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Me interesa “Juegos secretos” porque es una película sobre sexo insatisfecho. Y el sexo insatisfecho, según la última encuesta del CIS, es la tercera gran preocupación de los españoles. Está justo por debajo del precio de la vivienda y de la crisis del Madrid. El sexo insatisfecho, después de todo, puede encontrar soluciones temporales o parciales. Lo otro, no. O no, al menos, hasta que se instaure un régimen comunista y madridista que sería el sueño húmedo -y contradictorio- de mi viejo bolchevismo.
Carlo Padial, en su podcast, dice que la gente está neurótica desde que prohibieron fumar en bares y cafeterías: primero en los interiores, luego en las terrazas y ya dentro de nada a veinte kilómetros de los núcleos poblaciones. Pero eso sólo afectaría a los fumadores, digo yo, no al común de los mortales. No, caro Carlo: la gente anda jodida -desjodida- porque no folla lo suficiente. Un mal follar que es al mismo tiempo cualitativo y cuantitativo, según afirman los sexólogos consultados.
No hay más que leer “El País” cada mañana para comprender que la gente está falta de contacto: todos los días aparece un artículo aconsejando cómo reverdecer los laureles dentro de la pareja, o cómo plantar un laurel si andas solo y buscas un hortelano, o una hortelana, que se fije en tu jardín.
“Juegos secretos” cuenta la historia de un extrarradio americano donde al parecer ya no follan ni los guapos ni las guapas. Una especie de apagón inexplicable para la ciencia. Una turbulencia espacio-temporal que sólo se disolverá cuando los afectados decidan salir de su ámbito matrimonial y descubran que era ahí, en el lecho conyugal, donde latía escondida la kriptonita perniciosa.
Como sucedía en aquel cuento de la princesa hipersensible, basta un guisante radioactivo escondido bajo las sábanas para que se desilusionen las erecciones y se multipliquen los dolores de cabeza.
