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The good wife. Temporada 1

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Tengo que darle un millón de gracias a la persona que me animó a ver “The good wife”. Gracias a su intercesión he conocido a Julianna Margulies para que mi vida haya quedado dividida en dos mitades incompatibles. Yo estaba ciego y ahora sigo igual de ciego, pero deslumbrado por su belleza. He quedado bautizado, evangelizado, convencido de que existen milagros de la carne sin tener que resucitar. 

A partir de ahora -el año 1 d. J. M.- cada vez que imagine el Cielo o el Paraíso ya no podré concebirlo sin la presencia de Julianna Margulies recostada en un cocotero, o sonriendo desde una nube, pero siempre vestida así, como sale en la serie, con sus trajes de abogada carísima y listísima, impactante en todas las dimensiones de lo humano.

Lo más curioso, e inconcebible, es que en “The good wife” todo el mundo que trabaja con Julianna parece sacado directamente de un cásting celestial. En 23 episodios más o menos trepidantes de acciones judiciales, no he sido capaz de encontrar una sola abogada que no pareciera  una modelo sacada de los anuncios, ni un solo abogado que no derritiera corazones femeninos a su paso por los pasillos. Todos los personajes de la serie -incluso los enemigos acérrimos del otro bufete-  son clientes de ese Tinder exclusivo que está reservado a los que superan el percentil 93 de la belleza. 

Es por ahí, por el exceso  barroco de hermosura, donde “The good wife” se desliza peligrosamente hacia la incoherencia argumental. Hacia el despiporre inverosímil. Es imposible que quepa tanto sex appeal en los escasos metros cuadrados de un bufete o de una sala del juzgado. O yo, al menos, no estoy acostumbrado a vivir en esa erótica probabilidad que regalan las matemáticas.




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La ciudad es nuestra

🌟🌟🌟🌟


A tenor de lo visto en “La ciudad es nuestra”, me da que en Estados Unidos -o al menos en el estado de Maryland- no tienen una ley mordaza tan retrógrada y neofascista como la nuestra. ¡Shame on you, congresistas de Madrid!

Si no, David Simon y sus secuaces -Pelecanos, Ed Burns, todos los sospechosos habituales de su banda- ya habrían comparecido ante el juez denunciados por el Cuerpo de Policía de Baltimore. Amenazados de cárcel por denunciar los abusos policiales y poner así en peligro la unidad de la patria, y la concordia de la Constitución. Y los privilegios de la burguesía. Y ya me callo.

A ver quién es el guapo que aquí, en España, podría rodar una serie semejante, contando cómo la Policía Nacional hizo esto o la Policía Autonómica hizo lo otro. No quiero detallar por culpa, precisamente, de la ley… Una ley que ni siquiera el gobierna social-comunista y pro-etarra ha tenido a día de hoy el valor o la conveniencia de retirar, lo que viene a demostrar que el aparato del Estado, gobierne quien gobierne, está al servicio de otros intereses mayores que lo sostienen o lo amenazan. Y ya me callo.

Alguien podría decir: “Antidisturbios”. Pero el suceso policial de aquella serie ya era -para que Sorogoyen e Isabel Peña se guardaran las espaldas- un medio accidente, una semifatalidad del destino. Un terreno gris en el que la fiscalía televisiva no podría entrar sin hacer mucho el ridículo. Nada que ver con el delito continuado de una banda organizada como esta de Baltimore, que se cobraba las horas extras con fajos incautados y te pegaba una hostia en la cara con solo reprocharles su actitud. Una banda de gánsteres al otro lado de la ley, que se suponía era nuestro lado.

Después de todo, ¿qué hace que un delincuente en potencia se decante por liarla vestido de uniforme policial o vestido con el traje de los Golfos Apandadores? Apenas un capricho del destino: el ejemplo de un amigo, una necesidad laboral, una oportunidad que se presentó... El bien y el mal se mezclan como el agua dulce y el agua salada en la desembocadura. Y ya me callo.





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