que
estaba más buena que el pan, y que salía con los tipos más cachas de la
Universidad, le dijo que para ella “hacer el amor” era una expresión perfecta.
Que el amor se trabajaba realmente entre sudores de fragua. Que la cama era una
forja donde se templaba el metal y se hacía más resistente. Y para nada, como
afirmaba él, un lugar donde el amor se desvirtuaba o languidecía. Lo dejó patidifuso,
claro. Y a nosotros más enamorados todavía. Platónicamente, claro, como al cura
le gustaba.
No sé qué hubiera dicho nuestro cura si hubiera visto “Kiki,
el amor se hace”. Supongo que le habría dado un infarto nada más empezar. Si ya
no entendía lo que era hacer el amor en una pareja convencional, imagínate en
estas, que se excitan con los tejidos, o con los peligros, o que se juntan de
tres en tres, o contra natura, o que se van de orgías el sábado sabadete. “Una cosa es la libertad y otra el libertinaje”,
hubiera gritado al televisor antes de palmar.
Techo y comida
Al poco tiempo de ser designada para el cargo, nuestra subministra del subempleo, la tal Fátima Báñez, a quien le deseo grandes penurias en la vida y grandes penalidades en el averno, dijo que no había que preocuparse gran cosa por el paro. Que donde no llegara la política del Partido Popular, siempre tan combativa y tan eficaz, llegaría la Virgen del Rocío para echar una mano en lo que fuera. O lo que es lo mismo: que ya nos podían ir dando por el culo, y que ella estaba allí por el pito pito gorgorito de la cuota, y que los parados mejor harían en frecuentar las iglesias, siempre tan vacías, que presentarse en la oficina del Inem, siempre tan abarrotada. Que puestos a elegir entre dos milagros, mejor acudir al que menos gente se presentara puesta de rodillas, por aquello de las matemáticas y de las probabilidades.
Así las cosas, viendo que la caridad virginal parece congelada por culpa de un bloqueo en el Parlamento Celestial, Rocío decide probar otras suertes. La del latrocinio en los supermercados, y la del siseo en casa de las vecinas, que no terminan fructificando porque siempre hay un segurata que termina echándote el ojo, o un remordimiento que taladra el estómago. Y más allá, en la suerte definitiva, las ayudas públicas que presta el Estado a los parias de la tierra. Un Estado paralizado, en bancarrota, desarmado por las mismas huestes que eligieron a la tal Fátima para soltar sus sandeces. La ironía definitiva. Firme aquí, y aquí, y póngase a esperar, que esto va muy lento, la caja está muy vacía, y hay muchas madres solteras en su misma situación. Siéntese y espere unos cuantos meses. Mientras tanto, por probar, y para matar el aburrimiento, puede seguir rezando.


