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La última tentación de Cristo

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Si admitimos que Jesús también era un hombre -o sólo un hombre, como predicamos los ateos- y que además era rubio, y con ojos azules, y poseía una labia que dejaba petrificadas a las galileas, es normal, digo yo, que tuviera tentaciones eróticas antes de convencerse a sí mismo de que era el Hijo de Dios y el Mesías de las Escrituras. 

El cristiano fervoroso no debería ver en esto ninguna ignominia. Pero la ve. Entre otras cosas porque el cristiano, ya de por sí, siente repelús por cualquier escena de sexo que se encuentre en la ficción: o no le parece decoroso, o no es sexo reproductivo, o no se practica en los agujeros prescritos o con el género correspondiente. O con el número de compañeros santificado. Lo pilles por donde lo pilles, el sexo siempre le parece pringoso y pecaminoso. Así que imagínate si pones a su fundador en brazos de María Magdalena... El cristiano fetén prefiere ver psicópatas, motosierras, marines de los yanquis. Latigazos y torturas. Escabechinas sangrientas sobre la cruz.

Scorsese no es tonto y lo sabía. Prefirió ser fiel a la novela y armar el escándalo mayúsculo. Y cobrar el taquillazo. “La última tentación de Cristo” podría haber prescindido del erotismo y se hubiera entendido igual: mirada intensa a los ojos de María Magdalena, fundido a negro, hijos que pululan... Después de todo, la Magdalena no era más que una tentación del diablo, una vida alternativa que jamás existió a ojos de la fe. Una historia más en el universo donde todo acontece a la vez y en todas partes. Jesús acostándose con María Magdalena forma parte de la física teórica; y la física teórica, si nos ponemos meta-físicos, también es obra del Creador. 

(No estaría mal, por cierto, que a los otros hijos de Dios, a los hermanastros de Jesús, se nos ofreciera en el penúltimo momento de nuestra vida la tentación opuesta: vivir una existencia de dioses y no de hombres. Darle la mano al diablo, levantarnos de la cama del hospital y disfrutar de los superpoderes y la inmortalidad garantizada).





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Moonage Daydream

 🌟🌟

¿Cómo llamar a los fans incondicionales de David Bowie? ¿Davidbowenses? ¿Davidbowianos? Resulta difícil, casi retorcido, colocar el sufijo cuando el nombre del ídolo, o del dios, o del mito musical, termina en una vocal anglosajona. O en doble vocal, como sucede en este caso. Prueben, si no, a denominar a los imitadores de Elvis Presley...

“Moonage Daydream” está dirigido a ellos y sólo a ellos: los apóstoles de David Bowie, se llamen como se llamen. Ahora que David ascendió a los Cielos - que se dispersó entre las energías del Universo- sobre ellos recae la responsabilidad de extender su palabra por el orbe. Para los demás espectadores, el documental es un arcano, una psicodelia, un misterio lejano de Eleusis. “Moonage Daydream” es un rito privado; un simposio universitario. Una catequesis para catequistas y no para catecúmenos. Una eucaristía para los usuarios registrados, y yo diría casi para los usuarios Premium: los que siguen dejando sus dineros en la discografía, en la vestimenta, en el fetiche ocasional... Los nostálgicos del glam y los que desentrañan esas tan letras esotéricas.

Los demás, que somos los gentiles, los legos que veníamos movidos solo por la curiosidad, no hemos entendido de la misa la media. El documental es un viaje lisérgico sin norte ni sur, sin pasado ni futuro. O lo cuenta todo -y yo no me he enterado- o no cuenta nada -y no se han enterado los que dicen haberse enterado. No sé si me explico... Lo mismo te aparece David Bowie de chavaluco, con sus pintas de chalado -vamos a decirlo todo-, que te aparece de señor mayor con esa presencia magnética que traspasaba. Pero todo está barajado como al tuntún, como hecho adrede para despistar.

Yo, la verdad, me he quedado como estaba. Quería saber algo más de Bowie porque T. es una gran entusiasta, y porque a mí me conmueve hasta el cimborrio esa canción titulada “Héroes”. Y porque Bowie, en el cine, siempre dejaba un extraño poso de saber estar. Pero tendré que buscarme otra fuente de información, o de inspiración. Habrá que leer otro evangelio menos abstruso. Alguno apócrifo rondará por ahí.





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El truco final

🌟🌟🌟🌟

Uno viene a las películas de Christopher Nolan a entretenerse. Pero también, por qué no, a que le estimulen la inteligencia. Lo que pasa es que esto es como la estimulación anal: que a veces, cuando hay confianza -y con Christopher Nolan hay confianza- uno se deja acariciar el ojete, se relaja, se siente tratado como una persona inteligente y sensible, y de pronto, zas, te encuentras con que el fulano te la ha metido doblada, y que se descojona a tus espaldas, mitad amante y mitad cabronazo. Terminada la experiencia -quiero decir, la película- ya no sabes muy bien qué pensar: por un lado ha sido excitante, y por otro, una humillación. Sea como sea, se te queda la cara de tonto...

Aquí, en El truco final, la cuestión es saber si la máquina de Tesla produce o no fotocopias de las cosas, y ya puestos a electrocutarse, fotocopias de uno mismo. Saber si Nolan ha hecho una película de ciencia-ficción o si el mago Angiers sólo perpetraba otro de sus trucos, apoyado en la existencia de su gemelo... Da igual: quien la haya visto, sabrá de qué hablo, y quien no, se va a quedar como estaba, porque esto es como hablar en chino, y no desmenuzo gran cosa con el spoiler.

Después de apagar el DVD, recomponer el gesto y tantearme subrepticiamente el ojete, me he puesto a pensar qué haría yo con una máquina de Tesla que funcionase. Lo primero, eso seguro, fotocopiarme a las ocho de la mañana para que Álvaro Bis fuera a trabajar mientras yo me quedo durmiendo un rato más. Luego sacaría al perrete sin prisas, y haría un poco de ejercicio, y avanzaría un poco en la nueva escritura sin recorrido... O sea, vivir. El problema iba a surgir cuando Álvaro Bis regresara al hogar. No íbamos a disputarnos el mando a distancia, eso no, porque somos idénticos en los gustos, y a los dos nos mola Broncano y la NBA, pero ya, para empezar, habría que poner dos platos, y dos lavadoras, y dos de todo... Eso no sería problema: lo haría por una mujer aventurera, aí que cómo no iba a hacerlo con mi clon, que soy yo mismo. Lo que pasa es que, como dicen en la película, cuando tu clon descubre que dependes de él para seguir con el truco, estás en sus manos, y una de dos: o cedes en todo, y te conviertes en su esclavo, o le asesinas -o sea, te asesinas- o tienes que inventarte otro número para seguir de vacaciones.




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