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Nosferatu

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Los vampiros son la Tercera Vía entre la inmortalidad y la disolución en la nada. Existe otro Más Allá gracias a ellos. Los vampiros siempre son bienvenidos en mi salón a pesar de los sustos que me dan. Ellos son portadores de un evangelio tan esperanzador como aquel de Jesucristo: la prueba no-viviente de que a veces no hace falta resucitar. De que puedes irte y no irte al mismo tiempo, como los futbolistas que aplazan sine die sus decisiones de traspaso.

Nosferatu y su primo Drácula solo asustan a los buenos católicos que temen perder su billete para el Cielo. “¿Y si un día voy caminando por la calle y me muerden en el cuello?” Los creyentes tienen mucho que perder y poco que ganar. Es normal que los vampiros les aterroricen y que los combatan con su medalla dorada de la Primera Comunión. Los ateos, sin embargo, celebramos la aparición de los vampiros con un pajarillo cantando en nuestro corazón. ¿Y si fuera posible morirse pero no morirse del todo? ¿Vagar entre las sombras aunque tengas que vivir desterrado en un castillo remoto de los Cárpatos o de los Ancares? Todos firmaríamos un contrato semejante con el Diablo.

El conde Orlock de “Nosferatu” vive en el siglo XIX y se aburre como una mona entre los libros cien veces releídos. Su cara de loco no proviene de la maldición, sino del aburrimiento infinito. Orlock no dispone de teléfono, de radio, de televisor... Los riders de Glovo no llegan a las estribaciones de su castillo trayéndole comida china o delicias del Pizza Hut. Lo suyo es un muermo de existencia. Pero ahora, en el siglo XXI, si dispones de una buena conexión a internet, ya nunca te aburres cuando llega el amanecer y tienes que encerrarte en tu sótano para no disolverte como el humo al contacto con el sol.





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Amanecer

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En la Escuela de Jóvenes Comunistas de León -la añorada EJCL- veíamos en bucle las obras maestras del cine mudo soviético: “El acorazado Potemkin”, y “Octubre”, y “La madre” ya olvidada de Vsevolod Pudovkin. Pero las películas del cine mudo americano, salvo las comedias de Chaplin y de Buster Keaton, no venían incluidas en el currículum oficial enviado por Moscú. El corazón se nos volvió rojo como un tomate pero la cinefilia se nos quedó cojitranca para siempre.

Es por eso que años después, en la Universidad, ya mezclado con los jóvenes que provenían de los institutos capitalistas, quise sacarme el carnet de cinéfilo y me suspendieron por culpa de aquellas lagunas formativas. Me dijeron que viera por mi cuenta el cine mudo americano y que volviera a examinarme cuando me creyera preparado. Y como yo era un chico educado en el tesón estajanovista me dediqué a ello con ahínco. Pasé muchas horas en el cineclub universitario de León y en la Obra Cultural de Caja España, alternando los sueños de cinéfilo con los sueños de seductor. El ojo derecho siempre atento a la pantalla y el ojo izquierdo siempre atento a las chicas solitarias de la platea.

Fue entonces cuando vi “Y el mundo marcha”, y “El nacimiento de una nación”, y “La reina Kelly”, y “Alas”, y “El gabinete del doctor Caligari”, y el “Nosferatu” de Murnau, que es por cierto el mismo director de “Amanecer”. Y muchas más películas que ahora no recuerdo... Pero mis esfuerzos -y con muchas “obras maestras” había que esforzarse de verdad- no se vieron recompensados. Cuando me presenté al segundo examen la oficina de cinéfilos ya no existía. La habían trasladado a Oviedo, o a Tegucigalpa, ya no recuerdo bien, pero en cualquier caso  al otro lado de las cordilleras y de los mares.

(¿"Amanecer"?: una cursilada. Bonita y tal. Dicen que es la cumbre del cine romántico y yo no veo el romanticismo por ningún lado. Diez minutos después de que su marido haya intentado asesinarla, ella le perdona y se van de cuchipanda por la ciudad. Groucho Marx habría pedido un niño de cinco años para que le explicara este sinsentido argumental).  




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